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domingo, 27 de marzo de 2016

RECHAZO EN TODO EL PERÚ CONTRA LA CANDIDATA DE LA DICTADURA KEIKO FUJIMORI 2

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KEIKO FUJIMORI 2016 - Ha sido expulsada de MITIN en AYACUCHO





Huancayo repudia a la candidata Keiko Fujimori





Marcha contra Keiko 11 de Marzo 2016





Protestas en contra de Keiko Fujimori en Cusco





CHICLAYO PROTESTAN CONTRA KEIKO FUJIMORI





Arequipa repudia a Keiko Fujimori





Jóvenes de Puno se manifiestan contra Keiko Fujimori - La Mula





Rechazo a Keiko Fujimori en Cusco





ESPECIAL: 50 razones para no votar por Keiko Fujimori | El diario de Curwen





25 razones para no votar por Keiko Fujimori





10 razones por que no votar por Keiko Fujimori








PUNTO Y APARTE




LARGO MAFIA



LARGO YANQUI LOBISTA




LA CHINA RATA VA A CAER




ELECTOREROS



QUE NO VUELVAN LOS OCHENTAS




NO A KEIKO! NO A LA DICTADURA! FUERA CHINA RATA!






SPOT OFICIAL DE LA MARCHA CONTRA KEIKO PARA EL 5 DE ABRIL





De La Nada - Sumergido  (SEGUNDA MARCHA NO A KEIKO)





Sonido Changorama - Cumbia De Ese Estado (PERÚ - Primera Marcha anti Keiko Fujimori) (11-03-2016)





Emergency Blanket - Warkaman Te Quechua





Pedrina y Rio - Enamorada





Diego Torres - Penelope (cover de Joan Manuel Serrat )




La Viejha - Caballero Libertad




Los Outsaiders - Vuelvas





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RECHAZO EN TODO EL PERÚ CONTRA LA CANDIDATA DE LA DICTADURA KEIKO FUJIMORI

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Keiko Fujimori No Va (Primera marcha en Lima 2016)





Lo que gritaron contra Keiko en primera marcha #11m Lima





Así fue la segunda marcha contra la candidatura de Keiko Fujimori





Segunda marcha contra candidatura de keiko fujimori





Segunda marcha contra keiko fujimori





Perú: miles marchan contra Keiko Fujimori




“SEGUNDA MARCHA NO A KEIKO” 15 MARZO 2016 EN LIMA,




2da MARCHA CONTRA KEIKO










RECHAZAN Y PROTESTAN contra Keiko fujimori en Arequipa, Ayacucho, Chiclayo, Lima Tacna.










PUNTO Y APARTE




PERÚ - Segunda Marcha contra Keiko Fujimori. 16-03-2016





PERÚ - Primera Marcha anti Keiko Fujimori (11-03-2016)





SERA MEJOR- LIBREXPRESION




CoMA4 - cielo RoTo




Little Jesus - Azul





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BERNIE SANDERS 3

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Bernie Sanders Manifestación en Los Angeles





Precandidato Presidencial Bernie Sanders





Bernie Sanders : Let Me Tell You Something





Bernie Sanders habla su propuesta de inmigración





El socialismo de Sanders, Cuba y Nicaragua





Bernie Sanders Habla de la Reforma Migratoria





Bernie Sanders "On the Road" / "Gira de la Costa Oeste"





Hillary Clinton vs Bernie Sanders





Bernie Sanders en exclusiva a RT: "La gente necesita a alguien en quien sabe que puede confiar"








PUNTO Y APARTE



Sylvia Falcón - Wifala




ANITA FAJARDO - ALAQ SHONQU PAISANITA ALTUN PURI WAYANITO.DAT










































































































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BERNIE SANDERS 2

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Bernie Sanders habla de Martin Luther King, Jr. con Killer Mike





Bernie Sanders y su lucha de 30 años por la igualdad.





Director de campaña de Bernie Sanders: Estan tratando de sabotear nuestra campaña





Bernie Sanders NO Aceptará el Abuso de Los Trabajadores Agrícolas





Elecciones en EE.UU.: Las propuestas de Bernie Sanders





Fort Apache - Sanders, el cambio en EEUU





Bernie Sanders sobre Wall Street





Bernie Sanders responde: Se considera capitalista?









PUNTO Y APARTE




Edith Ramos Guerra - Potpurri de Huayños Ayavireños





































































































































































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BERNIE SANDERS

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Bernie Sanders es el político norteamericano de izquierda más respetable en la actualidad que ha criticado el capitalismo yanqui y Wall Street.Está postulando a la presidencia enfrentando a Hilary Clinton  y Donald Trump , candidatos que como sabemos con antecedentes malévolos que dejan mal a EEUU.Bernie es el presidente que necesita el pueblo norteamericano para sacarlos de la crisis y de la imagen negativa que ha ocasionado una política exterior agresiva e invasiva .      





BERNIE SANDERS. SUS OPINIONES SEGÚN PASAN LOS AÑOS..





Bernie Sanders "Yo no doy discursos a Wall Street"





Bernie Enfrenta a Los Medios / Bernie Takes on the Media





Bernie Sanders "Progress"/ "Progreso"





Bernie Sanders Habla de la Reforma Migratoria





Bernie Sanders Explica Seguro Social





Bernie Sanders responde brillantemente cuando Hillary Clinton lo acusa de calumniar.





Bernie Sanders - Desigualdad de Ingresos





Bernie Sanders habla sobre Cuba, Nicaragua y Venezuela




Bernie Sanders sobre la carrera presidencial 2016









PUNTO Y APARTE



LA CANTADA - LA LLAMA QUE BAILA





EL CONDOR PASA EN QUECHUA





Zulma Yugar - Quli Panqarita





















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Sharon Smith : Marxismo, feminismo y liberación de la mujer

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Marxismo, feminismo y liberación de la mujer







Por : Sharon Smith (*) 






Inessa Armand, la primera dirigente del Departamento de la Mujer en la Revolución Rusa de 1917, hizo la siguiente observación: “Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer”. Esta afirmación es un perfecto resumen de la relación entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de la mujer: no es posible una sin la otra.

La tradición marxista asume, desde sus orígenes, con los escritos de Karl Marx y Friedrich Engels, la lucha por la liberación de la mujer. Ya desde el “Manifiesto Comunista”, Marx y Engels argumentaron como la clase dominante oprime a las mujeres, relegándolas a ciudadanas de segunda clase” en la sociedad y dentro de la familia: “el burgués ve en su mujer un mero instrumento de producción…, no sospecha siquiera que el verdadero objetivo que perseguimos [los comunistas] es el de acabar con esa situación de las mujeres como mero instrumento de producción”.

Marx no dedicó mucho espacio en El Capital a describir el papel que cumple el trabajo doméstico de las mujeres bajo el capitalismo. Tampoco examinó el origen de la opresión de la mujer en la sociedad de clases, a pesar de que tomó extensas notas etnológicas sobre este tema hacia el final de su vida.

Después de la muerte de Marx, Engels utilizó algunas de aquellas notas para su libro: “El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”, donde analizaba el surgimiento de la opresión de las mujeres como el producto de la aparición de la sociedad de clases y de la familia nuclear. A pesar de que han sido necesarias varias revisiones para actualizar las tesis del libro de Engels, fueron pioneras, en su momento, como contribución a la comprensión de la opresión de las mujeres; en particular, porque Engels escribía en la Inglaterra victoriana, que no era, desde luego, una era ilustrada en lo que se refiere a la situación de las mujeres.

De hecho, en “El origen…” es más que notable la cuidadosa atención que Engels dedica a los aspectos personales de la opresión de las mujeres dentro del marco familiar, incluyendo la extrema degradación sufrida por las mujeres a manos de sus maridos, con un grado de desigualdad desconocida en las sociedades anteriores. Engels califica el surgimiento de la familia nuclear como “la derrota histórica del sexo femenino a nivel mundial”. Aunque las notas de Marx sugieren que esta derrota histórica mundial se inicia y desarrolla durante un periodo de tiempo mas extenso, precediendo y conduciendo a la aparición de la sociedad de clases, con el resultado final de un enorme retroceso en la igualdad de las mujeres respecto de los hombres.

Además, Engels sostiene explícitamente que la violación y la violencia contra las mujeres se iniciaron dentro de la familia, en sus mismos orígenes:

El hombre tomó el mando también en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la producción de hijos…Para asegurar la fidelidad de su mujer y por tanto, la paternidad de sus hijos, es entregada sin condiciones al poder del marido; si él la mata, solo está ejerciendo sus derechos”.

Engels también explicó cómo el ideal de la familia monógama en la sociedad de clases se basa en una hipocresía fundamental. Desde sus inicios, la familia ha estado marcada por el “carácter específico de la monogamia solo para la mujer, pero no para el hombre. Mientras que los actos de infidelidad de las mujeres, son duramente condenados, sin embargo, se consideran “honorables en el hombre o, en el peor de los casos, un leve pecadillo contra la moral que se puede asumir alegremente”.

Esclavitud doméstica

Si algo se puede destacar, desde el inicio de la tradición marxista en cuanto a la emancipación de la mujer, es que el problema no ha sido nunca contemplado teóricamente como un asunto que concierne solo a las mujeres, sino como un tema en el que se debe implicar el conjunto de los lideres revolucionarios, tanto hombres como mujeres.  El revolucionario ruso León Trotsky escribió: “Para cambiar nuestras condiciones de vida, debemos aprender a mirar a través de los ojos de las mujeres”. Del mismo modo, V.I. Lenin, solía referirse a la opresión de las mujeres dentro de la familia como “esclavitud doméstica”.

La esclavitud doméstica, a la que Lenin hace referencia, es un elemento central en la teoría marxista sobre la opresión de las mujeres: la fuente de la opresión de las mujeres radica en el papel de la familia como reproductora de la fuerza de trabajo para el capitalismo, y en el papel desigual de la mujer en su seno. Mientras que la familia de las clases dominantes ha funcionado históricamente como una institución a través de la que transmitir la herencia entre generaciones, con el surgimiento del capitalismo, la familia de la clase obrera asumió la función de proporcionar al sistema una oferta abundante de mano de obra.

Es una forma muy barata para los capitalistas, pero no para los trabajadores, de reproducir la fuerza de trabajo, tanto en términos de reposición diaria de la fuerza de trabajo actual, como para su incremento numérico con generaciones futuras de trabajadores. Esta configuración sitúa casi toda la carga financiera para la crianza de los hijos y el mantenimiento del hogar sobre los hombros de las unidades familiares obreras, dependiendo básicamente de los salarios de uno o de los dos padres para la supervivencia, en lugar del gasto social del gobierno o de la clase capitalista.

El surgimiento de la familia de la clase obrera también comenzó a diferenciar claramente el carácter de la opresión que sufren las mujeres de distintas clases: el papel de las mujeres de clase alta es producir descendencia para heredar la riqueza de la familia, mientras que la función de las mujeres de la clase obrera es mantener las generaciones de trabajadores para hoy y mañana dentro de su propia familia; esto es, la reproducción de la fuerza de trabajo para el sistema. Engels sostenía que el papel de la “mujer proletaria” significa que “la esposa se convertía en la sirvienta principal (…) y que si lleva a cabo sus tareas al servicio privado de su familia, permanece excluida de la producción pública y sin salario; y si quiere tomar parte en la producción pública y obtener un salario independiente, no puede atender sus deberes familiares”.

Actualmente, las exigencias del trabajo y de la familia compiten entre sí y son una fuente importante de estrés para las madres trabajadoras. Sobre todo en las familias obreras que no pueden permitirse el lujo de pagar servicios externos de lavandería, limpieza, cocina y ayuda en las tareas domésticas.

Para fortalecer la institución familiar, la ideología de la clase dominante obliga a mujeres y hombres a asumir roles de genero rígidamente diferenciados, incluyendo el ideal de criadora-ama de casa para las mujeres, sometidas al varón cabeza de familia y responsable de su sustento económico, sin que importe lo poco que tienen que ver realmente esos ideales con las vidas reales de la clase trabajadora. Desde la década de los 70, la gran mayoría de las mujeres forman parte de la fuerza de trabajo y, sin embargo, perviven tanto esos ideales familiares como la idea de que la mujer esta mejor dotada para asumir las tareas domésticas dentro de la familia. El papel de la mujer como cuidadora en el seno familiar reduce su status al de ciudadanas de segunda clase dentro del conjunto social, dado que se presupone que su principal responsabilidad, y su mayor contribución, es la de estar al servicio de las necesidades individuales de su familia.

Así, comprendiendo que el papel de la familia es la clave para entender la posición de ciudadanas de segunda que padecen las mujeres en la sociedad, responderemos a las preguntas básicas: ¿porqué aún no se ha conseguido aprobar la enmienda a la constitución sobre la igualdad de derechos que garantice la igualdad básica ante la ley para las mujeres norteamericanas?; ¿porqué las mujeres son relegadas al papel de objetos sexuales, sujetas a la aprobación o desaprobación de los hombres?; ¿porqué las mujeres seguimos, aún hoy, luchando por el derecho a controlar y decidir sobre nuestro propio cuerpo y nuestra vida reproductiva? Todo comenzó con la familia, pero sus repercusiones se extienden mucho mas allá de la vida dentro de la familia.

Los líderes de la Revolución Rusa de 1917 comprendieron no solo el papel central de la familia en la raíz de la opresión de las mujeres, sino también que las dificultades para lograr la igualdad de género dentro de la familia condicionaban la liberación de la mujer en el conjunto de la sociedad. Trotsky escribió en 1920: “Lograr la igualdad real entre el hombre y la mujer dentro de la familia es un problema arduo. Todos nuestros hábitos domésticos deberán ser revolucionados antes de que pueda suceder. Y, sin embargo, es obvio que si no hay verdadera igualdad entre marido y mujer en la familia, tanto en lo cotidiano como en sus condiciones de vida, no podremos hablar seriamente de su igualdad en el trabajo, en la sociedad o incluso en la política.

Luchar contra la opresión

También la Revolución Rusa comenzó a abordar, tanto a nivel teórico como práctico, la lucha contra la opresión como parte integral de la lucha por el socialismo, argumentando que el partido revolucionario debe de ser la “tribuna de los oprimidos”. Lenin realizó la siguiente y sucinta explicación sobre como el objetivo de la toma de conciencia revolucionaria requiere de la voluntad de los trabajadores para defender los intereses de todos los oprimidos en la sociedad, como parte de la lucha por el socialismo:

“La conciencia de clase de los trabajadores no puede ser verdadera conciencia política si los obreros no están capacitados para responder a todo tipo de tiranía, opresión, violencia o abuso, no importa la clase que se vea afectada sí, además, se forman para responder desde un punto de vista Social-Demócrata y no de otro”.

Esta formulación es extremadamente importante para entender el papel del movimiento socialista, no solo en la lucha de clases, sino también en la lucha contra toda forma de opresión. Y estaba esperando llegar aquí, para aplicar esta formula al tratamiento específico de la opresión de la mujer y lo que significa tanto en la teoría como en la práctica.

Lo que Lenin está destacando en esta cita es que aunque el sistema capitalista se basa, esencialmente, en la explotación de la clase obrera (y la clase es la clave de la división en la sociedad, entre explotadores y explotados), al mismo tiempo, el sistema capitalista también utiliza otras formas específicas de opresión para mantener el sistema. Y estas formas de opresión afectan a individuos de todas las clases, no solo a los obreros.

Un par de ejemplos, hoy bien conocidos, pueden ayudar a ilustrar este punto algo  más fácilmente. Primero, el prejuicio racial: conducir cuando se es negro o mulato no es un problema que afecte solo a la clase trabajadora, los negros u otro grupo oprimido racialmente. Lo cierto es que conducir un Mercedes de alta gama, vestido con un traje caro, no te libra de ser prejuzgado racialmente y de acabar detenido por la policía.

Tomemos otro ejemplo, esta vez específico de mujeres: “el techo de cristal”. Existe una simple razón por la que las altas esferas del mundo empresarial y político siguen siendo abrumadoramente blancas y masculinas y es la del racismo y el sexismo puro y duro. Tenemos un circulo interno, blanco y masculino, rigiendo la sociedad, donde ni los negros ni las mujeres están invitados a entrar.

Sería un error decir: “¿por qué preocuparse de unos ricos? La opresión que sufren no es comparable con la que sufren la clase obrera y los pobres. Puede que sea en parte cierto, pero lo que Lenin argumentaba aquí es que la defensa de los derechos de todos los oprimidos es indispensable, no solo  para luchar eficazmente contra la opresión, sino que también es necesaria en la preparación de la clase obrera para dirigir la sociedad en interés de toda la humanidad.

¿Cómo podemos hoy día conciliar estos dos aspectos del marxismo: el papel de los revolucionarios en la auto-emancipación de la clase obrera y como adalides de todos los oprimidos, sin que importe la clase social afectada?.

Para nosotras resulta fácil abrazar la causa de las mujeres trabajadoras, formar sindicatos y organizar huelgas para reclamar el derecho a la igualdad salarial. Es una lucha obvia a la que damos nuestro apoyo incondicional. Pero lo cierto es que el mundo es mucho más complicado y algunos de los movimientos más importantes contra la opresión han surgido como movimientos no basados en la pertenencia de clase, incluyendo el feminista y la lucha por la igualdad de las mujeres.

Creo que la evidencia muestra, en particular, que los movimientos de los años 60 y principios de los 70, incluyendo los de la liberación de la mujer, el movimiento de liberación homosexual, en defensa de los derechos civiles y el nacionalismo negro, fueron poderosas luchas sociales que tuvieron un efecto transformador, tanto en la conciencia de masas en general como en la conciencia de las clases trabajadoras en particular.

Feminismo

Los avances del movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1960 han tenido un efecto duradero en la sociedad y esa es la razón por la que la derecha se ha pasado los últimos 40 años atacando todas esas conquistas de los movimientos de mujeres. También por ello, el feminismo en sí ha sido objeto de ataques, que intentaban caricaturizar a las feministas como un grupo de mujeres amargadas, egoístas y sin sentido del humor, a las que no les gustan los hombres, ni resultan atractivas para ellos y por todo ello se pasan la vida inmersas en una mentalidad victimista, imaginando ver ataques sexistas por todos lados.

Así, en este punto de la historia, cuando el feminismo ha sufrido los últimos 40 años un ataque sostenido y sin que se vislumbre cuando acabará, lo último a lo que nos debemos sentir empujados es a atacar al feminismo. Al contrario, tenemos que defender el feminismo por principio, como defensa de la liberación de la mujer y en oposición al sexismo. ¿Cuál es la definición de feminismo?: la defensa de los derechos de la mujer en el terreno de su igualdad política, social y económica respecto de los hombres.

Lamentablemente, no todos los marxistas, ni en todo momento, comprendieron la necesidad de defender el feminismo y de valorar los enormes logros del movimiento de mujeres, ni siquiera después de que la era de los 60 dejara paso a la reacción. Esto incluye a algunos que pertenecen a nuestra propia tradición, la Tendencia Socialista Internacional que, a mi juicio, incurrió en un enfoque reduccionista de la liberación de la mujer hace algunas décadas. Y también podría añadir que nuestra propia organización, la ISO de EE UU, ha sobrellevado la marca de esa tradición en un par de puntos teóricos clave, que quiero aquí resumir brevemente.

En primer lugar, ¿qué es el reduccionismo? En su forma más pura, el reduccionismo supone que la lucha de clases resolverá el problema del sexismo por si misma, al revelar los verdaderos intereses de clase en oposición a la falsa conciencia. Este enfoque “reduce” los problemas de opresión a una cuestión de clase. También se acompaña, generalmente, de una reiteración del carácter objetivo de clase del interés de los hombres en acabar con la opresión de la mujer, sin asumir la pregunta más difícil: ¿cómo enfrentar el sexismo dentro de la clase obrera?

Obviamente, ésta somera aproximación no describe la tradición de la Tendencia Socialista Internacional que, después de los movimientos de liberación de la mujer de los años 60, se toma muy en serio la liberación de la mujer, como un elemento central de la lucha por el socialismo.

No obstante, yo diría que fue una adaptación en sentido reduccionista y una tendencia a minimizar la opresión que sufren las trabajadoras como mujeres lo que condujo a una errónea prueba de fuego teórica sobre la cuestión de como los hombres de la clase obrera se “benefician” de la opresión de las mujeres. También quiero dejar aquí claro que no estoy simplemente “señalando con el dedo”, ya que, aunque en menor medida, nosotros en la ISO de EE UU adoptamos un enfoque similar.

Hubo un conjunto de artículos y un debate a mediados de los años 80, publicados en el “International Socialism Journal”, en el que participaron algunos de los principales dirigentes del “Socialist Workers Party” (SWP) británico, que comenzaron a abordar las cuestiones que acabo de describir. No es posible aquí resumir todo aquel debate, pero si presentar algunos de sus puntos más significativos.

Empezaremos con un articulo de 1984 titulado: “Liberación de la Mujer y Socialismo Revolucionario” de Chris Harman, un destacado miembro del SWP.(Quiero aclarar que Harman fue uno de los grandes marxistas de su época, que jugó un papel clave en la formación de muchos de nosotros en la ISO. Así pues, el asunto que describo representa una pequeña, aunque significante, detracción en su, por otra parte, enorme contribución al marxismo). En su artículo Harman sostiene:

De hecho, sin embargo, los beneficios que los hombres de la clase obrera reciben de la opresión de las mujeres son en realidad marginales…Los beneficios reales se reducen a la cuestión del trabajo doméstico. La pregunta es hasta que punto los hombres de la clase obrera se benefician del trabajo no remunerado de las mujeres.

Lo que los hombres de la clase obrera ganan, directamente, en términos del trabajo de su mujer, puede ser, más o menos, estimado. Es la cantidad de trabajo que tendría que realizar él si tuviera que limpiar y cocinar para sí mismo. No podría suponer más de una hora o dos al día. Una carga pesada para una mujer que tiene que realizar ese trabajo para dos personas después de una jornada laboral remunerada, pero no una enorme ganancia para el hombre trabajador”.

No parece necesario señalar que en los comentarios de Harman se describen solo los beneficios “marginales” que reciben los hombres, sin hijos que añadir a la carga de las mujeres dentro del hogar.

Otro socialista británico, John Molyneux, contestó a los argumentos de Harman, diciendo que los beneficios de los hombres son algo más que marginales: “Harman nos dice que ello ‘supone una carga pesada para una mujer que tiene que realizar ese trabajo para dos personas después de una jornada laboral remunerada’, así pues ¿si no supone un beneficio importante para el hombre trabajador, no es necesario hacerlo?”.

Los planteamientos de Molyneux provocaron una airada respuesta de Lindsey German y Sheila McGregor, miembros del Comité Central del SWP,  a los que Molyneux contestó de la misma manera. El debate no concluyó hasta 1986. Lindsey German opinó: “Las diferencias y ventajas que los hombres tienen no son, de ninguna forma, enormes; tampoco hay  beneficios tan sustanciales como John plantea. Por consiguiente, no existe base material que permita que los hombres sean ’comprados’ a cambio de esas ventajas”.

Sheila McGregor argumentó en contra como si Molyneux estuviera en vías de abandonar el marxismo por completo: “Si debemos tener una teoría adecuada sobre la opresión de las mujeres y como luchar contra ella, necesitamos basarnos en la tradición marxista. La posición de John, de que los hombres de la clase obrera se benefician de la opresión de las mujeres, es un primer paso hacía el abandono de esa tradición”.

A lo largo de ese debate, la posición evolucionó desde la sostenida por Harman, (el carácter marginal de los beneficios obtenidos por los hombres), a la afirmación de que los hombres de la clase obrera no se beneficiaban, en absoluto, de la opresión de las mujeres, junto a la de que, incluso aquellas ventajas que tienen los hombres sobre las mujeres dentro de la familia, no son “sustanciales”.

Beneficios

Si bien es cierto que el Capital es el primer beneficiario, tanto de la opresión de las mujeres en la familia, como de toda la basura sexista que se utiliza para reforzar el papel de la mujer como ciudadana de segunda clase (y también que los hombres de la clase obrera tienen un interés de clase objetivo en la liberación de la mujer), además, yo diría que plantear todo ello, simplemente así, da lugar a la tendencia a minimizar la gravedad de la opresión que sufren las mujeres y a no tomar en serio la necesidad de combatirla dentro de la clase obrera.

Como ejemplo de esto, baste comparar los argumentos del SWP británico de la época con los comentarios del propio Lenin en 1920, en las conversaciones mantenidas con la revolucionaria alemana Clara Zetkin algunos años después de la Revolución Rusa, cuando Lenin trató, en detalle, acerca de los obstáculos para alcanzar la liberación de las mujeres.

“¿Podría haber una prueba más palpable (de la continua opresión de las mujeres) que la de la visión corriente de un hombre observando, tranquilamente, como una mujer se agota con un trabajo trivial y monótono, trabajo que consume mucha fuerza y mucho tiempo, como es el doméstico y viendo, en ella, como su espíritu se encoje, su mente ensordece, su corazón se debilita y su voluntad languidece?...muy pocos maridos, ni siquiera los proletarios, piensan en lo mucho que podrían aliviar las cargas y preocupaciones de sus mujeres o, incluso, eliminarlas por completo, si les “echaran una mano” en ese ‘trabajo de mujeres’. Pero no, eso iría contra el ‘privilegio y la dignidad del hombre’. Él exige su comodidad y su descanso…”

Debemos erradicar el viejo punto de vista de amo del esclavo, tanto en el partido como en las masas. Es una de nuestras tareas políticas, una tarea tan urgente y necesaria como es la formación de un núcleo de camaradas, hombres y mujeres, con una sólida preparación, teórica y práctica, para el trabajo del Partido entre las mujeres trabajadoras.

El Partido Bolchevique, tanto antes como después de la Revolución, dedicó considerables recursos a la divulgación y la educación de las mujeres trabajadoras y campesinas, a través de su Departamento de la Mujer, mientras que, al mismo tiempo, argumentaba en contra de las actitudes sexistas de los hombres de la clase obrera.

Alexandra Kollontai, que fue un miembro destacado del Partido Bolchevique y una de sus principales teóricas en torno a la opresión de la mujer, asistió, en 1917, al primer Congreso Pan-Ruso de los Sindicatos, en el que hizo un llamamiento a los hombres de la clase obrera para que apoyaran la igualdad salarial de las trabajadoras. Esto es lo que dijo:

“Los trabajadores con conciencia de clase deben entender que el valor del trabajo masculino depende del valor del trabajo femenino y que, con la amenaza de sustituir la mano de obra masculina por mano de obra femenina más barata, el capitalista puede presionar sobre el nivel salarial de los hombres. Sola la falta de comprensión puede llevar a ver este tema como una mera ‘cuestión de la mujer’”.

Así que yo añadiría que, hoy en día, nuestro énfasis debería estar más en consonancia con la teoría y la práctica de los bolcheviques, no solo en cuanto a no minimizar el grado de opresión al que se enfrentan las mujeres, o cualquier grupo oprimido, dentro de la clase obrera, sino además, en realizar un serio esfuerzo, en todos los frentes, para combatirlo.

Además, la verdad es que el feminismo es un movimiento amplio y multifacético, con tendencias muy diferentes y con bases teóricas también muy diversas. Construir un “modelo de paja” con el feminismo, basándolo en sus formas más burguesas, para luego tumbarlo y finalmente pensar que ya hemos hecho nuestro trabajo intelectual, hace un flaco servicio a la lucha contra la opresión de las mujeres. Hay importantes debates entre las feministas a los que hemos permanecido ignorantes en gran parte y que pueden jugar un gran papel para avanzar en nuestra comprensión tanto de la opresión de las mujeres como del marxismo mismo.

Feminismo burgués

No estoy planteando aquí que debamos abrazar, por igual y sin posición crítica, todas las tendencias del feminismo. De hecho hay un ala específica a la que debemos tratar con hostilidad abierta: el feminismo burgués o de clase media. Las mujeres de la clase dominante y de la clase media se enfrentan a la opresión, pero eso no significa que podamos confiar en que puedan seguir una estrategia que las lleve a abordar el sufrimiento de la vasta mayoría de las mujeres que están en la clase obrera.

Por el contrario, el incremento del número de mujeres en la cúpula empresarial y en las listas electorales en los últimos 45 años institucionalizaron el feminismo de clase media bajo la forma de organizaciones como la “US National Organization for Women” y la “Feminist Majority Foundation”, que no ven un problema en dedicar su atención exclusivamente a las necesidades de las mujeres de clases profesionales y directivas.

Esto ha dado paso, desde la década de 1990, a lo que se ha dado en llamar “Power Feminism” (poder feminista). La autora feminista Naomi Wolf resume mejor este nuevo enfoque, en su libro de 1994 “Fire with Fire”. En esa obra, Wolf acuñó el término “Power Feminism” como alternativo al que llama: “Victim Feminism” (victimismo feminista) que, según la autora, incluye los “viejos hábitos” heredados por la izquierda revolucionaria de la década de los años 60, tales como el reflejo anti-capitalista, la mentalidad sectaria y la aversión al ‘sistema’”.

Wolf admite que el capitalismo es “la opresión de muchos por unos pocos”, pero añade que “suficiente dinero rescata a la mujer de mucha opresión sexual”. Este, en pocas palabras, es el mensaje de Wolf: las mujeres deben abrazar el capitalismo y conseguir todo el dinero y el poder que puedan para sí mismas. Pervirtiendo el marxismo, sostiene que ”mientras esperan la ‘revolución’, las mujeres están mejor con los medios de producción en sus propias manos…las empresas de mujeres pueden ser las células del Poder del siglo XXI.”

De hecho, Wolf asume las diferencias de clase entre las mujeres, argumentando que: “Va a haber épocas en las que las agresiones de una mujer contra otra sea saludable, incluso un energizante corolario del hecho de haber alcanzado la plena participación social…Hay mujeres que dirigen, critican y despiden a otras mujeres, y sus empleados, a veces, comprensiblemente, odiarán su coraje”.

Ninguna socialista ni feminista debe sentirse obligada a aliarse con el “Power Feminism” o con cualquier otra rama del feminismo de clase media. El feminismo burgués no es nada nuevo y el punto de vista sobre él de los bolcheviques es muy instructivo para nosotros, hoy en día. Una vez más, Alexandra Kollontai nos presenta un enfoque aplicable a la situación actual. En un panfleto de 1909, titulado: “Los fundamentos socialistas de la Cuestión de la Mujer”, explicaba por qué no puede darse una alianza entre la clase obrera y las mujeres de la clase dominante, a pesar de algunos aspectos de su opresión compartida:

“El mundo de las mujeres se divide, como el mundo de los hombres, en dos bandos: los intereses y las aspiraciones de una parte la acercan hacia la clase burguesa, mientras que la otra esta en estrecha relación con el proletariado y su propuesta libertadora incluye una solución completa de la cuestión de la mujer. Así pues, aunque ambas partes persigan en general la “liberación de la mujer”, sus objetivos e intereses son distintos. Cada uno de las partes, inconscientemente, establece sus propuestas iniciales a partir de los intereses y aspiraciones de su propia clase, lo que dota de un color específico de clase a los objetivos y tareas que establecen para si mismas

A pesar de la aparente radicalidad de las demandas de las feministas, no hay que perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por la transformación fundamental de la sociedad, sin la que la liberación de la mujer no podrá ser completa.

Segregacionismo

Hay una segunda corriente del feminismo que los marxistas y las feministas socialistas deben rechazar de plano, aunque desde los años 70 no se haya destacado: el segregacionismo, que insiste en que todos los hombres de la clase obrera comparten con todos los hombres de la clase dominante el sistema de patriarcado que oprime a las mujeres.

En contraste con el uso actual del término patriarcado, que se limita a describir un sistema sexista, el segregacionismo priorizó la opresión de las mujeres sobre todas las demás formas de opresión, incluido el racismo.

Como ejemplo, en el análisis que sobre la violación realiza Susan Brownmiller, en su libro publicado en 1975 “Agains our Will: Men, Women and Rape” (“Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación”), llegó a conclusiones abiertamente racistas en su relato del linchamiento, en 1955, de Emmett Till. Till, un joven de color, tenia 14 años cuando, durante una visita veraniega a su familia de Jin Crow, en Missisipi, cometió el “crimen” de silbar al paso de una mujer blanca casada, llamada Carolyn Bryat. Una mera travesura adolescente, por la que Till fue torturado y tiroteado antes de que su joven cuerpo fuera arrojado al río Tallahatchie.

A pesar del cruel linchamiento de Till, Brownmiller describe al joven negro y a su asesino como si compartieran el mismo poder, usando un planteamiento abiertamente racista: “Rara vez un solo caso, como el de Till, sirve para exponer, con tanta claridad, los antagonismos subyacentes en el grupo social masculino por el acceso a las mujeres…En términos concretos, la accesibilidad a todas las mujeres blancas estaba en discusión”.

Otras corrientes del feminismo tienen un historial ambiguo. La teoría del sistema dual, adoptada por algunas feministas socialistas, intentaba combinar el análisis del capitalismo y del patriarcado,  pero fue ampliamente incapaz de superar la contradicción inherente al tratar de combatir estas dos estructuras paralelas. La primera requiere la unidad de hombres y mujeres trabajadores en una lucha contra el enemigo común en el capitalismo, mientras que la segunda exige la unidad de las mujeres de todas las clases contra el enemigo común en el patriarcado, del que forman parte, a su vez, los hombres de todas las clases sociales.

Una tercera corriente del feminismo, en los años 90, despojó a la teoría del patriarcado de su primacía, en un esfuerzo consciente por dar la misma prioridad a la lucha contra el racismo y por los derechos LGTB, lo que supuso un enorme paso adelante. Pero, al mismo tiempo, los seguidores de esta corriente, cayeron en la trampa postmodernista del individualismo y se retiraron de la lucha colectiva, priorizando los cambios en el estilo de vida y el lenguaje a la construcción de un movimiento que podría desafiar el sistema.

Las feministas marxistas

La corriente feminista a la que se le ha prestado menor atención es la de las feministas socialistas y las feministas marxistas, que, sin embargo, son las que han hecho la mayor contribución para avanzar en la teoría sobre la opresión de la mujer a lo largo de las últimas décadas.

Estas feministas han recibido poca atención en todos los frentes. Durante el reinado del postmodernismo, la mayoría de los postmodernistas, incluyendo a las feministas postmodernas, rechazaron su contribución por el hecho de haber adoptado una teoría unificadora (el marxismo). Al mismo tiempo, fueron también ignoradas por muchos marxistas (incluyéndonos a nosotros, la Tendencia Socialista Internacional), simplemente porque eran feministas. Solo ahora están recibiendo la atención que merecen.

Este grupo de feministas ha ido desarrollando y ampliando la comprensión marxista del papel que las mujeres juegan en la reproducción de la clase obrera como un servicio prestado al sistema capitalista. Tomando los conceptos básicos que Marx plantea en El Capital sobre el papel de la reproducción social, (es decir, el proceso por el que el sistema capitalista se mantiene y reproduce a través de generaciones), feministas como Lise Vogel, (cuyo libro Marxism and the Oppression of Women pronto será reeditado por Haymarket Books), los retomaron donde Marx los dejó y por primera vez, desarrollaron una comprensión sofisticada del papel del trabajo domestico, usando el concepto de Marx de “trabajo necesario”.

Me gustaría también mencionar la contribución de Martha Giménez, cuya aplicación del marxismo a la opresión de las mujeres es ya larga. Al igual que Vogel, Giménez ha jugado un papel en los debates de otras feministas sobre muchos temas esenciales, como el que plantea el marxismo como un reduccionismo, al referirse a la reproducción de la fuerza de trabajo como un servicio prestado al Capital y no para los hombres. Giménez decía en 2005:

“La noción de que bajo el capitalismo, el modo de producción determina el modo de reproducción y, consecuentemente, relaciones desiguales observables entre hombres y mujeres, no es una forma de “economicismo” o un “reduccionismo de clase”, sino el reconocimiento de la compleja red de efectos de nivel macro que actúa sobre las relaciones hombre-mujer, de un modo de producción impulsado por la acumulación de capital en lugar de por el objetivo de satisfacer las necesidades de la gente. Sostener lo contrario, postulando la “mutua interacción” entre la organización de la producción y la organización de la reproducción, o dando primacía causal a esta última, es pasar por alto la importancia teórica de la abrumadora evidencia que documenta la subordinación capitalista de la reproducción a la producción”.

Estas feministas no solo han jugado un papel clave en el avance de la teoría marxista sobre la opresión de las mujeres, sino que además nos recuerdan que el marxismo es una teoría viva y de plena actualidad que está aún en proceso de desarrollo. Y que profundizar en la teoría  marxista y feminista significa también, profundizar y ampliar el potencial de futuro de nuestra práctica, en la lucha contra la opresión de la mujer.

Finalmente, creo que merece la pena enfatizar que necesitamos, no solo una teoría marxista y feminista, sino también una práctica marxista y feminista en la lucha por la liberación de la mujer. Esa práctica debe incluir  la construcción de un partido revolucionario, ya que sin un partido socialista revolucionario no puede triunfar una revolución socialista.

Aunque el éxito de la revolución socialista no garantiza automáticamente la liberación de las mujeres, si que crea las condiciones materiales para ello. Y es a través del proceso revolucionario, en todas sus etapas, desde la primera a la última, cuando los revolucionarios, en la tradición del Partido Bolchevique, tienen un papel crucial que desempeñar combatiendo toda forma de opresión, no solo desde arriba, sino también desde el interior de la clase obrera. No hay sustituto posible en ese proceso. Marx lo dejo bien claro cuando sostuvo: “La revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no pueda ser derrocada de otra manera, sino porque la clase que la derroca solo puede alcanzar el éxito en la revolución si se desembaraza, ella misma, de toda esa vieja basura y se muestra capaz de construir una nueva sociedad.

Si el papel de los revolucionarios es indispensable, seremos más eficaces si no minimizamos los desafíos a los que nos enfrentamos en la lucha contra el sexismo, dentro de la clase obrera, si los reconocemos y, sobre estas bases, somos capaces de desarrollar una estrategia que tenga como objetivo movilizar al conjunto de la clase obrera para conseguir la liberación de la mujer.





10/03/2013






(*) Sharon Smith, feminista marxista estadounidense, es autora de Mujeres y Socialismo: Ensayos sobre la liberación de la mujer.



Traducción : Lola Rivera







PUNTO Y APARTE




























EL PAJONAL - CANCION QUECHUA





Edith Ramos/ Selección de Kajelos





MEREDITH BROOKS - BITCH





The Cranberries - When You're Gone
































































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Alexandra Kollontai : Las causas del «problema de la mujer»

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Las causas del "problema de la mujer" pertenece al capitulo 7 del libro de Alexandra Kollantai La mujer en el desarrollo social , donde nos explica el problema de la mujer en la sociedad capitalista y los orígenes del feminismo. 






Las causas del «problema de la mujer»




Por : Alexandra Kollontai









En nuestra última charla pusimos de manifiesto que cuanto más se desarrollan las fuerzas productivas y se impone la producción en grandes empresas capitalistas más rápidamente crecía el número de las mujeres que trabajaban. Hoy afirmaremos que la mujer, en el sistema capitalista, nunca estará en condiciones de imponer su total libertad y equiparación con el hombre, y esto con total independencia de que colabore o no ahora con su actividad en la producción. ¡Al contrario! Existe una contradicción infranqueable entre su importancia en la economía del pueblo y su dependencia y falta de derechos en la familia, en el Estado y en la sociedad. Examinaremos ahora con algún detalle de qué manera se ha impuesto en la sociedad la necesidad de equiparación de derechos y de dignidad humana de la mujer y cómo este proceso tiene relación con la acelerada extensión del trabajo femenino.

Todo el mundo se hace cargo sin más de que las mujeres, desde que trabajan cada vez en mayor número en la producción y se hacen independientes económicamente, reaccionan con más amargura ante su existencia de ciudadanas de segunda categoría -tanto en su propia familia como en la sociedad-. Todo observador independiente y sin prejuicios podrá afirmar fácilmente que existe una contradicción entre el reconocimiento de la mujer como fuerza de trabajo útil socialmente y su discriminación por las leyes burguesas vigentes. A esa contradicción entre la importancia del trabajo femenino en la producción, por un lado, y la falta de derechos de la mujer en el aspecto político y social, pero asimismo la tutela adicional de su marido -quien hace ya tiempo ha dejado de ser su «sustentador»- debemos agradecer por lo tanto inicialmente el nacimiento del «problema de la mujer».

La cuestión femenina se plantea con singular violencia en la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, encontramos mucho antes brotes en esa dirección. Es decir, cuando la competencia de la manufactura llevó a la ruina a los pequeños artesanos y a los trabajadores a domicilio y obligó a los artesanos de entonces no sólo a ofrecer sus propios servicios a los grandes empresarios, sino también a enviar a los talleres a sus esposas e hijos. A finales del siglo XVIII y principios del XIX se limitó sin embargo «la cuestión femenina» principalmente al salario de la mujer y a su derecho a un «trabajo decente». En tres siglos, la posición particular de los gremios y sus ordenanzas estrictas habían originado que las mujeres fueran excluidas de las profesiones artesanas. Los gremios intentaban desterradas para siempre al hogar familiar, es decir, la mujer debía abandonar sencillamente el campo de la producción y cedérselo al hombre; lo que empeoraba naturalmente la situación. Desde que perdió la posibilidad de trabajar en una profesión artesana se convirtió más fácilmente en presa del fabricante y en víctima de la explotación.

En Francia dominaba en aquel tiempo el sistema de manufactura.Sólo excepcionalmente eran los talleres de tamaño tal que se les pudiera llamar grandes empresas; florecían el trabajo a domicilio y la manufactura y cubrían toda Francia con una red de fina malla. Por distritos, trabajaban los operarios a domicilio por encargo de un «mayorista» y a esto se llamaba entonces manufactura. Pequeñas empresas manufactureras de 10 ó 20 obreros crecían en la zona de París como hongos sobre el campo. En estas manufacturas se confeccionaban tanto paños gruesos como bordados finos, pero también artículos de metal y oro e incluso pasamanería y otros productos de consumo. En hilados y tejidos trabajaban especialmente muchas mujeres, y con frecuencia superaban el 90 por 100 de la mano de obra. En lo que respecta a la producción de seda, en Francia se había pasado ya a la gran producción y había triunfado la fábrica, por lo tanto, ante el trabajo a domicilio y a la manufactura. Ya antes de la revolución francesa había crecido considerablemente el proletariado femenino francés y los suburbios de París estaban invadidos por mendigas y prostitutas, bandas de mujeres hambrientas y sin trabajo. Por eso no es de extrañar que las mujeres tomaran parte como activistas especialmente entusiastas en el levantamiento de la clase trabajadora contra las arbitrariedades de los ricos en julio de 1789.

Las «mujeres del pueblo» pedían en sus «gritos de guerra», cosa lógica entonces, el derecho al trabajo y la promesa de que en lo futuro pudieran ganarse «honradamente el pan de cada día». Las proletarias de París exigían durante la revolución en una de sus peticiones el derecho al trabajo para el hombre y la mujer, y la prohibición de que el hombre trabajara en campos laborales típicamente femeninos. En compensación estaban dispuestas a renunciar a buscar trabajo en ramas peculiarmente masculinas. «Nosotras buscamos trabajo no precisamente para liberarlos de la autoridad de los hombres, sino para hacer posible para nosotras una existencia propia y en un marco modesto», se decía en una petición.

Por lo tanto, durante la revolución francesa, las mujeres del Tercer Estado exigían el acceso a todas las profesiones artesanas o, dicho sea de otra manera, «ilimitada libertad de trabajo». Esa petición debía garantizar que decenas de miles de mujeres hambrientas y necesitadas se salvaran del hambre y de la prostitución. Y no eran exigencias meramente femeninas, sino en favor de los más auténticos intereses de todo el proletariado industrial francés. Los habitantes de los suburbios de París gritaban unánimemente: «Libertad de trabajo.» Pero «la libertad de trabajo» significaba la derogación del feudalismo, la cimentación de la toma del poder de la burguesía y la abolición de los privilegios de los gremios. El instinto de clase señaló sencillamente a las mujeres francesas el camino que debían seguir si querían «ganarse honradamente el pan de cada día». Las mujeres del proletariado francés se colocaron unánimemente al lado de la revolución.

Quien quiera relatar a conciencia el papel y actividad de las mujeres en la revolución francesa, su decisión heroica y su lucha revolucionaria debería propiamente escribir un libro. «Las mujeres del pueblo» del Delfinado y la Bretaña fueron las primeras en desafiar a la monarquía. Siguieron sus huellas las ciudadanas de Angolouse y Chevanseaux. Participaron en la elección de diputados para los Estados generales y el resultado de la elección fue aprobado de modo notable. Con bastante frecuencia se ha indicado que la clase burguesa en el período de las guerras civiles y nacionales aceptó con gratitud la ayuda de la mujer y olvidó transitoriamente su «inferioridad». Las mujeres de Angers redactaron un manifiesto revolucionario contra las arbitrariedades de la casa real y las proletarias de París tomaron parte en la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789) y entraron en la fortaleza con las armas en la mano. Rose Lacombe y laartesana Louison: Chabry y Renée Audou organizaron la manifestación de mujeres a Versalles (3 de octubre de 1789). Durante el traslado del rey Luis XVI a París rivalizaron las mujeres con los hombres en la honrosa tarea de defender las puertas de París. Las mujeres del mercado de pescado enviaron expresamente una delegada a los Estados generales reunidos que debía animar a los diputados «a recordar las peticiones de las mujeres» y a «darles ánimo», y así lo advirtió la delegada a los 1.200 miembros de los Estados generales, es decir, la Asamblea Nacional Francesa. (En los Estados generales estaban representados por separado los tres brazos: nobleza, clero y burguesía. El 5 de mayo de 1789 se reunieron por primera vez los Estados generales en Versalles.)

Las mujeres de los suburbios de París participaron también en el gran movimiento popular del Campo de Marte, suscribieron la petición y cayeron víctimas de la perfidia del rey. (El pueblo de París sin armas se había reunido en el Campo de Marte alrededor del altar de la Patria para protestar contra el rey. Este y su corte habían huido de París la noche del 21 de junio de 1781 y habían sido reconocidos en el camino por un antiguo maestre de postas. Su huida había estado muy bien preparada. Tras su detención, el pueblo en triunfo trasladó a la familia real prisionera a París. La nobleza, el clero y parte de la burguesía intentaban ahora impedir el proceso por alta traición iniciado contra la familia real. Contra esa amnistía protestó el pueblo de París el 17 de julio de 1791 en el Campo de Marte. La fracción mayoritaria contrarrevolucionaria en la Asamblea Nacional movilizaron a la guardia nacional, proclamaron el estado de guerra e hicieron una carnicería entre los manifestantes republicanos.)

Las mujeres del Tercer Estado se encontraron presentes en esas acciones, ya que su despierta conciencia de clase proletaria les había puesto en movimiento. Sólo una revolución triunfante podía proteger en Francia a la mujer de las consecuencias escandalosas de la inflación y sobre todo del azote de la falta de trabajo. El proletariado femenino de Francia no perdió hasta el amargo final su fervor revolucionario y su intransigencia y así animó con frecuencia a los hombres, más vacilantes; lo que creó un temple de ánimo de gran decisión.

No mucho después de que estalló la revolución, el recuerdo de las horriblemente crueles y sanguinarias «calceteras» perturbó el sueño de la burguesía. Pero ¿quiénes eran aquellas «calceteras», aquellas «furias» como la ¡ay! pacífica contrarrevolución las llamaba? Eran hambrientas y sufridas artesanas, esposas de campesinos, trabajadoras a domicilio y en manufacturas que odiaban de todo corazón a la aristocracia y al antiguo régimen. Con un sano instinto de clase apoyaban -ante sus ojos el lujo y opulencia de la nobleza ociosa- a los paladines que más luchaban por la nueva Francia en la que todos los hombres y mujeres tuvieran derecho al trabajo y no vieran morir de hambre a sus hijos como hasta entonces. Para no perder el tiempo tontamente, esas honradas patriotas y mujeres diligentes llevaban sus medias de punto no sólo a todas las fiestas y manifestaciones, sino también a las reuniones de la Asamblea Nacional y a las ejecuciones públicas en la guillotina. Y esas medias no las hacían para sí mismas, sino para los soldados de la guardia nacional, los defensores de la revolución.

El comienzo más antiguo del llamado «movimiento femenino» lo debemos buscar probablemente en el período anterior a la revolución francesa y en la guerra de 1774-1783, cuando América se liberó del dominio inglés. En la historia de la revolución francesa encontramos a muchas mujeres cuyos nombres están unidos muy estrechamente no sólo al movimiento femenino, sino también a toda la fase del desarrollo de la revolución. Junto a representantes políticos de direcciones más moderadas, como, por ejemplo, la girondina madame Roland -si trazáramos un paralelo con los sucesos actuales la podríamos denominar bolchevique-, destaca la magnífica escritora y periodista Louise Robert-Kevalio, una verdadera demócrata y defensora de la república. Ninguna de las dos se interesaba específicamente, sin embargo, por el movimiento femenino o intervenía en favor de peticiones directas de las mujeres. El servicio que han prestado en la historia es que contribuyeron como primeras líderes femeninas al reconocimiento objetivo de la igualdad de los derechos de la mujer. Por medio de su labor al servicio de la revolución llegaron hasta tal altura que su entorno social olvidó totalmente que propiamente representaban al «sexo débil» y se vio en ellas sólo las representantes de una dirección política. Además de éstas y de la fanática Olimpia de Gouges existieron también otras dos mujeres que destacaron por su carácter especialmente combativo. En el primer período revolucionario, Theroigne de Mericourt, junto con Desmoulins, llamó al pueblo a las armas. Theroigne se halló presente en la toma de la Bastilla y recibió un sable de honor de la Asamblea Nacional como distinción a su valor. El 5 de octubre de 1789, la víspera de la marcha en manifestación a Versalles, se trasladó a caballo a ese punto con un vestido rojo relumbrante a animar a las mujeres de aquella ciudad. En unión con la filósofa Remond fundó la sociedad «Los amigos de la ley» y actuó para ayudar al ejército nacional, e hizo un llamamiento a las mujeres en defensa de la nueva patria -la república-, y el 20 de junio de 1792 ayudó ella misma a apuntar las piezas de artillería contra el palacio real y junto con los habitantes de Versalles penetró en el palacio. La república le concedió por ello la «corona de ciudadana» como distinción. Perteneció a aquellos que perdieron la vida durante las luchas entre la Gironda y los jacobinos. Personalmente fue del bando girondino.

También Rose Lacombe exigió que el rey saliera de Versalles y fue la verdadera capitana de los arrabales de París. Personalmente era muy comedida; sin embargo, tenía grandes dotes de combatiente, gran fuerza de voluntad y era buena organizadora. Además poseía una voz melódica y una agradable presencia. Su discurso de agitación en la galería de la Asamblea Nacional, en el que pedía la defensa de la revolución contra los ejércitos de la segunda Coalición y la democratización del poder ha entrado en la historia como uno de los documentos más interesantes de la revolución francesa. Fue enemiga declarada de la monarquía y durante el sitio del palacio real resultó herida en una mano. Como anteriormente a Theroigne, la Asamblea Nacional le concedió también la «corona de ciudadana». Desde 1793 fue miembro de la Montaña en el partido de los jacobinos y llevó la gorra roja del movimiento revolucionario de los «sansculotte» bajo la dirección de Juan Pablo Marat. Exigió la detención de todos los miembros de la aristocracia y sus familias, reunió alrededor suyo a una serie de seguidores, dirigió la agitación contra los girondinos y ayudó a los jacobinos en el exterminio de la Gironda. Pero cuando en su entusiasmo por la lucha contra los revolucionarios y logreros llegó tan lejos como a atacar a la misma omnipotente Convención, hasta los jacobinos se pusieron nerviosos y Robespierre comenzó a detestada. Además a los miembros de la Convención les irritaba que Rose Lacombe y otros miembros del «Club de ciudadanas revolucionarias» se inmiscuyeran en las tareas de la Convención, controlaran las listas de detenidos y defendieran a los que, en su opinión, eran inocentes.

El Club de ciudadanas revolucionarias había sido fundado inicialmente por Rose Lacombe y la lavandera Pauline Leonie; por lo tanto, por dos mujeres de los suburbios de París, y en ese club intentaba Rose educar a sus contemporáneas en el espíritu de la revolución y en consecuencia las mujeres discutían temas apropiados, como, por ejemplo: ¿qué pueden hacer las mujeres por la república? La Lacombe era una brillante defensora de los derechos de los trabajadores e intervino frecuentemente en unión de Paulina Leonie en su defensa. En una de esas discusiones ocupó, con una legión de parisinas hambrientas y sin trabajo, la galería de la Asamblea Nacional y preguntó qué pensaba hacer el Gobierno o la república para aliviar la acuciante necesidad de las mujeres trabajadoras. Rose Lacombe se hallaba familiarizada con los problemas, necesidades y deseos de esas mujeres y podía presentar con viveza esos problemas en sus discursos pacíficos y valientes.

Cuando la Convención disolvió las uniones y clubs de mujeres, Rose defendió tenazmente a la criatura de su alma, «el club de las mujeres revolucionarias»; sin embargo su lucha estaba condenada al fracaso. Tras la caída de los jacobinos y el triunfo de la contrarrevolución se castigó severamente toda aparición de las mujeres en público. La Lacombe, naturalmente, no pudo refrenar su lengua y por eso fue detenida el año 1794 y posteriormente se retiró de la política. Rose Lacombe fue una mujer que se entregó con alma y vida a la revolución y al mismo tiempo comprendió que las necesidades de las proletarias, sus exigencias y preocupaciones tenían que ser parte integrante e inseparable de la lucha de clases del movimiento de trabajadores que comenzaba. No exigía derechos especiales para las mujeres, pero las zarandeaba para despertarlas y les invitaba a defender sus intereses como miembros de la clase trabajadora. Por su grandiosa lucha en favor de los intereses de las trabajadoras está naturalmente mucho más cerca de nosotras que las mujeres que durante la revolución francesa se comprometieron parcialmente.

Al movimiento femenino burgués le dieron vida en América Abigail Smith Adams (esposa del segundo presidente de la joven república americana) y su compañera de lucha Mercy Warren; en Francia, Olimpia de Gouges, y en Inglaterra; Mary Wollstonecraft. Estas defensoras de los derechos femeninos afirmaban una y otra vez que un puñado de filósofos inteligentes del siglo XVIII y la valiente intervención de algunas mujeres con independencia habían hecho posible la discusión sobre la equiparación de los derechos del hombre y de la mujer. Que estos pocos habían defendido decididamente al «bello sexo» y habían exigido la misma formación cultural para el hombre y la mujer y el reconocimiento de la igualdad de derechos. Su lucha pública despertó por primera vez en la mayoría de las mujeres la conciencia propia hasta entonces dormida. Las mujeres comenzaron a organizarse a combatir en defensa de sus intereses y en el curso del siglo XIX fueron conquistando con su lucha, paso a paso, un derecho tras otro.

Esta idea es totalmente falsa; la historia de la liberación de la mujer ha discurrido en realidad de manera completamente distinta. Es decir, que las combativas defensoras de los derechos de la mujer -por ejemplo, Olimpia de Gouges en Francia, Abigail Smith Adams, en América, y Mary Wollstonecraft, en Inglaterra- podían formular la cuestión femenina tan agudamente sólo porque ya al final del siglo XVIII habían trabajado muchas mujeres en la producción y por eso la sociedad comenzaba a respetar como útil su fuerza de trabajo. Olimpia de Gouges gritó a la temida Convención lo que sigue: «Si la mujer tiene derecho a subir al patíbulo, también debía tener el derecho a pisar la tribuna de los oradores.» Luchó duramente por el reconocimiento de los derechos políticos de la mujer. Abigail Smith Adams amenazaba al gobierno revolucionario americano con que «las mujeres no están sometidas a las leyes de la república mientras no obtengan el derecho a voto garantizado por la Constitución.» Fue la primera que formuló de forma inequívoca la igualdad política del hombre y de la mujer. Mary Wollstonecraft pedía una reforma fundamental en la educación de la mujer; por consiguiente, una igualdad de derechos en el sector de la instrucción. (Fue una escritora muy bien dotada e inteligente de finales del siglo XVIII. su libro Defensa de los derechos de la mujer se publicó en 1796 y causó gran sensación.)

Las mujeres, a causa de que partían de distintas posiciones, llegaron también a soluciones diferentes de la contradicción entre el papel de la mujer en la producción y sus derechos en el Estado y en la sociedad. Pero mirándolo bien se pueden reducir a un común denominador: el derecho al trabajo. Es decir, el derecho al trabajo equivalía a un triunfo de la revolución. Se iba a liquidar definitivamente el feudalismo y a construir un nuevo sistema económico; esto exigía, como asimismo el campo de actividad, conquistar por la mujer que buscaba trabajo, un poder político. Los defensores de los derechos de la mujer cometieron un grave error cuando intentaban demostrar que la lucha de las mujeres por su igualdad y su idea creciente de su derecho a la dignidad humana les había impulsado a entrar en la vida profesional. La historia demuestra precisamente lo contrario. Olimpia de Gouges escribió lo siguiente en su famoso manifiesto (a la «Declaración de los derechos humanos» proclamada durante la revolución francesa, que según su opinión solamente tenía en cuenta los derechos de los hombres, añadió Olimpia de Gouges su «Declaración de los derechos de la mujer», en la que exigía el derecho de elegir, activo y pasivo, así como la admisión a los empleos públicos):

«La finalidad de toda asamblea legislativa debe ser proteger los derechos inalienables de ambos sexos: libertad, progreso, seguridad y defensa ante la opresión. Todos los ciudadanos y ciudadanas deben participar directamente o por medio de sus representantes en la legislación. Todos los ciudadanos del Estado debían tener acceso en igualdad de derechos a todos los empleos públicos, profesiones y distinciones de la sociedad.»

Sin embargo todas esas exigencias que principalmente se dirigen al «libre acceso de las mujeres a todos los empleos y profesiones» sólo han surgido porque las «mujeres del pueblo» habían abierto el camino al trabajo productivo de la mujer. Durante la revolución francesa, la exigencia de la equiparación política de la mujer no había sido un lema de lucha de los elementos demócratas burgueses de la revolución. Las mujeres de los suburbios de París sólo estaban representadas, y escasamente, en los clubs de mujeres. Y me refiero a los clubs femeninos que habían sido organizados por iniciativas de Palm Aelder y otras pioneras dirigentes de la lucha en pro de los derechos de la mujer. Las mujeres de los arrabales de París lucharon con todo su entusiasmo junto a todo el proletariado por la abolición de los gremios y por otras exigencias puramente proletarias. Su instinto de clase les decía muy acertadamente que sus peticiones de «derecho al trabajo», «abolición de los gremios» garantizaban una solución más fundamental de sus problemas que la limitada lucha por los derechos políticos de la mujer. Por el contrario, Olimpia de Gouges formulaba sus exigencias políticas en la firme convicción de que así defendía los intereses de todas las mujeres. La situación histórica del siglo XVIII era tal que un reconocimiento unilateral de los derechos políticos de la mujer hubiera conducido a asegurar todavía con más firmeza los privilegios de las mujeres que pertenecían a las clases más favorecidas. Y esto se puede aplicar tanto a Francia como también a América e Inglaterra. Las mujeres del proletariado hubieran quedado otra vez in albis.

El movimiento femenino y sus exigencias de reconocimiento de los derechos humanos surgió a finales del siglo XVIII y ciertamente por razón del estado general de desarrollo en la producción y en la economía y del papel creciente de la mujer en la producción. Con ejemplos de Inglaterra, Francia y América justificaremos la exactitud de nuestra tesis fundamental, es decir, que la posición social de la mujer depende de su importancia en la producción.

Ya hemos tratado en otro lugar cómo se fue extendiendo el trabajo de la mujer en el período de la manufactura. La producción fabril se desarrolló en los dos Estados capitalistas Francia e Inglaterra durante el siglo XVIII. Estos hechos hablan por sí mismos. ¿Vale también nuestra afirmación si nos referimos a América? En el siglo XVIII América era solamente una de las muchas colonias del poderoso imperio inglés, y además incluso una de las más retrasadas económicamente; poseía una industria débilmente desarrollada y la producción en pequeño dominaba la agricultura. La población se componía en gran parte de campesinos. ¿Por qué entonces se atribuye a América la cuna del nacimiento feminista? ¿Por qué exigían las mujeres americanas la igualdad de derechos y el reconocimiento de sus derechos políticos fundamentales en un momento muy anterior a los países muy industrializados de Europa? ¿No contradice esto nuestra tesis fundamental, según la cual la lucha de la mujer por la igualdad de derechos es únicamente el resultado de su papel en la producción? ¿No será quizá que las exigencias de las mujeres de derechos políticos sólo es consecuencia lógica de las exigencias de la burguesía y de su lucha por la democracia? No, en absoluto; todo lo contrario. América es otra prueba de que nuestra tesis es exacta. Las exigencias políticas de las mujeres americanas fueron naturalmente el resultado directo de la importancia de la mujer en la vida económica norteamericana en los siglos XVII y XVIII; por consiguiente, en aquellos siglos en que América no era otra cosa que una colonia inglesa.

Norteamérica fue colonizada por emigrantes del Viejo Mundo -de Europa-, cuya mayoría había huido de las arbitrariedades del feudalismo y de las persecuciones religiosas; su fuerza de trabajo y su energía eran sus únicas posesiones. Casi siempre emigraban al Nuevo Mundo estos fugitivos europeos con toda su familia y adquirían en propiedad nuevas tierras convirtiéndose en colonos y campesinos. Como la mano de obra era escasa, debía trabajar toda la familia en la agricultura. Las esposas e hijas de los granjeros trabajaban por esa razón con tanta dureza como los hombres para lograr cierto bienestar. Las mujeres compartían con naturalidad las preocupaciones económicas de sus maridos y luchaban con rabioso empeño con la naturaleza salvaje y todavía sin domar. Como sus maridos, las mujeres llevaban armas y defendían los ranchos que habían construido juntos contra los ataques de los indios. Por eso la mujer era una fuerza de trabajo valiosa que contribuía al bienestar de toda la colonia. De esa época nace, por tanto, el gran respeto a sus mujeres que han conservado hasta hoy día los americanos. Pero esa alta estima se perturba siempre por la influencia del capitalismo muy desarrollado, que transforma a la mujer o en una esclava asalariada o en un objeto de entretenimiento para el hombre.

Mientras América continuó siendo una colonia inglesa estuvo vigente el siguiente principio: representación para todos los que pagaban impuestos. Todos los contribuyentes tenían por tanto el derecho a intervenir en los asuntos del Estado, también las mujeres. Naturalmente intervinieron en la defensa de su Estado y lucharon por la independencia de aquella tierra cuyo bienestar floreciente era obra en parte de sus propias manos. Las mujeres lucharon con entusiasmo hasta el último día de la guerra de la independencia por una América libre y adoptaron con frecuencia posiciones más radicales que los políticos revolucionarios. Así, por ejemplo, exigió Merey Warren públicamente la total separación de la madre patria en un momento en que el mismo jefe de los separatistas, George Washington, no se atrevía aún a formular una exigencia tan radical. Para esas mujeres era lo más natural que la nueva república garantizase en su Constitución la mayoría de edad política de la mujer que no le había sido negada nunca en el período en que América todavía era una colonia británica. Pero ahí sufrieron un gran desengaño. Verdaderamente la asamblea constituyente nunca se expresó con claridad contra el derecho femenino al voto (en lugar de eso se recomendó a los Estados particulares que decidieran ellos mismos esa cuestión); sin embargo, ese derecho a voto no se estableció implícitamente en la Constitución. Esa decisión se puede explicar fácilmente: al final del siglo XVIII América ya no era un país de pequeños campesinos, sino que surgía una gran industria capitalista. La mujer dejó de ser una fuerza de trabajo útil, productiva, y descendió su importancia para la economía del pueblo. Como ya había ocurrido frecuentemente en otros lugares, cuando la burguesía afirmó su poder, quedó degradada la mujer y reducida a una existencia como esposa, miembro de la familia y anexo vivo del marido. Las mujeres pertenecientes a las capas sociales más pobres se convirtieron en obreras de fábrica y en lo futuro en esclavas despreciadas del capital. Es notable que los Estados Unidos industrializados -los llamados Estados antiguos ingleses- privaron a sus mujeres de sus derechos electorales y por medio de una ley concedieron sólo a los hombres los derechos completos del ciudadano. En contraste, dos Estados agrarios típicos, Virginia y Nueva Jersey, extendieron los derechos políticos a la administración municipal y a la del Estado también a las mujeres.

Comprobamos por tanto de forma interesante que las peticiones de la mujer de igualdad de derechos fue apoyada por la sociedad americana en general antes de la guerra de independencia, especialmente en los círculos revolucionarios. La burguesía abusó de la mujer en todas las formas imaginables y la hizo intervenir en la guerra. Se exigió de ella «virilidad» de ciudadano, obediencia de víctima y entusiasmo por la república. Sin embargo, apenas se aplacó el júbilo por la victoria el hasta entonces enemigo -la Inglaterra feudal-, ya no podía amenazar los intereses de la burguesía americana cuando decayó rápidamente el interés, aun el de los demócratas más apasionados, por las peticiones de las mujeres de igualdad de derechos. En consecuencia podemos deducir de estos ejemplos, Francia y América, la conclusión de que las exigencias de equiparación de hombre y mujer han surgido después de que la mujer se ha convertido en una fuerza productiva de trabajo en la economía popular. Por lo tanto no es la petición de igualdad de derechos la que ha impulsado a la mujer a la vida profesional, sino exactamente a la inversa: el papel de la mujer en la producción es el que ha originado su reivindicación de derechos sociales iguales.

Pero entonces, ¿cómo podemos explicar el hecho de que en todos los Estados burgueses, ahora igual que antes, se discrimina a la mujer en relación con el hombre y que el Estado burgués y la sociedad capitalista no acepte a la mujer ni como individuo ni como ciudadano, aunque las mujeres que ejercen actividad profesional constituyen una parte importante de la población?

Las causas de esta situación falsa radica en la ordenación de la sociedad capitalista-burguesa que se basa en contrastes de clase y en el trabajo asalariado. En los Estados capitalistas la mayoría de las mujeres activas profesionalmente se reclutan en la clase trabajadora, es decir, son esclavas asalariadas al servicio del capital. Exactamente como en otros tiempos despreciaba el déspota de la antigüedad a sus esclavos, por consiguiente a los seres humanos a los que en realidad debía toda su riqueza, hoy día la burguesía no quiere reconocer a ningún precio los derechos de millones de proletarios que producen todos los valores con el rendimiento de su trabajo y crean el fundamento del bienestar de la sociedad burguesa. En el sistema capitalista ni el trabajador ni la trabajadora ejercitan ninguna tarea que cree productos que directamente lleguen al consumidor y hombre y mujer trabajan a jornal y venden su fuerza de trabajo al empresario. En el período de la economía natural, el artesanado y el trabajo a domicilio no vendían su fuerza de trabajo, sino el producto terminado de su trabajo. En el período de la esclavitud asalariada, por el contrario, el trabajador tiene que vender su fuerza de trabajo al capitalista. Ya hemos expuesto en otro lugar por qué la economía capitalista no está dispuesta en el fondo a reconocer la fuerza de trabajo como fuente principal de la riqueza. Los economistas empresarios burgueses presentan con todos los argumentos imaginables la idea de que el empresario, como intermediario entre la fuerza de trabajo y la maquinaria crea la riqueza. La burguesía defiende la interpretación de que la máquina es la fuerza que produce los valores y el trabajador desempeña un papel subordinado a ella. En estas teorías burguesas los trabajadores y trabajadoras son adminículos vivientes de la maquinaria. En definitiva, en las mentes de los empresarios su propio capital es, de hecho, la fuente de todas las riquezas.

Mientras dominen en la sociedad las condiciones de vida burguesas no se puede contar con que la fuerza de trabajo humana se valore de otra manera o que se acometa una nueva estimación del papel de la clase trabajadora y de la situación de la mujer en la producción. El trabajo a jornal ha sacado a la mujer de la familia y la ha lanzado dentro de la producción y el sistema actual de trabajo asalariado hace al trabajador y a la trabajadora completamente dependiente de la burguesía. Su trabajo se paga menos de lo que vale, con indiferencia absoluta si es de hombre o de mujer. A los intentos organizados de la clase trabajadora por ampliar sus derechos y por democratizar el estado burgués replica la burguesía con resistencia bien organizada y con odio furioso. No el que crea el valor, sino aquel que vive de la explotación del trabajo, es el más apropiado para ocuparse de los asuntos del Estado y de la organización de la sociedad. La suerte de la mujer es la misma que la de todo el proletariado. Aunque hoy millones de mujeres están obligadas a trabajar por un jornal, empeora constantemente la situación social de la mujer. El capitalismo obliga a la mujer además de a la esclavitud en su propio hogar y a su dependencia en la familia a otra carga más: esto es, al trabajo asalariado para el empresario.

Ya hemos indicado que el matrimonio de la proletaria de ninguna manera puede salvarle de la necesidad de vender su fuerza de trabajo. Las trabajadoras casadas se ven obligadas, en proporción creciente, a combinar el trabajo profesional fuera de casa con las tareas domésticas, la educación de los hijos y la asistencia al marido. Su vida se convierte en un reventarse continuo, no duerme lo suficiente y no tiene idea de lo que es descansar. Es la primera en levantarse por la mañana y la última que se acuesta por la noche. Aun así se desorganizan las familias, el hogar se descuida y los mismos hijos están abandonados. Las mujeres se esfuerzan en vano e intentan, desesperadas, mantener junta a la familia. La mujer vive todavía en el pasado y valora a la familia y al hogar más alto que su marido; sin embargo, las condiciones inexorables no prestan la consideración más mínima a los deseos de los seres humanos. Por medio de la producción a gran escala se reduce la economía familiar y dejan de hacerse una función tras otra; tareas importantes de la economía familiar que antes eran parte integrante inseparable de las faenas caseras van desapareciendo. Por ejemplo, ya no es necesario que la mujer trabajadora malgaste su tiempo precioso repasando calcetines, haciendo jabón o cosiendo vestidos, si al mismo tiempo esos artículos de consumo producidos en serie están disponibles en abundancia en el mercado. Este hecho no juega ningún papel mientras no haya el suficiente dinero; para ganarlo tiene que vender su fuerza de trabajo. ¿Para qué va a esforzarse la mujer en conservar alimentos para el invierno, en cocer pan o preparar la comida si cientos de fábricas de conservas producen lo necesario, los panaderos hacen suficiente pan y la familia trabajadora puede adquirir en la próxima tienda de comestibles o en el restaurante barato una comida ya preparada? Este proceso hace cada vez más superfluo el trabajo de la mujer para la familia, tanto desde el punto de vista económico nacional como del de la misma familia. Por eso se desorganiza ésta, especialmente en la ciudad; desaparece con el desenvolvimiento del intercambio de artículos y la producción en masa de bienes. La familia, una necesidad en el período de la economía natural, se convierte en un freno que liga a la mujer a una actividad inútil e improductiva para la economía nacional.

La familia se ha hecho superflua porque ya no es una unidad económica. En la URSS se asienta hoy el trabajo de la mujer en el servicio de la colectividad y ya no en el de la familia cerrada; aumenta el número de las mujeres ocupadas en la producción. La guerra mundial ratificó definitivamente la importancia de la mujer para el futuro desarrollo de las fuerzas productivas. No hay una rama en la que no hayan trabajado mujeres en el transcurso de los siete años pasados. Durante la guerra creció la cifra de las mujeres con actividad profesional sólo en América y Europa en cerca de 10 millones y el trabajo femenino se convirtió en absoluta necesidad. La estadística indica que para comienzos del siglo XIX la tercera parte de todos los bienes que llegaban al mercado mundial habían sido producidos por mujeres. Y, naturalmente, desde entonces la proporción en la producción internacional ha ido en aumento. El trabajo femenino se ha convertido en un factor económico estable. Y sin embargo, ahora como antes, el problema de la mujer sigue sin resolverse. Las mujeres de todos los países -excepto Rusia- tienen que recorrer todavía un largo camino antes de que obtenga éxito su lucha por la igualdad de derechos. Pero ya sabemos que la raíz de ese mal radica en el sistema de producción capitalista y en la división en clases de la sociedad burguesa, porque esta sociedad se basa sobre la propiedad privada. Hasta que no conocemos las causas de esa falsa situación no somos capaces de desarrollar formas de lucha para eliminarla. La discriminación jurídica de la mujer y su dependencia pueden vencerse definitivamente si la sociedad crea un nuevo sistema de producción en el que la propiedad privada se sustituya por la propiedad y consumo colectivos (lo que significa el triunfo del comunismo).






 PUNTO Y APARTE















Ada B. Gibbons - Intiq Churin - Lírica Andina




















































































































































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