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jueves, 30 de enero de 2014

Al sur de la frontera, un documental de Oliver Stone

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En casi una regla tener siempre en cuenta  entre nosotros que es posible aún en los países con una grave crisis económica, moral y política a nivel internacional encontrar a personas que destacan por su transparencia y activismo social. Oliver Stone tras haberse dedicado ya un buen tiempo  a realizar documentales de diversas temática social, política e histórica es indudablemente un buen garante de la lucha por la libertad y la verdad y un buen rostro del pueblo norteamericano.La verdad que indaga Stone no es la verdad absoluta sino la verdad vivida y diáfana de lo que ocurre en la vida de las nuevas repúblicas socialistas de esta región del mundo y la que su olfato de un gran sabueso le indica.No pretende Stone hacer política sin embargo sin quererlo tal vez está realizando la más saludable de las políticas, que es escuchar a los otros y las razones de su oposición a la política de EEUU y el condicionamiento que ha impuesto con sus instrumentos económicos de dominación tales como el FMI,el Banco mundial y sustentados maliciosamente en el consenso de Washington para mantenernos en el atraso y sin alternativa de desarrollo de ninguna índole. La política internacional yanqui en esta parte del mundo ha consistido en el desmantelamiento sistemático de nuestras naciones y pérdida del control de nuestra soberanía  y de nuestras riquezas. En Al sur de la frontera (2009), Stone coloca frente a la cámara a los principales realizadores de la nueva Latinoamérica .El producto fílmico del material en mención es de una gran esperanza para la región después de los largos procesos de desintegración y desestabilización producto de regímenes dictatoriales promovidos por los sucesivos gobiernos colonialistas norteamericanos. Para algunos estos gobiernos de la nueva Latinoamérica se caracteriza por ser Bolivariano, para otros socialista del siglo XXI.En tanto los hay quienes opinan que esto obedece a la nueva alternativa socialista. Y como bien afirma Raúl Castro en el documental: No son los herederos de la revolución cubana sino que cada una anda su propio camino, pues todos entienden  que existen diferencias que se han ido diversificando a lo largo de la historia pero que al fín todos convergen al sueño del libertador Simón Bolivar que es el proyecto original que los convoca a la creación de instituciones y organismos político-económico que integren y salvaguarden a nuestra América.                

Latinoamérica para los latinoamericanos!



Sinopsis.Al sur de la frontera es un documental producido y dirigido por Oliver Stone. La película se estrenó en el Festival de Cine de Venecia de 2009. Trata sobre la presidencia de algunos líderes latinoamericanos de izquierda, en particular a los dirigentes de Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador, Cuba, Paraguay y Brasil. También es relevante en la cinta el tratamiento que estos gobernantes han recibido en los medios de comunicación estadounidenses.

Al sur de la frontera (subtitulada)




Kantuta, flor nacional del Perú (música: Jorge Huirse)





Los Miserables - Cambia todo cambia





SKA-P - El Libertador





Los Saicos - Intensamente





Mercedes Sosa - Que vivan los estudiantes!





Piero-Para el pueblo lo que es del pueblo





FABULOSOS CADILLACS - GALLO ROJO





Moris - Ayer nomas





Campo de Almas - Soledad





Los Miserables - Te doy una cancion





NORECOMENDABLE - Cancer





fox incaico - Cuando el indio llora





fox incaico - "Ollantay" o "Canto de las ñustas"








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Punto y Aparte


Alberto Hidalgo Lobato (Arequipa, Perú, 23 de mayo de 1897 - Buenos Aires, 12 de noviembre de 1967)


III

País donde las papas brotan sabiendo su misión.
Donde la lectura de los tomates es fácil.
Donde el maíz declama sus estrofas sin equívoco alguno.
Donde la quinua desde niña cumple la exigencias del destino.
Donde las chirimoyas todos las saben de memoria.
Donde a pintar naturalezas muertas enseñan las manzanas.
Donde el pacae toca el piano de corrido.
Donde el algodón es posible enfrentarlo sin énfasis.
Donde las lúcumas encienden fogatas de perfume.
Donde la chicha da su opinión a los ríos.
Donde el azucar se paladea hasta en el saludo y la mirada.
Donde al mango se le succiona como a un lucero afrodisíaco.

País donde a lo incontinente lo sostienen los brazos.
Donde a la tierra le crecen alas desde Tacna hasta Tumbes.
Donde el valor es un artículo de primera necesidad.
Donde dan a los hombres soluciones los puntos cardinales.
Donde la evocación cae en un pozo para llenar de círculos el tiempo.
Donde al solo nombrarte se tiñen las mejillas de palidez patriótica.

País donde los médicos son tan buenos que curan a la muerte de sus enfermedades.
Donde los abogados defienden a los pleitos contra el afán del cliente por arribar temprano al resultado.
Donde los ingenieros proyectan los caminos que el corazón ya señaló a la vida.

País donde el color se nos ofrece a todos como caricia suave.
Donde se ve cómo te inclinas igual que un sauce sobre tu pasado.
Donde se ve cómo te yergues igual que un pino sobre tu presente.
Donde se advierte que el estado nació de caminar de no estar quieto.
Donde se ve a las hojas de otoño correr hacia ti como un regazo.
Donde se sabe que eres caudaloso como una calle estrecha.
Donde se abren los ojos como cántaros que prometes llenar de panoramas.
Y donde el porvenir se lo ve próximo como un vaso de vino.

XI

Oh país que en los ojos te reflejas igual que en una fuente.
Oh país de los días abundantes.
Oh país de las noches numerosas.

País con superpoblación de siemprelindas.
País que en los canarios ejecuta las más hondas guitarras.
País que ensaya primaveras en atención a sus deseos.
País que mira al universos como un balcón a un patios.
País que da la sensación de estar pisando en aire firme.
País al que la luz entra volando como una rápida azucena.
País que a las tormentas las sacude como si fueran campanarios.
País donde a los senos se les traduce sin dificultad.
País donde a la sombra de los besos se vive una palmera.
País que abre su espíritu como si fuera un puerto.
País que repesenta a la franqueza como a su pueblo un diputado.
País que se atribuye el firmamento como si fuese un águila.
País donde a los odios se los tiene a la mano cual revólveres.
País donde el paisaje en cuanto surge adquiere carta de ciudadanía.
País donde es  peruano el color del lenguaje en que se quiere.
País donde es peruana desde que nace hasta que muere el agua.
País donde es peruano hasta en las flores que lo dan el fuego.
País donde es peruana la propia cara de la tierra.

(DE :CARTA   AL PERÚ)

Estética

Yo conocía
la emoción del ritmo;
pero desde el punto que te quise,
entiendo
el ritmo de la emoción.
Creía
que la poesía consiste
en los ritmos,
y en las imágenes,
y en la música de las palabras,
y en la rima,
y en las bellas frases,
y en la armonía
o la melodía del verso.
¡Mentira!
la poesía consiste
en ir juntando
un poquito de emoción
a otro poquito de emoción,
aunque cada verso sea
solamente
una palabra
o una modesta
sí-
la-
ba.
Y esta estética
la he bebido
en tu cuerpo
y en tu alma;
porque en ti se hallaba,
sin que tú lo supieras
ni
sos-
pe-
cha-
ras…

(De Tu libro)

Declaración de principios

Desde el perfume en que te quiero tanto
hasta esa gran ternura que como túnica te viste
hay un camino a mi alma
que es un camino a mi dicha

Ese color tan lento ese color besado que te empieza
y tus senos acostumbrados a que mis ojos los estrujen
y tu boca de donde sale felicidad a torrentes
y la piel que te cubre con lujuria de raso
obstáculo exquisito entre mis dientes y tu carne
lodo eso desemboca en este amor que me íntegra

Tu sonrisa es la época de ser feliz pues se conoce
la ciencia de tus labios que muerden desde lejos
manos para el milagro de hacer brotar la fuerza de una mecánica muy dulce
que habría sido inercia para siempre sin tu gloriosa asistencia
En tus piernas se inicia el paraíso
paraíso perdido y al fin reencontrado
donde vivir en nuestro tiempo la edad de la manzana
Nadie ha logrado tu retrato porque tú comienzas
en una zona de ti misma difícil al pincel el lente o la palabra
Comienzas en el tono la mirada el andar
nada del cuerpo te principia, pero tu cuerpo es donde acaba todo
hasta la vida en él concluye mas se inicia de nuevo
océano al que fluyen atropellados ríos
puerto de los deseos y los besos
ay adorado cuerpo de mi muerte

Y yo era solo, y yo era triste, y yo era un menos y no era yo sin ti
No es nada el ángulo que no tiene un lado
yo era como él pues me faltabas tú
Recién estoy completo como un redondo como un mundo entero.

¿Quién dijo miedo?

Le apuntarán con rifles a la región del saco
el saco ha de dejarles perforar la camisa
la camisa de cándida permitirá que lleguen hasta el pecho
el pecho heroicamente sabrá ahí mismo convertirse en rosa
la rosa echará pétalos por los cuatro costados de la sangre
la sangre comedida irá a entregarle su caudal al río
el río asumirá la empurpurada fisonomía del obrero
y el obrero sin pausas ha de seguir pidiendo
pidiendo que le suban el salario
aunque después sus restos
vayan a exagerar el cementerio

Otros verán que tiene motivos el salario
para creer que es poco lo que le da a la casa
la casa tiene esposa
a la esposa le cuelgan como flecos los hijos
a los hijos no hay pan que no les ladre
no hay ladrido pequeño que no implore un juguete
ni hay juguete tan tonto que se ponga furioso
el día que lo adquieren porque lo rompa un niño
Pero al niño de veras solamente lo encarga
la madre cuando sabe que ha llegado el aumento
al aumento le dan de bofetadas sin asco los patrones
e irreductible la inclemencia de éstos
al perro de juguete
al chico que no ladra
a la madre atrevida que lo compra
y al jornal microscópico del padre
no les queda otra cosa que la huelga

La huelga es la antesala de la muerte
la muerte es una hilera de fusiles
los fusiles son seres
expertos en el arte de asesinar camisas
las camisas se abrigan con los sacos
los sacos son parientes de los pechos
en los pechos revientan las rosas de la sangre
la sangre nunca para hasta que llega al río
y este río de espantos desemboca
inapelable inexorablemente
en el mar sin perdones de la revolución

(De Poesía Inexpugnable - 1962)

Semáforo

Mejor es que los ojos como lámparas trémulas se apaguen
Que los sonidos sean transparentados a donde nunca se los
/oiga
Que no acepten el vuelo de los vocablos
Que no haya casos cuando yo poeme

Pido la cesantía de las buenas costumbres del lenguaje
La defunción de la gramática
El aniquilamiento del sentido doméstico en el canto
Exijo ausencias cuando yo poemo

Propugno el culto de la errata
El celeste relámpago de la equivocación
El juego mágico de malentendidos entre versistas y leyentes
Para que juntos poememos en perseveración de este prodigio

El poemar repuebla al tiempo
Acrecienta el espacio de perspectivas y alrededores
Y en tanto que se espacia poemando
Se tiempa para siempre quien poema

(De Espacio tiempo)

Papá

Tenía el padre un parecido grande con la bondad
La misma frente iguales ademanes
Idéntica manera de moverse hacia los lados
Como distribuyéndose en las cosas
Como soltando partes suyas para que las asieran las personas
El padre y la bondad eran sosías

Entiendo que el tórax era poco
Año tras año ampliaba el domicilio en que alojaba el corazón
Y de tal modo éste llegó a ocupar todo su cuerpo
Allí a sus huéspedes brindaba atención de primera
En costumbre de abrazos en que cabían miles
Sin promiscuarse y sin hacinamiento
Porque al espacio su conducta cual si fuera de goma lo estiraba

No era una vela pero ardía
Pasiones contenidas no exportadas quemábanlo
Los libros que pensaba y no escribía eran su incendio
Las lecturas el ver el ansia de escuchar lo combustían
En la voz en las manos en los ojos se le pulsaban 39 grados
Hizo llamar a médicos y su diagnóstico fue absurdo
Por no dar en la tecla y no auscultarle el alma no advirtieron
Que él quería ser cielo y se iba en fuego
En lo que sale de la hoguera en fibra

La profesión que ejerció fue el entregarse
Proporcionaba una amistad de higuera que daba alimento y
/sombra
Y por eso después de atacarlo la muerte se dio cuenta
De que había abatido no solamente a un hombre sino a un árbol
Aún quedan sus raíces en la tierra

(De Biografía de Yomismo)

Ellas solas comprenden

En los mundos que salen de mi laboratorio a integrar lo
/imposible hay azucenas de
clavel jazmines de magnolia
uvas de naranja plátanos de limón
trigales en que el pan ya está hecho en la espiga
cultivos obtenidos en terrenos de poema o de música
porcelanas de hierro
una industria con relaciones exteriores y por eso secretas

Una palabra es almoperitud
y otra sebrotelena
ambas en este único momento sorprendidas
Quién no las reconoce bellas y significativas
cómo negar que expresan claramente algo que no se entiende

Jesús de un orbe al fin inaugurado digo
dejad a las palabras que vengan a mí

(De Poesía de cámara)




Palomita a donde vas (yaravi arequipeño)





Piero - De Vez En Cuando Viene Bien Dormir





Cementerio Club - Esfera de Cristal





Campo de Almas - Despues de la Lluvia





Grupo rio - Algo de ti





Gaia - Mar





Asmereir-No entienden





LA HABITACION ROJA - Un dia perfecto





Amen - Simplemente









En defensa de los animales 2 

Bad Human from AnimateIt.net



Mar de copas - Prendi otro fuego por ella




PRENDÍ OTRO FUEGO POR ELLA

Buscaré en las sombras
reconozco una igual a ti
cazaré una pájara y le torceré la alas
por no volar.

Y si estuviéramos dos
no te estaría buscando en la ciudad
y en cada templo donde vuelvo a pisar
prendí otro fuego por ella.

Cambiaré un amor
por flores frescas de la noche
huiré del sol de tu prisión
en busca de un astro rey.

Y si estuviéramos dos
no te estaría buscando en la ciudad
y en cada templo donde vuelvo a pisar
prendí otro fuego por ella.

No sé bien ya qué pensar
qué daría por llorar, por tu ausencia.

Prendí otro fuego por ella...
prendí otro fuego por ella...
prendí otro fuego por ella...
dije esta frase mil veces y una más...
prendí otro fuego por...

No sé bien ya qué pensar
qué daría por llorar, por tu ausencia.

Prendí otro fuego por ella...
prendí otro fuego por ella...
prendí otro fuego por ella...
dije esta frase mil veces y una más...
prendí otro fuego por...



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martes, 21 de enero de 2014

José Carlos Mariátegui en las Memorias de Luis Eduardo Valcárcel Vizcarra

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Luis E. Valcárcel, autor de Tempestad en los Andes, fue uno de los principales estudiosos y difusores del indigenismo en el Perú, labor que dedicó a lo largo de su vida y actividad intelectual. Ha sido un autor que ha contribuido a la comprensión del indigenismo auténtico, ese indigenismo que buscaba más que una obra de reconstrucción del Incario y todas sus costumbres e instituciones, la reivindicación de lo autóctono en el escenario nacional. El indigenismo de Valcárcel no consistía en la infundada rivalidad de las provincias y Lima, de los Andes y la costa, de lo indígena versus lo mestizo y lo occidental o de desprecio a los limeños y mestizos,menos de chovinismo,ultranacionalismo o de fascismo andino .Por el contrario comprendió bien que en este país de todas las sangres no se puede colocar en el mismo saco a todos y todo el malestar de la exclusión pertenece a algunos personajes e intereses económicos que siempre  vieron torpemente la reivindicación de lo autóctono como una amenaza más que como una solución de integración social y de historia. Tan es así que en sus Memorias nos narraría en todos los detalles posibles lo que era en realidad el indigenismo prístino que él defendía y que tal vez todos no entendieron. Pero además, en las memorias de  Luis E. Valcárcel encontramos los abusos, la explotación e injusticias que el gamonalismo de antaño ocasionaba en la sierra a la población indígena. Cuesta creer que existiera lo indígena en el Perú cuando hablamos de ciudadanos tan peruanos como nosotros por historia y tradición pero ese era el Perú de inicios del siglo XX.También en las Memorias, encontramos un retrato nítido de José Carlos Mariátegui y Victor Raúl Haya de la Torre como ninguno. Valcárcel conocería a Mariátegui en las luchas contra el gobierno del Oncenio de Leguía y es para no creer que existía una especie de cordialidad entre el Socialismo defendido por uno y el Aprismo defendido por otro. La discusión Haya-Mariátegui, el alejamiento de este último de su amistad con Haya, entre otras anécdotas, es el queremos compartir en este pasaje de las Memorias de Valcárcel.   




MARIATEGUI, HAYA Y EL INDIGENISMO (1)


La denuncia y la propaganda fueron las actividades características de la primera época del indigenismo. Pero si bien la propaganda iba creando conciencia en ciertos sectores, la denuncia sólo servía para aliviar determinadas situaciones, en ningún caso pudo detener los abusos que se cometían con los indios. Los responsables de los atropellos sabían que el gobierno podía tomar medidas momentáneas para evitarse escándalos, pero nada más. Si se daba el caso que el gamonal denunciado era amigo del gobierno no ocurría absolutamente nada y la denuncia se perdía en el vacío. Sin embargo, inclusive cuando los gamonales no apelaban a ninguna influencia, sus intereses tendían a prevalecer ante cualquier autoridad. Su voz se hacía oir en los pasillos del Congreso e inclusive en el mismo Palacio, pues ellos o sus amigos eran los representantes parlamentarios. Por si fuera poco, cuando uno de ellos era blanco de denuncias o se afectaban sus intereses, sus allegados hacían con él causa común. De esta manera las quejas de los campesinos eran desoídas, salvo en casos por demás extraños, de que algún gamonal se hubiese enemistado con sus pares. En esta eventualidad y sólo en ésa, el clamor de los indios era atendido, pero con el fin de perjudicar al gamonal díscolo y no por favorecer a los campesinos. De manera que los gamonales tenían participación en el gobierno, controlaban sus respectivas provincias y las autoridades les eran completamente adictas, pues llegadas las elecciones no tenían el menor obstáculo para arreglarlas según sus intereses. Ese era el eslabón que unía al gamonalismo con la política. Un simple análisis demuestra que, mayoritariamente, los hombres del gobierno o eran muy poderosos económicamente o tenían relación con los gamonales. No faltaban los senadores que no solamente eran los representantes de su departamento, sino los dueños del mismo. Valiéndose de todos estos me-dios, los gamonales lograban que el gobierno estuviese siempre dispuesto a defender sus intereses. Contra esta situación, combatían, pese a sus limitaciones, La Integridad, la Asociación Pro-Indígena y los grupos indigenistas del Cusco. Nosotros, en contacto con el indígena, estudiando sus condiciones de vida y luchando también contra el centralismo. Ellos, desde la misma sede del gobierno, denunciando los atropellos que se cometían en las zonas alejadas.

Cuando Leguía llegó al poder por segunda vez, en 1919, se encontró con que la reivindicación del indígena y la lucha contra los atropellos que se cometían era un clamor que venía de las provincias y que tenía representantes en Lima. Haciéndose eco de los reclamos indigenistas fundó los Patronatos de la Raza Indígena, que debían funcionar en los departamentos donde la población indígena fuera numerosa. Cada Patronato estaba presidido por el Obispo y las autoridades locales. El Arzobispo era el Presidente de la sede central que quedaba en Lima. Con la fundación de los Patronatos se pensó que los problemas del indígena habían terminado, que por fin encontrarían solución, pero no fue así. Todas las quejas que llegaban a los Patronatos no pasaban de ahí, porque al estar integrados por las autoridades locales, el gamonal acusado ―que tenía que ser una persona distinguida del lugar― encontraba todo el apoyo y la comprensión del Obispo y las autoridades, con quienes seguramente mantenía buenas relaciones.

Las reuniones de los Patronatos eran completamente inútiles, después de estériles discusiones no se tomaba ninguna medida, general-mente los reclamos quedaban en nada. Solamente se enviaban notificaciones a Lima que, obviamente, nadie se molestaba en responder. El mecanismo a que obedecían estos organismos era muy sencillo. Se les hacía llegar algún reclamo ante el cual el Obispo reaccionaba ad-mirado manifestando "¡pero qué barbaridad que esto suceda!" A continuación se notificaba al Prefecto, quien se dirigía al gamonal impli-cado para que corrigiese su comportamiento. De esta manera, su única función era propiciar arreglos que evitasen los escándalos y amenguasen las quejas de la población indígena que, harta ya de promesas y falsas soluciones, había recurrido a la violencia propiciando alzamientos y motines. A través de los Patronatos era casi imposible que pudiera hacerse algo positivo para satisfacer el reclamo de los indígenas.

Pocos años después de iniciado el "oncenio" se fundó en Lima el Comité Pro-Derecho Indígena Tawantinsuyo, pero con representantes provincianos. Llegó a tener intervenciones efectivas. Sin embargo, eran falsos indigenistas que solamente buscaban atraerse a los campesinos indios para alineados dentro de sus propios postulados. Lo integraban mayormente abogados que tenían experiencia en litigios en los que figuraban las comunidades. Si algunas veces habían actuado a favor de los indígenas, en otras fueron ganados por los gamonales. De manera que su labor no tuvo verdadera representatividad y respondió a intereses subalternos.

Todo aquel que diese a conocer sus intenciones de proteger o reivindicar al indígena tenía también que batallar contra ese fenómeno irreductible que era el gamonalismo. Me parece que todavía no ha merecido suficiente estudio ese fenómeno tan importante que ensombreció la vida del país durante varias décadas. No solamente estuvieron detrás de los gobiernos para defender sus intereses, también llegaron a hablar de federalismo porque pretendían someter a su opresión, sin la intervención de ninguna otra autoridad, a provincias y departamentos enteros. Pero, de facto, esos territorios estaban en sus manos, pues ellos ejercían el poder sin que nadie les hiciese competencia. Su federalismo era una verdadera estafa, sólo buscaban la omnipotencia en el manejo de las provincias y departamentos que consideraban su propiedad.

También en la administración de justicia prevalecían los intereses de los gamonales, eran quienes proponían a los jueces. Por eso, era completamente inútil esperar verdadera justicia de esos magistrados, salvo casos excepcionales como el de José Frisancho. Había un famoso argumento que los jueces utilizaban para deshacer las denuncias contra los gamonal es. Afirmaban que los denunciantes estaban haciendo caso a las demencias de gente que tenía intereses contrarios al adelanto de la provincia.

Los prefectos eran nombrados con la intervención de los senadores. De la combinación de los intereses de ambas autoridades surgía una dupla contra la que los campesinos poco o nada podían hacer. Recuerdo cuando mi amigo Leandro Alviña fue nombrado prefecto del Cusco allá por el año 1918-19, en épocas en que realicé mi campaña electoral para la diputación por Chumbivilcas. Apenas instalado en el cargo, se ofreció un almuerzo en su honor, organizado por el senador del departamento, los diputados y las otras autoridades del Cusco. La mesa estuvo opíparamente servida y muy decorada con encajes y otros objetos. Luego, la nueva autoridad recibió innumerables invitaciones a haciendas y residencias. A pesar de que Alviña trató de rehuir esas influencias, poco a poco fue perdiendo la independencia de criterio que debía tener una autoridad.

No sólo individuos de raza blanca explotaban a los indios. Los mayordomos de las haciendas solían ser indios que no tenían el menor miramiento con los campesinos y que defendían como propios los intereses del patrón. También de la misma laya eran los kelkeres, que en quechua quiere decir, "el que escribe", quienes se encargaban de hacer trámites judiciales a nombre de los indios. Para comenzar a trabajar hacían muchas exigencias a sus eventuales clientes: dinero, alimentos, animales, etc. Sin embargo, todo solía ser un engaño del que sólo se beneficiaban los hacendados y el propio kelkere. Estos intermediarios contribuían a hacer más miserable la condición indígena.

Esta situación era completamente opresiva. Los indigenistas habíamos realizado repetidas denuncias pero, en realidad, no se daban las alternativas para una solución. Inclusive quienes no se identificaban con la oligarquía y el gamonalismo, no tenían fe en la capacidad del indígena para cambiar su situación. Sin embargo, hacia 1915 comenzaron a ocurrir en la sierra sur un sinnúmero de levantamientos, que confirmaron nuestras apreciaciones sobre el resurgimiento de la raza indígena. Los explotados de siempre habían decidido actuar.

La más importante de esas rebeliones fue encabezada por Teodoro Gutiérrez Cueva (Rumi Maqui), la que obligó al ejército a enviar tropas para combatirla. Rumi Maqui fue un mestizo que alcanzó a tener gran influencia entre los indígenas, llegando a considerársele un verdadero redentor de los indios.

Los síntomas del resurgimiento de la raza india no eran pues pro-ducto de nuestros deseos o de nuestra imaginación, algunos casos eran evidentes. Hacia 1924, por ejemplo, se había desarrollado el movimiento encabezado por el "Inca" Miguel Quispe, un indígena de Ccolquepata, en Paucartambo, muy bien plantado y de expresión fluida que adquirió popularidad, no solamente entre las comunidades de su provincia, sino en todo el Cusco. Llegó a enviar emisarios hasta Ayacucho y Puno, provocando el pánico de los hacendados cusqueños temerosos de que encabezara un gran levantamiento de indios que, finalmente, no ocurrió. Quispe entró en relación con nosotros. A través de las conversaciones que tuvimos nos hizo conocer que en realidad no pre-tendía convertirse en Inca, pues no tenía ningún ascendiente en la nobleza incaica, sino que simplemente era un indio de Paucartambo que reclamaba la devolución de las tierras usurpadas a los suyos. En la Universidad conseguimos que los profesores y estudiantes de Derecho entraran en contacto con Quispe y que actuaran como defensores gratuitos en esos litigios. Al poco tiempo desapareció, no se supo qué ocurrió con él, pero durante un par de años su desaparición dio mu- cho que hablar. Se sabía también que lo habían llevado a la Prefectura del Cusco para investigar sobre sus actividades, pero que no había pasado mucho tiempo detenido. Nadie ha escrito sobre él. Solamente en los periódicos de ese tiempo puede encontrarse información sobre este notable personaje. Incluso puedo recordar que Luis Felipe Aguilar lo llevó a la redacción de "El Comercio" del Cusco, donde le hicieron una entrevista que salió publicada en 1921 ó 1922.

Así como el movimiento de ese "Inca" tan particular, ante cuya desaparición corrió el rumor de que había sido ejecutado, otros síntomas nos hacían pensar en el resurgimiento de la raza indígena. Mariátegui quedó impresionado con las aptitudes personales del puneño Ezequiel Urviola, el indio socialista. Otras muestras fueron las rebeliones de Huanta y Huancané. Es curioso comprobar que en el Cusco no llegó a producirse un movimiento indígena semejante al que ocurrió en el altiplano o en las partes altas del Cusco ―Espinar, Canas, Chumbivilcas―, tierra de gente levantisca y rebelde. Al parecer el valle templado suavizaba el carácter de los hombres.

Esos levantamientos indígenas tuvieron gran impacto entre los intelectuales indigenistas cusqueños y puneños, pero fue a partir de nuestro contacto con José Carlos Mariátegui que hubo un cambio decisivo en la campaña indigenista. Nuestros puntos de vista alcanzaron difusión fuera del ámbito local al que hasta ese entonces se había circunscrito. La discusión sobre la cuestión indígena se hizo más intensa, y pudimos sentir la solidaridad de otros compañeros de ideas y de lucha, en distintos puntos del país. Surgieron preguntas fundamentales: ¿cómo y dónde defenderemos a los indios? ¿cómo lograremos un país verdaderamente libre?, ¿qué camino seguiremos para conseguir la justicia social? Esas y otras interrogantes estuvieron presentes en las conversaciones que sostuve con Mariátegui a partir de 1924. Por ese entonces yo atravesaba por un momento muy especial. Había terminado mi relación con el Partido Liberal y acababa de distanciarme de indigenistas como Escalante, que habían optado por posiciones políticas que no podía compartir.

Mi amistad con José Carlos Mariátegui se desarrolló a través de nuestros numerosos encuentros en su casa de la calle Washington y de la nutrida correspondencia que sostuvimos. Intercambiamos ideas y puntos de vista, aunque también hablamos sobre asuntos relacionados con la distribución de Amauta y Labor en el Cusco, donde fui el representante de ambas. No pocas dificultades tuvimos para realizar ese trabajo, puesto que su circulación era impedida por la dictadura leguiísta, obligando a que las difundiésemos de manera clandestina. Aun hasta la víspera de su muerte Mariátegui contestó mis cartas. La última suya es de 1929 y la conservo con otra en la que me refiere su ruptura con Haya de la Torre, a raíz de la aparición del Partido Nacional Li-bertador que pretendió candidatear a Víctor Raúl a la presidencia de la República. Ambas cartas son documentos de alto valor histórico, las únicas que guardo lamentablemente.

Mi amistad con Mariátegui se inició en 1924, año en que vine a Lima para asistir al Congreso Científico Panamericano. A partir de entonces comencé a frecuentarlo, siendo una necesidad visitarlo cada vez que llegaba a la capital. Por lo menos una tarde estaba destinada a dialogar con él. Esto ocurrió sobre todo entre 1925 y 1926, años en que vine a Lima con frecuencia, así como en 1927 en que fui apresado. Una vez que salí en libertad permanecí en la capital para ver lo relacionado con la publicación de Tempestad en los Andes. También entre 1928 y 1929 hice algunas visitas espaciadas.

Por entonces era muy poco lo que se conocía sobre el lugar en el que Mariátegui había nacido. Aunque algunos recuerdos familiares de su niñez lo vinculaban a Moquegua, él no se interesó por determinar si había nacido en esa ciudad, se sentía más bien peruano, pero peruano de Lima, aunque en ningún documento constaba que había nacido en la capital. La investigación sobre ese aspecto de su vida ha sido posterior, la realizó Guillermo Rouillón, quien trabajó en la Biblioteca de San Marcos. El encontró el documento que acredita que José Carlos Mariátegui nació en Moquegua en 1894. De manera que éramos paisanos sin saberlo efectivamente, como también lo era de Mariano Lino Urquieta, que fue arequipeño por adopción, como yo cusqueño y Mariátegui limeño.

Mariátegui llegó de Europa con un espíritu socialista muy claro. En él era evidente su vinculación con los socialistas italianos, por lo que no estaba completamente influido por los comunistas de posiciones extremas. Era pues un socialismo propio, preocupado por los problemas del Perú, al que quiso interpretar desde su perspectiva de revolucionario y socialista. Por eso fue que le interesó el pasado incaico y las comunidades, de las que dijo que se basaban en principios socia-listas. Con la independencia de criterio que lo caracterizó, Mariátegui fue forjando su posición indigenista a partir de su consigna principista de defender a todos los oprimidos del mundo. Se hizo una pregunta fundamental ¿quiénes son los oprimidos en el Perú? La respuesta era obvia, junto con la clase laboral de las ciudades aparecía el indio como el representante por excelencia de la gran masa oprimida del Perú. Mariátegui pudo percatarse de que para conocer las fuerzas sociales que habrían de transformar el país, tenía que informarse sobre la vida y problemas de la población indígena. De ahí su avidez tremenda en empaparse en esos temas, que fueron el motivo principal de nuestras largas conversaciones.

Hasta 1924 José Carlos todavía podía caminar apoyándose en un bastón, luego empeoró y perdió la pierna sana. Pero, ni su precaria salud, ni la escasa movilidad a que lo condenaba la silla de ruedas, impidieron que realizara trabajos de importancia fundamental para comprender el drama profundo del Perú. Es más, supo sacar partido de esta limitación, pues convirtió su casa de la calle Washington en un animado centro de reuniones, frecuentado por obreros, estudiantes, políticos e intelectuales, tanto limeños como provincianos, y, con el tiempo, extranjeros. Toda esa gente no sólo aprendía de Mariátegui sino que respondía a sus preguntas. Para él, hasta el hombre más modesto tenía enorme interés y era objeto de sus interrogaciones. En las conversaciones colectivas nos ocupábamos de asuntos políticos, varias veces pregunté sobre un tema que me preocupaba, el de sus relaciones con Haya de la Torre. Recuerdo haber escuchado de sus labios el re-lato de la manera en que se iba haciendo mayor el distanciamiento entre ambos personajes.

Cuando conversábamos solos lo hacíamos en su escritorio y casi siempre sobre el problema indígena. Respondí muchas de sus preguntas sobre las comunidades y sus características, incluso me pedía que las describiera, así como el terreno en el que se afincaban. Le hice largas y detalladas descripciones de la vida comunal, de su organización, de sus costumbres, de su medio geográfico y de sus problemas, de la manera como los comuneros habían logrado un conocimiento casi perfecto del medio en que se encontraban establecidos.

Otro tema de esas charlas fue la situación del indio, sus actos de rebeldía, los abusos y los males que significaban para él la persistencia del gamonalismo. Me preguntaba también sobre la relación entre las comunidades y la ciudad, sobre sus intercambios y los mercados locales. Mientras yo hablaba, Mariátegui escuchaba con atención y, de vez en cuando, tomaba notas. En esas conversaciones le hice conocer mi experiencia acumulada en más de treinta años de vida en la sierra cusqueña. A pesar de no conocer esa región del país, pudo comprender, gracias a su admirable intuición, la importancia de las comunidades y que su destrucción, lejos de convertir a los indígenas en pequeños propietarios o asalariados libres, equivalía a entregar sus tierras a los gamonales y sus testaferros. José Carlos captó todos esos problemas a la perfección, nadie como él formuló con tanta claridad los alcances de la feudalidad en el Perú. Además, mostró una genuina preocupación por la población campesina, entendiendo que se hallaba bajo la constante amenaza de los terratenientes, los que ―comentó en cierta ocasión― les quitan sus tierras dándoles como única recompensa el hambre que les queda. Aunque no fui el único de sus amigos que llegaba a visitarlo de la sierra parece que a los otros no les tenía mucha confianza. Por mi parte cuando viajaba a Lima me preocupaba de reunir datos precisos que ilustraran nuestras conversaciones.

No soy el llamado a señalar la deuda que tenemos con Mariátegui. Sin embargo, pienso que su más valiosa contribución fue haber extraído el problema indígena de un estrecho campo de discusión para incorporarlo, desde su perspectiva marxista, en la problemática universal que comprende a todos los pueblos oprimidos. Ya en 1927 Mariátegui veía venir el despertar de las gentes apartadas de la gran sociedad capitalista, que había elevado su nivel de vida imponiéndoles una situación colonial, explícita o implícita. Esa fue la gran enseñanza que recibí de Mariátegui, el punto de vista adecuado desde el cual debía examinarse el problema del indio. No se trataba simplemente de darle una ayuda humanitaria o conformarse con la denuncia y la pro-testa, su liberación tenía que comenzar por liquidar el gamonalismo. De tal suerte que Mariátegui no solamente se limitó a comprender la gravedad y trascendencia de la cuestión indígena, fue quien le dio su verdadero sentido. Se dio cuenta de que el indio no admitía pasiva-mente su situación y que el reclamo fundamental de sus rebeliones era la tierra. Este problema estuvo presente en todos sus escritos. Establecer la conexión entre el problema indígena y el de la tierra fue su gran enseñanza, sin conocer la sierra podía intuir que ésa era la cuestión clave. Pero también entendió que no se trataba de una cuestión fortuita sino de índole profunda, que si bien el indio era descendiente de una cultura dada por muerta, conservaba sus ansias de resurgimiento.

La visión general del país y de su ubicación internacional que tenía Mariátegui, nos permitió comprender que el problema indígena no era sólo regional. El planteamiento nuevo que hizo fue sacar el problema indígena de su ambiente puramente local o aun nacional, para adherirlo al movimiento universal de las clases oprimidas, esto produjo un verdadero vuelco. Desde Amauta denunciábamos la opresión indígena al lado de las demás opresiones que ocurrían en el mundo.

Con su revista, Mariátegui creó el medio a través del cual podían expresarse todos quienes a lo largo del país luchábamos por la reivindicación del indio y de los otros sectores explotados. Como representante de la revista en el Cusco tuve que conseguir suscriptores cusqueños. Esa venta fija era fundamental para la existencia de Amauta. No tenía pues subvenciones de ninguna clase, se mantenía con sus propios recursos. Con su conocido dinamismo, Mariátegui se encargó de la di-rección de Amauta, mantuvo su trabajo político vinculado a los obre-ros, y editó Labor, donde aparte de denunciar los abusos que se cometían con los trabajadores del campo y de la ciudad, introdujo artículos que contribuyeron a elevar el nivel cultural del proletariado.

José Carlos Mariátegui comprendió la importancia de nuestras campañas indigenistas, por lo que abrió las páginas de Amauta a grupos como "Resurgimiento" y "Orkopata" y a muchos escritores indigenistas que dejaron sus testimonios en esa prestigiosa revista. José Carlos fue muy entusiasta con la formación de nuestros grupos indigenistas en Cusco y Puno, pero también fue consciente de sus limitaciones. Recuerdo que en una conversación que tuvimos, ya desaparecido "Resurgimiento", le hice conocer los grandes obstáculos a salvar para vencer la desconfianza que los indios sentían hacia blancos y mestizos. Al conocer todas esas dificultades Mariátegui sustentó que no podíamos esperar un movimiento repentino, que por el contrario éste sólo podía ser el resultado de un proceso que maduraría lentamente.

Si los indigenistas de Cusco y Puno encontramos un apoyo invalorable en la solidaridad de nuestros compañeros en Lima, también hubo muchos escritores y periodistas indigenistas serranos que desconfiaban de la sinceridad del indigenismo de los criollos, especialmente de los limeños. Tal fue el caso del grupo que fundó en Lima la revista La Sierra, el mismo nombre de la que apareció en 1910 en apoyo a la huelga universitaria. La dirigía Guillermo Guevara, y se mantuvo por varios años. Desde sus páginas se llegó a atacar a Mariátegui, afirmando que no sabía nada de indigenismo y que no podía tener el sentimiento propio de los indios, porque era costeño y no conocía la sierra. Como los de La Sierra, los indigenistas cusqueños acusaban a los limeños por no atender y despreciar al indio. No se podía concebir entonces que el limeño tuviese el mínimo aprecio por el serrano, por el provinciano, por el indio. La voz de las provincias se unía contra la de la capital, los planteamientos regionalistas alcanzaron gran difusión en esa época.

Al desconocer a todos los indigenistas limeños se cometía una gran injusticia, pues los había sinceros; hombres que consideraron al indio y su ideología desde una posición filosófica de igualdad de razas, o de combate a toda opresión y toda explotación, así como quienes consideraban la defensa del indígena como una cuestión de principios. Retornando la famosa expresión de González Prada, de que el verdadero Perú estaba en la sierra y que los indios eran los verdaderos peruanos, muchos indigenistas serranos atacaron al indigenismo limeño tildándolo de estéril y femenino. El verdadero Perú se encontraba tras las montañas. "Perú, pueblo de indios", fue la frase que esgrimió el periodista Guevara.

Sus ataques fueron, en este sentido, los más furibundos. Su re- vista La Sierra fue excepcionalmente violenta, en la polémica indigenista defendió intransigentemente esta posición. Sin embargo, sus críticas no fueron provechosas ni constructivas, sino más bien hepáticas y adjetivas, como lo muestra su ataque a Mariátegui.

A pesar de los diversos matices que existían entre los grupos y las ideas de sus miembros, el indigenismo fue alcanzando cada vez mayor difusión. En sus inicios fue un movimiento de protesta que solamente comprometió a una minoría. Sin embargo, los síntomas del resurgimiento de la raza contribuyeron a soliviantar nuestro espíritu, hasta el punto que en la década de 1920, el indigenismo se transformó en una corriente sumamente importante. Hubo un factor esencial que con-tribuyó a esa erupción, por ese tiempo comenzó a sentirse de manera más intensa el orgullo cusqueño. El blasón del Cusco era haber sido la capital del Imperio Incaico, primacía de la que Lima había sido la usurpadora. Esa idea estaba presente en los cusqueños, lo que los alentó a proclamar la necesidad de que el Cusco readquiriese su antigua importancia. En ese entonces Lima tenía la vista siempre vuelta hacia el extranjero, copiando modas e ideas extrañas al Perú. Todo lo contrario ocurría con el Cusco, que miraba hacia adentro, hacia atrás, hacia su pasado glorioso, por eso los cusqueños sostenían que reivindicar lo propiamente peruano era acentuar el papel de la antigua capi- tal inca como centro rector del que partiesen las nuevas corrientes de renovación y las influencias nacionales más importantes. Estos ideales cusqueños se difundieron en diarios, revistas, libros y tesis universitarias de la época. Con la bandera de la reivindicación regional levan-tamos la de la exaltación del pasado precolombino, planteamiento que no tuvo mucho arraigo en el Cusco, cuyos habitantes contemplaban los monumentos incaicos con total indiferencia. A tal punto llegaban las cosas que se sustraían los bloques de piedra de la gran fortaleza de Sacsahuaman para utilizarlos en la construcción de viviendas. Los pobladores cusqueños estaban tan acostumbrados a transitar cotidianamente entre los testimonios de la grandeza incaica, que convivían con ellos sin prestarles mayor atención. Hubo pues que luchar intensamente para despertar sentimientos de orgullo por la tradición precolombina.

Nuestro intento de reconquistar para el Cusco una posición reorientadora en el panorama nacional no consiguió sus objetivos. Lima no solamente mantuvo sino que acentuó su predominio, aunque la 'escuela cusqueña' alcanzó reconocimiento, y el eco de sus campañas llegó hasta la capital.

En la década del 20 esas inquietudes estuvieron representadas, en cierto modo, por el movimiento descentralista. Así mismo, desde el mismo gobierno, la Junta presidida por David Samanez Ocampo retomó la defensa del indio y las reivindicaciones descentralistas. Don David fue un cusqueño distinguido, también un gamonal, pero humanitario en su trato con los indios, algo así como el Bruno Aragón de Peralta de Todas las Sangres. Samanez contó con el apoyo del grupo descentralista del Cusco, partidario del indigenismo, entre cuyos miembros se contaban Alberto Delgado, joven poeta que durante un tiempo fue prefecto del Cusco, Francisco Tamayo que fue su Ministro de Gobierno, y Luis Yábar Palacios. En Lima recibió el apoyo de otros personajes, como el puneño Emilio Romero. Por mi parte, estuve vinculado indirectamente a ese grupo.

El descentralismo fue un movimiento político que quiso llegar hasta el poder, a diferencia del grupo Resurgimiento que no tuvo ningún compromiso político, que fue simplemente un núcleo de estudio y defensa del indio, aunque también contrario al gobierno de entonces, pero desde una oposición principista, no partidaria. Es sintomático, sin embargo, que uno de los miembros del grupo Resurgimiento haya sido Casiano Rado, militante comunista.

Esta problemática regional y descentralista no podía estar alejada del propio movimiento indigenista, que comenzaba a cobrar una dimensión nacional. Y tampoco podía ser ajena de la obra que ciertos personajes intentaban realizar en Lima, reuniendo todos esos componentes de la vida nacional y regional de entonces. Entre esos personajes descollaba la figura de José Carlos Mariátegui. Siempre atento a la producción intelectual provinciana, Mariátegui recibió con interés ciertas descripciones de la vida serrana, fruto de observaciones realizadas en mis continuos viajes por la sierra cusqueña y puneña. El me animó a publicarlas, reunidas en un volumen titulado Tempestad en los Andes, parte del cual apareció en el número inaugural de Amauta.

Más allá de presentar una serie de estampas de la vida indígena, Tempestad en los Andes fue la síntesis de las principales preocupaciones que tuve durante los años 20; el indio, el indigenismo, el socialismo, la nacionalidad peruana. Sin embargo, no hay ahí ni la discusión teórica de tales temas ni el programa político de la liberación indígena. Había una cuestión evidente que era la explotación de los indios, lo que sin requerir mayores rodeos había que mostrar ante el público costeño, que poco o nada conocía de esa cruel situación. Nuestra proximidad al indio nos había revelado que en él estaba latente un resurgimiento espiritual y el anuncio de su renacimiento, por eso dijimos: "La nueva conciencia aquí está en el silencio anunciador, en las tinieblas predecesoras. La sentimos latir en el viejo cuerpo de la raza, como si de la cegada fuente volviera a manar el agua viva, el muerto corazón, la oculta entraña. . ." Como afirmé que la cultura bajaría nuevamente de los Andes, muchos pensaron que proponía retrasar el reloj de la historia; en realidad tenía la vista puesta en el futuro, por eso Tempestad en los Andes fue la clarinada de un cambio fundamental en la vida peruana. Como el mismo Mariátegui dijera en el generoso prólogo que escribió, Tempestad en los Andes fue la "profecía apasionada que anuncia el nuevo Perú".

En Lima mi libro causó diversas reacciones, en unos de hostilidad y rechazo, pero de entusiasmo en medios como el de los estudiantes de San Marcos. Por esos años eran muy contadas las posibilidades de mostrar al público capitalino lo que ocurría en el resto del país, detrás de las montañas. La visión del Perú se limitaba a Lima y a la costa, los prejuicios raciales eran una cosa natural en la mentalidad del gran porcentaje de la población. Se pensaba con toda comodidad que la indígena era una raza degenerada y se llamaba ignorante a ese excelso cultivador capaz de distinguir, como pocos, las propiedades de cada planta y las necesidades de cada sembrío. Se le llamaba ocioso a ese trabajador que derrochaba vitalidad en las faenas propias o comunitarias, pero que cuando no lo eran se defendía de sus amos laborando a desgano. Se le acusaba de torpeza para el manejo de libros o máquinas con las que no estaba familiarizado y se despreciaba su par-quedad, cuando su silencio era la respuesta a tanta explotación y abuso. A esas resistencias tenía que enfrentarse la campaña indigenista, los obstáculos no estaban en los libros o en la intelectualidad exclusivamente, sino en el ambiente y en la mentalidad de la mayoría de la población.

Mariátegui creía realmente no sólo en la acción de los intelectuales, sino que este movimiento iba a prender en la misma masa indígena y que, tomando conciencia de la responsabilidad que el propio indio tenía de su destino, iba a producirse un amplio movimiento social. De manera que nunca tuvo desconfianza, nunca creyó que el indio iba a permanecer indefinidamente inconsciente de su destino, de su porvenir. Esto alimentaba la esperanza de José Carlos: que la acción ideológica, es decir el movimiento que surgió entre los intelectuales y se alimentó siempre dentro de un círculo relativamente reducido, iba a tener impacto en la masa indígena. Yo abrigaba la misma esperanza, manifestándole que ya llegaría el momento de ponernos en un contacto más directo con el elemento indígena, porque hasta la fundación del grupo Resurgimiento no lo habíamos tenido ni siquiera con los personeros o jefes de comunidades. Toda nuestra actividad se había reducido a conversaciones dentro de un grupo restringido de escritores, profesores, periodistas, artistas y otras personas a quienes inquietaban estos problemas. José Carlos tampoco abrigaba la esperanza de un movimiento intempestivo de largo alcance y repercusión. Recogiendo sus enseñanzas vimos la necesidad de entablar relaciones con los indios, resultaba clamoroso que nunca hubiésemos tenido intercambios de ideas con ellos. Por eso, el grupo Resurgimiento hizo obligatoria la presencia de indios en sus reuniones.

Dos bárbaros atentados ocurridos por aquel entonces en el Cusco provocaron la formación del grupo Resurgimiento, que tuvo un origen universitario, participando alumnos y catedráticos, así como intelectuales en general, entre los que estuvimos Uriel García, Casiano Rado, Luis Felipe Paredes, Luis Felipe Aguilar y Félix Cosio. El primero de los sucesos señalados ocurrió en Canchis, donde el prefecto del Cusco y el subprefecto de esa provincia concibieron un plan verdadera-mente criminal. Los indios de esa zona se distinguían porque poseían ganado, entre diez y veinte cabezas cada uno, por lo que eran considerados como indios ricos. Con falsas acusaciones de que poseían ganado robado, iniciaron una batida que llevó a la cárcel a 50 ó 60 in-dios. No faltaron testigos comprados que hicieron declaraciones contra los prisioneros, afirmando que el ganado era robado. De manera que los indígenas agraviados no solamente fueron a la cárcel, sino que per-dieron una gran cantidad de animales que fue vendida a buenos precios por sus captores.

El otro caso se produjo en la hacienda Lauramarca, una de las más grandes del Cusco, propiedad de los Saldívar. Cansados de tanta explotación, los indios iniciaron una protesta pacífica. No realizaron ningún acto violento, ni la emprendieron contra los dueños ni contra el caserío, como había ocurrido en otras situaciones, más bien fue una verdadera huelga de brazos caídos. Los pastores abandonaron el ganado a su suerte, muchos animales se perdieron y otros se desbarranca-ron, mientras que los dueños, desconcertados, no sabían qué actitud tomar para obligados a retornar al trabajo, pues llevar tropas desde el Cusco era impracticable. En circunstancias semejantes los hacendados solían alojar a soldados y oficiales mientras se prolongaba la pacificación de la indiada. Sin embargo, en Lauramarca no pudo tomarse semejante medida dado que los indios habían remontado las punas, los lugares próximos a la cordillera, de donde se negaban a bajar.

Mientras el ganado y los campos quedaban sin atención, los indígenas mantuvieron tercamente su movimiento de protesta. Fue entonces que los dueños optaron por una decisión, persiguieron a los 15 ó 20 cabecillas y los enviaron a la región de Marcapata, en la zona de ceja de montaña de la provincia de Quispicanchis, lugar mortal para los in-dios pues el clima les era completamente hostil, distinto al de su hábitat, ya que abundaban enfermedades tropicales frente a las cuales estaban indefensos. Sin embargo, algunos dirigentes escaparon y logra-ron llegar hasta el Cusco, donde denunciaron los atropellos de que habían sido objeto. En una reunión de nuestro grupo, uno de los cabecillas del movimiento de Lauramarca nos hizo una exposición detallada de lo ocurrido, mostrando una elocuencia y facilidad de palabra que nos llamó la atención. El relato fue hecho sin ninguna vacilación, en un quechua perfectamente modulado. Nos quedamos con la impresión de un hombre de gran inteligencia y memoria. Así era el hombre de la puna de Lauramarca, un hombre cabal, autónomo e independiente. Esa fue la principal experiencia que quedó de aquella reunión.

Con respecto a las instituciones indigenistas que lo precedieron, Resurgimiento tuvo algunas actitudes nuevas. Una cuestión de importancia fundamental para nosotros fue la relación directa con los indígenas, inclusive propusimos algunos pasos para mejorar su situación, como la atención gratuita y eficiente en la administración pública y en los tribunales, que pudiesen gozar de atención hospitalaria o se realizaran programas de alfabetización. Todas esas medidas eran consideradas como escandalosas para una sociedad que tenía al indio como un ser inferior, que debía quedar al margen de esos servicios elementales. Lo tradicional era que el indio no tenía por qué tener acceso al cuidado de su salud o a una imparcial administración de justicia.

Tan importante como las anteriores propuestas era promover un sentimiento de fraternidad hacia el indio, que hiciera posible algo que en esos años parecía irrealizable: que fuese escuchado, que tuviese el derecho, como cualquier otro, a difundir sus tradiciones y sus creaciones artísticas. En suma, se trataba de trabajar por el resurgimiento de una cultura largamente oprimida.

Todas estas consideraciones eran verdaderamente revolucionarias para los recalcitrantes de esa época. El resurgimiento de la raza indígena era semejante a la lucha que en otros lugares y tiempos sostuvieron los antiesclavistas. Por eso el grupo Resurgimiento fue considerado peligroso, por eso se le disolvió y sus miembros fueron perseguidos y apresados. A raíz de la difusión de las ideas indigenistas, hubo una fuerte reacción de las autoridades y terratenientes. Además, por esos días ya habían comenzado a difundirse las ideas comunistas y fuimos considerados como tales. Con la separación de algunos y la persecución fue que terminó el grupo, y con él una de las últimas acciones de la 'escuela cusqueña'.

Como enseñanza quedaron las reuniones con indígenas que nos reafirmaron nuestra idea del resurgimiento de la raza, así como la solidaridad de la intelectualidad indigenista del resto del país. Inclusive desde el extranjero nos llegaron adhesiones, como la de Manuel Seoane desde Buenos Aires. En Lima, José Carlos Mariátegui recibió con entusiasmo la creación de nuestro grupo y abrió las páginas de Amauta para que hiciésemos nuestras denuncias. Un mes después de iniciada nuestra campaña, el prefecto del Cusco fue cambiado, los indios de Lauramarca que quedaron vivos regresaron a la hacienda y los de Canchis recibieron las debidas satisfacciones. De esa manera el espíritu de los indios quedó fortalecido, pues se sintieron defendidos por nosotros.

En la década de 1920 se formaron grupos indigenistas en muchas provincias cusqueñas, los que también denunciaron los abusos que se cometían en sus respectivas regiones, enviando comunicados a los periódicos. En la provincia de Anta se formó uno de los más importantes. Como era uno de los lugares más azotados por el gamonalismo, de ahí llegaron muchas denuncias por abusos de los famosos hermanos Ezequiel y Mariano Luna, considerados los primeros gamonales de la región.

También en Puno ya se había desarrollado cierta tradición indigenista. Una primera generación inclusive llegó a actuar en apoyo de los levantamientos indígenas, como ocurrió durante la rebelión de Rumi Maqui. Durante los años 20 actuó la generación siguiente, reunida en el grupo Orkopata, donde destacaron los hermanos Peralta. Alejandro Peralta fue poeta, publicó un libro de versos titulado El Ande, que causó mucho revuelo en la literatura de su tiempo. Arturo Peralta se hizo famoso con el seudónimo de Gamaliel Churata. Vivió durante treinta años en Bolivia, donde se distinguió por sus campañas periodísticas y sus ideas indigenistas, por eso es que Churata es más conocido en Bolivia que en el Perú. Escribió un libro de poemas titulado Pez soluble, considerado por muchos como una verdadera biblia del indigenismo, un libro sumamente esotérico y extraño. No conocí a los hermanos Peralta hasta hace algunos años, pese a que nos unió la afinidad de ideas y el hecho de que nuestros escritos se publicaron en Amauta y colaborase en el Boletín Titikaka, publicación del grupo Orkopata. En realidad formamos parte del mismo movimiento, aunque no nos llegamos a conocer personalmente.

Aparte de los Peralta hubo en el grupo Orkopata otro hombre muy combativo, Manuel Quiroga, maestro indigenista muy preparado, Julián Palacios y dos escritores indios, Mateo Qayka e Isidro Mamani. También vinculado a este grupo estuvo el indigenista puneño Emilio Vásquez, quien vive en Lima y con quien hacemos memoria de esas épocas.

La diferencia entre el movimiento indigenista puneño y el cusqueño radicó en que ellos nos antecedieron en cuanto a actitudes francamente rebeldes. Colaboraron en el levantamiento de Rumi Maqui y en otros. En el caso del Cusco nuestra vinculación directa con los indígenas fue tardía, sólo se inició durante los sucesos de Lauramarca. También destacó en el caso puneño el activo afán de difusión que los llevó a publicar el Boletín Titíkaka.

En Puno y en el Cusco aparecieron las primeras campañas indigenistas con esas características, vinculándose con dirigentes indígenas y desarrollando una profusa difusión periodística, no solamente de denuncia contra los gamonal es sino de realce de las manifestaciones culturales indígenas y precolombinas. En otras ciudades, como Huánuco por ejemplo, no ocurrió algo semejante. Allí se heredó la tradición española que seguía predominando. Aunque en la Independencia la sierra central participó activamente en la lucha contra los españoles, tal cosa no facilitó que luego surgiese ahí un movimiento indigenista. En otras zonas, en cambio, el Callejón de Huaylas, las serranías de Cajamarca y Piura, sí tuvo eco el indigenismo.

A lo largo de su polémica con Haya de la Torre, Mariátegui fue haciendo más precisos sus planteamientos políticos. Primero, sólo los diferenciaban pequeños matices, pero después fueron distanciándose hasta que vino el rompimiento, pero si la relación entre las dos figuras principales quedó rota, la solidaridad entre los compañeros se mantuvo todavía por algún tiempo.

Haya de la Torre fue otra de las figuras importantes de la época. Lo conocí en 1917 cuando se desempeñaba como secretario del prefecto del Cusco; volví a verlo en 1920. Yo retornaba al Cusco, y en el vapor que abordé en el Callao encontré a la delegación limeña al Primer Congreso Nacional de Estudiantes, organizado por la Federación de Estudiantes del Perú ―de la que Víctor Raúl era presidente― y por los estudiantes de la Universidad San Antonio Abad del Cusco. En esa

reunión no tuve ninguna participación, fui exclusivamente como espectador. Haya viajaba con Jorge Basadre y Raúl Porras Barrenechea, entre otros. Se había experimentado un cambio importante entre el secretario del prefecto, coronel César González y el líder estudiantil de 1920, éste era más beligerante y rebelde, quizá su participación en la reforma y en otros sucesos estudiantiles lo habían hecho madurar. Los seis días que duró el viaje, tres hasta Mollendo y tres de Mollendo al Cusco, la delegación limeña los pasó intercambiando ideas sobre su participación en el Congreso y redactando las ponencias que debían presentar. Todos concordaban en una posición favorable a la reforma universitaria, de la que habían sido protagonistas en el caso de San Marcos. Pese a todos los trances de la vida, mi amistad con Haya no llegó a romperse. Cuando cumplí los 80 años, la primera carta de saludo que recibí venía de Villa Mercedes, en ella, aparte de felicitarme, Haya hacía recuerdos de los viejos tiempos. Después de aquellas primeras conversaciones mantuvimos otras. Luego les encuentros se hicieron más esporádicos debido a las azarosas circunstancias que rodearon su vida, que lo obligaron a permanecer escondido, en prisión o en el destierro.

Mayor que mi contacto con Haya fue mi relación con el aprismo. Lo vi crecer en el Cusco, dirigido por Luna Pacheco; en Arequipa conocí a Carlos Manuel Cox, quien me hizo una entrevista para Amauta; y en Lima, a Luis Heysen y al "Cachorro" Manuel Seoane, de quien me hice muy amigo. Fue también durante los años 20 que conocí a quien luego sería aprista destacado: Luis Alberto Sánchez. Desde entonces fuimos amigos y solíamos frecuentarnos. Cuando fue editado mi libro Tempestad en los Andes, Mariátegui me sugirió que invitásemos a Sánchez a escribir un colofón, y así se hizo. La idea de José Carlos era que apareciesen contrastadas las opiniones de quienes teníamos puntos de vista diferentes. La propuesta de invitar a Sánchez a escribir el colofón partió pues de Mariátegui, algo muy acorde con su espíritu siempre abierto a la polémica y nunca dogmático.

Haya de la Torre concibió al Apra como un frente popular que reuniría a todos los americanos sin distinción. Hablaba de Indoamérica refiriéndose a la América indígena, pero nunca se manifestó abierta-mente pro-indigenista, aunque en líneas generales se mostraba como simpatizante. Sin embargo, estábamos de acuerdo en que debían tomarse las previsiones para evitar que las comunidades desaparecieran. En su juventud, Haya sostuvo que las comunidades debían tener plena autonomía, lo que iba de acuerdo con su naturaleza de hombre de izquierda.

Tratando de examinar las cosas con objetividad, diría que Mariátegui estuvo más cerca que Haya de la Torre en comprender el problema de las comunidades y de la cuestión indígena en general. Esos temas se discutieron mucho durante los años 20, y Haya permaneció deportado desde 1923. La correspondencia no pudo suplir su lejanía, por lo que estuvo desvinculado por varios años. Mariátegui, en cambio, estaba enterado de todo lo que ocurría en el Perú. Lo que aquí digo quedó reflejado en las cartas que ambos me enviaron al Cusco aunque esa correspondencia lastimosamente me ha sido usurpada.

Muchos factores influyeron para que, pese a mi amistad con Haya de la Torre, no me hubiese inclinado por el Apra. Su programa político no era tal, había sido elaborado de manera condescendiente, con la amplitud necesaria para ganar la mayor cantidad de gente. Sin embargo, esto no impidió que contaran con mi simpatía por su oposición a la dictadura de Leguía y a la oligarquía. Pero, a pesar de esos puntos de contacto, no me comprometí con el aprismo. Ya había decidido no afiliarme nuevamente a ningún partido para mantener mi libertad, esto no lo entendió Haya de la Torre. No quise incurrir en una nueva contradicción ingresando una vez más a un partido político, pues mi vida ya tenía algunas; había nacido en Moquegua bajo influencias de antepasados hispanos y me convertí en serrano e indigenista, mi ideal era ver que el Perú recuperase el brillo de las épocas incaicas.

Es exacto decir que Mariátegui creía que era necesario fundar un partido político para cambiar la realidad del país. Inicialmente había sido contrario a toda acción política inmediata, consideraba que su misión era hacer conocer sus doctrinas, difundirlas, dialogar y promover discusiones intelectuales. Sin embargo, luego comprendió que el trabajo con los intelectuales era insuficiente y se abocó a la tarea de organizar a los obreros, colaborando en la fundación de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Más aún, después de que Haya de la Torre decidiera convertir al Apra en el partido Nacionalista Libertador que lanzó su candidatura a la Presidencia de la República, fue preciso fundar el partido que luchara por el socialismo en el Perú. Fue entonces que surgió el Partido Socialista, que no llegó a tener esa organización cerrada y vertical de los partidos comunistas de otros países latinoamericanos, como Cuba y Argentina. Por eso los comunistas argentinos, entre otros, no consideraron a José Carlos un comunista strictu sensu. Mucho pesó en él la influencia italiana y sus lecturas de autores liberales. A pesar de sus diferencias con los comunistas de la época, José Carlos ha aparecido como el fundador del comunismo en el Perú. Cuando se fundó el Partido Aprista Peruano, Mariátegui y su partido representaban la alternativa opuesta, reconocida globalmente como comunista.

Cuando Haya de la Torre decidió transformar el frente en partido quedó fuera de las directivas iniciales del Apra, que establecían la convivencia de posiciones discrepantes. A partir de entonces el Apra dejó de ser una entidad de principios. Fue a raíz de ese suceso que Mariátegui se vio obligado a intervenir en política partidaria, pensó que había que establecer claramente las diferencias entre apristas y socialistas. Sin embargo, José Carlos no participó en la política menuda, de camarilla, sino en la lucha política estrictamente desde el punto de vista del proletariado y de las manifestaciones populares. Me parece que su deseo fue seguir siendo el maestro de ideas que fue, el hombre que integró todos los problemas del Perú con esa actitud crítica que luego no se puso de manifiesto, sino en forma parcial, en los comunistas que lo sucedieron.

En el Cusco las ideas marxistas habían alcanzado cierta difusión desde principios de la década de 1920. La polémica entre Haya de la Torre y Mariátegui determinó que los diversos matices que separaban a los marxistas cusqueños se convirtieran en diferencias insalvables y, por consiguiente, viniese el rompimiento total.

Julio Luna Pacheco, líder de los socialistas peruanos, enfatizaba en la adjetivación de peruanos que, según él, los diferenciaba de los extranjerizantes. Sustentaba que ellos no querían depender ni de Rusia ni de ninguna potencia extranjera; ese grupo se definió como decidido partidario de las ideas de Haya de la Torre, quien con mucha habilidad los atrajo haciéndose pasar como socialista, consiguiendo separar-los de los comunistas.

El grupo de los futuros apristas era muy pequeño, no pasó de 20 miembros. El grupo comunista, en cambio, fue más numeroso y estuvo encabezado por un cusqueño enviado especialmente a dirigirlo, Casiano Rado. En el Cusco se me consideraba como representante comunista por mi amistad con Mariátegui, así como por el curso de "Economía Política" que dictaba basado en el materialismo histórico. Cuando en Tempestad en Los Andes afirmé que "para que insurjan las masas indígenas sólo hace falta un Lenin", completé mi aureola de comunista. Por otro lado, en una sociedad tan cerrada como la cusqueña, a quienes emergíamos como defensores de los indígenas pronto les caía el mote de comunistas. Lo que me acercó al comunismo fue algo muy específico: pensaba que la mala situación de la masa indígena era solamente una parte del malestar universal de las clases explotadas.

Tanto Haya como Mariátegui fueron partidarios de mantener la independencia ideológica. La idea de llamarse socialistas peruanos para no ser tributarios del marxismo internacional fue un planteamiento que tanto Haya como el propio Mariátegui respetaban. Mariátegui era partidario de mantener una cierta autonomía para tratar los temas de la política nacional e internacional, reivindicó los criterios peruanos, de manera que fue socialista sin perder de vista a su propio país. Sin embargo, a pesar de las afinidades que entre ambos personajes existían, la unidad no se pudo conseguir, es más, los partidos que ambos fundaron se convirtieron, el uno en un decidido enemigo de los comunistas y el otro formó parte del conglomerado de los partidos comunistas del mundo.

Mientras existió Amauta, por el contrario, hubo una eficaz tribuna a la que tenían acceso todas las ideas de vanguardia en un primer momento, y todas las que proclamasen la reivindicación de las clases populares. En Amauta no se hicieron lecturas bíblicas de la obra de Marx. Ahí predominó una visión de carácter peruano que enfocaba los problemas partiendo de nuestro propio espíritu y que se rebelaba ante la dependencia ideológica. Hubo quienes, atraídos por la Revolución Rusa, pensaron que en el Perú debía aplicarse una solución semejante, cuando era evidente que no había mayor similitud entre la República de los Soviets y el país, salvo en el hecho de que la lucha de ambos pueblos era también la causa de las grandes mayorías oprimidas de todo el mundo.

Para comprender mejor a Haya y a Mariátegui hay que destacar la situación particular por la que el Perú atravesaba durante la época de Leguía. En el "oncenio" solamente se permitió la existencia de un único partido de completa fidelidad al gobierno, no existía libertad para la propagación de ideas que no fueran las del régimen. Para hacer frente a esa presión fue que aparecieron los grupos de Lima, del Cusco, de México, de París, socialistas peruanos, comunistas, etc., y revistas como Amauta y Labor. Otro canal de propagación de ideas fueron las conferencias para obreros, en las que Mariátegui alcanzó notoriedad, tanto como Haya de la Torre a través de las Universidades Populares. Desde entonces el pueblo inició su participación política pero dentro de condiciones completamente distintas, pues las elecciones, en las que supuestamente se consultaba su voluntad, habían sido hasta entonces una farsa.

Pero si bien Mariátegui tuvo ascendiente sobre la clase obrera de su época, el partido que fundó careció de la organización que le hubiese permitido encabezar una revolución de masas. Tampoco estuvo en condiciones de hacerlo el Partido Comunista a la muerte de Mariátegui. La agitación social de la década de 1930 tuvo sus propias particularidades, la movilización de las masas no ocurrió en apoyo de determinado partido, sino de acuerdo a sus propios intereses. Si Mariátegui logró educar al proletariado, si fue el caso de un espíritu superior que supo llegar a la masa, no pudo organizarla en un partido político. Sus relaciones con los obreros no fueron orgánicas, no obedecieron a las directivas de un partido, se trataba de actividades netamente laborales. Los apristas, por el contrario, sí tuvieron una sólida organización partidaria encabezada por Haya de la Torre como líder indiscutido. No solamente entonces, sino en las décadas posteriores, el movimiento aprista ha exhibido su capacidad para movilizar a grandes masas. Únicamente con la aparición de Acción Popular encontró un competidor. Pero siempre pesó sobre el Apra una pregunta muy importante: ¿Iniciaría su verdadero via crucis en caso de que desapareciera su jefe indiscutido?

No hubo duda pues que, en la década de 1930, la masa popular estuvo con Haya. Muerto Mariátegui, desapareció para los comunistas la oportunidad de tener un caudillo que pudiese competir con el líder de sus opositores. Los nuevos dirigentes fracasaron en sus objetivos, en muchas acciones de la época el Partido Comunista no estuvo presente. Si bien es cierto que el Partido Comunista controlaba los sindicatos, ése era solamente un aspecto parcial en una época en la que, al igual que en 1919 contra Pardo, hubo una gran protesta generalizada. Ante situaciones tan violentas como las que por ese entonces ocurrieron, en las que se mezclaban movimientos políticos y militares, ¿qué pudieron hacer dirigentes como Ricardo Martínez de la Torre, un hombre muy inteligente pero sin la presencia ni la decisión necesarias? Fue ésa una época para personalidades distintas, audaces y emprendedoras como Haya o Sánchez Cerro, que tuvieron entonces papeles importantes. Manuel Seoane fue otro de los personajes que reunía las condiciones para convertirse en un verdadero líder. Como tantos otros de su generación, se hizo militante aprista. Tuvo sin embargo algunas virtudes que lo diferenciaron de sus compañeros, era una persona accesible e inteligente y carecía de esa pedantería que llevó a sus amigos a creerse los salvadores del Perú.

En su labor, así como en las organizaciones que fundaron y en sus escritos, ha quedado marcada la fuerte personalidad tanto de Haya de la Torre como de Mariátegui. Personalmente, Víctor Raúl era muy distinto al grandilocuente líder que aparecía en público. Era más bien sencillo y afectuoso y un conversador empedernido, muy dado a discutir y aclarar ideas ajenas. Es conocido que una de sus cualidades era su capacidad para hablar varias horas sin dar señales de agotamiento y manteniendo la atención de sus oyentes. Haya de la Torre nació para cumplir la tarea que durante toda su vida desempeñó, un hombre con una gran vocación de sacrificio, al que ni el desprestigio ni la persecución, ni las amenazas de muerte pudieron apartarlo de la política. De ahí que siga siendo una figura atrayente para la mayoría de la población nacional, pese a sus cambios de actitud, que muchas veces no coincidieron con lo que proclamaba.

José Carlos Mariátegui era también de esos personajes que ejercen un atractivo particular, en el trato personal era fundamentalmente amable, en sus conversaciones destacaba un hecho: su capacidad para hacer comprensibles los puntos más confusos y complejos. Era pues, en realidad, un gran maestro, un verdadero amauta. Esas virtudes le permitieron extender su atractivo no solamente a los hombres de su categoría, sino a los hombres del pueblo, entre quienes ganó afecto a costa de esa paulatina y humilde docencia. Nunca lo vi exaltado, la seriedad que le pudiese haber provocado un asunto grave no se convirtió nunca en brusquedad, por el contrario, era muy considerado y atento. Escuchaba las opiniones ajenas sin impacientarse y luego, con una inteligencia asombrosa, hacía preguntas que demostraban el total entendimiento de la opinión vertida. Nadie puede dudar de su honestidad intelectual. Cuando algo le interesaba, se empapaba a fondo del asunto y no lo abandonaba hasta llegar al mismo meollo de la cuestión. Poseía una cultura vasta que comenzó a acumular desde sus inicios como periodista y que fue acrecentándose paulatinamente. Incluso para comprender a cabalidad temas que estaban relativamente alejados de su experiencia mostraba una gran predisposición, tal como ocurrió con las observaciones que le trasmití sobre las comunidades y la vida serrana, realidad que no conoció de manera directa.

José Carlos Mariátegui fue un verdadero intelectual, su inteligencia estaba al servicio de sus ideas, y éstas le servían para comunicarse con el pueblo. Aunque no fueran los propios, sabía asimilar diversos puntos de vista y luego de someterlos a crítica, obtener de ellos las mejores enseñanzas posibles. Así fue gestando un ideario en el que estuvieron presentes desde los planteamientos que trajo de Italia hasta los relatos de los propios obreros. No es cierto, como algunos han afirma-do, que hubiera en Mariátegui determinadas influencias que predominaron tajantemente en su pensamiento. A todas las ideas que recibió les dio forma nueva, de los más diversos enfoques obtuvo una interpretación propia. En suma, fue el creador de un ideario adaptado a la realidad nacional.

Sin embargo, Mariátegui ha tenido muchos detractores. Se decía que sus libros carecían de solidez porque su autor no había pasado por las aulas universitarias, cuando muchos de los intelectuales de esa época, egresados de la universidad, no llegaron ni por asomo a tener su brillantez. Mariátegui, como muchos otros, fue anti y suprauniversitario, su espíritu de intelectual fue formándose en el trato con la gente, en sus estudios individuales, en sus lecturas, sus cartas y en la vida mis-ma. También hubo quienes dijeron que Mariátegui no había realizado una lectura profunda de los grandes maestros del marxismo, negándole así su calidad de hombre de izquierda, se decía que era más bien un populista. Inclusive en los últimos años ha habido círculos que du-daban de su filiación izquierdista. Sin embargo, ninguna de esas afirmaciones falaces ha podido echar sombras sobre una vida, que si bien terminó prematuramente, quedó perenne en su obra.

En efecto, desde muy joven una enfermedad implacable ―la tuberculosis― no dio tregua a José Carlos. Pero todo en él siguió siendo fe. Resulta extraordinario ver a alguien tan fuerte espiritualmente y tan débil físicamente. En las últimas reuniones que asistí, en la casa de la calle Washington, Mariátegui mantenía intactas sus cualidades. Le oímos hablar con unción casi religiosa, pues ponía tal sentido de verdad y de sinceridad en sus palabras, adecuado al gesto mismo y al tono de voz, que todo lo influía. Su muerte fue un hecho inmensa-mente doloroso. No estuve presente en su entierro, pero pude ver una película en la que se hacía evidente el impresionante cortejo que lo despidió.

A la muerte de Mariátegui, Haya de la Torre era el llamado a continuar con el indigenismo, pero él se separó de esta corriente en su afán de aislarse de la tendencia comunista. Fue así que encontró un camino diferente, que llamó indoamericanismo. Si los comunistas buscaron un camino homogéneo para todos los países del mundo, los apristas pusieron énfasis en la particularidad del Perú. En eso concordaba con ellos, pues somos un país original, tenemos comunidades y una población indígena que es una manera distinta de ser peruano. Por todo esto, el Apra era el destinado a continuar la política indigenista, pero tal cosa no ocurrió. Los apristas descuidaron este aspecto fundamental del país. Para ellos, esa acuciante realidad pasó a un segundo plano, porque pusieron el énfasis de su acción en sus propios problemas frente al gobierno de turno.

De la misma manera, los comunistas desecharon el interés por lo peruano. Tuve muchas diferencias con lo que comunistas como Ricardo Martínez de la Torre sostuvieron, en lo referente a las nacionalidades quechua y aymara por ejemplo, pues si bien existían ciertos elementos culturales e idioma común, eso no bastaba para propugnar la existencia de nacionalidades distintas. En mi opinión, se daban una serie de elementos heterogéneos, el grupo Jaqi, por ejemplo, tiene sus particularidades, aunque es parte del conjunto mayor aymara. Martínez de la Torre tampoco tomó en cuenta el fenómeno del mestizaje.

En la región sur del Ande peruano los grupos quechuas y aymaras vivían próximos, juntándose en algunas zonas poblaciones de distinta procedencia cultural. No todos los habitantes del altiplano eran aymaras, existía, por ejemplo, el grupo quechua de Copacabana, cuyas prolongaciones llegaban hasta territorio argentino. Inclusive hasta Santiago del Estero se sentía la influencia de los quechuas, en una gran área que fue tradicionalmente colla. En el proceso social de los últimos siglos las combinaciones que se produjeron borraron cualquier frontera estable.

Fue así como los políticos fueron olvidándose del indigenismo. Más adelante habría esporádicos momentos de preocupación oficial por él. Manuel Prado, por ejemplo, dio muestras de interés, se preocupó por intercambiar ideas con los indigenistas y muchos de ellos ocuparon cargos durante sus dos gobiernos. Sin embargo, no le fue posible acceder a las reformas que le fueron sugeridas, había llegado al poder con el apoyo de los gamonales y no podía ir contra sus intereses. Por eso no intentó solucionar el problema indígena.

Con la dispersión y las luchas internas se perdieron talentos tan brillantes como el de José Sabogal. Colaborador incansable de Amauta, introdujo el indigenismo en sus páginas. Sabogal fue, como lo he dicho en otras oportunidades, uno de los primeros en ofrecer a José Carlos la visión de aquel mundo desconocido de "detrás de las montañas". A través del lenguaje del arte, Mariátegui pudo entender el mensaje de esa humanidad disminuida que había que liberar de la opresión de blancos y mestizos. Como Sabogal, muchos intelectuales que habían colaborado con Amauta no llegaron a definirse ni por el aprismo ni por el comunismo.

Desaparecido el grupo Resurgimiento y muerto Mariátegui, las condiciones para el desarrollo del indigenismo cambiaron por completo. Vino la revolución de 1930 y a partir de entonces se politizó en demasía la actividad intelectual. Todos esperamos mucho del nuevo gobierno, había satisfacción con el derrocamiento de la dictadura, pero no se veía más allá.

En realidad hubo un re acomodo pero de carácter netamente político, y de política más limeña que nacional. Los contactos iniciados con los indios se perdieron, la división entre el Apra y los comunistas se hizo mayor, llegando a tal punto que en las elecciones de 1931 se combatieron como verdaderos enemigos, no quedando nada del grupo que había permanecido unido hasta 1928. La ruptura entre Mariátegui y Haya había sido fatal. Con la creación del Partido Comunista Peruano y con el radical anticomunismo del Apra, la antigua solidaridad quedó en el recuerdo.

A partir de su contacto con José Carlos Mariátegui y su presencia en Amauta, el indigenismo vivió su momento clave, en que entró al campo de la política y se hermanó con la lucha por la solución de los problemas de las clases trabajadoras del país, así como por la justa solución del problema regional. De un primer momento que podría llamarse del "indigenismo regional", que se desarrolló principalmente en Cusco y Puno, se pasó a la etapa del "indigenismo nacional", aproximadamente entre 1925 y 1930. Luego vendría la etapa del "indigenismo institucional", aunque las tres han sido momentos distintos de una misma lucha en favor de las mayorías del país.



(1)VALCÁRCEL  VIZCARRA, Luis Eduardo .Memorias.IEP ediciones. 1a edición, julio 1981.Pág.234-256 



El Polen - El Hijo del Sol





Wakar Amaru - No es el viento





El Condor Pasa (Instrumental)





Leusemia - Eclipse en La Corte de Los Cuentos Desolados





MASACRE - EL HECHICERO





Atardecer - Mar de Copas





CAMPO DE ALMAS - INCOMPRENSION





La Habitación Roja - Nosotros





Los Miserables - Te recuerdo amanda





LA HABITACION ROJA - La vida moderna





Wayanay Inka - Dolencias





El Polen - A las orillas del Vilcanota









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Punto y Aparte



César Vallejo (Perú, 1892-Paris, 1938)


LOS NUEVE MONSTRUOS

I, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.

Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.

Crece la desdicha, hermanos hombres,
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.

El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar…
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más)
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardio!
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer?
!Ah! desgraciadamente, hombres humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.



ENTRE EL DOLOR Y EL PLACER MEDIAN TRES CRIATURAS...

Entre el dolor y el placer median tres criaturas,
de las cuales la una mira a un muro,
la segunda usa de ánimo triste
y la tercera avanza de puntillas;
pero, entre tú y yo,
sólo existen segundas criaturas.
Apoyándose en mi frente, el día
conviene en que, de veras,
hay mucho de exacto en el espacio;
pero, si la dicha, que, al fin, tiene un tamaño,
principia ¡ay! por mi boca,
¿quién me preguntará por mi palabra?

Al sentido instantáneo de la eternidad
corresponde
este encuentro investido de hilo negro,
pero a tu despedida temporal,
tan sólo corresponde lo inmutable,
tu criatura, el alma, mi palabra.
(Poemas humanos, París, 1939)


 El PAN NUESTRO

 Se bebe el desayuno... Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno... La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor...!

Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón... A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón...!

ABSOLUTA

Color de ropa antigua. Un julio a sombra,
y un agosto recién segado. Y una
mano de agua que injertó en el pino
resinoso de un tedio malas frutas.

Ahora que has anclado, oscura ropa,
tornas rociada de un suntuoso olor
a tiempo, a abreviación... Y he cantado
el proclive festín que se volcó.

Mas ¿no puedes, Señor, contra la muerte,
contra el límite, contra lo que acaba?
¡Ay, la llaga en color de ropa antigua,
cómo se entreabre y huele a miel quemada!

¡Oh unidad excelsa! ¡Oh lo que es uno por todos!
¡Amor contra el espacio y contra el tiempo!
Un latido único de corazón;
un solo ritmo: ¡Dios!

Y al encogerse de hombros los linderos
en un bronco desdén irreductible,
hay un riego de sierpes
en la doncella plenitud del 1.
¡Una arruga, una sombra!


IX

Vusco volvvver de golpe el golpe.
Sus dos hojas anchas, su válvula
que se abre en suculenta recepción
de multiplicando a multiplicador,
su condición excelente para el placer,
todo avía verdad.

Busco volvver de golpe el golpe.
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades
a treintidós cables y sus múltiples,
se arrequintan pelo por pelo
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,
y no vivo entonces ausencia,
ni al tacto.

Fallo bolver de golpe el golpe.
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo
de egoísmo y de aquel ludir mortal
de sábana,
desque la mujer esta
¡cuánto pesa de general!

Y hembra es el alma de la ausente.
Y hembra es el alma mía.

(Trilce,1922)



Savia Andina - Flor de un día





Pax - Exterminio (1984)





Mar de copas - Estación





Daniel F - El rescate de las danzas





CAMPO de ALMAS - El SecretO





Los Miserables - Te doy una Cancion





La Habitación Roja - La vida es sueño





La Habitación Roja - Por Tí





Andrés Calamaro - Paloma





CHUKLLA






Burdeles 1





En defensa de los animales 1


Ramming the Fisherman from AnimateIt.net



Wakar Amaru - Purirakumusun





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