domingo, 19 de marzo de 2017

Laura Llevadot : LA MUERTE DEL OTRO: KIERKEGAARD, LÉVINAS, DERRIDA

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LA MUERTE DEL OTRO: KIERKEGAARD, LÉVINAS, DERRIDA*



Por : Laura Llevadot
Universidad de Barcelona



RESUMEN: El objetivo de este artículo es mostrar cómo Derrida ha concebido el exceso del concepto kierkegaardiano de muerte, especialmente en relación con “la muerte del otro” en oposición a la propia muerte. A pesar de las críticas que Lévinas dirige a lo religioso en Temor y temblor, en cuanto implica una suspensión de la ética, Derrida descubre en Kierkegaard una ética más exigente, una ética que suspende la ética: la ética del superviviente. Kierkegaard llevó a cabo, según Derrida, “un doblete no dogmático del dogma, uno que repite la posibilidad de la religión sin religión”.

La tesis que aquí se defiende es que esta ética del deber absoluto que Derrida descubre en Temor y temblor, en oposición a las éticas que dan sentido a la vida a pesar de la muerte, se resuelve en torno al tema central de la muerte del otro. Se mostrará cómo esta ética que defiende Derrida se corresponde con la “ética segunda” que Kierkegaard señala en Temor y temblor y desarrolla en Las obras del amor, especialmente en la articulación del deber absoluto de “amar a los muertos”.

Palabras clave: Kierkegaard, Lévinas, Derrida, alteridad, muerte.

ABSTRACT  The aim of this article is to show that it was Derrida who expounded the excesses of Kierkegaard’s concept of death, especially in relation to the “death of the other” as opposed to one’s own death. In spite of Lévinas’ criticism of the concept of religion in Fear and Trembling, implying a suspension of ethics, Derrida discovers in Kierkegaard a more constraining ethic, an ethic which suspends ethics: the ethics of the survivor. Kierkegaard implemented, according to Derrida, “a non-dogmatic double of dogma, one that repeats the possibility of religion without religion”.

My thesis is that this ethic of absolute duty which Derrida discovers in Fear and Trembling, is an ethic which, as opposed to the other which gives meaning to life in spite of death, revolves around the central point of the death of the other. This is precisely the “second ethics” which is propounded in Fear and Trembling and which Kierkegaard develops in Works of Love with his concept of the absolute duty to “love the dead”.

Keywords: Kierkegaard, Lévinas, Derrida, alterity, death.










“¡Escribe! ¿Para quién? Para los muertos, 
para aquellos a quienes hemos amado”(1)



“Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte”, así reza la proposición 47 del libro IV de la Ethica de Spinoza, en cuyo contexto la muerte aparece como un pensamiento que entristece y que por lo tanto merma nuestra potencia de obrar y de pensar. El rechazo a pensar la muerte, y en especial su vinculación a la tristeza y al dolor de los que se quedan, parece una constante para cierta concepción de la filosofía que privilegia la vida. Así, por ejemplo, la imagen de Sócrates en el Fedón, feliz de asumir su muerte, constituye el emblema del filósofo que ha aprendido a morir. Xantipa, su mujer, es expulsada de este escenario en el que concurren la filosofía y la muerte. Y aquí hay que hacer notar que a Xantipa no se la excluye por ser mujer, sino por haberse dejado afectar por lo que de excesivo hay en toda muerte, pero sobre todo en la muerte del otro, aquel a quien amamos. En un extremo del arco, la figura del hombre libre, el filósofo, que no teme la muerte; al otro, tensándolo, la figura de Xantipa, esclava de sus pasiones, que está ahí para recordar la fragilidad de nuestra relación con la muerte, y con la vida.

Las cosas no cambian demasiado cuando la muerte entra en el horizonte del pensamiento contemporáneo de la mano de Heidegger. En la perspectiva ontológica de Ser y tiempo, la muerte no es concebida en su vinculación con la emoción, con el exceso que se experimenta ante la muerte del otro. La muerte,pensada así, recaería en el ámbito de lo óntico, supondría comprender la muerte como un hecho que concierne a un ente, pero el Dasein no es un ente: “Lo que está en cuestión es el sentido ontológico del morir del que muere, como una posibilidad de ser de su ser, y no la forma de la coexistencia y del seguir existiendo del difunto con los que se han quedado”.(2) Para pensar al Dasein ontológicamente es necesario tomar en consideración “su propia muerte” (der eigne Tod), la muerte personal y auténtica. Sólo de este modo el Dasein se enfrenta a su finitud y se descubre como “ser-para-la-muerte”. Pero este gesto de anticipación de la propia muerte no tiene otra finalidad que redundar en la vida, autentificarla. Contra la ignorancia de la muerte que se da en la vida cotidiana, el Dasein se comprende como algo más que un ente cuando asume su propia muerte. Si bien es cierto que la angustia desempeña aquí un papel esencial, a diferencia del caso socrático, ésta sigue vinculándose con la propia muerte y no con la muerte del otro. Volvemos de este modo a la figura del hombre libre, del filósofo, como imagen reguladora de un vivir que asume la muerte propia, un modo de ser, esta vez auténtico. Xantipa es aquí de nuevo rechazada, ella es lo óntico.

Corresponde a Lévinas haber introducido “la muerte del otro”, contra Heidegger, en el horizonte del pensamiento contemporáneo y haber tratado de construir una ética a partir de esta experiencia. Pero es sintomático que Lévinas deba distanciarse de Kierkegaard –el único que pensó hasta el final nuestra relación con los muertos– para poder asentar su propuesta. La tesis que en este trabajo defiende es que en Kierkegaard la “muerte del otro” constituye el enclave de la segunda ética. A pesar de las críticas que Lévinas dirige contra la concepción de lo religioso en Temor y temblor, en la medida en que implica una suspensión de la ética, Derrida descubre en Kierkegaard una ética más exigente, una ética que suspende la ética: la ética del superviviente. Kierkegaard llevaría a cabo, según Derrida, “un doblete no dogmático del dogma, un doblete filosófico, metafísico, pensante en todo caso, que repite sin religión la posibilidad de la religión”,(3) y ello para mostrar la potencia del cristianismo que no ha sido todavía pensada y que se sustrae a sus críticas externas.

La potencia del cristianismo, o del doblete del cristianismo que Kierkegaard realiza, reside en esta ética segunda que piensa la responsabilidad a partir de la muerte del otro en lugar de tomar en consideración primeramente la propia muerte. Tal vez desde esta perspectiva el sentir de Xantipa –esclavo, óntico, excesivo– pueda ser vehiculado hacia una comprensión ética que deshaga la dualidad demasiado tajante, metafísica se diría, entre la vida y la muerte.

Este artículo desarrollará pues los siguientes puntos: 1) La crítica de Lévinas a Heidegger y a Kierkegaard; 2) La concepción de la ética absoluta y su relación con la muerte del otro que Derrida muestra en su análisis de Temor y temblor; y finalmente, 3) La centralidad de la muerte del otro en la ética segunda de Kierkegaard que se desarrolla en Temor y temblor, La enfermedad mortal y Las obras del amor.

1.Morir por el otro

En su reflexión acerca de la muerte y de lo ético Lévinas reprocha a Heidegger partir del principio, para el Dasein, de su propia muerte. Lo primero que debe ser pensado, desde la perspectiva de Lévinas no es la propia muerte sino la muerte del otro. El pensamiento de la muerte del otro se articula en diversos momentos a lo largo de la obra de Lévinas. a) En primer lugar, la muerte aparece como condición de posibilidad de la relación con el otro. Aquí, la angustia ante la propia muerte que modulaba el análisis fenomenológico de Heidegger se vierte en el “temor de poder matar al otro”. El yo tiene una responsabilidad infinita respecto al otro en la medida en que descubre que puede matarlo: “La voluntad está bajo el juicio de Dios desde el momento en que el miedo a la muerte se invierte en temor de cometer un asesinato”.(4) El rostro del otro, su alteridad y trascendencia, se resiste a esta violencia, y en esta medida el yo entabla una relación de responsabilidad con dicha trascendencia por cuanto reconoce en el rostro del otro esta resistencia. En una inversión de la célebre frase de Heidegger, Lévinas dirá que “la otredad del otro manifiesta la imposibilidad de nuestras propias posibilidades”. b) En un segundo momento la responsabilidad ante la muerte del otro se extiende a su condición de mortal: “Soy responsable del otro en la medida en que es mortal. La muerte del otro es la primera muerte”.(5) Aquí no se trata ya de que el yo descubra su responsabilidad ante el otro en la medida en que puede matarlo, sino en el hecho de que la estructura del asesinato está implícita en toda muerte. La muerte del otro me hace “sobrevivir como culpable”.(6) Siempre se vive en el lugar del otro, ocupando un lugar que no nos pertenece, que tal vez ocuparía el otro si siguiera vivo,pero cuya muerte ha despejado para que lo habite un superviviente que siempre será culpable, responsable, de lo que ha dejado morir, y aquí la experiencia de los supervivientes de Auschwitz es ejemplar a este respecto. De ahí que Lévinas insista en recordar contra la tradición filosófica que “es preciso pensar en todo lo que hay de asesinato en la muerte: toda muerte es asesinato, es prematura, y hay una responsabilidad del superviviente”.(7) c) Pero, finalmente, es la desmesura del sacrificio, de la capacidad de “morir por el otro” lo que acaba articulando la ética de Lévinas. Allí donde Heidegger rechazaba el “morir por el otro” como estructura originaria del Dasein en la medida en que una acción de este tipo nunca libraría al otro de su muerte, y “la muerte es, en la medida en que es, esencialmente en cada caso la mía”,(8) Lévinas ve en esta suplantación de la muerte lo propiamente humano: “El hecho de admitir que la muerte del otro es más importante que la mía es el milagro mismo de lo humano en el ser: fundamento de todas las obligaciones”.(9) No se trata, claro está, de fundar una ética del sacrificio, sino de interrogar el sacrificio como una posibilidad de lo humano, que de hecho es real, ocurre. La excesiva gratuidad del sacrificio desborda al hombre como ser razonable, excede su mera condición de conatus. La prioridad del otro frente al yo, aún en el caso extremo de la muerte, expresa lo humano que hay en el yo cuando éste responde a la llamada del otro: “heme aquí” (me voici).(10)

Pero “heme aquí” es precisamente lo que Abraham responde a Dios cuando éste le pide matar a su hijo, y sobre este deber absoluto de responder al totalmente Otro versa la apología de la fe llevada a cabo por Kierkegaard en Temor y temblor. De ahí que Lévinas deba medir sus distancias con la concepción kierkegaardiana. De hecho, Lévinas ya había pasado cuentas con Kierkegaard en 1963 en un artículo titulado Ethique et Existence. (11) Lévinas critica en este texto el modo como es definido el ámbito de lo ético en Temor y temblor. Kierkegaard opondría, en su lectura del sacrificio de Abraham, la afirmación de la subjetividad, de la singularidad, frente a lo ético entendido como la esfera de la generalidad y el discurso. En este sentido, habría una prioridad de lo religioso, como ámbito del secreto, del silencio, de la verdad indecible que sufre, de la subjetividad atrincherada, sobre lo ético como espacio de la comunidad y por lo tanto de la intersubjetividad. La fe en Dios aísla al creyente del resto de los hombres, hasta el punto de sacrificarlos como pretende hacerlo, por obediencia, Abraham con Isaac: “La verdad que sufre no abre al hombre a los otros hombres, sino a Dios en la soledad”.(12) Lo religioso requiere por tanto de una suspensión del orden ético, lo que Kierkegaard llama “la suspensión teleológica de la ética” como condición sine qua non para comprender la acción de Abraham. Es en este punto donde Lévinas reprocha a Kierkegaard la violencia que él no se permitiría en su propio discurso: “La violencia nace en Kierkegaard en el preciso instante en que la existencia, al rebasar el estadio estético, no puede quedarse en lo que toma por estadio ético, cuando entra en el estadio religioso, dominio de la creencia”.(13) Para Lévinas lo ético no reside, como en Kierkegaard, en el orden de la generalidad, sino por el contrario en el del encuentro con el otro, el cual tiene la prioridad sobre el yo: “El yo ante el Otro es infinitamente responsable”; “La subjetividad es en esta responsabilidad, y sólo la subjetividad irreductible puede asumir una responsabilidad. Eso es la ética”.(14) Este espacio de encuentro con el otro en el que se hace posible la responsabilidad, la respuesta, es el espacio de lo ético e incluso el espacio de la comunicación. Ciertamente el lenguaje comunicativo que viene a ocupar este ámbito relacional de lo ético no es, en Lévinas, el lenguaje tematizante y totalitario propio de la ontología, pero es sin embargo un decir comunicativo que condena sin miramientos el silencio de Abraham.

Así pues, lo que diferencia la concepción de Lévinas de la de Kierkegaard son sus respectivos tratamientos de la “muerte del otro” y del sacrificio como cifra para pensar lo ético o lo ético-religioso. Como se ha mostrado, Lévinas articula lo ético a partir de la estructura del “morir por el otro”, mientras que en la lectura que Kierkegaard realiza del pasaje bíblico de Abraham lo que está en cuestión, tal y como ha mostrado Derrida, es el “dar la muerte” al otro en virtud de una instancia superior. La estructura del “morir por el otro” que Lévinas defiende es de hecho contemplada por el propio Kierkegaard en Temor y temblor, es la acción que realiza el héroe trágico, pero no así el padre de la fe. Kierkegaard-De Silentio se plantea incluso esta posibilidad referida al propio Abraham: “Si Abraham hubiese dudado, habría obrado de manera diferente y realizado, a los ojos del mundo, algo grande y glorioso [...] Se habría dirigido al monte Moria, partido leña, encendido la pira y sacado el cuchillo. Y en ese mismo instante le habría gritado a Dios: ¡No desprecies este sacrificio, Se- ñor! [...] Se habría clavado el cuchillo en su pecho. En este caso Abraham sería la admiración del mundo entero y su nombre tampoco sería olvidado. Mas una cosa es ser admirado y otra muy distinta ser la estrella que guía y salva al angustiado”.(15) Si Abraham hubiese dudado, si se hubiera dado en sacrificio, si hubiese muerto en el lugar de Isaac, se habría comportado como un héroe trá- gico, pero no como el caballero de la fe. La fe consiste, antes bien, en dar la muerte, dar la muerte a lo más amado, en responder a la exigencia desmesurada del otro: Heme aquí, justo porque se cree en virtud del absurdo que el objeto del sacrificio no nos será arrebatado. Éste es el ámbito de lo religioso tal y como es dibujado en Temor y temblor, el ámbito de la creencia que implica necesariamente la suspensión de lo ético y la incomunicación. Abraham no puede hablar, porque hablar sería perder su responsabilidad, traducirse a lo general, romper el pacto de obediencia. ¿Significa esto que la ética se ha perdido? ¿Cómo pudo Abraham levantar el cuchillo ante Isaac? ¿Puede justificarse moralmente tamaña atrocidad? Es aquí donde resulta imprescindible la lectura que nos ofrece Derrida.

2. Dar la muerte

Derrida propone una lectura ética de lo religioso tal y como es trazado en Temor y temblor en la medida en que asume que Kierkegaard no se somete sin más al dogma, sino que lleva a cabo “un doblete no dogmático del dogma”, “uno que repite sin religión la posibilidad de la religión”. La pregunta que dirige Derrida al texto de Kierkegaard, una vez asumida la crítica de Lévinas, es la siguiente: ¿y si la suspensión de la ética llevada a cabo por Abraham no implicase la defensa de lo irracional religioso sino la aparición de una segunda ética? Esta cuestión, que no es explicitada por Derrida pero a la que responde, está justificada por el propio texto de Kierkegaard.(16) La segunda ética, que será anunciada en la introducción a El concepto de angustia, aparece ya en Temor y temblor cuando De Silentio advierte que el deber absoluto de amar a Dios no elimina la ética sino que antes bien la transforma: “De ahí no se sigue en modo alguno que la ética tenga que ser abolida, sino simplemente que se formula de manera diversa dentro de los parámetros de la paradoja, recibe una expresión paradójica”.(17) Esta expresión paradójica de la ética es lo que Derrida va a entender como una “ética del deber absoluto”, una responsabilidad infinita que toma como modelo el sacrificio de Abraham tal y como Kierkegaard lo entiende. Derrida opone así esta ética del deber absoluto a la ética universal de los deberes y los derechos, esto es a aquellas éticas basadas en la universalidad, la generalidad y el discurso. La crítica que Derrida dirige a este tipo de éticas se asienta en dos argumentos: 1) En primer lugar, la ética de los derechos y deberes universales se sustenta, a su pesar, en la estructura del sacrificio. La acción de Abraham no es extraordinaria porque trate de dar muerte a su hijo, eso lo hacemos todos los días cuando, en virtud del amor preferencial, cuidamos de los nuestros y dejamos morir a todos los otros. Mi responsabilidad ante el otro siempre implica el sacrificio de todo otro, el otro al que no atiendo, a quien no elijo para amarlo, a quien dejo morir, a menudo de hambre. Lo que Derrida no admite es que la buena conciencia quiera ocultar este sacrificio cotidiano sobre el que se asientan las buenas acciones y las buenas razones: “Lo que desconocen los caballeros de la buena conciencia es que el sacrificio de Isaac ilustra, si podemos emplear este término, en el caso de un misterio tan nocturno, la experiencia más cotidiana y común de la responsabilidad”.(18) Al preferir al otro, al elegirlo en mi amor y en mi bondad, sacrifico también a mis semejantes “que mueren de hambre o de enfermedad”.(19) Pero hay algo que colegir de esta afirmación y que se hace relevante a partir de la lectura de Las obras del amor de Kierkegaard y de Espectros de Marx: (20) al preferir la presencia de los vivos, de los que están aquí y me reclaman, traiciono también a los ausentes, a los que ya no están y a los que no han llegado todavía, a los muertos y los no nacidos. Esta cuestión habrá de ser recogida más tarde para ser justos con Kierkegaard y Derrida. 2) En segundo lugar el concepto de responsabilidad que maneja este tipo de ética disuelve la responsabilidad absoluta en el discurso: “¿Qué nos enseñaría Abraham en esta aproximación al sacrificio? Que lejos de asegurar la responsabilidad, la generalidad de la ética nos empuja a la irresponsabilidad. Incita a hablar, a responder, a rendir cuentas, así pues, a disolver mi singularidad en el elemento del concepto”.(21) Kierkegaard insiste a menudo en que Abraham no puede hablar. Hablar sería justificarse ante los otros, querer hacerse entender, buscar la solidaridad y el consenso, querer convertirse en héroe trágico y ser admirado por ello. Pero es esencial a la responsabilidad absoluta que la decisión sea íntima e indecible. Ni siquiera el lenguaje comunicativo al que apela Lévinas podría dar cuenta de esta relación absoluta con el otro.

¿Qué sería entonces esta segunda ética, esta ética absoluta a la que Derrida apela en su lectura de Kierkegaard? Sería, en primer lugar, una ética que contra la buena conciencia asume su culpabilidad ante la muerte del otro, y cuyo modelo de actuación sería el que tuvo Abraham con Dios. Porque Dios es aquí “cualquier radicalmente otro”, todo otro es para mí “el otro absoluto”. La respuesta a todo otro sería entonces, como quería Lévinas, el heme aquí, comportarse con todo otro como lo haría un caballero de la fe, aquí radica lo extraordinario de la acción de Abraham: “En el momento de cada decisión y en la relación con cualquier/radicalmente otro como cualquier/radicalmente otro, cualquier/radicalmente otro nos pide a cada instante que nos comportemos como caballeros de la fe”.(22) Habría que añadir, sin embargo, que el otro no es necesariamente el que está presente, el vivo. Si seguimos la estela de Espectros de Marx debemos recordar el llamamiento ético que allí hacía Derrida: “ninguna ética, ninguna política, revolucionaria o no, parece posible, ni pensable, ni justa, si no reconoce como su principio el respeto por esos otros que no son ya o por esos otros que no están todavía ahí, presentemente vivos, tanto si han muerto ya como si todavía no han nacido. Ninguna justicia [...] parece posible o pensable sin un principio de responsabilidad, más allá de todo presente vivo, en aquello que desquicia el presente vivo, ante los fantasmas de los que aún no han nacido o de los que han muerto ya”.(23) Hasta aquí esta ética absoluta podría coincidir con la de Lévinas, al menos con la que desarrolla en De otro modo de ser o más allá de la esencia, donde el otro pierde su fenomenalidad y su presencia. Sin embargo, el segundo aspecto, el del silencio y la imposibilidad de hablar, rompe claramente la estructura levinasiana. Lo que dice el silencio de Abraham es que la singularidad es inconmensurable con la realidad y el discurso. Quien habla no se dice nunca a sí mismo, el sujeto de enunciación no coincide con el sujeto del enunciado. Desde la perspectiva de Kierkegaard y Derrida, la singularidad es la resistencia a toda referencia directa y a todo discurso totalizador. Este fondo oculto e intraducible es lo que Kierkegaard llamaba interioridad y que Derrida nombra Dios en una apuesta por repetir la “religión sin religión”: “Dios es el nombre de la posibilidad para mí de guardar un secreto que es visible en el interior pero no en el exterior. [...] En cuanto puedo guardar una relación secreta conmigo mismo y no decirlo todo; en cuanto hay algún secreto y algún testigo secreto dentro de mí para mí, hay eso que llamo Dios, [...] que llamo Dios dentro de mí [...] Dios está en mí, él es yo absoluto,es esta estructura de la interioridad invisible que se llama, en el sentido kierkegaardiano, la subjetividad”.(24) Este espacio de la interioridad no traducible, de la subjetividad atrincherada, debe ser reclamado, porque es justo el lugar donde habitan los muertos, donde nos relacionamos con los que ya no están o no han llegado todavía, y donde radica por lo tanto la posibilidad de la ética segunda, de una relación con los otros en los términos de responsabilidad infinita y de fe, una “religión sin religión”. Cuando Derrida afirma, siguiendo a Patocka, que “tal vez la esencia del cristianismo no ha sido todavía pensada”, cabe responder que dicha esencia fue pensada una vez, que esa esencia no pensada del cristianismo que resiste sus críticas externas es lo que Kierkegaard llamó ética segunda y que desarrolló en Las obras del amor. En este texto Kierkegaard toma como modelo de esta ética segunda precisamente nuestra relación con los muertos. Aquí la relación del superviviente con la muerte del otro –y no la propia muerte ni el morir por el otro– abre la posibilidad de la ética. Veamos cómo.

3. La muerte del otro en la ética segunda

Lo que en Temor y temblor se anunciaba como una transformación de lo ético en lo religioso, en virtud de la cual la ética recibe una “expresión paradójica”, en El concepto de angustia se formula ya como ética segunda (den anden Ethik): “La nueva ciencia empieza con la Dogmática, exactamente en el mismo sentido en que la ciencia inmanente empieza con la metafísica. Aquí vuelve a hallar la ética nuevamente su lugar, en cuanto ciencia peculiar que propone a la realidad como tarea la conciencia que la dogmática tiene de la misma realidad. Esta ética no ignora el pecado”,(25) y: “la primera ética [Den første Etik] ignora el pecado y la segunda ética [den anden Etik] incluye en sus dominios la realidad del pecado”.(26) ¿Qué significa aquí el pecado? ¿Qué relación puede éste tener con la ética? La ética segunda ciertamente no explica el pecado, pero lo presupone, parte de la “conciencia que la dogmática tiene de la misma realidad”, esto es, de la realidad del pecado. En el “doblete no dogmático del dogma” que Kierkegaard lleva a cabo aquí el pecado es, ante todo, la conciencia de la no-transparencia del sujeto a sí mismo, es la asunción de que “la subjetividad es la no-verdad”, de que el hombre ha perdido la verdad por culpa propia. El pecado da cuenta de la impotencia del sujeto para realizar la primera ética, la cual es una ciencia “demasiado ideal”.(27) La primera ética, lo que Derrida llamaba la ética de los deberes y derechos universales, presupone la capacidad del sujeto para cumplir el deber y la posibilidad de hacerlo en un marco comunitario, por el contrario la segunda ética parte del fracaso, es una “ética condicionada por un derrumbe. Procede del hecho de que el hombre fracase en sus aspiraciones éticas”.(28) En su relación con la muerte el pecado implica la conciencia de aquello a lo que apuntaba Lévinas: “sobrevivir como culpable” ante la muerte del otro. Sin embargo, la ética segunda no se construye sobre la estructura del “morir por el otro”, ni siquiera sobre la del “dar la muerte” –experiencia que asume–, sino sobre el deber de amar a los muertos. La ética segunda se juega en nuestra relación con los muertos, en el modo como vivimos la muerte del otro.

Una aproximación preliminar a esta cuestión la hallamos en La enfermedad mortal de la mano de Anti-Climacus. La enfermedad mortal dibuja el tránsito que va desde la desesperación del hombre inmediato hasta la fe que asume la desproporción del pecado. Leído este texto desde la perspectiva de Las obras del amor, lo que se traza aquí es el trayecto entre dos formas de vida que se distinguen por su relación con la muerte. La primera de ellas es la del hombre inmediato que desespera por lo terrenal. El hombre inmediato está “en relación de inmediatez con el otro”.(29) Cuando algo terrenal le es arrebatado, cuando le falta aquel otro a quien amaba, este hombre desespera. Desea incluso la propia muerte o en términos kierkegaardianos “no desea ser sí mismo”. Según Anti-Climacus esta forma de desesperación es la más baja de todas, y sin embargo habrá que reconocer que es la más común, y que es ella la que nos advierte de la fragilidad de la inmediatez, del débil lazo que nos une a la vida. Xantipa reaparece aquí de nuevo bajo la figura del hombre inmediato. El extremo opuesto lo constituye la fe que en este texto es definida como aquella situación en la que “al relacionarse consigo mismo y querer ser sí mismo, el yo se apoya de manera lúcida en el poder que lo ha establecido”.(30) Lo que nos interesa destacar aquí es que a esta situación ejemplar no se llega sino por la asunción del pecado (de la impotencia) y su relación con la ética. AntiClimacus lo advierte cuando afirma que: “La especulación no tiene en cuenta que en relación al pecado la ética representa una parte importante”.(31) La ética a la que de este modo se apunta es por lo tanto la ética segunda que se articula a partir del principio: “Tú debes”.(32) El deber al que aquí se hace referencia es el de querer o no querer creer, pero se trata siempre de creer en esta vida, no en otra vida (después de la muerte) ni en una vida transformada. Respecto a la muerte, Anti-Climacus nos advierte ya desde la introducción que “Cristianamente entendido, en la muerte caben infinitamente muchas más esperanzas que en lo que los hombres llaman vida”.(33) ¿Quiere esto decir que el cristianismo aporta esperanza ante la muerte porque promete otra vida después de esta vida? En absoluto. Suponer esto contradeciría la concepción kierkegaardiana del cristianismo, eso que todavía no ha sido pensado y que escapa a sus críticas externas. Nunca se habrá insistido suficientemente: “Abraham, a pesar de todo, creyó; y creyó para esta vida. Porque si su fe se hubiera referido solamente a la vida futura, no le habría costado apenas nada despojarse de todo para abandonar enseguida un mundo al cual ya no pertenecía”.(34) La cuestión es como siempre, tanto en Temor y temblor como en La enfermedad mortal: ¿cómo creer en esta vida cuando la muerte nos arrebata lo que más amamos? ¿Cómo creer cuando somos nosotros mismos quienes damos la muerte, cuando se nos pide dar la muerte, cuando sobrevivimos como culpables? A esta cuestión La enfermedad mortal responde con un inarticulado “Tú debes”, probablemente porque este deber recibe su contenido concreto en las acciones que se describen en Las obras del amor, y en especial en su penúltimo capítulo que justo lleva por título “La obra de amor que consiste en recordar a los muertos”.

Este capítulo de Las obras del amor ofrece la posibilidad de comprender la ética segunda a partir de nuestra relación con los muertos. Lejos de la máxima spinozista, el pensamiento de la muerte aparece en este texto como el lugar propicio para pensar la vida, y da de hecho el criterio para vivirla: “En relación con un difunto tienes la pauta a que has de ajustarte”.(35) El difunto es aquel a quien hemos amado con un amor preferencial, aquel cuya pérdida nos ha desesperado (y eso es el pecado) hasta el punto de “no querer ser uno mismo”. La ética segunda parecía rechazar este amor preferencial, incitaba al deber de amar más allá del objeto concreto, y sin embargo es en nuestra relación con los difuntos, en el deber de amar a los muertos –a quienes hemos amado concretamente– donde se establece el modelo de la ética segunda. ¿Por qué? El argumento de Kierkegaard es el siguiente: contrariamente al amado, el muerto no es una realidad, no es un objeto real (virkelig Gjenstanden). “El muerto se calla.”(36) El muerto no nos hace violencia, no nos reclama, no implora nuestro amor. De hecho la realidad siempre trabaja contra el muerto. Los vivos nos hacen señas para que olvidemos al muerto, es como si nos dijeran: “Ven con nosotros, nosotros te amaremos de veras”.(37) Pero la realidad, para ser ética, debe tener alguna relación con lo inexistente, con el fantasma, diría Derrida. Porque el muerto no es real, porque se calla, actúa precisamente como ocasión para descubrir el tipo de amor que habita en el vivo. Como la escritura kierkegaardiana, el silencio del muerto “es sólo la ocasión que pone al descubierto constantemente lo que habita en el vivo relacionado con él”.(38) Aquel que sigue el precepto de amar a los muertos descubre un amor libre, desinteresado, sin esperanza, porque del muerto no se puede esperar nada, no nos puede recompensar como sí desearíamos que lo hiciera el vivo. El deber de amar a los muertos expresa el deber de amar sin cálculo y sin interés. Ésta es la concepción del amor que alberga la ética segunda, la esencia no pensada del cristianismo que Kierkegaard pensó. A través del deber de amar a los muertos el amor preferencial se invierte en amor al prójimo.(39) El muerto es aquel a quien hemos amado con un amor preferencial pero que al partir, al convertirse en difunto, se convierte en ocasión, silenciosa pero exigente, de nuestro amor. El “Tú debes” se concreta aquí como “deber de amar al prójimo” en virtud del absurdo, donde el prójimo es el muerto, y es el vivo y es cualquiera. Para este tipo de amor el objeto es lo indiferente. En este punto Adorno tiene razón cuando afirma: “esta dialéctica del amor linda con la ausencia de amor. Ella exige del amor que se comporte con todos los hombres como si estuvieran muertos”.(40) Pero lejos de implicar fetichismo alguno, amar al vivo como si estuviera muerto, significa ser capaz de “no ver” sus respuestas, sus reclamos, sus recompensas, en una palabra, su impotencia, esto es, lo que Kierkegaard llama pecado. Y aquí Adorno vuelve a acertar cuando reconoce la crítica al capitalismo que esto implica: “Contra la sociedad capitalista, la relación con el muerto persevera en la idea de la libertad de las relaciones humanas respecto a toda finalidad”.(41) No hay, pues, que afanarse en defender a Kierkegaard de las críticas que Adorno lleva a cabo en este artículo, no es necesario seguir recordando una y otra vez a Adorno que este modelo de amor se dirige a los vivos.(42) Hay que darle la razón a Adorno contra todo intento de suavizar el exceso kierkegaardiano. En este exceso radica la posibilidad de atisbar el alcance de la ética segunda contra toda ética universalista de derechos y deberes.

El amor a lo presente, la prioridad de lo vivo sobre lo muerto, la responsabilidad hacia lo real, muestra el sometimiento de la ética primera, la que Derrida criticaba, a la lógica del intercambio. Por el contrario, el amor al prójimo, el deber de amar a los muertos, el deber de amar a los vivos como si estuviesen muertos, por encima de toda preferencia, apuntan a la posibilidad de una ética segunda que se caracterizaría por los siguientes principios: 1) En primer lugar en esta ética el sujeto admitiría que es la no-verdad, se haría cargo de su culpabilidad de superviviente, se apropiaría del pecado, en terminología kierkegaardiana. Asumiría, pues, la imposibilidad de la buena conciencia que la ética primera aseguraba y se posicionaría respecto a los otros que no son amados con un amor preferencial, aquellos que sufren o que ya no están; 2) en segundo lugar en esta ética la responsabilidad es infinita, porque no se dirige sólo a los presentes que nos hacen violencia y nos reclaman, sino también a los que se han ido y están por llegar, aquellos que no son un “objeto real” y que sin embargo insisten, son ocasión, asedian –diría Derrida– como espectros; y 3) finalmente, la ética segunda no se establece entre sujetos comunicativos, sino entre singularidades irreductibles a lenguaje. Es en el silencio de la interioridad agazapada donde se establece nuestra relación con los muertos, irreductible a cualquier pretensión de discursividad, a cualquier demanda de dar cuentas de sí o de lo real. Es en el fondo de este silencio, como advierte Adorno, donde habita la esperanza contra toda espera de que el muerto despierte.(43)

Nos preguntábamos acerca del dolor de Xantipa ante la muerte de Sócrates y si ese dolor podía ser vehiculado, más allá de la indiferencia filosófica, hacia una relación ética con el otro. La ética segunda que aquí se ha tratado de esbozar, mediante la lectura de Kierkegaard y Derrida, no se modula ni a partir de la estructura de la propia muerte, como ocurría en la perspectiva ontológica de Heidegger, ni de la estructura del “morir por el otro” tal y como la presenta Lévinas, que desde una perspectiva kierkegaardiana supondría únicamente una ética trágica. A partir de la conciencia de que cada día “damos la muerte”, de que siempre vivimos en el lugar de otro, surge el deber de amar a los muertos, a los que no responden y no están presentes, a quienes no nos reclaman con sus llantos ni nos recompensan con sus acciones. Éste es el modelo de amor al prójimo que rige la ética segunda y ciertamente esta ética suspende la ética, puesto que aniquila la buena conciencia de los demasiado vivos, demasiado comunicativos, demasiado satisfechos de sus acciones y razones pero que pronto olvidan, por su responsabilidad para con los vivos, a los muertos. Del amor al prójimo, que no es nadie y es cualquiera, de quien no esperamos nada sólo cabe esperar en silencio, como Abraham, lo imposible: que el muerto algún día despierte: “A un muerto hay que tratarlo como se trata a un dormido, a quien uno no se atreve a despertar, porque se abriga la esperanza de que algún día despierte por sí mismo”.(44)







* Este trabajo ha sido realizado y discutido en el marco del proyecto de investigación fi - nanciado por el Ministerio de Educación y Ciencia: «El horizonte de lo común (Entre un subjetividad no personal y una comunidad no identitaria)» (FFI2009-08557/FISO). Una versión menos extensa de este texto fue presentada en el Symposium Kierkegaard and Death, Minnesota, Howard V. Hong and Edna H. Hong Kierkegaard Library, diciembre de 2008.




Notas :

1. Herder, J. G. von, Abhandlungen und Briefe über schöne Literatur und Kunst, II, 45, Johann Gottfried von Herder’s sämmtliche Werke. Zur schönen Literatur und Kunst, I-XXX, Stuttgart-Tubinga, Cotta, 1827-1830, XVI, p. 114.
2. Heidegger, M., Ser y tiempo, trad. J. Eduardo Rivera, Madrid, Trotta, 2006, p. 260.
3. Derrida, J., “Donner la mort”, en L’Éthique du don: Jacques Derrida et la pensée du don, París, Métailié-Transition, 1992, p. 53 (citamos la traducción castellana: Dar la muerte, trad. Cristina de Peretti y Paco Vidarte, Paidós, Barcelona, 2000, p. 49).
4. Lévinas, E., Totalité et Infi ni, Essai sur l’exteriorité, La Haya, Martinus Nijhoff, 1961, p. 221.
5. Levinas, E., Dios, la muerte y el tiempo, trad. M. L. Rodríguez Tapia, Madrid, Cátedra, 1994, p. 57.
6. Ibídem, p. 53. Bernhard Waldenfels ha señalado este giro en el pensamiento de Lévinas que va de la concepción del otro como presente en Totalidad e infinito, a la comprensión del otro como ausente, en la medida en que ya no está, con lo que pierde su fenomenalidad, en De otro modo de ser o Más allá de la esencia. Sobre esta cuestión, véase Waldenfels, B., “Lévinas and the Face of the Other”, en Crichtley, S., y Bernasconi, R. (eds.), The Cambridge Companion to Lévinas, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, pp. 63-81.
7. Levinas, E., Dios, la muerte y el tiempo, op. cit., p. 89.
8. Heidegger, M., Ser y tiempo, op. cit., p. 261.
9. Lévinas, E., Racismes, l’autre et son visage, Entretiens d’Emmanuel Hirsh, París, Cerf, 1988, p. 99. (La traducción es mía.)
10. Lévinas, E., Autrement qu’être ou au-delà de l’essence, París, Martinus Nijhoff, 1978, p. 180.
11. Lévinas, E. “Éthique et Existence”, en Noms Propres, Montpellier, Fata Morgana, 1976, pp. 99-109. (originalmente publicado en alemán en Schweizer Monatshefte, 1963). Para la traducción española: “Existencia y ética”, en Kierkegaard vivo. Una reconsideración, Madrid, Encuentro, 2005, pp. 69-80.
12. Lévinas, E., “Existencia y ética”, op. cit.., p. 73.
13. Ibídem, p. 75.
14. Ibídem, p. 76.
15. Kierkegaard, S., Temor y temblor, trad. Demetrio Gutiérrez, Labor, Barcelona, 1992, p. 38 / SKS, 4, 117 (traducción parcialmente modifi cada). En lo que se refi ere a la obra de Kierkegaard señalamos en primer lugar la traducción española si la hay, y seguidamente damos la referencia de la nueva edición danesa de las obras de Kierkegaard: Cappelørn, N. J., Garff, J., et al. (eds.), Søren Kierkegaard Skrifter, Copenhague, Gads Forlag, 1997-2009 (en delante SKS), seguido del volumen y la página. Se indica cuándo se ha modifi cado la traducción.
16. Ya en “Violencia y metafísica. Ensayo sobre el pensamiento de Emmanuel Lévinas” (Revue de métaphysique et de morale, 3 y 4, 1964) Derrida recordaba que la crítica kierkegaardiana al orden ético no le había impedido “reafi rmar un ética en la ética, y reprochar a Hegel no haber constituido una moral” en La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos, 1989, p. 149.
17. Kierkegaard, S., Temor y temblor, op. cit., p. 96 / SKS, 4, 162.
18. Derrida, J., Dar la muerte, op. cit., p. 69.
19. Ibídem, p. 71.
20. Derrida, J., Spectres de Marx L’État de la dette, le travail du deuil et la nouvelle Internationale, París, Galilée, 1993 (para la traducción castellana: Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo y el duelo, trad. José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti, Madrid, Trotta, 1995).
21. Derrida, J., Dar la muerte, op. cit., p. 63.
22. Ibídem, p. 79.
23. Derrida, J., Espectros de Marx, op. cit., pp. 12-13.
24. Derrida, J., Dar la muerte, op. cit., pp. 103-104.
25. Kierkegaard, S., El concepto de angustia, trad. Demetrio Gutiérrez, Madrid, Guadarrama, 1965, p. 56 / SKS, 4, 328.
26. Ibídem, p. 61 / SKS, 4, 330.
27. Ibídem, p. 49 / SKS, 4, 324.
28. Grøn, A., “Anden etik”, en Garff, J., Olesen, T. A., y Søltoft, P. (eds.), Studier i Stadier. Søren Kierkegaard Selskabets 50-års Jubilæum, Copenhague, C.A. Reitzels Forlag, 1998, p. 86 (75-87).
29. Kierkegaard, S., La enfermedad mortal, trad. Demetrio Gutiérrez, Madrid, Guadarrama, 1969, p. 108 / SKS, 11, 164.
30. Ibídem, p. 49 / SKS, 11, 130. 31. Ibídem, p. 225/ SKS, 11, 231.
32. Ibídem, p. 217 / SKS, 11, 226.
33. Ibídem, p. 42 / SKS, 11, 124.
34. Kierkegaard, S., Temor y temblor, op. cit., p. 38 / SKS, 4, 116.
35. Kierkegaard, S., Las obras del amor, trad. Demetrio Gutiérrez, Madrid, Guadarrama, 1965, p. 243 / SKS, 9, 351.
36. Ibídem, p. 233 / SKS, 9, 346.
37. Ibídem, p. 237 / SKS, 9, 348.
38. Ibídem, p. 227 / SKS, 9, 341.
39. Esto ha sido destacado por Louise Carroll Keeley: “But the no one of death puts one in mind of one’s neighbor”, in “Loving No One, Loving Everyone: The Work of Love in Recollecting One Dead in Kierkegaard’s Works of Love”, Robert Perkins (ed.), International Kierkegaard Commentary, vol. 16, Macon, Georgia, Mercer University Press, 1999, p. 228 (pp. 211-248).
40. Adorno, T. W., “On Kierkegaard’s Doctrine of Love”, Studies in Philosophy and Social Sciences, vol. 8 (1940), pp. 413-429. Para la versión castellana utilizamos: “La doctrina kierkegaardiana del amor”, en Adorno, T. W., Kierkegaard. Construcción de lo estético, Obra Completa, 2, trad. Joaquín Chamorro, Madrid, Akal, 2006, pp. 195-211.
41. Adorno, T. W., “La doctrina kierkegaardiana del amor”, op. cit., p. 210.
42. La mayor parte de los trabajos sobre el criticismo de Adorno a Kierkegaard parten de esta posición y tratan de defender la doctrina kierkegaardiana del amor contra las acusaciones de Adorno. Véase por ejemplo: Søltof, P., “The Presence of the Absent Neighbor in Works of Love”, en Kierkegaard Studies Yearbook 1998, N. J. Cappelørn y Herman Deuser (eds.), Berlín-Nueva York, Walter de Gruyter, 1998, pp. 113-128, y Carroll, L., op. cit., pp. 211-248.
43. “Pero la esperanza que Kierkegaard opone a la seriedad de lo eterno no es sino la esperanza en la realidad viva de la redención”, Adorno, T. W., “La doctrina kierkegaardiana del amor”, op. cit., p. 211.
44. Kierkegaard, S., Las obras del amor, op. cit, p. 227 / SKS, 9, 342.







PUNTO Y APARTE




















PUNTO Y APARTE



SI EN EL PERÚ NO HUBIERA CORRUPTOS Y LADRONES LOS POLITICOS SE DEDICARÍAN A PLANIFICAR PROYECTOS DE PREVENCIÓN DE DESASTRES NATURALES.SI LOS POLÍTICOS OPORTUNISTAS (EL FUJIMORISMO EN PRIMER LUGAR) NO SE APROVECHARAN DE LA GENTE SOLO CUANDO HAY ELECCIONES O UNA SITUACIÓN DE EMERGENCIA EL FENÓMENO DEL NIÑO SERÍA SUPERABLE Y NO UN PROBLEMA GRAVE..AHORA RESULTA QUE LOS HUAYCOS SON MÁS PELIGROSOS QUE SENDERO LUMINOSO PORQUE HA PUESTO EN EMERGENCIA AL PAÍS.PERO LOS HUAYCOS NOS DICEN QUE NO NECESITAMOS DE SENDERO PARA VER TODA LA PRECARIEDAD Y MISERIA EN LA QUE ESTA ENVUELTA LA GENTE POR RESPONSABILIDAD DE LOS GOBIERNOS NEOLIBERALES.EL "MILAGRO PERUANO" NUEVAMENTE HA SIDO DESENMASCARADO. NUNCA HA HABIDO TAL MILAGRO.LOS HUAYCOS EN EL PERÚ NOS HA MOSTRADO AL PERÚ REAL.Y LA NATURALEZA NOS ESTÁ AVIZANDO QUE EL CALENTAMIENTO GLOBAL ,LAS LLUVIAS EN LA SIERRA,EL NIÑO COSTERO ,ETC HARÁN DE LA COSTA UN LUGAR CON INUNDACIONES..SI SEDAPAL NO PUEDE FUNCIONAR PORQUE SE PIERDE EL TIEMPO ENTRE EL PRIVATISMO Y EL ESTATISMO Y PORQUE UNOS SIMPLES HUAYCOS INUNDARON  LA CIUDAD ESO QUIERE DECIR QUE ESTAMOS RODEADOS DE INCAPACES.¿SE IMAGINAN QUE NO FUNCIONE SEDAPAL EN UNA SITUACIÓN DE GUERRA?BUENO PERO ESO ES OTRA COSA.EN REALIDAD TENER CALIDAD DE VIDA NO ES PROGRAMA DE LA IZQUIERDA O DE LA DERECHA O DE IDEOLOGÍAS IDIOTAS (PORQUE LAS  HAY , Y NO ME REFIERO A LA FILOSOFÍA NI A LOS PENSADORES SERIOS SINO A LOS FANÁTICOS E INCULTOS) SINO ES UN DERECHO Y UNA DECISION DE POLÍTICAS PUBLICAS.DE MODO QUE AHORA YA SABEMOS QUIENES NOS HAN ESTADO GOBERNANDO DURANTE 200 AÑOS DE VIDA REPUBLICANA.    





HUAYCOS ¿ESTADO DE EMERGENCIA? PERU 2017




Recopilación de huaycos en Perú 2017




ASÍ ESTAMOS CON LOS HUAYCOS EN PERÚ




¡URGENTE! ¿PERÚ EN ESTADO DE EMERGENCIA? Marzo 2017 (Huaicos - inundaciones)




Terrible huayco en Piura - Perú 2017




Rio huaycoloro se llevo a dos carros con personas adentro / Huaycos en peru 2017




HUAYCO ARRASA CON CASAS EN LIMA PERÚ VIDEO FUERTES LLUVIAS DESASTRE 2017




Trujillo: Campaña “Paraguas de la solidaridad” en apoyo a los damnificados por las lluvias




Gobernador Regional de Lima llevó ayuda a damnificados de Santa Eulalia en Huarochirí




ENTREGAN AYUDA HUMANITARIA RECOLECTADA EN ALIANZA ESTRATÉGICA ENTRE GRL, AMÉRICA TV Y CANAL N




Campaña de solidaridad con los damnificados de los huaicos








SquirlaZ - 2012 /rock peruano




Los heraldos negros (Poema de Cesar Vallejo)




Hamann - Todo esta perdido




BBS PARANOICOS - Corazon al Barro .




Santiago Insane - Tonalidades desgastadas




Inyectores - Vives - Mueres (BBS Paranoicos)




Santiago Insane - Elefantes violetas




Bbs Paranoicos  - EL CIELO VA A ESTALLAR




HAMANN - "El silencio es Ensordecedor"




ROCK PERUANO 2010 (El Unforgiven IV)




Santiago Insane - Vertigos en cenizas




Santiago Insane + clap en el microfono - Veintiun gramos por un fallo




Santiago Insane - Rayo crepuscular tras las cortinas




Chicano Batman - Black Lipstick




ADIONE - SI MAÑANA MUERO




Chicano Batman Black Lipstick




Chicano Batman - Friendship






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Flavio Hernán Teruel : El Marx de Dussel.Notas acerca de la recepción dusseliana de la obra teórica de Karl Marx

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El Marx de Dussel.Notas acerca de la recepción dusseliana de la obra teórica de Karl Marx*

The Marx of Dussel. Notes on dusselian receipt of the theoretical work of Karl Marx



Por : Flavio Hernán Teruel**
CONICET - Universidad Tecnológica Nacional, Facultad Regional Mendoza


Resumen

A partir de su exilio en México, a mediados de la década del setenta del siglo pasado, Enrique Dussel se entrega a la tarea de "leer seria y directamente" la obra teórica de Karl Marx producida entre los años 1857 y 1882. Al cabo de diez semestres de arduo trabajo, el resultado es una interpretación novedosa de las cuatro redacciones de El Capital. En efecto, ante los ojos de Dussel la obra maestra de Karl Marx se revela no solo como un tratado de economía sino antes bien como uno de antropología y ética. Marx, afirma Dussel, "deconstruye la economía capitalista críticamente y la reconstruye antropológica y éticamente". Asimismo, Dussel descubre que la producción teórica de Marx quedó inconclusa y, sobre todo, abierta a futuros desarrollos. Para el filósofo mendocino es necesario, en nuestro tiempo, no solo reinterpretar la totalidad de la obra de Marx sino también continuar su labor teórica, en especial desde América Latina, para el estudio del capitalismo periférico latinoamericano. Nuestro interés es indicar aquellos elementos que constituyen lo novedoso en la interpretación dusseliana de la obra teórica de Marx.

Palabras clave: Karl Marx; Enrique Dussel; Filosofía de la Liberación; Recepción del marxismo.

Abstract

From his exile in Mexico in the mid seventies of last century, Enrique Dussel is given the task of "reading seriously and directly" the theoretical work of Karl Marx produced between 1857 and 1882. After ten semesters of hard work, the result is a novel interpretation of the four drafts of The Capital. Indeed, in the eyes of Dussel, the masterpiece of Karl Marx is revealed not only as an economic treatise but rather as an anthropology and ethics. Marx "capitalist economy critically deconstructs and reconstructs anthropological and ethically". Moreover, Dussel finds that the theoretical yield of Marx was inconclusive and, above all, open to future developments. For the philosopher is needed in our time, not only reinterpret the whole work of Marx but also to continue his theoretical work, especially from Latin America, for the study of Latin American peripheral capitalism. Our interest is to indicate those elements which constitute the novelty in dusseliana interpretation of Marx's theoretical work.

Key words. Karl Marx; Enrique Dussel; Philosophy of Liberation; Reception of Marxism.







Introducción


Quien se inicia en la lectura de la obra filosófica de Enrique Dussel, pronto advierte que su discurso incurre con frecuencia en aseveraciones y comentarios acerca de su vida. Al modo de un discurrir biográfico entremezclado con la profundidad de su análisis filosófico, es posible hallar elementos acerca de su desarrollo intelectual. Así, es el propio Dussel quien nos brinda pistas sobre el devenir de su producción filosófica.

Siguiendo entonces su periodización hasta 1998 (Dussel, E. 1998, 13-36), el desarrollo del pensamiento filosófico de Enrique Dussel posee al menos cuatro etapas. La primera de ellas es la que nuestro filósofo denomina "simbólica latinoamericana" y abarca los años comprendidos entre 1952 y 1968. En esta etapa, Dussel se hallaba fuertemente influenciado por la filosofía de Edmund Husserl, Martin Heidegger y, sobre todo, por la obra La simbólica del mal del filósofo francés Paul Ricoeur. Las obras de este período, por mencionar algunas, son las siguientes: El humanismo helénico, escrita en Francia en 1962 y publicada en Buenos Aires en 1975; El humanismo semita, publicada en 1969; y El dualismo de la antropología de la cristiandad, publicada en 1974.

El segundo periodo comprende los años entre 1969 y 1976, y corresponde al momento de constitución de la Filosofía de la Liberación. Es la etapa en la que nuestro autor despierta de su "sueño ontológico" a partir de la lectura de la obra Totalidad e infinito (1961) del filósofo de origen lituano Emmanuel Levinas. Esta obra ha sido de fundamental importancia para la filosofía dusseliana de la liberación, puesto que le permitió a nuestro autor realizar tanto una crítica a la cosmovisión filosófica occidental como configurar una metafísica de la alteridad. Acusará también la influencia de la Escuela de Frankfurt y, en especial, de Herbert Marcuse por permitirle politizar la ontología heideggeriana. Algunas de las obras de este periodo son los cinco volúmenes de Filosofía Ética Latinoamericana, publicados entre 1973 y 1980, y Método para una filosofía de la liberación, publicada en 1974.

La tercera etapa es la que se inicia con su exilio en México y abarca los años 1976 a 1983. En ella nuestro filósofo realiza una sistemática lectura de la obra teórica de Marx. En el presente trabajo nos referiremos a la producción de Dussel acontecida durante la misma.

La cuarta etapa se inicia a mediados de la década del ochenta del siglo pasado a partir de la influencia de la ética del discurso de cuño habermasiano pero sobre todo apeliano en la filosofía de la liberación. Es interesante señalar que es esta etapa donde se produce un intenso diálogo filosófico entre Karl-Otto Apel y Enrique Dussel. Entre las obras de este periodo hallamos: La ética de la liberación ante el desafío de Apel, Taylor y Vattimo de 1998; Apel, Ricoeur, Rorty y la filosofía de la liberación de 1993 y Ética del discurso y ética de la liberación de 2004.

Con la edición de sus obras Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión y Política de la liberación , ambas publicadas en Madrid por la Editoral Trotta en los años 1998, 2007-2009 respectivamente, se ha abierto, seguramente, una nueva etapa en su producción filosófica: la de la crítica de todo el sistema de las categorías de la filosofía política burguesa de Hobbes hasta Habermas. Quizás la etapa definitiva... Sin embargo sabemos de su intención de desarrollar aún tanto una estética como una lógica de la liberación.

Ahora bien, es a partir de su exilio en México, a mediados de la década del setenta del siglo pasado, que Enrique Dussel se entrega a la tarea de "leer seria y directamente" la obra teórica de Karl Marx producida entre los años 1857 y 1882. Al cabo de diez semestres de arduo trabajo, el resultado es una interpretación novedosa de las cuatro redacciones de El Capital. En efecto, ante los ojos de Dussel la obra maestra de Karl Marx se revela no solo como un tratado de economía sino antes bien como uno de antropología y ética. Marx, afirma Dussel, "deconstruye la economía capitalista críticamente y la reconstruye antropológica y éticamente" (Dussel, E. 1994, 224). Asimismo, nuestro autor descubre que la producción teórica de Marx quedó inconclusa y, sobre todo, abierta a futuros desarrollos. Para el filósofo mendocino es necesario, en nuestro tiempo, no solo reinterpretar la totalidad de la obra de Marx sino también continuar su labor teórica, en especial desde América Latina, para el estudio del capitalismo periférico latinoamericano. Nuestro interés es indicar aquellos elementos que constituyen lo novedoso en la interpretación dusseliana de la obra teórica de Marx.

La lectura dusseliana de El Capital

Dussel comienza a estudiar sistemáticamente la obra de Marx, como hemos dicho, a partir del año 1977. Y lo hace a través de una serie de veinte seminarios mediante los cuales realiza una lectura arqueológica y cronológica de toda la obra teórica de Marx producida entre los años 1857 y 1882 (Beorlegui, C. 2004, p. 740-741). Los objetivos fundamentales de dicha lectura eran: a) descubrir diacrónicamente la constitución de todas las categorías del pensamiento teórico de Marx y b) precisar la parte económica de la filosofía de la liberación (Dussel, E. 1994, 223).

El acceso sistemático a Marx que comencé en la segunda parte de la década del setenta en México se debió a cuatro hechos. En primer lugar, por la creciente miseria del continente latinoamericano [...]. El "pobre", en la "exterioridad" del sistema de producción y distribución, es un "hecho" más brutal que nunca (desde 1968 a 1992). En segundo lugar, para poder efectuar una crítica del capitalismo causa de una tal pobreza, aun antes de que, aparentemente triunfante en el Norte (más desde noviembre de 1989), se mostrara que fracasa en el 75 % de la Humanidad: en el Sur (África, Asia, América Latina). En tercer lugar, porque la Filosofía de la Liberación debía desplegar una económica y política firmes [...]. En cuarto lugar, porque para poder superar el "dogmatismo" (marxista-leninista) en los países socialistas [...] era necesario leer directa y seriamente a Marx mismo, para afianzar la izquierda latinoamericana (Dussel,  E. 1998, 24).

La intención explícita de Dussel era realizar una lectura de Marx mismo. El corpus de dicha lectura se conformaba del siguiente modo: a) los exámenes de bachillerato de 1835; b) la tesis doctoral de 1841; c) los artículos de 1842 a 1843; d) los trabajos de París y Bruselas cuando Marx empezó sus estudios de economía entre los años 1843 y 1849; e) los siete primeros tomos de los cuarenta que constituyen la sección IV del MEGA1, y que corresponden a los más de cien cuadernos de notas sobre las lecturas de Marx en la Biblioteca del Museo Británico de Londres escritos entre los años 1851 y 1856; f) los Grundrisse o Elementos fundamentales para la crítica de la economía política de 1857; g) los Manuscritos del 61-63, de los cuales las traducciones al castellano son: Contribución a la crítica de la economía política (1980), Teorías sobre la plusvalía (1980) y Progreso técnico y desarrollo capitalista (1982); h) los Manuscritos del 63-65; y finalmente, i) el primer tomo de El Capital y los manuscritos que conforman los tomos segundo y tercero, editados póstumamente por Friedrich Engels y Karl Kautsky (Dussel, E. 1994, 223-224).

Teníamos, por primera vez, una visión completa [...]. Podíamos, sólo ahora, intentar una interpretación propia (que no dependiera necesariamente de las otras interpretaciones europeas existentes, y que respondiera a los "intereses" concretos, históricos de la miseria latinoamericana, y a la necesidad de un proceso revolucionario de la periferia del mundo capitalista a fines del siglo XX y comienzo del XXI) (Dussel, E. 1994, 224).

Dussel se refiere sobre todo a dos grandes vías de interpretación de la obra de Marx: a) la del stalinismo, que a su juicio es una deformación de la obra de Marx; y b) la del "marxismo occidental" con nombres como Georg Lukács, Karl Korsch, Karel Kosík, Herbert Marcuse, Louis Althusser, Lucio Colletti y Jürgen Habermas.

El Marx más antropológico, ético y antimaterialista no era el de la juventud (1835-1848), sino el Marx definitivo, el de las "cuatro redacciones de El capital (1857-1882). Un gran filósofo-economista fue apareciendo ante nuestros ojos (Dussel, E. 1998, 25).

Fruto del minucioso trabajo arqueológico fueron los tres tomos escritos por Dussel, y publicados en México por la editorial Siglo XXI, acerca de lo que él denomina las cuatro redacciones que Marx hizo de El Capital. Estas obras son: La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse, publicado en 1985; Hacia un Marx desconocido. Un comentario de los Manuscritos del 61-63, de 1988 y, finalmente, El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana. Un comentario a la tercera y a la cuarta redacción de El Capital, de 1990. Esta trilogía procura una interpretación nueva, antidogmática y antropológica de la obra teórica de Marx.

En su primer trabajo, entonces, sobre las cuatro redacciones de El Capital, La producción teórica de Marx, Dussel estudió la "primera" de ellas: los Grundrisse (1857-1858). En su obra Hacia un Marx desconocido, realizó el comentario a la "segunda" redacción a través de las obras Contribución a la crítica de la economía política (1859) y los Manuscritos del 61-63. Por último, la obra El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana, recorre la producción teórica desde 1863 a 1882, fundamentalmente los Manuscritos del 63-65 (Dussel, E. 1990, 9).

Se trata entonces de una relectura completa de Marx, con nuevos ojos. Como latinoamericano, desde la miseria creciente del mundo periférico, subdesarrollado y explotado del capitalismo a fines del siglo XX. Marx es en la periferia, hoy, más pertinente que en la Inglaterra de mediados del siglo XIX (Dussel, E. 1994, 222).

Para Dussel, Marx empieza su discurso teórico en 1857 con la publicación de los Grundrisse. Descubre además en dicha obra las categorías de "alteridad", "exterioridad" y "trabajo vivo". Dussel encuentra la cuestión de la "exterioridad" o "trascendentalidad" del "trabajo vivo" como oposición dialéctica al capital. El descubrimiento de la categoría "alteridad" en Marx, de la "exterioridad" del "trabajo vivo", categoría antropológica en tanto que la persona del trabajador no fundada por el "ser del capital", lleva a Dussel a interpretar El Capital ante todo como una ética (Dussel, E. 1995, 69).

Marx desarrolla, no sólo en los Grundrisse, sino también hasta el final de El Capital, una ontología del capitalismo desde una metafísica de la vida, la sensibilidad humana como necesidad, de la persona del trabajador como exterioridad [...] la inauguración definitiva del establecimiento de una filosofía como "marco problemático" fundamental de necesaria referencia (Dussel, E. 1985b, 19-20).

Este trabajo le permitió a Dussel cambiar la visión que sobre Marx tenía, pero sin traicionar su etapa anterior que podría ser caracterizada como fenomenológica-existencial (Fornet-Betancourt, R. 2001, 325-333). También -y sobre todo- le permitió aplicar categorías económicas más firmes a su Filosofía de la Liberación.

Lo novedoso de la interpretación dusseliana de la obra teórica de Karl Marx

La categoría central de las interpretaciones clásicas del marxismo occidental es la de "totalidad"; mientras que para Dussel es la de "trabajo vivo", i.e., el no-capital, aquello que está más allá del ser del capital y, por lo tanto, es una categoría trans-ontológica, meta-física, en el sentido levinasiano que la Filosofía de la Liberación adopta. En efecto, Levinas llama ontología al modo de pensar de la tradición filosófica occidental que parte de la superioridad de lo mismo o de lo idéntico, y que por eso solo puede ver al otro de manera reduccionista o asimilatoria. La metafísica, al contrario, significa el modo de pensar que rompe esta tradición ontológica, en la medida en que parte de la exterioridad irreductible del otro. Si, pues, "identidad", "sistema" y "totalidad" son categorías dominantes para la ontología, la metafísica se orienta antes por la "alteridad" y la absoluta trascendencia del otro. La metafísica es, pues, la ruptura con la totalidad ontológica. (Levinas, E. 1977, 5 y ss. y también Dussel, E. 1985a, 56 y ss.).

Dussel reconoce -como hemos indicado ya- haber descubierto en Marx la cuestión de la exterioridad. Así, pues, la exterioridad no es proyectada en la dialéctica marxista, sino descubierta en ésta como componente esencial de su dinámica.

Nuestra pretensión consiste, contra toda la tradición de los intérpretes de Marx, en afirmar que la categoría por excelencia de Marx no es la de "totalidad" sino la de "exterioridad" [...] Nuestra pretensión consiste en indicar que el análisis ontológico del capital [...] del "valor" que se "valoriza", sólo es posible a partir de una posición crítica (que hemos llamado metafísica: más que ontológica). [...] La "exterioridad" es la condición práctica de la crítica a la "totalidad" del capital (Dussel, E. 1988, 365-366).

Dussel a través de su lectura de la obra teórica de Marx, intenta probar que Marx realiza la crítica al capitalismo a partir de la categoría de exterioridad del otro. En efecto, nuestro autor afirma que el movimiento lógico dialéctico de El Capital comienza en la contradicción radical entre el "trabajo vivo" y el "trabajo objetivado" como capital; y no en la distinción entre "trabajo concreto" y "trabajo abstracto", ni en la diferencia entre "valor de uso" y "valor de cambio". En efecto, "trabajo vivo", para Marx, es -siguiendo a Dussel- el punto de partida absoluto del discurso dialéctico, anterior a la existencia de capital y fuente creadora de valor desde la nada del capital. El "trabajo vivo" es la persona, la subjetividad y corporalidad inmediata, que al mismo tiempo es pobreza absoluta y fuente creadora de valor que el capital subsume y pone como mediación para valorizarse a sí mismo. El "trabajo vivo" como fuente creadora de valor, más allá del capital, no se debe confundir con la "plusvalía", el fundamento productor de valor dentro del capital. Ninguna otra cosa excepto la persona humana puede producir valor y valor de cambio. El "trabajo vivo" es el no-ser anterior a la "totalidad" -que el marxismo occidental sitúa como categoría primera-, es la categoría generadora de todas las demás categorías de la economía política. El "trabajo vivo", la persona, no puede tener valor de cambio porque ella es la sustancia o la causa efectora de todo valor. Otra cosa distinta es la "capacidad" o "fuerza de trabajo" que se consume durante el trabajo, y se puede reproducir por el salario o "capital variable" que, a su vez, se reproduce durante el "tiempo necesario". El capitalista paga la "fuerza de trabajo" pero usa el "trabajo vivo", el cual da más de lo que recibe.

A partir de la categoría de "trabajo vivo" como "exterioridad", Dussel establece la vinculación entre Levinas y Marx. La categoría de "exterioridad", por un lado, le pertenece a Emmanuel Levinas; sin embargo, ha sido elaborada por la Filosofía de la Liberación (Dussel, E. 1993, 72). En efecto, Levinas, en su obra Totalidad e infinito, sitúa a la "exterioridad" como en un ámbito trans-ontológico desde donde irrumpe el "Otro" (Autrui), como origen de la interpelación ética, como "pobre" exigiendo justicia (Dussel, E. 1993, 72). Es la posición ética por excelencia, el "cara-a-cara" (Dussel, E. 1993, 72). Marx, por otra parte, ubica al "trabajo vivo" (lebendige Arbeit) como el "no-capital", como la nada (Nichts) fuera del capital, anterior al contrato (Dussel, E. 1993, 72). Lo "Otro" radical con respecto al capital es el "trabajo vivo" como "pobreza absoluta" (absolute Armut): la corporalidad del trabajador. El capital "subsume"2 formal o realmente al "trabajo vivo" como "fuente (Quelle) creadora de su propio valor desde la nada" del propio capital (Dussel, E. 1993, 72-73).

Ahora bien, lo "moral" o lo "ético" debe ser situado en el nivel práctico, el cual es entendido por Dussel como la relación entre personas tanto inmediata (cara-a-cara) o mediada (por medio del producto del trabajo). La moral, por un lado, es entendida por nuestro autor como la totalidad de las prácticas vigentes en el poder, que juzga cada acto como "bueno" o "justo", como "malo" o "injusto". La ética, por el otro, es entendida como la crítica trascendental de las "morales" (o de la "moral"), desde el punto de vista de la dignidad absoluta, trascendental, "metafísica", de la subjetividad del trabajador, de su corporalidad, como persona con libertad, con conciencia y espíritu (Dussel, E. 1990, 431-432). Dussel entiende que en el fundamento de El Capital se encuentra la cuestión práctica tanto moral, en cuanto es la esencia del sistema capitalista; como ética, en cuanto se critica sobre su consistencia humana (Dussel, E. 1990, 432).

Marx -según Dussel- realizó una crítica de la "moral" burguesa en su "esencia", al juzgar como injusta la relación social que constituye ese orden "moral": la relación de dominación "capital-trabajo" (Dussel, E. 1990, 440). Ahora bien, Marx formula esta injusticia "ética" desde la exterioridad del orden "moral" burgués. El "trabajo vivo" es -siguiendo la interpretación dusseliana- exterioridad trascendental. Es desde aquí que Marx realiza la crítica ética a la "moral" vigente del capital en cuanto totalidad.

La maldad "ética", el "mal" o lo "perverso" para la "ética", es lo contrario a la dignidad de la "subjetividad" o "corporalidad" de la "persona" del trabajador; es lo contrario a su "vida"; es decir: es su "muerte". Esta muerte se manifiesta, comienza, ya con la pobreza, con la "miseria". No se trata ahora de la "pobreza (Armut)" del pauper ante festum -como condición de posibilidad de la existencia del capital, del contrato "dinero-trabajo"-, sino de la "miseria" post festum, que es el objetivo esencial en la descripción de toda la obra de El capital en sus cuatro redacciones: encontrar "científicamente" la causa del efecto llamado "miseria" de las masas trabajadoras (Dussel, E. 1990, 448).

Por último y en función de recapitular lo dicho, las claves entonces de la novedad de la interpretación dusseliana de la obra teórica de Marx son las siguientes: a) el descubrimiento por parte de Marx del "trabajo vivo" como la categoría fundamental y generadora de todas las demás categorías de la economía política; b) la identificación de que el lugar histórico, lógico y "natural" del "trabajo vivo", no está en la ontología de la totalidad del capital, sino más allá, en lo antropológico meta-físico, en la exterioridad y alteridad, en el no-ser del capital y c) la comprensión de que la crítica de Marx a la economía política burguesa y al fetichismo del capital, no es sólo científica, sino también ética trans-ontológica (Díaz Novoa, G. 2009, 47).



Notas:

* El texto corresponde a la versión corregida de la ponencia presentada en el II Congreso Ciencias, Tecnologías y Culturas: "Diálogo entre las disciplinas del conocimiento. Mirando al futuro de América Latina y el Caribe", realizado en la Universidad de Santiago de Chile entre los días 29 de octubre y 1 de noviembre de 2010.

1- En la obra de Karl Marx se reconoce como MEGA a las iniciales del título de la edición crítica que el Instituto Marxista-Leninista de Berlín y Moscú prepara y edita: Marx-Engels-Gesamtausgabe.
2- La "Subsunción" es el acto por el que la "Exterioridad" se incorpora a la "Totalidad" o al "sistema" del capital en abstracto.
El autor

**Flavio Hernán Teruel es Profesor de grado universitario en Filosofía (FFyL, UNCuyo) y Especialista en Educación y Nuevas Tecnologías (FLACSO). Maestrando en Estudios Latinoamericanos (FCPyS, UNCuyo); y doctorando en Filosofía (FFyH, UNC). Ha realizado estudios de Matemática (ISP "San Pedro Nolasco"). Becario de CONICET. Ejerce la docencia en el nivel universitario. Ha participado y participa actualmente en proyectos de investigación de la Secretaría de Ciencia Técnica y Posgrado de la UNCuyo. Es miembro del Instituto de Filosofía Argentina y Americana como Investigador Libre. Sus intereses se centran tanto en el estudio de la Filosofía Latinoamericana como en el Pensamiento Lógico y Matemático.



Bibliografía

1- Anderson, Perry. 1987. Consideraciones sobre el marxismo occidental. México: Siglo XXI Editores.         
2- Beorlegui, Carlos. 2004. Historia del pensamiento filosófico latinoamericano. Bilbao: Universidad de Deusto.         
3- Díaz Novoa, Gildardo. 2009. Enrique Dussel: Una lectura latinoamericana de la obra completa de Marx. Ibagué (Colombia): Universidad de Ibagué         
4- Dussel, Enrique. 1985a. Filosofía de la Liberación. Buenos Aires: Ediciones La Aurora.         
5- Dussel, Enrique. 1985b. La Producción Teórica de Marx. Un Comentario a los Grundrisse. México: Siglo XXI.         
6- Dussel, Enrique. 1988. Hacia un Marx desconocido. Un comentario de los Manuscritos del 61-63. México: Siglo XXI/UAM.         
7- Dussel, Enrique. 1990. El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana, un comentario a la tercera y a la cuarta redacción de "El Capital". México: Siglo XXI Editores.         
8- Dussel, Enrique. 1993. Apel, Ricoeur, Rorty y la filosofía de la liberación, con respuestas de Karl-Otto Apel y Paul Ricoeur. México: Universidad de Guadalajara.         
9- Dussel, Enrique. 1994. Historia de la filosofía y filosofía de la liberación. Bogotá: Nueva América.         
10- Dussel, Enrique. 1995. Introducción a la filosofía de la liberación. Bogotá: Nueva América.        
11- Dussel, Enrique. 1998. Autopercepción intelectual de un proceso histórico. Enrique Dussel; un proyecto ético y político para América Latina. Barcelona: Proyecto A ediciones.         
12- Fornet-Betancourt, Raúl. 2001. Transformación del marxismo. Historia del marxismo en América Latina. México: Universidad Autónoma de Nuevo León-Plaza y Valdés.         
13- Levinas, Emmanuel. 1977. Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Salamanca: Sígueme.         
14- Löwy, Michel (Organizador). 1999. O Marxismo na América Latina. Uma antologia de 1909 aos dias atuais. São Paulo: Editora Fundação Perseu Abramo.         






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