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domingo, 17 de septiembre de 2017

CINE A CONTRACORRIENTE

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DEFENSA DEL SENDERO

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DEFENSA DEL SENDERO



La semana del 12 de setiembre me ha parecido la peor de las que he visto del 2017,si es que ya estar en este país es posible tener algo mejor. Una contracampaña ideológica antisenderista y antiterrorista confabulada por todos los medios monopólicos de comunicación, la izquierda huevona parasitaria y vieja, los arrastrados del periodismo léeme el teleprompter de publicidad,etc. es decir, una minoría insignificante.Escoria.

El día estelar fue el día que liberaron a Maritza Garrido Lecca.Vi cómo y con la peor de las bajezas se vapuleaba a una mujer indefensa que no había matado a nadie ni formaba parte de Sendero.Y que tal vez si su único error fue esconder a GUZMAN, no se merece acusaciones infundadas y antijurídicas. Maritza ya pagó su condena y por los crímenes que no cometió y por lo tanto al recobrar su libertad no solo recupera todos sus derechos si no también su dignidad.De modo que acusarla de terruca pituca,es idiota y te pintaría de pies a cabeza: un pobre baboso que no sabe nada de derecho y que repite como mula lo que los pedos dicen.(Las opiniones no tienen validez pese a lo que puedan decir).

Y vi a todos los hijos de puta presentándose en la semana,por donde chucha transita la red comunicativa, como los interesados y preocupados por el país .Si, a  los que más les llega al pincho el país ,con antifaz : si o no PPK,Keiko,Kenyi (los hermanos KK) y todos los políticos de Odebrecht.
       
Y vi cómo la gente estúpida de los medios de comunicación, la gente que trabaja a tanto la hora de verborrea,embustes , difamanciones,comentarios pueriles,peores que putas , seguían con lo de Maritza y Sendero y me llegaron al pincho , no les creo nada periodistas de mierda viven de la chismosería,de difamanciones,escándalos y cojudeces. Acá hubo guerra civil y por egoístas ,indiferentes , alpinchistas,racistas,ladrones,vendepatrias,etc. se armó el conflicto, y esto no me lo cambia tus opiniones de idiota, así seas mujer.(Estos huevones (as) quieren que les caiga pica-pica y se prendan chispitas mariposa cuando el país está hecho una mierda y la pus gangrenea).  
     
Y me dio nausea esa gente que repite la formula regurgitada muchas veces que para no repetir el pasado hay que recordar nuestra historia, que el terrorismo nunca más,que sendero es lo peor y toda esas tonterías .Y creo que los del GEIN más que héroes son idiotas del masoquismo colonialista: de que sirvió librarnos de sendero , para volver a seguir siendo el mismo país de mierda, con grandes desigualdades,corrupción generalizada, huelgas magisteriales,abandono de la institucionalidad y la salud pública, políticos ladrones, vendepatrismo,abandono ,conflictos mineros  , prensa vendida , etc.Piden que no se hunda el barco cuando solo nos falta la proa para que termine de hundirse.¿No es la imbecilidad deporte nacional?¿No sigue siendo esto autista-landia?¿No se tiraron ayer a la Perricholi?¿No van a por Robespierre a que les preste su guillotina?¿Dejaremos que un CHACHA PERRO llegue a palacio?

Y me puse a  leer las tres obras prescindibles para conocer a Sendero : Abimael .El sendero del terror, de cabeza de pinga Umberto Jara ,La hora final de Carlos Paredes(ni me interesa quien es ),y La guerra senderista .Hablan los enemigos del otro cabeza de pinga Antonio Zapata.Obras de puros CAGATINTA.Chimocería,tonterías y mucho ay sendero……ay sendero ……ay sendero malo,yo buenito, Maritza tuca yo niño bueno ,.....ay Augusta bien dura,yo suavecito..... ay cachetón intolerante mi democracia basura chvr, sendero fake , políticos basura bacán porque me dan mi mermeladita sino voy a por mi ONG o una editorial mercantilista que pueda vender esta basura porque escribir de terrorismo y senderismo da plata. ¿No era más fácil ,en vez de estar difamando como maricas ,decir en una línea que se dejen de huevadas y den la amnistía y reconciliación nacional y acabemos con esta guerra civil cojuda e indemnicen a las víctimas y arreglen el país que hay mucha inseguridad y ladrones ,aumenten los salarios, mejoren la salud, no a los coches bombas bienestar común carajo y  vámonos a las Barras, salud!? ¿Quieren paz y democracia por cien años? Liberen a Guzmán y a Fujimori, den la amnistía y la recon, reparen a las victimas .Jodan a sendero y se incendiara la pradera otra vez.Mierditas!

Y si después de haber salido de prisión Maritza es coherente con lo que piensa,hace y dice pues mis respetos.Y si postula yo votaría por ella , que chucha seríamos dos votos pero que mierda puede importar si es coherente y no una pituca que es puta y sigue creyendo que no es puta y hasta actúa como si no lo fuera.(1) Si pues, la hipocresía limeña idiota de siempre.Además la Verónica primero es nacionalista humalista,luego Frente Amplista y ahora se ha traficado un nombre y se ha puesto Nuevo Perú:¿Qué chucha será eso? ¿Por qué poner nuevo a lo que es viejo? .Mierda, esto ya parece un diario de mierda y yo solo quería escribir algo para no volverme loco.

Me he preguntado por qué la justicia dio 25 años de cárcel a Fujimori y cadena perpetua a Guzmán habiendo ambos cometido los mismos crímenes genocidas , y en el peor de los casos , hasta me parece que el fujimorismo no saldría bien parado si realizáramos una comparación : Kenya instauró una dictadura,destruyó las instituciones democráticas,regaló nuestro capitalismo a los chilenos y a los frejoleros come oro del norte,era un japonés usurpador,vendepatria,electrocutó y torturó mujeres,impuso una constitución colonialista,esterilizó forzadamente,robó millones,tiene hijos narcos,no le gusta el chifa,administró el país como si fuera una llantería, etc.   

En fin, el único sendero que defiendo es solo este cúmulo de grafías que quieren decir algo…….






Nota:

(1)Ni toda pituca es puta, ni toda pituca es hipócrita, aunque las pitucas suelen decir que no son pitucas.
  



PUNTO Y APARTE



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domingo, 10 de septiembre de 2017

David Sobrevilla : La tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía colonial peruana

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La tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía colonial peruana(1)

Mariátegui's thesis on the feudal character of Peruvian colonial economy




Por: David Sobrevilla*
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima



Resumen

José Carlos Mariátegui, en su "Esquema de la evolución económica" [del Perú], el primero de los 7 ensayos (1928), consideró que la economía colonial peruana era feudal. En nuestro libro El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los '7 ensayos (2005)', manifestamos que con la información disponible hoy, tal afirmación se había tornado insostenible. Por su parte, Antonio Melis señaló que la caracterización de Mariátegui podía ser discutida. En este artículo se examinan las observaciones planteadas por Melis. Se considera en primer lugar la posición de A. G. Frank, así como las reacciones que suscitó. Se exponen a continuación las razones en contra de la tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía peruana colonial. Se examina luego la tesis de Ruggiero Romano sobre el feudalismo en general y sobre el iberoamericano en particular. Se realiza, por último, una consideración final.

Palabras clave: Economía colonial; Feudalismo; Capitalismo, Mariátegui.

Abstract

José Carlos Mariátegui, in his "Outline of economic evolution" [Peru], the first of the 7 ensayos (1928), considered Peru's colonial economy was feudal. In our book Mariátegui's Marxism and its application to '7 ensayos' (2005), we said that the information available today, such a claim had become untenable. For his part, Antonio Melis said Mariátegui's characterization could be discussed. This article discusses the observation raised by Melis. It considers the position of A. G. Frank, as well as the reactions to it. Then the reasons against Mariátegui's thesis are also considered. The thesis on feudalism in general and the Latin American one in particular is examined by Ruggiero Romano. A final one consideration is done as a conclusion.

Keywords: Colonial Economy; Feudalism; Capitalism; Mariátegui.

Introducción: El problema

¿Fue la economía colonial peruana feudal? Se trata de una cuestión debatible y debatida, y que, pese a que no lo parezca, tiene una enorme importancia. José Carlos Mariátegui dio una respuesta positiva a esta pregunta en su "Esquema de la evolución económica" [del Perú], el primero de los 7 ensayos (1928).

En nuestro libro El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los '7 ensayos' (2005), manifestamos que el día de hoy, con la mayor información de que se dispone se había tornado insostenible esta tesis. En el Prólogo que Antonio Melis tuvo la generosidad de escribir para nuestro libro, señaló que la caracterización como feudal del sistema económico de la Colonia por Mariátegui  le parecía sin embargo un problema posible de discusión. Reconocía que en época reciente habían dominado posiciones como la de André Gunder Frank, quien había identificado en el sistema colonial americano el nacimiento del capitalismo, mucho antes de la misma revolución industrial; pero añadía que esta tesis había sido objeto de negaciones autorizadas, como la de Ruggiero Romano, quien había hablado "justamente de un sistema feudal trasplantado desde Europa a las colonias americanas" (2005, 20). En este artículo deseamos examinar la observación que nos planteaba Melis.

Al realizar nuestra crítica a la tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía colonial peruana, tuvimos en cuenta otros argumentos y no la posición de Frank, pero quizás sea útil recordarla, así como las reacciones que suscitó (I). Expondremos a continuación nuestras razones en contra de la tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía peruana colonial (II). Examinaremos luego brevemente la tesis de Ruggiero Romano sobre el feudalismo en general y sobre el iberoamericano en particular (III). Y realizaremos por último una consideración final.

I - La tesis de Frank sobre el carácter capitalista de la economía colonial hispanoamericana y el debate en torno a ella

En su libro Capitalismo y subdesarrollo en América Latina (1965), André Gunder Frank afirmaba que el subcontinente latinoamericano había funcionado desde muy temprano, desde la misma Conquista, conforme al modo de producción capitalista. La razón es que en el mundo moderno existió un solo sistema económico: la economía de mercado capitalista, sistema dentro del cual América Latina fue sólo un satélite periférico del capital comercial español y portugués. No se dio, por entonces, un sistema dual con un sector capitalista y otro feudal. Dentro del sistema mundial capitalista se presentó más bien una relación centro-periferia con una serie de nudos intermedios. El centro penetró la periferia imponiéndole sus características. En este sentido, la concentración de capital se produjo a través de las instituciones coloniales como las mercedes de tierras, las encomiendas y la mita, de las que los beneficiarios fueron un grupo privilegiado de conquistadores españoles. La misma ciudad colonial fue un instrumento privilegiado de colonización: el medio de incorporar al indio a la economía traída por el conquistador e impulsada por sus descendientes. En consecuencia, la economía colonial latinoamericana no puede considerársela como una economía feudal sino como formando parte del proceso de desarrollo capitalista, que se dio internacional y nacionalmente.

El planteamiento de Frank suscitó muchas reacciones, de la que sólo quisiéramos referirnos a las de Ernesto Laclau y Ruggiero Romano. Laclau publicó en 1971 el amplio artículo "Feudalismo y capitalismo en América Latina"2, en el que trató de poner de manifiesto una serie de deficiencias teóricas en el planteamiento de Frank, como que éste no había definido adecuadamente el concepto de capitalismo -por ej. no distinguiría correctamente en "capital" y "capitalismo". En lo referente al punto básico que nos interesa, sobre si la economía colonial latinoamericana había sido feudal o ya capitalista en ciernes, Laclau creía advertir en Frank una confusión con respecto al significado del feudalismo: lo concebía como un sistema cerrado no penetrado por las fuerzas del mercado, cuando el realidad hay que verlo en relación con el capitalismo: como retrasando el proceso de diferenciación interna de las clases sociales y la expansión de aquél. Laclau ponía en duda la afirmación de Frank de que en el mundo moderno hubiera existido un único sistema económico. Pensaba que Frank confundía las relaciones sociales con las espaciales, y que su esquema de centro-periferia es cierto que daba cuenta de la relación entre la metrópolis y sus satélites, pero no lograba explicar las relaciones de clase dentro de los países satélites; y más en concreto no hacía claro por qué en estos países continuaron existiendo relaciones "feudales" que afectaban a productores directos que ni siquiera estaban vinculados con el propio mercado nacional. En general, Laclau era de opinión de que no se podía definir el carácter de los países periféricos únicamente a partir de su vínculo con el exterior, sobre todo con el país central, sino que señalaba que ellos tienen un cierto grado de autonomía en sus procesos sociales y políticos.

La reacción de Ruggiero Romano fue bastante más áspera, llegando a sostener que Gunder Frank padecía de su "subdesarrollo cultural" (Romano, R. 1971, 271-279), y de que carecía de un conocimiento mínimo de la historia económica de la alta Edad Media (Romano, V.R., 1992, nota 3 de la pág. 6). Romano insistía en la crítica de Laclau a Frank de que éste concebía el feudalismo como un sistema cerrado, y cometía el gran error de pensar que el feudalismo es incompatible con un comercio internacional de extensa cobertura. Posteriormente nos referiremos con más detalle a la concepción de Romano sobre el feudalismo en general y sobre el iberoamericano en particular.

Quisiera agregar que en esta discusión sobre el carácter de la economía colonial latinoamericana, la investigación posterior parece haberle dado la razón a Frank. Tengo en mente sobre todo el planteamiento de Immanuel Wallerstein en su libro El moderno sistema mundial (3 vol.: 1979-1989) que sigue las huellas dejadas por su maestro Fernand Braudel en su amplio estudio Civilización material, economía y capitalismo. Siglos XV-XVIII (3 vol.: 1979). Según Wallerstein en un momento determinado entre 1300 y 1450 se produjo la crisis del feudalismo, lo que obligó a una expansión del mundo geográfico fuera de Europa, al desarrollo de nuevos métodos de trabajo para diferentes productos y zonas, y a la creación de aparatos de Estado relativamente fuertes. Así se pasó del sistema feudal al del capitalismo. Para el autor, en la historia de la humanidad ha habido numerosos sistemas-mundo, es decir, sistemas que eran un mundo en sí mismos, mas el sistema-mundo capitalista es el único que ha llegado a constituirse en un sistema mundial. El sistema mundo capitalista es una economía-mundo capitalista. Una característica definitoria de una economía-mundo es que no está limitada por una estructura política unitaria: existen muchas unidades políticas dentro de un sistema-mundo. Y otra característica es que éste comprende muchas culturas y grupos. Por lo tanto, como las economías-mundo carecen del cemento unificador proporcionado por una estructura política o por una cultura homogénea, lo que las mantiene unidas es la eficacia de la división del trabajo. Al imponerse la economía-mundo capitalista, los otros modos de producción precapitalistas: la esclavitud, el 'feudalismo', el trabajo asalariado y el trabajo por cuenta propia, sobreviven acomodándose al modo capitalista de producción y transfiriendo el excedente de la periferia y semiperiferia al centro. En el caso del así llamado "feudalismo hispanoamericano", Wallterstein sostiene que debe ser diferenciado del europeo medieval, y que en rigor no debería ser denominado feudalismo sino "trabajo obligado en cultivos para el mercado" (coerced cashcrop labor). En efecto, en el feudalismo europeo el terrateniente (señor) producía primariamente para una economía local, y derivaba su poder de la debilidad de la autoridad central. En cambio, en la América española el terrateniente (señor) producía para una economía mundo capitalista, y se mantenía en el poder por la fuerza de la autoridad central  frente al trabajador agrícola (Wallerstein, I. 1979, I, 126-127). A esto se agregan las diferencias entre el siervo de la gleba de la Edad Media y un trabajador en una encomienda de la América española: primeo, aquél destinaba "parte" del excedente al mercado, éste "la mayor parte" del excedente. Segundo, aquél producía para un mercado local, éste para un mercado mundial. Tercero, la clase feudal de la Edad Media gastaba despreocupadamente sus ganancias, en tanto que las clases favorecidas del centro están hoy obligadas a maximizar sus ganancias y a reinvertirlas.  De allí que en la polémica entre Laclau y Frank, Wallterstein sostenga que, si en la exegética de los conceptos marxistas el autor chileno puede tener la razón, es Frank quien mejor recoge y expresa el espíritu de Marx (Ibid., I, 179).

Concluiremos esta parte destinada a presentar la discusión suscitada por la tesis de Frank sobre el carácter capitalista de la economía colonial hispanoamericana recurriendo a una consideración de Ciro F.S. Cardoso y Héctor Pérez Brignoli. Para estos autores el problema del carácter de la economía colonial iberoamericana se lo puede examinar desde dos perspectivas diferentes: se puede tener en cuenta sólo las estructuras internas hispanoamericanas, sin atender lo suficiente a sus vínculos con el desarrollo de la economía mundial; o se puede ver el mundo latinoamericano o caribeño sólo o esencialmente como una proyección de la economía mundial (1979, I, 151-152). Laclau y en cierta manera Romano se sitúan en la primera perspectiva, en tanto que Frank y Wallerstein lo hacen en la segunda -de allí que su desacuerdo sea inevitable.

II - Discusión de la tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal de la economía colonial peruana

La palabra "feudalismo" es polisémica: podemos tomarla en un sentido histórico como refiriéndose a un fenómeno que se dio originalmente en Europa, o en un sentido marxista como designando un modo de producción determinado -frente a otros modos de producción distintos como el esclavista o el capitalista. Entre estos dos sentidos existen por cierto algunas vinculaciones.

Nuestra opinión era, y es, que a tenor de los nuevos conocimientos de que ahora se dispone no se puede seguir sosteniendo la tesis de Mariátegui sobre el carácter feudal del Perú colonial ni en un sentido histórico ni tampoco marxista. A continuación nos referiremos: 1. a que la caracterización del feudalismo europeo no se cumple en el caso del llamado por Mariátegui feudalismo colonial peruano, y 2. a que los rasgos del modo de producción feudal tampoco corresponden a la realidad histórica de la economía colonial peruana.

1 - ¿Se aplica la caracterización del feudalismo histórico al caso del Perú colonial?

En un notable trabajo, "Esencia y difusión del feudalismo", Otto Hintze3 ha discutido este tema con erudición y gran solvencia. Manifiesta que sobre la base del fenómeno individual histórico de la organización feudal del Reino de los Francos y de sus estados sucesores o vecinos, o sea de los pueblos romano-germánicos de la Edad Media, se puede construir el tipo ideal que subyace al concepto del feudalismo. Los rasgos fundamentales de dicho tipo son los tres siguientes: 1. División del poder estatal entre el rey y las autoridades particulares, división que es extraña al Estado moderno centralizado. Mientras en éste el poder se divide según sus funciones, en el Estado feudal la división tiene lugar según su objeto, la región y la gente. 2. Prioridad del elemento personal frente al institucional en el ejercicio del dominio. "Subyace a ello la concepción germánica del dominio como derecho personal del señor como miembro de una estirpe dotada hereditariamente de carisma" (1987, 16). 3. Elemento jerárquico basado en la estrecha relación entre el Estado y la Iglesia sin que se tracen límites entre el poder secular y el espíritu eclesiástico. Se considera que todo el poder de dominación viene de Dios, a diferencia de la concepción moderna  del Estado soberano que se basa en el principio de que el poder estatal procede del dominador o del pueblo. "Este rasgo jerárquico culmina en la teoría del supremo dominio papal sobre toda la cristiandad" (Ibid., 17).

Los tres factores que producen como efecto total el feudalismo, o las tres funciones en que opera y se realiza el feudalismo, son, según Hintze, los siguientes: 1. la función militar: separación de un estado bélico altamente formado, profesional y ligado por lealtad al señor, estamento que descansa en un contrato privado y que tiene una posición privilegiada. 2. La función económico-social: elaboración de una forma de economía señorial-campesina, que garantiza ingresos sin trabajar a este estamento bélico privilegiado. Y 3. la función política: dominio de la nobleza guerrera en una asociación estatal predispuesta a ello por una estructura muy flexible, por el predominio de los medios personales de dominio sobre los institucionales, por la inclinación al patrimonialismo y por una muy estrecha relación con la jerarquía eclesiástica.

Hintze considera que podemos hablar de un feudalismo en sentido pleno, cuando operan conjuntamente estos tres factores condicionándose recíprocamente, como sucedió con los Estados sucesores del reino carolingio, pero no allí donde se puede demostrar sólo uno u otro de ellos o únicamente su esbozo. En su opinión, el feudalismo en sentido pleno como un sistema se dio -aunque con fuertes divergencias y particularidades- sólo en tres lugares del mundo fuera de Europa: en Rusia, en los estados islámicos y en el Japón. Y señala que debemos abandonar el prejuicio de moda de que el feudalismo sea un estadio general de tránsito por el que todo pueblo ha tenido que pasar.

De lo anterior se deduce que en la misma España no existió en rigor un feudalismo histórico en sentido pleno, aunque una cierta excepción la constituyen el reino austurleonés y Cataluña. La razón básica de esta carencia fue la circunstancia del desarrollo peculiar de España, en la que la invasión musulmana destruyó los grandes dominios territoriales arruinando a la poderosa nobleza de la época goda. Esta circunstancia explica que en España no se hayan dado las instituciones feudales; así fue la soldada y no el beneficio (la cesión por el rey de un cierto territorio) la recompensa habitual del vasallo; que si se entregaba el beneficio, éste no adquiría la condición de hereditario; que los monarcas hayan conservado una parte importante de sus derechos: la acuñación de moneda, la administración de justicia en los casos de corte, el derecho a desterrar al señor indigno etc. Tempranamente, entre los siglos VIII-X, se presentaron en el reino asturleonés algunas instituciones típicamente feudales como el beneficio, el vasallaje y la inmunidad; pero no así el feudalismo propiamente dicho por la presencia de la pequeña y mediana propiedad, por la inexistencia de una clase nobiliaria poderosa y por el vigor de la monarquía. Cataluña se feudalizó tardíamente, a partir del siglo XI según la opinión de algunos historiadores como Pierre Vilar y Joseph Ma Font Rius, ya que al principio de la Reconquista predominó en los condados catalanes la pequeña propiedad libre. Después se produjo la plena fusión del régimen señorial y del feudal al infeudarse los señoríos y recibir el vasallo el derecho a ejercer funciones públicas y jurisdiccionales(4).

Por cierto, si en España no existió en general un feudalismo en sentido pleno, es difícil concebir cómo pudo trasplantar a sus posesiones americanas un régimen que no tenía. Pero con independencia de este razonamiento, la realidad histórica del régimen impuesto en Iberoamérica no muestra las características de las formas constitutivas del feudalismo pleno. Restringiéndonos al caso del Perú, no hubo aquí un estamento bélico altamente formado y ligado por lealtad a un señor por un contrato (función militar), la economía no fue básicamente señorial-campesina sino que predominó la minería (función económico-social), y los encomenderos se encontraban claramente subordinados a las disposiciones de la autoridad real y a las de su administración -por lo menos a partir de 1542-43 (función política). La conclusión es bastante nítida: la economía colonial peruana no tuvo un carácter feudal pleno.

2- ¿Existió en el Perú colonial el modo de producción feudal?

La doctrina de los modos de producción procede de Marx y Engels. Ambos sostenían en el Manifiesto comunista (1848) que las sociedades de clase previas al capitalismo eran la sociedad esclavista, la feudal y la burguesa. En su texto Formas que preceden a la producción capitalista (1857-58, publicado recién en 1939), Marx agregó el "modo de producción asiático". Finalmente, en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Engels formuló lo que ha llegado a ser la versión oficial ortodoxa de los modos de producción afirmando que las formaciones económico-sociales antes del socialismo eran básicamente cuatro: la sociedad primitiva, la esclavista, la feudal y la capitalista, eliminando el modo de producción asiático. A este esquema de desarrollo se ajustaría la evolución de la humanidad en todas partes.

¿Cuáles eran los rasgos básicos del modo de producción feudal? Los investigadores marxistas han reconstruido las ideas de Marx y Engels al respecto de la siguiente forma: el feudalismo es una formación económico-social que se desarrolló sobre la base de un orden esclavista precedente o también de una sociedad primitiva en trance de disolución. El fundamento de esta formación social son las relaciones feudales de producción, que estaban caracterizadas por la propiedad de los señores feudales (la nobleza y el clero) sobre el que entonces era el principal medio productivo: la tierra, y por la propiedad limitada de los señores feudales sobre los productores inmediatos: los campesinos que tenían la condición de siervos. En forma de una renta sobre el trabajo (prestaciones personales), de la renta de los productos o de la renta sobre el dinero, la clase de los señores feudales se apropiaba con ayuda de la coacción extraeconómica del excedente del trabajo que obtenían los campesinos siervos de la parte de la tierra que les había sido proporcionada por los señores feudales a fin de que la cultivaran. Esta explotación dio lugar a la lucha de los señores feudales y los campesinos, lucha librada por los siervos inicialmente contra la agudización de la explotación y posteriormente contra el mismo orden feudal.

La estructura política de la sociedad feudal estaba caracterizada por las relaciones jerárquicas de supra- y subordinación que concedían a los señores feudales particulares amplias facultades estatales en su ámbito de dominio, pero obligándolos por este hecho a la obediencia frente a los señores que se hallaban por encima y de los que eran vasallos. La estructura política del feudalismo se distinguía además por las diferencias de clase y por las existentes entre los estamentos sociales que estaban fijados legalmente.

El dominio de la clase de los señores feudales se apoyaba ideológicamente en las religiones monoteístas y en la filosofía religiosa(5). 

La realidad de la economía colonial iberoamericana y peruana se ajusta sólo en parte a las características del modo de producción feudal:

a) Se puede en parte asimilar la oposición entre los señores feudales y los siervos a la que existió en la América hispana entre los encomenderos y los encomendados.
b) Pero la propia encomienda desarrolló en su seno el embrión de la economía capitalista. Sucedió que el encomendero se hallaba cogido entre una economía natural que no le proporcionaba medios de cambio y una economía monetaria que se los exigía, por lo que no tuvo más opción que tratar de convertir los recursos naturales en medios de producción de metales acuñados, o en bienes que pudieran ser intercambiados por ellos. Por esta razón pasó a una economía capitalista. Para ello recurrió a la clase mercantil fuerte y organizada que controlaba el comercio, disponía de numerario suficiente y contaba con los circuitos de financiación requeridos (García Fuentes, L. 1987, 207).
c) El comercio interprovincial alcanzó una extensa cobertura y tuvo un gran desarrollo.
d) Mientras en el modo de producción feudal la agricultura tuvo el rol principal, en la economía iberoamericana y peruana colonial fue determinante el papel que jugó la minería.
e) En la economía colonial iberoamericana, y sobre todo en la peruana, fueron enormemente importantes las haciendas cuya actividad, en el caso de las grandes haciendas, adquirió con el tiempo un carácter altamente capitalista.
f) Otra institución que en la América Latina colonial tiene un carácter incipientemente industrial y capitalista fueron los obrajes, establecimientos en que se labraba paños para los indígenas que con el tiempo fueron exportados fuera de los centros de producción. El daño causado por los obrajes a la importación de paños españoles llegó a adquirir tal magnitud que Felipe II ordenó secretamente al Virrey Toledo el cierre de los obrajes peruanos, pero sin que este Virrey ni los posteriores cumplieran  esta disposición.
g) A lo anterior se agregan dificultades jurídico-políticas, como que en América Latina los encomendados no eran vasallos del señor feudal sino del rey, que los señores feudales no tenían facultades judiciales, y que en Iberoamérica no eran habituales los rituales que convertían a los españoles en señores feudales.

Frente a estos problemas, los autores marxistas o de orientación marxista han indicado que el modo de producción feudal no se dio en estado puro sino que se combinó con rasgos de otros modos de producción, es decir que se estableció un sistema feudal con ciertos rasgos capitalistas, al que se puede denominar por ello "feudalismo incompleto", "semifeudalismo", "feudalismo de una nueva variedad" etc. En contra de esta opinión, otro autor marxista como Immanuel Wallerstein sostiene que es imposible que hayan existido juntas dos formas de organización social: una feudal y otra capitalista. En efecto, "La economía-mundo tiene una u otra forma. Una vez que es capitalista, las relaciones que muestran ciertas semejanzas formales con las relaciones feudales deben ser necesariamente redefinidas en términos de los principios que gobiernan un sistema capitalista. Esto es cierto tanto para la encomienda de la América española como para el llamado "segundo feudalismo" de la Europa oriental" (I. Wallerstein, Ibid., 1979; I, 129).

En el Perú el prestigio de Mariátegui y de su tesis sobre el feudalismo colonial ha llevado a muchos autores marxistas o de orientación marxista a ver claramente los problemas de la realidad económica de la época colonial peruana, pero los conducido a la vez a aferrarse a la posición según la cual se trataba de un sistema feudal incompleto o híbrido. Este es el caso del historiador Pablo Macera que estudió con detalle las haciendas coloniales peruanas y que afirmaba que el feudalismo colonial fue alterado, incompleto o mediatizado, "ya que se negaba en su propia realización y no alcanzó a dominar todos los sectores políticos y culturales de su respectiva sociedad global" (1973, 45). Según Macera la hacienda colonial peruana debe ser estudiada en un doble frente: "mientras al interior se estableció una economía no monetaria con los salarios pagados en servicios, concesión precaria de terrenos y especies supervaloradas; del otro lado, hacia fuera la hacienda se gestionaba como economía monetaria y vendía sus productos en el mercado a cambio de dinero" (1977, 3: 220). La hacienda coordinó así sistemas formalmente contradictorios -razón por la cual el autor sostiene que el feudalismo incompleto peruano se negaba en su propia realización. Mas Macera reconoce a la vez que "Con todo, el carácter fundamental de la hacienda fue el de una empresa capitalista y por eso era una expresión provincial y subordinada del proceso expansionista europeo de los siglos XVI en adelante" (1977, 3: Ibid.). A lo anterior hay que añadir que según el historiador peruano el sector minero en la Colonia no fue feudal, y que durante el Virreinato el comercio interior y exterior permitió la formación de un sector burgués que se negaba a sí mismo haciendo suyos los intereses de la vida aristocrática sin identificarse como clase ni promocionarse como tal (1973, 46 y 47).

Otro intelectual marxista, el antropólogo peruano Rodrigo Montoya, afirmó por su parte  que el período colonial peruano no debería ser visto ni como feudal ni como capitalista sino como híbrido: "como un período que combinó una fase de quiebra del imperio incaico con la supremacía española que era ya un híbrido del feudalismo en crisis y un mercantilismo convertido en razón de su economía: y que en general fue una etapa formativa" (Montoya, R., 1976, 53).

En resumen, cuando Mariátegui denomina como feudal el modo de producción colonial lo hace de una manera bastante simplista sin advertir que la importancia de la actividad minera colonial, del comercio interprovincial, de la actividad de las haciendas y de la de los obrajes pone seriamente en entredicho su caracterización.

III - La tesis de Ruggiero Romano sobre el feudalismo en general y sobre el hispanoamericano en particular

El ilustre historiador económico Ruggiero Romano era de opinión que los conceptos obtenidos de la experiencia histórica europea traicionaban la experiencia latinoamericana -y la de otras latitudes. Así sostenía que sucedía con el concepto de "feudalismo", por lo que sostenía que había que poner un acento distinto al tradicional en los elementos que lo integran. En lugar de subrayar los aspectos jurídicos, institucionales y constitucionales del feudalismo, el autor proponía enfatizar los económicos (Romano, R., 1992, 5).

Según Romano no hay una definición axiomática de la economía feudal excepto para la alta Edad Media. El feudalismo lo entendía como un modo de producción en el cual: a) la propiedad de la tierra se adquiere prevalentemente mediante un acto de donación por parte del soberano o, pura y simplemente, a través de la ocupación abusiva. b) La "...obligación impuesta al productor por la fuerza, e independientemente de su voluntad, de cumplir ciertas exigencias económicas de un señor, ya cobren éstas la forma de servicios a prestar o de obligaciones a pagar en dinero o en especie..." (M. Dobb). Y c) la situación de prevalente economía natural (Romano, R., 1992, 5).

En realidad, este último sería el rasgo más distintivo del feudalismo para Romano, quien en otro lugar (Romano, R., 1992, 68) lo definió así negativamente: a) el feudalismo no es una economía puramente (o esencialmente) monetaria, b) no es una economía con un gran mercado interno, c) no es una economía con libertad de ingresar y salir del mercado de trabajo, y d) no es una economía con una libertad de ingresar al mercado de mercancías y de salir de éste. Afirmativamente dicho: una economía feudal es esencialmente una economía natural  de intercambio, lo que no se contradice con la presencia simultánea del comercio internacional.

La definición anterior se explica a partir de la tensión existente entre la economía natural de intercambio y la monetaria, idea que Romano tomó de Adolph Dopsch. En la economía natural de intercambio se establece una moneda natural-tipo que recurre a la coca, telas, cacao, conchas etc. para efectuar los intercambios, las relaciones son de tipo personal, y el intercambio es directo e inmediato. En cambio, en la economía monetaria el medio de pago es la moneda metálica, las relaciones se han objetivado, y el intercambio es indirecto, o sea que sus términos pueden alejarse en el espacio y el tiempo. Con ello las actividades se emancipan de la situación del momento y se puede ampliar el mercado de una manera fundamental. La economía feudal es pues prevalentemente natural, lo que no excluye que también haya en ella una economía monetaria.

Dijimos que hay muchos investigadores que afirman que en España sólo habían existido tempranamente algunas instituciones feudales en el reino asturleonés y tardíamente en Cataluña, y que en todo caso el feudalismo hispánico no había sido un feudalismo pleno que corresponda al feudalismo germánico y francés. En contra sostiene vigorosamente Romano que no hay algo así como una idea platónica del feudalismo (Ibid., 88.) y que en ninguna parte está escrito el dogma de un verdadero y único feudalismo (Ibid., 97.). En su opinión en España hubo un feudalismo, y se puede reconstruir sin duda en él las instituciones feudales como el homenaje y la investidura (Ibid., 70-71.) por la cual el vasallo pasaba a disfrutar del bien concedido por el señor. Es cierto que la formación del feudalismo peninsular es más lenta y con algunas características distintas a las del feudalismo alemán o francés, pero no tiene que haber sido idéntica a ellos solo para complacer a los estudiosos germanos y galos (Ibid., 86). La encomienda castellana procede de la romana, y en ella el señor estaba obligado a la defensa (y, en ciertos casos, a entregar tierras) y el encomendado quedaba obligado al trabajo o al tributo. Teóricamente los encomendados eran libres y solo eran vasallos del soberano, pero en la práctica tenían una condición servil frente al señor. En verdad, hasta el hijo del encomendado no podía liberarse en un desarrollo posterior de esta condición servil, ya que su status era hereditario. En la España visigoda, toda esta situación se reguló legalmente -antes había estado al margen de la ley. Con el tiempo la palabra behetría pasó a usarse como sinónimo de encomienda.

Romano sostiene que la encomienda castellana se trasplantó en la encomienda indiana. También aquí encontramos los rituales para la concesión de la encomienda, por ejemplo el juramento de fidelidad y vasallaje al rey por parte del encomendero que recibía la encomienda. Se argumentará que las encomiendas americanas no comportaban derecho de alta y/o baja justicia, ya que los indios solo eran vasallos del rey; pero, replica el autor, hay que distinguir entre la situación legal formal y la situación real: en la práctica los indios eran vasallos del encomendero. La encomienda indiana tenía un aspecto económico y otro militar -la defensa de la tierra-, lo que muestra la feudalización del Estado. Y aunque la encomienda no otorgaba nobleza sí proporcionaba honra. Por lo tanto, los encomenderos no constituían meramente una clase jurídica: en verdad eran una clase social. Por lo demás, la encomienda se transformó paulatinamente de encomienda de servicio en una encomienda de tributo: en tanto vasallos del rey los indios le debían un tributo; pero, como el soberano renunció al mismo transfiriéndolo al encomendero, éste resultaba el beneficiario de la carga.

Pese a todas las similitudes entre el feudalismo europeo y más en concreto castellano y el feudalismo en la América hispano-portuguesa, Romano sostiene que hay ciertas diferencias claras que son las siguientes: a) el señor español que se estableció en América  y se hizo allí feudatario heredó -por lo menos en países de fuerte estructura estatal prehispánica como entre los aztecas e incas- parte de las instituciones preexistentes como la mita. b) El feudalismo europeo atravesó por dos fases: la primera fue la de la oferta limitada de tierras, y la segunda la de la limitación de las mismas. En cambio, el feudalismo americano nunca enfrentó una oferta limitada de tierras. c) Mientras en Europa el capitalismo apareció como un desarrollo endógeno, en América el feudalismo tuvo que lidiar con el capitalismo como un fenómeno exógeno.

¿Qué decir frente a la tesis de Romano sobre el feudalismo en general y sobre el hispanoamericano en particular? Cae fuera del ámbito de nuestra competencia discutir en detalle, pero sí quisiéramos realizar algunos comentarios al respecto. Metodológicamente pensamos que el autor comete un error al mezclar constantemente el sentido marxista del feudalismo, al que principalmente se refiere al definirlo como un modo de producción, con el sentido que tiene como un fenómeno histórico que se presentó en Europa. De aquí que resulte tan extraño que se afane por demostrar que el feudalismo existió desde temprano en España como un fenómeno histórico en sentido pleno, y que se transfirió a Iberoamérica también como un fenómeno histórico: la encomienda castellana se habría trasplantado en la encomienda indiana. Más coherente con la concepción de feudalismo de Romano hubiera sido tratar de mostrar, como lo hizo su discípulo Marcelo Carmagnani, cómo a su llegada los españoles transformaron la economía prehispánica preexistente constituyendo un sistema feudal que dominó la vida latinoamericana hasta fines del siglo XX (1980).

Otro gran problema de la exposición de Romano es que desatiende que en el presunto feudalismo colonial iberoamericano habían fenómenos de otro carácter. Afirma que este feudalismo podía coexistir con un comercio de extensa cobertura, pero no considera el capitalismo incipiente que revela la intensa explotación minera, la febril actividad de las haciendas y la apreciable producción de los obrajes. Eliminando de su campo de visión estos fenómenos y concentrando su atención casi sólo en la oposición entre el encomendero y el encomendado, el esperable resultado que obtiene Romano es que en la Iberoamérica  colonial hubo sin duda un feudalismo.

Un tercer problema importante es que Romano examina básicamente el presunto feudalismo colonial iberoamericano en sí mismo, insertándolo solo incidentalmente en el marco mayor de la acción del capitalismo -escribe que, en tanto que el capitalismo apareció en Europa como un desarrollo endógeno, en América Latina surgió como un fenómeno exógeno con el que tuvo que lidiar el feudalismo local. Esto supone que el sistema feudal de las colonias iberoamericanas coexistía en pie de guerra con el sistema capitalista. Vimos ya que esto es imposible según I. Wallerstein: la economía-mundo  capitalista  es un sistema al que se acomodan los otros modos de producción. Si adoptamos esta perspectiva -que estimamos que es correcta-, difícilmente podremos designar a la economía colonial iberoamericana como una economía feudal. Y también serán válidas las objeciones de Wallerstein contra Ernesto Laclau con respecto a las diferencias que separan a un siervo de la gleba medieval y un trabajador de una encomienda de la América española: no cabe asimilarlos como no cabe hablar en este último caso de feudalismo.

Consideración final

Manifestamos en nuestro libro El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los '7 ensayos' que el día de hoy, con la mayor información de que se dispone, se había tornado insostenible la tesis de José Carlos sobre el carácter feudal de la economía colonial. En su Prólogo a nuestro libro Antonio Melis sostuvo que este punto le parecía debatible. Pensamos que el examen que hemos realizado en este artículo nos permite refirmarnos en nuestro juicio: la tesis de Mariátegui no es actualmente defendible.

¿Por qué pensamos que es este problema tan importante? Porque Mariátegui aseveró después que, pese a la Independencia de España, la República había seguido siendo feudal y que el feudalismo había impregnado todos los ámbitos de la vida republicana. Luego el marxismo posterior siguió repitiendo mecánicamente esta tesis, que se la encuentra también en el análisis del Perú de "Sendero Luminoso". De este análisis incorrecto se han derivado por cierto consecuencias incorrectas. De allí que el día de hoy debamos mirar con otros ojos nuestra propia historia y realizar un examen más veraz de ella. Será la única manera de cancelar este error de Mariátegui y evitar que siga causando los daños que ha provocado.

Notas:

1- Texto de una intervención en octubre de 2008 en un auditorio del Museo de la Nación del Perú en un ciclo de conferencias organizado con motivo de conmemorarse los 80 años de la aparición de los 7 ensayos. Inédito.
2- Originalmente el artículo fue publicado en el N° 67, mayo-junio de 1971 de la New Left Review, 19-38.  Fue reproducido en: Política e ideología en la teoría marxista, México: Siglo XXI, 1978.
3- Apareció en la compilación de sus trabajos Feudalismus-Kapitalismus, Gottinga, 1970. La compilación ha sido traducida como Feudalismo-Capitalismo, Barcelona-Caracas: Alfa, 1987. Agradezco la información y haberme procurado la traducción a Ernesto Garzón Valdés.
4- Todo lo anterior sobre "El feudalismo en la península ibérica" según el artículo al respecto en La Enciclopedia [Salvat]. Madrid: Salvat, 2004; 8, 6078-6081.
5- Lo anterior según el artículo "Feudalismo", en: G. Klaus y M. Buhr (ed.). 1972. Marxistisch-leninistisches Wörterbuch der Philosophie. Hamburgo: Rowohlt. 1: 366-367.
El autor
*David Sobrevilla es Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha enseñado en las Universidades de Lima y San Martín de Porre. Ha sido Profesor Visitante de las Universidades de Carabobo, Madison-Wisconsin, Davis-California. Es Dr. Honoris Causa de las Universidades de Arequipa y Trujillo y Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma. Es coeditor de la Enciclopedia iberoamericana de filosofía, autor de numerosos artículos y libros, entre estos: Filosofía contemporánea en el Perú (1992), Repensando la tradición nacional. Estudios sobre la filosofía reciente en el Perú (1988-1989), El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los Siete Ensayos (2006). Ha editado obras de Manuel González Prada, Jorge Basadre, Augusto Salazar Bondy, Francisco Bilbao.

Bibliografía
1- Braudel, Fernan. 1979. Civilización material y capitalismo. Siglos XV-XVIII, vol. 3. Madrid: Alianza.        
2- Cardoso, Ciro y Héctor Pérez Brignoli. 1979. Historia económica de América Latina. Barcelona: Crítica.        
3- Carmagnani, Marcello. 1980. Formación y crisis de un sistema feudal. América Latina del siglo XVI a nuestros días. México: Siglo XXI.      
4- García Fuentes, Lutgardo. 1987. La economía asediada. En Ramos Pérez, Demetrio (coord.), Historia de América. Parte Segunda: La América virreinal de los Austrias. Madrid: Nájera.        
5- Gunder Frank, Andre. 1965. Capitalismo y subdesarrollo en América Latina. México: Siglo XXI.        
6- Klaus, G. y M. Buhr (ed.). 1972 Marxistisch-leninistisches Wörterbuch der Philosophie. Hamburgo: Rowohlt.         
7- Macera, Pablo. 1977. Feudalismo colonial americano. El caso de las haciendas peruanas. En Pablo Macera. Trabajos de historia. Lima: INC. 3: 220.         
8- Macera, Pablo. Febrero de 1973. Polémica sobre el carácter de la formación social peruana. Crítica marxista leninista (Lima) 6: 45.        
9- Mariátegui, José Carlos. 1971 [Primera Edición 1928]. 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Amauta.      
10- Montoya, Rodrigo. 1973. Polémica sobre el carácter de la formación social peruana. Crítica marxista leninista (Lima) 6.         11- Romano, Ruggiero. 1971. Sous-dévelopment culturel: À propos d'André Gunder Frank. Cahiers Vilfredo Pareto (Ginebra) 24: 271-279.         
12- Romano, Ruggiero. 1992. El feudalismo americano. En: Romano, Ruggiero, Consideraciones. Lima: Fomciencias - Instituto Italiano de Cultura.        
13- Sobrevilla, David. 2005. El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los "7 ensayos". Lima: Universidad de Lima.        
14- Wallerstein, Inmanuel. 1979 - 1989. El moderno sistema mundial, 3 volúmenes. México: Siglo XXI.         



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María Celia Duek : Max Weber: posición política, posición teórica y relación con el marxismo en la primera etapa de su producción

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Max Weber: posición política, posición teórica y relación con el marxismo en la primera etapa de su producción


Por: María Celia Duek
Universidad Nacional de Cuyo, Argentina.



Abstract

Max Weber wrote his first works between 1889 and 1898. Although the German sociologist's well–known works were written between 1903 and 1920, it is in the production of that first period where this article focuses in. We are particularly interested in responding the following query: which was the theoretical relationship of Weber with Marx —or with the historical materialism in this first period of his career— and how is it related with the political positions of both "clasics"?

Key words: Weber, Marx, historical materialism, political position, compared sociology.

Resumen

Max Weber redactó sus primeros trabajos entre 1889 y 1898. Si bien las obras más conocidas del sociólogo alemán fueron escritas entre 1903 y 1920, es en la producción de la primera etapa en donde ponemos la atención en este artículo. Particularmente nos interesa responder a la siguiente interrogante: ¿cuál fue la relación teórica de Weber con Marx o con el materialismo histórico en dicha fase de su carrera y cómo se vincula esto con las posiciones políticas de ambos clásicos?

Palabras clave: Weber, Marx, materialismo histórico, posición política, sociología comparada.



Indudablemente, las obras más difundidas y discutidas de Max Weber datan de las primeras dos décadas del siglo XX: desde La ética protestante y el espíritu del capitalismo y Ensayos sobre metodología sociológica, hasta Sociología de la religión, Escritos políticos y sus obras póstumas Historia económica gen eral y Economía y sociedad. Pero Weber tiene textos anteriores que también merecen atención.

En este trabajo examinaremos la posición política y teórica de Weber en lo que llamamos "la primera etapa" o el "primer periodo de su producción", y que corresponde aproximadamente a la última década del siglo XIX. Podemos situar con mayor precisión esta etapa inicial entre 1889, año en que presentó su tesis doctoral en derecho: Contribución a la historia de las organizaciones de comercio en la Edad Media, y 1897–1898, cuando comenzó la enfermedad nerviosa que lo mantendría por más de cuatro años alejado del trabajo intelectual.

En cuanto a la posición teórica, nos interesa fundamentalmente un aspecto: el de su relación con el marxismo. Diversos especialistas en teoría sociológica han sostenido que la obra de Weber no se puede leer sin tener presente su referencia obligada a Marx. Desde este punto de vista, se considera que Weber estableció un constante debate con el fantasma de Marx, y que lo esencial de su trabajo se configuró en su polémica con él. Pues bien, aquí nos proponemos analizar este vínculo teórico específicamente en la primera fase de la carrera de Weber.

Interpretaciones encontradas

Veamos en primer lugar qué dicen algunos autores al respecto. Talcott Parsons, el referente mayor del estructural–funcionalismo, hace un análisis detallado del pensamiento de Weber en su clásica obra de 1937, La estructura de la acción social. Allí sostiene que hay una primera etapa en la producción de este autor que es, en general, un periodo de estudios históricos inconexos, "con un sesgo materialista bastante claro". Sin embargo, dice, a partir de determinado momento (1903 aproximadamente) adviene una nueva orientación en su obra, en la que se puede leer "una interpretación antimarxista" del capitalismo moderno y de su génesis.

Indudablemente, el principal punto de partida del tratamiento descriptivo de Weber fue Marx. Los escritos de Marx y las exposiciones del capitalismo y del socialismo que giraban en torno a ellos estaban causando una profunda impresión en Alemania en el periodo formativo de Weber, pero, típicamente, se trataba del Marx "histórico" y no del Marx más estrechamente vinculado a la teoría económica clásica. En muchas de las categorías descriptivas aplicadas al sistema capitalista, Weber concurre con Marx (Parsons, 1968: 626).

Luego agregará Parsons que, a pesar de ciertos acuerdos, el centro de interés de ambos es distinto y que existen fuertes diferencias de perspectiva, a las cuales va haciendo mención a lo largo de su trabajo. Al final de éste concluye que, empíricamente, el principal ataque de la obra de Weber fue contra el materialismo histórico de Marx, frente al cual colocó una teoría del papel de los elementos de valor, en el contexto de una "teoría voluntarista de la acción".

Una consideración similar de la relación con el materialismo en esta primera etapa la hallamos en Stanislaw Kozyr–Kowalski. El estudioso de la relación Weber/Marx deduce del artículo de Weber sobre las causas de la decadencia de la cultura antigua, "[...] que hasta 1896 Weber se encontró bajo la abrumadora influencia del materialismo histórico y que, incluso de manera explícita, aceptaba la tesis de que los cambios en la base económica tienen una importancia decisiva para todas las formas de cultura" (Kozyr–Kowalski, 1971: 247). Según este autor, el largo periodo de crítica de Weber a la teoría marxista comienza en 1904 con La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

Sin embargo, al seguir indagando encontramos que no todas las interpretaciones apoyan esto. Gerth y Mills, por ejemplo, piensan que la evolución del pensamiento de Weber se da en el sentido contrario: desde una postura inicial de simple rechazo hacia una relación más "compleja". En su introducción a los Ensayos de sociología contemporánea, a principios de la década de 1990, sostienen que Weber se opuso al materialismo histórico en defensa de la inagotable complejidad del pluralismo causal, y que más adelante se modificarían sus relaciones políticas e intelectuales con el marxismo, volviéndose mucho más complejas.

Otra apreciación sobre el problema es la de Arthur Mitzman, quien define el vínculo teórico en esta primera etapa como más "accidental" de lo que será en los años posteriores a su crisis personal:

Incluso antes de su crisis, Weber había mostrado la influencia de las ideas de Marx cuando yuxtaponía, en un estilo lleno de reminiscencias del Manifiesto Comunista, la dominación personal del orden social pre–capitalista al gobierno de clase impersonal de la burguesía moderna. Pero este uso de Marx era casi totalmente accidental. Tanto Sombart como Tönnies mostraron un interés mucho mayor por aquel filósofo antes de fin de siglo. Sin embargo, después de su crisis, gran parte de la obra de Weber —desde la Ética Protestante hasta los análisis políticos durante la guerra— estaba basada en el examen crítico del materialismo histórico de Marx (Mitzman, 1976:166).

Ante la variedad de respuestas disímiles a nuestra interrogante sobre la relación de Weber con Marx en estos primeros diez años, se torna necesaria una lectura atenta y por cuenta propia de los textos de Weber, que considere a su vez su pensamiento y su actividad social y política en este momento histórico.

Orientación social y política de Weber

Con frecuencia ha sido señalada la preocupación de Weber por lo político, paralela a su interés por lo académico. A partir de la más célebre de sus biografías —la escrita por su esposa años después de su muerte— podemos reconstruir sintéticamente su orientación en este periodo.

Según Marianne Weber, el punto de partida o base de su posición política fue el liberalismo nacional de su padre, al que Max añadió nuevos elementos, para avanzar luego hacia un liberalismo social, más "progresista" si se quiere. Como reconoció en algún momento el propio Weber, en su juventud dio su voto a los conservadores, para más tarde dárselo a los demócratas (Weber, 2003: 260).

Desde 1886 Max Weber se asoció con un círculo de economistas, funcionarios y socialistas académicos, interesados por las ideas sociales, aunque "libres de aspiraciones de clase". Eran reformadores sociales, para quienes la intervención del Estado en la cuestión social era primordial. La aproximación de Weber a estas tendencias lo apartó de la actitud liberal–nacional de su padre.

Los intereses políticos del joven nacido en Erfurt estaban forjados por los ideales político–nacionales (Alemania potencia), por un lado, y los ideales de responsabilidad social y justicia (aspiración al bienestar de campesinos y obreros), por otro. Se entendía que la preocupación por cuestiones sociales era el único modo de evitar los infortunios asociados al avance del industrialismo moderno.

Entre los "socialistas de cátedra" se destacaban Lujo Brentano, Heinrich Herkner, Wilhelm Roscher, Gustav Schmoller y Adolf Wagner. Estos profesores universitarios no aceptaban el ideal de la armonía social, propio del pensamiento económico liberal. Su propuesta ante los problemas del industrialismo, diferente por cierto a la de los socialistas o socialdemócratas, era que la economía se orientara por ideales éticos y que el Estado regulara los contratos de trabajo. Se oponían al libre cambio y luchaban por mejorar la situación de la clase obrera, aunque reconocían las formas de propiedad y producción existentes.

Este grupo fundó en 1873 la "Asociación de política social", con el objetivo de elaborar propuestas de política so ttial que pudieran ser tomadas en cuenta por el Estado. Se jactaba de haber superado las clases y los partidos, y promovía una reforma social que representara un punto medio entre las consignas del laissezfaire de Manchester y las del marxismo revolucionario. Weber ingresó a dicha asociación cuando ésta abandonó la acción política y se dedicó exclusivamente a la actividad académica. Junto con Sombart, Tönnies y Alfred Weber, perteneció a la generación "joven" de la asociación, la cual se planteaba el problema de qué actitud adoptar respecto a la obra de Marx y le daba una respuesta diferente a la de la generación más vieja.

La generación joven aceptaba unánimemente la importancia de la obra de Marx; estaban de acuerdo en que el capitalismo y el conflicto de clases que engendraba eran parte constitutiva de las relaciones sociales modernas. La generación de edad más avanzada se negaba a aceptar el concepto de capitalismo, salvo para analizar algunos problemas económicos de poca importancia; por esto, la generación más joven pensaba que tales análisis eran, en el mejor de los casos, superficiales: la sociedad moderna no podía ser comprendida sino en función de un profundo conocimiento de la obra de Marx (Beetham, 1979: 27).

A principios de los noventa Weber participó en los Congresos Evangélico–Sociales, en uno de los cuales se presentó un examen de lo que se entendía como nueva "religión" de los trabajadores: la visión materialista de la historia. Allí se declaró que la tarea social más importante de la Iglesia era superar estas ideas, al mismo tiempo que se reconoció la imposibilidad de oponerse en nombre de la Iglesia a los reclamos económicos de los trabajadores en lucha, encabezados por la democracia social.

Weber y su amigo y líder del movimiento social cristiano Friedrich Naumann tenían:

[...] una actitud positiva hacia la mecanización y el industrialismo como condición sine qua non para una gran potencia con una población creciente. No querían hacer girar hacia atrás las ruedas de la historia, sino combatir desde dentro los defectos del moderno sistema capitalista. Por otro lado, ambos consideraban el desarrollo capitalista de los grandes feudos de las provincias del este del Elba como un desastre nacional y social (Marianne Weber, 1995: 167).

La conservación de la posición de Alemania como gran potencia era para ellos un deber y un requisito para dar vida decente a las masas. Querían un "emperador con conciencia social".

Al promediar la década, Weber se declaró "nacionalista económico" y describió la política económica como servidora de la nación–Estado, es decir, de los intereses de poder de la nación. En el mismo sentido, entendía que el Estado no era un medio de reforma social, sino que la justicia social y política era necesaria para salvaguardar al Estado.

Creía que sólo una clase que pudiera anteponer los intereses políticos y económicos de la Nación a los propios sería capaz de gobernar, y éste no era, en su opinión, el caso de la clase obrera, la cual carecía de la pasión nacional de los franceses.

Para ilustrar la posición de clase de Weber, es interesante observar su crítica al programa de Naumann de fundar un "socialismo nacional". Para Weber este movimiento de los desposeídos estaba condenado al fracaso, en tanto se ponía en contra de las clases ascendentes. Él deseaba, en contraposición a ello, la unidad con la burguesía, a la que habría que dar más conciencia social.

Al establecer una diferencia entre el trabajo y la propiedad, su programa hace que todas las clases ascendentes de la población que ya han adquirido alguna propiedad, incluyendo los estratos ascendentes de la clase obrera, sean enemigos naturales del movimiento socialista nacional. Sólo las heces de la población pertenecerán entonces, económicamente, a este movimiento. Este partido de los débiles nunca podrá ser nada. [...] Esta confusión política se debe a que se abandonó la oposición a los propietarios terratenientes, que estaba contenida en el primer esbozo del programa. Pero lo único que queda es preguntar si habrá de dar apoyo a la burguesía o a la clase agraria feudal. Por sus acciones contra la burguesía, la democracia social sólo ha allanado el camino a la reacción. Y hay amenazas de que el mismo error vaya a cometerse aquí (Marianne Weber, 1995: 238).

Las siguientes líneas de la biografía de Marianne Weber son quizá las que mejor resumen la relación del estudioso con las diferentes posiciones políticas existentes en la Alemania de entonces:

Con la izquierda liberal compartía Weber los ideales democráticos, pero echaba de menos en ellos un gran sentido político nacional; en ese aspecto, para él eran "filisteos". Weber compartía la actitud individualista de los liberales nacionales, y también aceptaba su afirmación del capitalismo industrial como fuerza organizadora, indispensable para la economía nacional. Sin embargo, su falta de convicciones sociales y democráticas y de visión política social constituía, para Weber, una barrera insuperable. Lo que lo ataba a los círculos conservadores y pangermanos era su sentimiento nacional, pero estaban apoyando la política económica de los agrarios a expensas del espíritu alemán y de sus compatriotas alemanes (Marianne Weber, 1995: 240).

Hasta aquí tenemos un panorama de la postura sociopolítica de nuestro autor en este primer periodo de su carrera, lo cual nos permite contextualizar el análisis de sus escritos iniciales, que abordaremos a continuación.

Del estudio sobre los trabajadores rurales a la lección de Friburgo: nacionalismo, pangermanismo y darwinismo social

Entre 1890 y 1892, la "Asociación de Política Social" emprendió una investigación empírica sobre los obreros agrícolas en Alemania. A Weber se le encargó la evaluación e interpretación de los cuestionarios remitidos por los obreros rurales del este del Elba. Las conclusiones de este trabajo, La situación de los trabajadores de las granjas al este del río Elba, se publicaron por primera vez en 1892, y en ellas se revela la posición nacionalista de Weber, en el sentido que hemos descrito con anterioridad.

Se puede decir sintéticamente que la preocupación central de este escrito es el hecho de que el avance del capitalismo en el campo por sobre la antigua organización del trabajo conduce a la marginación de la mano de obra alemana, ya que los obreros extranjeros resultan mucho más baratos para el empleador: tienen un nivel de vida inferior y son ocupados temporalmente, de manera precaria, y con salarios más bajos. Los trabajadores libres de las granjas orientales son expulsados por la inmigración rusa y polaca, lo cual conduce ante todo, a los ojos de Weber, a un "retroceso constante de la germanidad".

Según este estudio, al principio los extranjeros entraban como trabajadores de temporada, pero luego algunos de ellos se quedaban y ocupaban las tierras de la frontera oriental que los alemanes habían arrancado a estos pueblos siglos atrás. El contexto en que se da el despoblamiento del este rural es la disolución del antiguo sistema agrario colectivo, a favor de granjas a gran escala. Los terratenientes acumulan tierras, reemplazan los privilegios y pagos en especie a sus aparceros por salarios en dinero, y comienzan a orientarse hacia el mercado. Al pasar de ser una clase señorial patriarcal para ser una clase empresaria comercial, destruyen la antigua comunidad de intereses con sus trabajadores; en otras palabras, dejan de ser representantes naturales de los intereses de su gente.

Además, la organización patriarcal de la agricultura, en la que los trabajadores estaban acostumbrados a obedecer, fue la base de la disciplina militar y, por ende, del éxito del ejército alemán. La gran explotación capitalista, en cambio, existe a expensas del nivel de consumo alimentario de los trabajadores, de la nacionalidad y de la capacidad de defensa del territorio alemán.

Este análisis —dice Weber— no significa que los cambios en la organización de las explotaciones agrícolas sean el factor decisivo o el más importante al estudiar la cuestión de los obreros agrícolas, pero sí deben ser tomados en cuenta.

Dicho esto, Weber introduce una explicación de índole psicológica del pasaje de los trabajadores de siervos a obreros. El material de los cuestionarios que permite conocer la posición subjetiva de los obreros sobre los cambios revela que hay en ellos una "tendencia individualista" muy acentuada.

El individualismo reaparece sin cesar como un trazo fundamental del cambio. Los domésticos que huyen de la explotación familiar (Hauswirtschaft) del señor, el trillador que aspira a liberar su explotación de su inserción en el dominio, el obrero bajo contrato que renuncia a una Inststellung más segura por un empleo mucho más miserable de jornalero "libre", el pequeño propietario que se muere de hambre antes de buscar un empleo en situación de dependencia, los innumerables obreros que aceptan tierras a cualquier precio de quienes dividen dominios y pasan su vida en la dependencia ignominiosa de tasas de interés usurarias, solamente porque eso puede aportarle la "autonomía" que desea, es decir, la independencia con relación al vínculo de dominación personal contenido en cualquier contrato de trabajo rural; es en todos lados el mismo fenómeno. No se puede hacer nada contra tales reacciones elementales. Es el encantamiento poderoso y puramente psicológico de la libertad el que se expresa aquí. Se trata esencialmente de una ilusión grandiosa pero, se sabe, el hombre, y más aún el obrero agrícola "no vive de pan solamente". Las aspiraciones de los obreros agrícolas nos muestran justamente que "ganar su pan" es de una importancia secundaria. Quieren, por encima de todo, ser ellos mismos los artífices de su propia felicidad o de su desgracia. Esta característica del mundo moderno es el resultado de una evolución psicológica de orden general y de la que tenemos nosotros mismos la experiencia [...] Los cambios en las necesidades psicológicas de los hombres son casi más grandes que las transformaciones de las condiciones materiales y sería científicamente inaceptable ignorarlos. Todo estudio puramente económico —y, particularmente en el caso de los problemas de la organización agraria— sería irrealista (Weber, 1995b: 165–166).

Lo que diferencia a los obreros rurales de los industriales es que aquellos no aspiran a una solución socialista sino a una solución individual. Quien no ve esta diferencia —afirma— no ha dado nunca un vistazo al mundo rural.

Hecho el diagnóstico, el autor que en escritos posteriores postulará reiteradamente el ideal metodológico de la "neutralidad valorativa" como presupuesto de cualquier tratamiento científico de la realidad cultural, introduce sus propias valoraciones. Juzga este proceso de desplazamiento de la mano de obra nacional como "nocivo" desde el punto de vista económico y político, por la pérdida que supone en términos de colonización, germanidad y capacidad de defensa del Este despoblado, e insta al Estado a intervenir utilizando su poder en el ámbito agrícola. El Estado —afirma— no se puede desentender del grupo social (campesinos) que ha proporcionado la base del ejército alemán. Ante la durísima situación de las explotaciones agrícolas del Este, "el Estado debe decidir tomar en sus manos la evolución en curso y debe orientarla en una dirección que corresponda al interés nacional" (Weber, 1995b: 167).

Como podremos observar en varias ocasiones, el Estado–nación alemán es para Weber un valor supremo. El criterio decisivo es el del poderío alemán. La grandeza de Alemania es el fin último que orienta sus pensamientos, y esta orientación se vislumbra con claridad en esta investigación temprana de Weber sobre los asuntos agrícolas. Es ilustrativo al respecto el siguiente párrafo de la biografía escrita por Marianne:

Weber contempló todo este proceso, que él mismo había iluminado, desde el severo punto de vista de un estadista. "Considero la cuestión de la mano de obra campesina simplemente como de sentido común político: no como cuestión de saber si los trabajadores de las granjas están mal o están bien, ni como el problema de cómo debe darse mano de obra barata a los terratenientes". Sintió que la política agraria debía ser determinada no por los intereses de la producción, sino por los intereses del Estado: la conservación de una población densa, vigorosa y leal como reserva para unas fuerzas armadas nacionales y para la defensa pacífica de las fronteras del este. Por tanto, volved a cerrar la frontera, impedid que las tierras labrantías sean devoradas por los grandes feudos; colonizad sistemáticamente (Marianne Weber, 1995: 162–163).

Lo que debemos resaltar tras la lectura de La situación de los trabajadores de las granjas al este del río Elba es que Weber, al menos en esta investigación, postula que el factor económico, señalado por el materialismo de Marx y Engels como determinante en última instancia, es importante, pero no "el más importante" o el "decisivo" para explicar la situación de los trabajadores rurales. Contra lo que para él sería una explicación unilateralmente materialista, y por lo tanto insuficiente, hace mención a la intervención de motivos psicológicos para dar cuenta del desplazamiento geográfico de los campesinos alemanes y su transformación de siervos en obreros, como lo es el afán o instinto de "libertad". Frente a la necesidad espiritual de autonomía del individuo, la cuestión de la subsistencia resulta "secundaria".

Todo estudio puramente económico sería irrealista —dice Weber. No se pueden desconocer, en su opinión, las causas no económicas que impulsan los procesos históricos, los factores ideales, que en ciertos casos tienen, incluso, preponderancia.

Sin necesidad de hacerlo explícito, Weber se encuentra en este punto discutiendo innegablemente con el marxismo, aunque esta afirmación no debe interpretarse en absoluto como que dicha disputa constituya el eje o la determinación esencial de la investigación. La preocupación del presente trabajo es, más que teórica, política, y se funda en el nacionalismo de Weber y sus posiciones pangermánicas.
Por último, en tanto el marxismo clásico insiste en la necesidad de una coalición entre los campesinos y el proletariado como condición para una victoria socialista más o menos estable,1 alianza que sería factible dada su condición común de clases explotadas, en este artículo Weber intenta subrayar la distancia que hay entre las aspiraciones o intereses de ambas clases en Alemania. Como ya vimos, el problema del trabajador rural es para Weber el de si puede acceder a una existencia independiente. "Es éste un problema rural y lo que lo distingue de la cuestión obrera (industrial), es el hecho de que los rurales aspiran muy fuertemente a una solución individual y no a una solución socialista" (Weber, 1995b: 165–166). Quien no ve esto es porque nada sabe del mundo rural —sentencia.

En conclusión, en este texto escrito entre 1890–1891 y publicado en 1892 ya se identifica un principio de discusión con la teoría de Marx.

En ocasión del quinto Congreso Evangélico–Social, celebrado en 1894, Max Weber y su amigo Paul Göhre se unieron para hacer un nuevo estudio de la situación de los trabajadores de los campos. Esta vez el objetivo era conocer no sólo sus condiciones económicas, sino también sus condiciones intelectuales, religiosas y morales, así como los efectos mutuos. Hacemos alusión aquí a este segundo estudio, menos conocido, porque según Marianne Weber en él se muestran las limitaciones de la concepción materialista de la historia:

De los puntos de vista desde los cuales trató Weber su tema, es de interés el siguiente: utilizó material concreto para ilustrar las limitaciones de la visión económica de la historia. [...] El factor decisivo para los destinos y la situación general de los trabajadores de las granjas no era la condición económica general de su medio, sino la tradicional estratificación social. En las regiones rurales, ésta no era determinada por condiciones técnicas y económicas, sino por el modo en que la población había sido agrupada, por la distribución de los establecimientos y las tierras, y por los aspectos jurídicos del contrato de trabajo (Marianne Weber, 1995: 169).

También en 1894, y en el contexto de las mismas preocupaciones hasta aquí mencionadas, Weber publicó un artículo no muy conocido sobre la Argentina, bajo el título de "Empresas rurales de colonos argentinos". Las investigaciones antes examinadas sobre las granjas de la Prusia oriental configuraban, como sostiene Ricardo Sidicaro, "la gran problemática, en cuyos aledaños y derivaciones secundarias debió surgir el interrogante que lo impulsó a explorar el caso entrerriano" (Sidicaro, 1995: 158).

Este texto sobre los colonos de Entre Ríos da cuenta de las ventajas comparadas del agro argentino en los mercados cerealeros mundiales, y de su mayor competitividad respecto, por ejemplo, del Este alemán. Para ello, remite no sólo a las consabidas condiciones de fertilidad de sus tierras —que influyen, pero no es lo que Weber quiere enfatizar como factor decisivo— sino fundamentalmente al carácter de su organización o estructura social, con su correspondiente "nivel cultural".

Como acotación, es interesante comentar que en el tercer tomo de El capital, corregido y publicado por Engels ese mismo año (1894), se menciona también la producción de las pampas argentinas y su competencia en los mercados cerealistas de Europa, la cual sí se atribuye en este caso a la fecundidad de sus tierras.2

En su artículo, Weber anota que la empresa agrícola del colono argentino supone un procedimiento extraordinariamente barato, pues está estructurada como una industria de temporada, que absorbe mano de obra durante tres o cuatro meses al año y la expulsa una vez utilizada sin asumir la menor responsabilidad ni preocupación por su sustento permanente. Pensando en Alemania, dice: "Para poder competir con economías como las descriptas, deberíamos poder descender y no ascender en el carácter de nuestra estructura social y en nuestro nivel cultural, llegando al nivel de un pueblo semibárbaro de baja densidad de población, como lo es Argentina" (Weber, 1995a: 180).

Para poder producir igual de "barato" en Alemania los trabajadores deberían olvidar sus necesidades culturales nacionales típicas de pueblo civilizado y sedentario, y acercarse a esa tipología de "bárbaros nómadas", y es lo que empieza a suceder en el Este con el ingreso de los trabajadores inmigrantes polacos. Por eso, si antes vimos que su propuesta es el cierre de las fronteras para frenar la inmigración eslava, en este caso el diagnóstico deriva en el llamado silencioso a proteger la economía nacional alemana. Esto lo hace calificando a la teoría del libre comercio mundial como "utópica" en tanto no exista un Estado universal y una igualdad absoluta del nivel cultural de la humanidad.

Otra vez el interés por lo nacional es lo que está presente: el objetivo político de la defensa de la nación alemana, que atraviesa todos estos escritos y que lo lleva a poner en tela de juicio el pensamiento internacionalista en todas sus tendencias, entre ellas la socialista.

[...] Es verdaderamente molesto ver que se polemiza acerca de hechos que son obvios e indiscutibles con una arrogancia que se encuentra de hecho solamente en el dialecto específico de una escuela de política económica que todavía no comienza a entender que las leyes económicas en las que cree dogmáticamente dependen de la condición totalmente irreal de la igualdad cultural internacional, el mismo error que comete el internacionalismo en todas sus formas, también el socialismo internacional (Weber, 1995a: 183).

Recordemos que fue precisamente Marx uno de los fundadores de aquella asociación obrera que personificaba el carácter internacional del movimiento y que buscaba poner en práctica la exhortación de 1848: "¡Proletarios de todos los países, uníos!". Hablamos de la I Internacional o Internacional Socialista, fundada en Londres en 1864. Marx fue el "alma" de la "Asociación Internacional de los Trabajadores", y redactó su Manifiesto Inaugural y los Estatutos Provisionales.

Pero en el artículo sobre Argentina no encontramos más que eso para ilustrar la relación teórica que queremos observar. En mayo de 1895, habiendo tomado posesión de la cátedra de Economía Política en la Universidad de Friburgo, pronunció su lección inaugural, que publicó bajo el nombre de El Estado nacional y la política económica. Aquí el autor encontró la oportunidad de exponer su punto de vista personal y "subjetivo" sobre fenómenos económicos y políticos.

En este trabajo Weber volvió a pronunciarse sobre los problemas agrarios del Este y reiteró sus exigencias al Estado. El tema general del texto es, en primer lugar, el del papel que desempeñan las diferencias raciales y psíquicas entre las distintas nacionalidades en su lucha económica por la existencia; y en segundo lugar, el del rol que le corresponde jugar en ello al Estado nacional.

A propósito de la provincia de la Prusia occidental, Weber se pregunta cuál es la razón de que alemanes y polacos, que concurren entre sí desde hace siglos sobre el mismo suelo y en situaciones iguales, tengan una desigual capacidad de adaptación a las condiciones económicas y sociales de vida. Y responde: esa diferencia en la capacidad de adaptación de ambos grupos nacionales obedece a "sus disímiles cualidades raciales físicas y psíquicas". Esto es lo que explica que lo polaco haya ido ganando terreno en los territorios del Este, produciéndose un "desplazamiento económico". "[...] A la raza eslava le proporcionaron la victoria sus pretensiones más modestas en cuanto al nivel de vida —en parte de índole material y en parte de índole ideal— con que la naturaleza la ha dotado o que le han sido inculcadas en el pasado" (Weber, 2003a: 24).

No es una mayor inteligencia para los asuntos económicos ni un capital superior lo que hace que los campesinos polacos reemplacen a los alemanes —expresa—, sino más bien lo contrario. Los polacos sufren menos las oscilaciones del mercado porque se conforman con producir para cubrir sus propias necesidades y tienen menos pretensiones en cuanto al nivel de vida.

Parece ser, pues, que estamos siendo testigos de un proceso de selección. Ambas nacionalidades se instalaron desde hace mucho tiempo en idénticas condiciones de vida. El resultado no ha sido como se lo imagina el materialismo vulgar, que las dos nacionalidades se han apropiado de las mismas cualidades físicas y psíquicas, sino que la una está cediendo ante la otra; que se está sobreponiendo aquella que posee una mayor capacidad de adaptación a las verdaderas condiciones de vida, económicas y sociales (Weber, 2003a: 26).

Contra la idea materialista de una determinación en última instancia de los procesos históricos por las condiciones materiales de vida, Weber introduce en este análisis la noción de "selección"; noción que, dicho sea de paso, se mantiene presente en su obra al punto de figurar entre los "conceptos sociológicos fundamentales" de su gran obra Economía y sociedad (1922).3 El autor imagina el escenario social como un espacio de permanente lucha del hombre contra el hombre (lo cual tiene una significación muy distinta a la del concepto marxista de "lucha de clases"). En esa lucha entre individuos por la existencia, que generalmente no es un combate abierto sino que queda oculta tras una "paz" aparente, opera un proceso de selección social. Apegado a la terminología del darwinismo social, Weber expone que, en el caso de la Prusia occidental, son las diferentes cualidades personales, caracteres físicos y psíquicos de ambas razas las que explican las disímiles capacidades de adaptación y, por lo tanto, el resultado de la "selección social" en esa lucha económica velada. Ahora bien, el desenlace de la selección no es necesariamente el triunfo de los mejores: aquí los campesinos alemanes "pierden la partida frente a una raza inferior" —escribe Weber, con un vocabulario indudablemente racista.

En cuanto al qué hacer ante la preocupante situación del Este, Weber reitera los consejos "nacionalistas" tendientes a mantener el germanismo de esos territorios, formulados años antes. Recomienda en primer lugar el cierre de la frontera oriental para "contener la inundación eslava", y en segundo lugar la compra sistemática de tierras por parte del Estado orientada a la colonización de campesinos alemanes en las fincas adquiridas y mejoradas por el Estado.

Pero avancemos sobre otros problemas tratados en el texto. El argumento "anti–materialista" sobre los motivos ideales del éxodo de los jornaleros alemanes, esgrimido en la investigación de 1892 sobre los trabajadores del Este, se repite de manera casi textual en El Estado nacional y la política económica. Los jornaleros alemanes emigran no por razones de tipo material ni por la nostalgia de las diversiones que ofrece la ciudad, sino que "alienta un fondo de primitivo idealismo". Los mueve uno de los instintos más primigenios que anidan en el pecho humano: el embrujo de la libertad —dice Weber. "Se trata aquí de un fenómeno de psicología de masas". Las perspectivas que ofrece el campo son las de una existencia proletaria, sin oportunidad ninguna de independencia, y a estas condiciones sólo pueden someterse los trabajadores de temporada polacos.

A propósito de la cuestión antes mencionada de la decisión política del cierre de las fronteras, descubrimos acá otra disputa con las tesis o presupuestos (simplificados y vulgarizados) del materialismo histórico: particularmente con la tesis de la "correspondencia" entre el poder económico y el poder político, o de la remisión de éste a aquel. Considerando que la inmigración beneficia a los grandes terratenientes, Weber dice: la frontera fue cerrada para proteger la nacionalidad durante el gobierno de Bismarck, a pesar de ser éste un gran terrateniente "con conciencia de clase". Tras su dimisión fue reabierta por el enemigo de los agricultores, en conformidad con los deseos de los terratenientes. "[...] Ello muestra que no siempre la 'posición económica de clase' decide en asuntos de política económica. Lo decisivo aquí fue el hecho de que el timón del Estado pasó de una mano fuerte a otra menos firme" (Weber, 2003a: 28).

En otras palabras, lo que afirma el autor es que no fueron intereses de clase —como postularía la visión económica de la historia— sino cuestiones de personalidad las que orientaron en este caso la política del Estado. Como hemos establecido en otro lado (Duek, 2007), la preocupación por la relación entre los órdenes económico y político es una constante en la reflexión weberiana.

Páginas más adelante Weber nos advierte del peligroso avance del punto de vista económico en todos los terrenos del pensamiento social (jurisprudencia, historia, ciencia política), y señala que dicho modo de interpretación se arriesga a sobrevalorar la importancia de sus propias perspectivas. En el contexto de estos razonamientos, y aunque sin pronunciar abiertamente el nombre de Marx, reprueba la concepción marxista del poder político.

Podemos decir que el marxismo clásico (Marx, Engels) coloca el fundamento del Estado en las relaciones de dominación de clase. Se plantea el problema de quién ejerce elpoderpolítico, y de tal forma produce una reversión radical del antiguo problema del fundamento del poder político (que se expresaba como problema de la "soberanía" y de su origen: ¿del pueblo, de Dios o de una combinación de ambos?) y de los términos de su legitimación.

En el texto que estamos analizando, la visión de Weber es contraria a esa representación. Para él las clases dirigentes pueden y deben poner los intereses permanentes del poder de la nación por sobre cualquier otra consideración. El Estado es el portador de los intereses de la nación. El Estado nacional es la organización terrenal del poder de la nación, y en él la razón de Estado constituye el criterio de valor último.

Según Weber, la moderna sobrevaloración de lo económico se equivoca al creer que "[...] el espíritu de solidaridad política sucumbiría ante intereses económicos divergentes del momento, y que incluso él mismo sólo sería un reflejo del sustrato económico propio de esos cambiantes intereses. En cierto sentido, esto es algo que sólo ocurre en épocas de un cambio social radical" (Weber, 2003a: 35).

Es cierto —dice— que la disposición para los intereses específicamente políticos no anida en general en la gran masa de la nación, ocupada en la lucha por la subsistencia. Pero en determinados momentos de excepción, en caso de guerra, también las masas toman conciencia de la importancia del poder nacional; entonces se pone de manifiesto que el Estado nacional se asienta sobre profundas bases psicológicas, aun en las capas económicamente oprimidas de la nación, y que de ningún modo se trata tan sólo de una "superestructura", de la forma de organización de las clases económicamente dominantes. Ocurre que, en épocas normales, ese instinto político se sumerge en la gran masa por debajo del umbral de la conciencia. En tal situación, la función específica de las clases económica y políticamente dirigentes de ser portadoras de la conciencia política es la única razón que puede justificar políticamente su existencia (Weber, 2003a: 36).

En síntesis Weber no sólo impugna a nivel teórico la tópica marxista de la infraestructura / superestructura (el Estado como instancia superestructural jurídica y política que se funda sobre la base económica), sino que además justifica para ciertas circunstancias el liderazgo político de las clases económicamente dominantes, en tanto son las de mayor "madurez" política.

Según Juan Carlos Portantiero, la crítica principal de Weber al paradigma marxista se vincula con esto. Al privilegiar el marxismo el conflicto entre clases por sobre el resto de los conflictos sociales se empobrece, para Weber, la posibilidad de conocimiento de la compleja articulación de la sociedad. Su proceso teórico, en cambio, avanzaría de lo político a lo económico.

Al analizar El Estado nacional y la política económica, Portantiero se detiene especialmente en la relación controvertida del autor con el enfoque marxista. Weber dice:

[...] Había asimilado la lección que acerca de la relación entre economía y Estado proporcionaba el desarrollo capitalista "tardío" de Alemania. La reflexión sobre esa revolución desde arriba encarnada en el "canciller de hierro" ("el Estado alemán no ha sido fundado por la fuerza autónoma de la burguesía") habrá de contribuir a alejarlo de concepciones teóricas calificadas como sociocéntricas —marxismo y liberalismo— y, de alguna manera, a invertir este esquema, pero no para fundar una metafísica del Estado sino una sociología de éste. El marxismo de la II Internacional y el liberalismo eran incapaces, en la percepción de Weber, de dar cuenta de situaciones del tipo de la expansión capitalista alemana de final es de siglo: habían sido pensados para (y en) momentos anteriores: típicamente la historia inglesa de las postrimerías del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. La distinción entre poder económico y poder político, con la posibilidad empírica de otorgar primacía al segundo sobre el primero —lo que será una clave central de su sociología— está afincada en el examen del "caso" alemán que, por otra parte, iba a ser mucho más regla que excepción en los procesos de desarrollo capitalista (Portantiero, 1982: 433).

Señalemos además que en la lección inaugural Weber es bastante explícito en lo concerniente a su posición política, a la cual no podemos dejar de prestar atención. Si uno de nuestros supuestos es que existe a la vez un debate teórico y una disputa política de Weber con Marx, y que las diferencias conceptuales entre ambos clásicos están determinadas en última instancia por sus desacuerdos políticos,4 creemos que esto se visualiza con bastante claridad en la publicación de 1895.

En efecto, aquí Weber se reconoce como un miembro de las clases burguesas: "Me siento como tal y he sido educado en sus principios e ideales". Y si bien admite que muchos sectores de la burguesía de Alemania no están aún completamente maduros para constituir la clase política dirigente de la nación, éste, el primero de sus "escritos políticos", es una llamada a la burguesía para que se convierta en la portadora de los intereses nacionales.

La clase obrera alemana —razona— no está ni madura políticamente ni en camino de estarlo. Todo el encono de Weber contra la socialdemocracia se manifiesta en este párrafo:

Políticamente está inmensamente menos madura de lo que quiere hacerle creer una camarilla de redactores de periódicos, que desearía alzarse con el monopolio de su liderazgo. En los círculos de estos descastados burgueses se es muy aficionado a jugar con reminiscencias de hace cien años, con lo que se ha logrado, en verdad, que aquí y allá algunos espíritus temerosos vean en ellos a los descendientes espirituales de los hombres de la convención francesa. Sólo que son infinitamente más inofensivos de lo que a ellos mismos les parece; en ellos no alienta ni la más mínima chispa de aquella energía catilinaria de la acción, ni, a decir verdad, tampoco el más tenue hálito del impetuoso apasionamiento nacional que se respiraba en dicha convención. Pobres figurines políticos es lo que son: les falta el fuerte instinto de poder de toda clase que se sienta llamada a ejercer el liderazgo político [...]. Y porque para una gran nación no hay nada más nefasto que el ser gobernados por hombres mezquinos políticamente incultos y porque el proletariado alemán no ha perdido aún este carácter, por eso somos adversarios políticos suyos (Weber, 2003a: 39–40).

Entonces, mientras que Marx escribe "desde el punto de vista del proletariado",5 Weber se declara —pocas veces tan explícitamente como aquí, es cierto— adversario político de esta clase. Esta diferencia en la posición política de los clásicos es, desde nuestra perspectiva, el punto de partida desde el cual pueden y deben entenderse las discrepancias teóricas, ya sean filosóficas, sociológicas, económicas o históricas.

Por último, cabe mencionar que en El Estado nacional y la política económica el autor expresó por primera vez, aunque sucintamente, sus convicciones sobre problemas de filosofía de la ciencia, anticipando su tesis posterior sobre la "neutralidad valorativa".

En este discurso, Weber critica la idea de los economistas de que la economía política como ciencia puede obtener desde sí misma criterios valorativos para guiar la política práctica. Para él no es posible obtener juicios de valor sobre los hechos económicos partiendo de conocimientos económicos sobre su objeto. Por el contrario, la economía política es a su modo de ver más bien una "servidora de la política". Weber aclara que no se trata de renunciar sin más a la valoración de los hechos económicos, que es muy necesaria, pero sí de insistir en la necesidad de que el investigador controle los juicios de valor, sepa conscientemente qué valoraciones está introduciendo y reconozca el carácter personal y subjetivo de sus opiniones.

En el contexto de estos razonamientos, Weber critica la posición eudemonista de los iniciadores de la economía política, que consideraban que el fin indiscutible y único de esta ciencia era el mejoramiento del "balance de placer", el cual requería mejorar la producción de bienes para aumentar la riqueza. Así, se situaba como primordial criterio de valor de la economía política —o se le identificaba directamente con él— el problema técnico–económico de la producción. Pero no es sólo a los viejos representantes de la economía política hacia donde se dirige su crítica. También cuestiona a quienes reconocen en la economía política una disciplina que debe preocuparse por el problema de la distribución de bienes, introduciendo valoraciones desde el punto de vista de la "justicia social".

Así explica Marianne Weber el contexto en el que se inscribían estas posiciones contra las que se manifiesta Weber:

Por entonces, la orientación dentro de las ciencias sociales era la siguiente: los "grandes ancianos", particularmente los fundadores ingleses de la economía política, consideraban que un aumento de placer, particularmente a través de un aumento de la riqueza —es decir, una promoción de la producción económica de bienes, a cualquier precio— era la meta evidente. Luego, cuando —bajo la protección de estos ideales— el "libre juego de las fuerzas" engendró un implacable afán adquisitivo, y se hizo manifiesta la explotación de quienes no poseían nada, la mayoría de los estudiosos jóvenes adoptó un enfoque distinto. Como hemos visto, se volvieron "socialistas académicos" [Kathedersozialisten]. Entonces, se consideró que la meta de la política económica era una distribución justa de los bienes, es decir, el cumplimiento de una obligación moral (Marianne Weber, 1995: 307–308).

Por último, mediante una lectura cuidadosa descubrimos que al enfatizar Weber la imposibilidad del conocimiento científico de proporcionar criterios para la acción, su blanco es también la teoría económica marxista (ya sea de Marx en particular o de los marxistas en gen eral).

Sucede que Marx y Engels, lejos de pretender una ciencia neutral, han elaborado sus conceptos desde una perspectiva de clase. Para decirlo en otros términos, han actuado en su práctica teórica como intelectuales orgánicos de la clase obrera. Como subraya Althusser, "[...] el pensamiento teórico de Marx hace cuerpo con su pensamiento político, y su pensamiento político con su acción, su lucha política, toda ella al servicio de la lucha de clases obrera internacional. Podemos ya decirlo con claridad: en sus obras teóricas, como en sus combates políticos, Marx nunca ha abandonado, desde sus primeros compromisos de 1843, el terreno de la lucha de clases obrera" (Althusser, 2003: 47).

El pensamiento de Marx se ha formado en el interior del movimiento obrero existente, y su análisis del capitalismo está intrínsecamente unido a su proyecto político. Buena parte de la obra de Marx constituye una "crítica de la economía política", crítica indisociable de un punto de vista de clase (proletario), crítica orientada a combatir la economía política "burguesa" y al mismo tiempo el capitalismo como modo de producción basado en la explotación de una clase por otra. Esto es justamente lo que inquieta a Weber: una economía política, si aspira a ser científica, no puede guiarse por ideales de modos de producción (comunista versus capitalista) ni puede procurar fundamentar objetivamente el rumbo político a seguir.

En verdad, los ideales que nosotros insertamos también en el objeto de nuestra ciencia no son algo específicamente suyo o de su propia elaboración, sino que son los viejos tipos generales de ideales humanos. Sólo quien ponga a su base el interés puramente platónico del tecnólogo, o quien, por el contrario, parta de los intereses actuales de una determinada clase, lo mismo da si dominante o dominada, puede querer extraer de ese mismo objeto un criterio para su valoración (Weber, 2003a: 33).

En síntesis, la postura de Weber es que la economía política no tiene que orientarse por ideales eudemónicos (la felicidad como bien supremo) ni por principios éticos (justicia) ni por intereses de clase de los que se desprenden juicios a favor o en contra de determinados modos de producción (caso del marxismo). Todo ello sería introducir en la investigación empírica las propias valoraciones prácticas. No obstante, Weber acepta un único criterio normativo: el criterio político de adopción de los ideales "nacionales".

No se trata —piensa— de analizar el desarrollo económico alemán desde arriba, desde la altura de los grandes Estados alemanes, y convertirse así en apologetas suyos, ni de hacerlo desde abajo, desde el punto de vista de las luchas de las clases en ascenso. Interpretando a Weber, Abellán observa:

En ambos casos se está cometiendo el mismo error, se está yendo más allá de lo que la ciencia como tal permite. En ambos casos, los historiadores analizan los fenómenos económicos con criterios y valores relativos a lo que esos fenómenos significan para el Estado, en un caso, o para una clase social en ascenso, y tienden a considerar como económicamente bueno o mejor lo que favorece a alguno de los dos actores mencionados [...]. La cuestión que subyace a la crítica de Weber es si la ciencia puede establecer o determinar valores, criterios de actuación, con carácter objetivo, si puede determinar que unos valores son mejores que otros o si una determinada opción política es mejor o más valiosa que otra. Para Max Weber, ya desde esa Lección de 1895, la ciencia no puede suministrar valores objetivos, no puede establecer desde ella misma que unos valores sean científicamente mejores que otros (Abellán, 1991: 21–22).

En conclusión, la reflexión de Weber da pie para cuestionar el carácter "científico" de los desarrollos económicos de Marx, o, cuando menos, para señalar el equívoco de la pretensión marxista de servir mediante la investigación teórica (económica) a la lucha política.

Y es que de hecho, como escribe Engels en 1886:

A El capital se le ha llamado a veces, en el continente, 'la Biblia de la clase obrera'. Nadie que conozca un poco el movimiento obrero negará que las condiciones expuestas en esta obra van convirtiéndose de día en día, cada vez más, en los principios fundamentales del gran movimiento de la clase obrera, no sólo en Alemania y en Suiza, sino también en Francia, en Holanda y en Bélgica, en Norteamérica y hasta en Italia y en España, y que por todas partes la clase obrera va reconociendo más y más en las conclusiones de este libro la expresión más fiel de su situación y de sus aspiraciones" (Engels, 1982: XXXII).

Esta fusión (o "confusión") de intereses teóricos y prácticos, científicos y políticos, es lo que no está dispuesto a aceptar Weber.

Examinemos ahora algunas ideas del trabajo "Las causas sociales de la decadencia de la civilización antigua", del que sabemos se publicó por primera vez en 1896 en el periódico La verdad. Se trata de un llamativo artículo histórico al que se le ha prestado escasa atención en la literatura secundaria, pero que nos atañe especialmente puesto que de él se ha dicho que es "un notable trabajo con influencias de la metodología marxista" (Pegoraro, 1999: 2).

En su análisis de las causas de la caída del Imperio romano, Weber refuta todas las hipótesis explicativas de la historiografía contemporánea. Sostiene que Roma no cayó debido a la invasión de los bárbaros y a su superioridad numérica ni tampoco por la incapacidad o errores de sus conductores políticos. La declinación de la cultura antigua no se debió a su sistema político, a su despotismo, a la inmoralidad y modo de vida derrochador de los círculos sociales más elevados. "Otros procesos más importantes que las culpas de los individuos" —dice el autor— fueron los que hicieron caer a la cultura antigua.

Tal fenómeno tampoco es atribuible a la descomposición de la familia tradicional ni a la "degeneración de la raza antigua", que sería, según ciertas hipótesis "darwinistas", el resultado del proceso de selección practicado en la recluta del ejército y que condenó al celibato a los más fuertes. Descartadas tales explicaciones, Weber piensa que el secreto del colapso del Imperio romano se encuentra en su sistema económico o bien, en términos más amplios, en las peculiaridades de la estructura social de la Antigüedad. Según Weber, "[...] todo el ciclo de su evolución cultural está estrictamente determinado por ellas" (Weber, 2000: 108–109).

La cultura antigua —sostiene— es una cultura de esclavos. Junto al trabajo libre de la ciudad existe el trabajo servil de la campiña, y este tipo de trabajo aumenta incesantemente en la Antigüedad, puesto que sólo el trabajo de los esclavos permite a los propietarios producir más de lo necesario para cubrir las necesidades, es decir, producir para el mercado. "Así pues, el propietario de esclavos se ha convertido en el soporte económico de la cultura antigua, y la organización del trabajo de esclavos constituye la infraestructura imprescindible de la sociedad romana, y en consecuencia, hemos de tratar con más detalle su carácter social" (Weber, 2000: 112).

Su economía de mercado dependía de una agricultura servida por la mano de obra esclava, lo que les permitía a los grandes terratenientes percibir rentas, vivir en la ciudad y practicar la política. Ahora bien, para que ese sistema funcionara, el látigo era una condición: los productores debían estar sometidos a una disciplina militar, la cual sólo podía asegurarse mediante la institución de los "cuarteles de esclavos", con lo que se privaba a los trabajadores no sólo de la propiedad sino también de la familia. Pero dado ese tipo de vida cuartelera que imposibilitaba el aumento natural de la población de esclavos, ¿cómo satisfacer la demanda de nueva mano de obra? La única forma era el aflujo regular de hombres al mercado de esclavos. Cuando Roma ya no pudo financiar con éxito las guerras de anexión, y por lo tanto proveerse de esclavos, su estructura económica sufrió cambios considerables, que explican lo esencial de la declinación del imperio. En la producción, el papel de los esclavos perdió importancia a favor de los campesinos, que, aunque con propiedad y familia, estaban sometidos a nuevas formas de servidumbre.

[...] El colono se había convertido ya en un siervo que cultivaba la tierra conferida por el señor y, en compensación, estaba obligado a determinadas prestaciones. Y este cambio económico en la situación del colono produjo enseguida un cambio jurídico anexo, en el cual se expresa también, formalmente, esta manera de considerar al colono como una fuerza de trabajo adscripta al señorío: la sujeción a la gleba (Weber, 2000: 115).

Al perder importancia el trabajo esclavo se hacía imposible la producción para la venta. La transformación entonces resultó en la declinación de la economía de mercado y de las ciudades romanas, y en la creciente importancia de una economía natural autosuficiente. La caída del Imperio romano tuvo como causa principal —según el análisis del joven Weber— la descomposición de la economía comercial basada en la mano de obra esclava y su reemplazo por una economía natural con mano de obra servil, en la que la satisfacción de las necesidades del señor por el trabajo es la finalidad cada vez más predominante.

La política del avejentado imperio requería cobrar impuestos en dinero, principalmente para mantener la burocracia profesional y el ejército permanente que necesita todo gran Estado de tierra adentro. Pero eso chocaba con la incapacidad económica de los poseedores —que producían únicamente para sus necesidades— de contribuir con entregas en dinero.

La caída del Imperio fue la forzosa consecuencia política de la desaparición gradual del comercio y del consiguiente crecimiento de la economía natural. Y, en esencia, tan sólo significó el desmontaje de aquel aparato administrativo, y, por tanto, de la superestructura política de un régimen de economía de dinero, que ya no concordaba con la infraestructura económica que vivía en un régimen de economía natural (Weber, 2000: 120).

Hasta aquí el razonamiento del autor. Admitamos que el enfoque general del ensayo, y más precisamente el uso de ciertos términos por parte de Weber, no deja de resultarnos sorprendente, a la luz de sus otros trabajos. Aunque no haya alusión alguna a Marx o a autores marxistas, constatamos que el tipo de análisis presente aquí se acerca al de estos autores más de lo que lo hace Weber en cualquiera de sus otras obras. En sus pocas páginas, el trabajo nos ofrece una perspectiva mucho más "estructural" que la que va a proponer años después para la sociología con su "método individualista". Lejos de enfocar el problema a partir de la comprensión de la acción de los individuos, el autor desecha las hipótesis individualistas y escarba en las características de la "estructura social". Alude a "procesos": "procesos más importantes que las culpas de los individuos".

Además, es en las condiciones económicas donde encuentra Weber la clave de la evolución cultural de la civilización antigua. El trabajo esclavista —dice— es la "infraestructura imprescindible" de la sociedad romana, por eso su declinación es el fundamento de la declinación del Imperio. La superestructura política se modifica, según su análisis, al cambiar la infraestructura económica. También las relaciones jurídicas cambian como efecto del cambio económico.

El manejo de los conceptos de infra y superestructura, incluso sin entrecomillado alguno, llama la atención, sobre todo teniendo en cuenta los argumentos que en 1895 (El Estado nacional y la política económica), o sea un año antes de esta publicación, Weber había esgrimido contra la consideración de la política como "superestructura".

Esta diferencia de posición en ambos textos tan próximos en el tiempo nos hace pensar que probablemente "Las causas sociales de la decadencia de la civilización antigua" no haya sido escrito por Weber en 1896, fecha de su edición, sino unos años antes. Si bien no hemos podido confirmar absolutamente este supuesto, contamos con un dato aportado por Giddens, según el cual este escrito histórico inicial sería anterior a la publicación del trabajo sobre la condición del campesino al este del Elba, en 1892 (Giddens, 1994: 208).

La explicación de Weber de "La decadencia de la cultura antigua" por causas fundamentalmente económicas y no políticas, militares, morales o psicológicas, es lo que lleva a Stanislaw Kozyr–Kowalski a estimar que hasta el momento de este escrito Weber se hallaba "bajo la abrumadora influencia del materialismo histórico" y que aceptaba abiertamente la tesis de la determinación de las formas de cultura por las condiciones económicas. Pero —agrega— interpretaba esta tesis en forma muy similar a como lo hacían los teóricos de la socialdemocracia alemana. En consecuencia, la mayoría de las objeciones que luego planteó Weber a la teoría marxista son pertinentes también para su propio análisis del colapso de la civilización romana.

Por otra parte, también Anthony Giddens advierte una proximidad entre el planteamiento de Weber en este texto y las ideas de Marx. La explicación que da Weber de la decadencia de Roma —sugiere— "[...] tiene muchísimo en común con la descripción sucinta que Marx había trazado de aquellos mismos acontecimientos" (Giddens, 1994: 208). Pero, lejos de hablar como Kozyr–Kowalski de enorme "influencia", Giddens acota que Weber llegó a ese resultado sin conocer la obra de Marx en la que aparecen las partes más importantes de su descripción de la desintegración del Imperio romano: los Grundisse. Además, Giddens estima que hay en Weber, desde sus primeras obras, una convicción de que deben rechazarse todas las formas de determinismo económico burdo.

Conclusiones

Habiendo hecho este análisis pormenorizado de la orientación de los trabajos de Weber en esta primera etapa de su producción (1889 a 1898) y de los aspectos de su biografía y contexto histórico que nos ayudan a comprender sus posiciones políticas, estamos en condiciones de responder algunas interrogantes: ¿Es válida la afirmación de Parsons de que los primeros estudios tienen un "sesgo materialista bastante claro"? ¿Podemos sostener con Kowalski que hasta 1896 Weber estuvo bajo la "abrumadora influencia del materialismo histórico"? O por el contrario, ¿coincidimos con Gerth y Mills en que a principios de los años noventa Weber se opuso al materialismo histórico desde una postura de simple rechazo?

En otras palabras, con los elementos que tenemos y hemos ido exponiendo en estas páginas, ¿cómo podemos caracterizar certeramente la relación de Weber con el autor del Manifiesto Comunista en este periodo?

El único texto en el que advertimos alguna similitud con el tipo de lectura materialista de la historia es el breve artículo "Las causas sociales de la decadencia de la civilización antigua", del cual no sabemos con exactitud cuándo fue escrito, pero sospechamos que es anterior al resto de los trabajos analizados. En sus párrafos se utilizan acríticamente conceptos claves de la teoría marxista, los cuales serán puestos en cuestión repetidamente en el resto de su obra. Pero exceptuando este texto atípico, no percibimos en la producción temprana de Weber ningún fuerte influjo del materialismo. Más bien lo contrario.

Ya en La situación de los trabajadores de las granjas al este del río Elba, publicado en 1892, Weber inicia, por así decirlo, su diálogo polémico con Marx, cuando desdeña lo que él define como un punto de vista "unilateralmente materialista" en la explicación del desplazamiento de los jornaleros alemanes. En contraposición a ello, él pone el acento para la imputación causal del fenómeno en motivos psicológicos: el "instinto de libertad".

Dos años después, en el nuevo estudio sobre la situación de los trabajadores de los campos mencionado por su mujer, el autor usa material empírico para "ilustrar las limitaciones de la visión económica de la historia", según la expresión de Marianne. El mismo año, en Empresas rurales de colonos argentinos critica el internacionalismo en todas sus formas, incluido el internacionalismo socialista.

Finalmente, El Estado nacional y la política económica representa el texto de esta fase en el que la disputa con Marx adquiere mayores dimensiones. Aquí Weber insiste en los motivos ideales del éxodo de los campesinos, y presenta la historia como una lucha entre individuos en la cual el resultado depende de cualidades físicas y psíquicas de las razas ("selección social"), distanciándose claramente de las explicaciones del materialismo histórico. Plantea objeciones a la "sobrevaloración" de lo económico propia de esta corriente y refuta asimismo su concepción del Estado como forma de organización de las clases dominantes, es decir, como "superestructura". Por último, introduce una discusión "epistemológica" afirmando la inhabilitación de la investigación científica para proveer ella misma criterios o ideales para la acción, en alusión (entre otras) a la "economía política marxista", que se orienta por los intereses de la clase dominada e intenta fundamentar de manera objetiva la práctica política.

Tengamos en cuenta, por último, que las posiciones políticas de Weber son liberales y esencialmente nacionalistas, arraigadas en el deseo de ver a Alemania convertirse en una gran potencia.6 Él mismo se reconoce en uno de los textos como adversario político de la clase proletaria, clase a la que Marx en cambio pretendía representar.

En síntesis, concluimos que existe ya en esta primera etapa una referencia recurrente a las ideas de Marx y una polémica (sobre todo hacia el final) con este gran pensador, aunque en general no de manera absolutamente explícita.

Para arribar a este resultado —advirtámoslo— ha sido necesario examinar el conjunto de las obras disponibles y no reflexiones aisladas de uno u otro escrito, cosa que puede conducir al lector de Weber a sacar conclusiones apresuradas y no suficientemente fundadas. Nuestro propósito es captar, mediante el recorrido por los diversos textos, el sentido gen eral del vínculo intelectual que nos preocupa.

La disparidad de opiniones de los comentaristas mencionados respecto de la índole de la relación que Weber establece con Marx en su etapa inicial puede obedecer, en parte, a que tienen en mente diferentes obras, y en referencia a ellas formula cada uno sus aseveraciones. Así, cuando Parsons se refiere a la preocupación de Weber en sus primeros estudios por los factores "materiales", hace mención de su tesis doctoral y de Las condiciones agrarias en la Antigüedad; Kozyr–Kowalski basa su reflexión en "Las causas sociales de la decadencia de la civilización antigua"; mientras que Gerth y Mills al subrayar la oposición de Weber al materialismo histórico están pensando en el trabajo sobre los campesinos del este del Elba y en El Estado nacional y la política económica.

Aclaremos que decir que puede identificarse en esta fase de la producción weberiana una cierta controversia con el marxismo no significa sostener que eso sea el núcleo estructurador del pensamiento temprano de Weber.

Como afirma Giddens:

Sería una inmensa simplificación del medio intelectual en que Weber escribió, suponer que estas opiniones se desarrollaron en su pensamiento simplemente dentro del contexto de un encuentro con el marxismo. Al escribir sus primeras obras Weber tomó como punto de partida la problemática contemporánea que predominaba en la corriente principal de la jurisprudencia y de la historia económica alemana. El interés que pronto mostró Weber por Roma refleja la controversia de su tiempo sobre las causas de la decadencia económica romana. Su investigación sobre los trabajos agrícolas de Alemania oriental forma parte de un voluminoso estudio llevado a cabo por los miembros de Verein für Social politik, cuyo origen está en la preocupación por problemas de importancia política práctica [...]. Sin embargo hay que reconocer que las conclusiones a que llegó Weber en estos primeros estudios canalizaron cada vez más su interés hacia los temas que lo pusieron en relación directa con los campos donde se concentraba el pensamiento marxista: en concreto, las características específicas del capitalismo moderno y las condiciones que rigen su aparición y desarrollo (Giddens, 1994: 211–212).

Por último, y aunque ya fuera del objeto de este acotado artículo, señalemos que la controversia de Weber con el marxismo no es privativa de esta etapa, sino que, como hemos estudiado en otro lado (Duek, 2007), el consabido "diálogo" con Marx tiene una presencia constante en la reflexión weberiana, atravesando toda su producción, desde el estudio sobre los trabajadores de las granjas de 1892 hasta el curso de historia económica de su último año de vida:

Su relación crítica y de polémica con el pensamiento de Marx y Engels se manifiesta tempranamente en sus escritos de juventud y se repite en el resto de las etapas. En consecuencia no cabe proponer una periodización fuerte de la obra de Weber en función de esta actitud, en el sentido de, por ejemplo, identificar un periodo con inclinación materialista y otro antimaterialista, o etapas de interés por el marxismo y etapas de indiferencia, etc. Sólo es posible marcar diferencias de intensidad. La disputa teórica con Marx alcanza su pico máximo entre 1904 y 1907, concretamente con la redacción de La "objetividad" cognoscitiva de la ciencia social, La ética protestante y el espíritu del capitalismo y La "superación" de R. Stammler de la concepción materialista de la historia, en tanto la confrontación política con los socialistas marxistas es más intensa en los escritos políticos de 1917 a 1919 (Duek, 2007: 253).

Para terminar, no podemos dejar de indicar que, lejos de evidenciar un conocimiento profundo de la obra de Marx,7 el debate de Weber está dirigido a ciertas ideas fundamentales y muy difundidas del pensamiento marxista, como son su interpretación materialista de la sociedad y la historia, la figura de la infraestructura y superestructura, el papel de la lucha de clases en el desarrollo histórico o las expectativas respecto de una sociedad socialista. Además, a pesar de que tiene al marxismo como permanente interlocutor intelectual, Weber interpreta algunas de sus tesis de manera un tanto simplificada o sin llegar a comprender cabalmente la complejidad de este pensamiento.

A diferencia de las lecturas de algunos intérpretes, nuestro examen del conjunto de la producción weberiana alega que no es que Weber rechace la versión vulgarizada del marxismo que era común en el cambio de siglo, para rescatar la formulación original y librarla de la tergiversación, sino que más bien no distingue entre ambos planteamientos y los trata de manera indiferenciada. En ocasiones, es la lectura que hace Weber del pensamiento marxista, sobre todo de su tesis sobre la determinación económica "en última instancia", la que resulta mecanicista o simplista; pero ni el propio Marx ni Engels, como lo demuestran sus cartas, aceptarían esa interpretación dogmática de las tesis del materialismo histórico.

Bibliografía

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Notas

1 En su análisis de la derrota de junio de 1848, Marx dice: "Los obreros franceses no podían dar un solo paso adelante, ni tocar un solo cabello del régimen burgués, antes que la masa de la nación, colocada entre el proletariado y la burguesía, el campesinado y la pequeña burguesía levantados contra ese régimen, contra la dominación del Capital, no haya sido obligada por la marcha de la revolución a unirse a los proletarios como a su vanguardia" (1973: 56). Y Engels, en la introducción de 1895 sostiene que incluso en Francia, donde las condiciones son mucho más favorables para un golpe insurreccional que en Alemania, "[...] los socialistas comprenden cada vez más que para ellos no puede haber una victoria duradera posible, antes de ganar a la gran masa del pueblo, es decir, allí, los campesinos" (1973: 24).

2 "Pero todo es perecedero. Las líneas transoceánicas de navegación y los ferrocarriles indios, norte y sudamericanos pusieron a grandes extensiones alejadas de tierras en condiciones de competir en los mercados cerealistas de Europa. De una parte, a las praderas norteamericanas y a las pampas argentinas, estepas que la misma naturaleza se había encargado de convertir en fecundas tierras para el arado, tierras vírgenes que podían dar durante años abundantes cosechas aun con métodos primitivos de cultivo y sin el empleo de abonos. [...] Una parte de la tierra de Europa quedó definitivamente eliminada de la competencia en el cultivo de cereales [...] (F.E.)" (Marx, 1982b: 673–674).
3 Allí define la selección como la lucha latente por la existencia (por las probabilidades de vida y de supervivencia) que tiene lugar entre individuos o tipos de individuos. Toda lucha y competencia típicas y en masa —agrega luego— llevan a la larga "a una 'selección' de los que poseen en mayor medida las condiciones personales requeridas por término medio para triunfar en la lucha" (Weber, 1999: 31).
4 Subrayamos la expresión "en última instancia", pues esa determinación está lejos de ser mecánica, inmediata o directa. En otras palabras, no pretendemos que las posiciones teóricas sean una mera consecuencia directa de las posturas políticas, pero tampoco creemos que sean absolutamente autónomas. Desde nuestro punto de vista, la práctica teórica tiene "autonomía relativa" respecto de las demás prácticas sociales.
5 En El capital y también en obras anteriores, Marx encaró la crítica a la economía "burguesa", crítica que representa —según sus palabras— a la clase que tiene como misión histórica trastocar el modo de producción capitalista y finalmente abolir las clases: el proletariado (véase el Epílogo a la segunda edición de El capital. Crítica de la economía política, tomo I).
6 A partir de ciertas reflexiones de Weber sobre la realidad alemana, algunos autores incluso han utilizado el término "imperialista" para calificar su orientación. Gerth y Mills, por ejemplo, afirman que: "[...] A mediados de los años noventa, Weber era un imperialista, defendía los intereses de poder del estado nacional como valor definitivo y empleaba el vocabulario del darwinismo social" (Gerth y Mills, 1972: 48). Max Weber se manifestó en varias oportunidades a favor de una enérgica política de potencia mundial por parte de Alemania. En 1897, en ocasión del primer proyecto naval alemán, dijo: "Únicamente la falta absoluta de visión política y el optimismo ingenuo pueden desconocer que las inevitables tendencias expansionistas político–comerciales de los pueblos civilizados burgueses, conducen, tras un periodo de competencia aparentemente pacífica, de nuevo a la encrucijada en que sólo la fuerza decidirá el grado de participación de cada nación en el dominio de la tierra y con ello también el radio de acción de su población, especialmente de su clase trabajadora" (citado en Mommsen, 1973: 13). En efecto, era un argumento predilecto de los políticos de la época asociar el nivel de vida de las masas trabajadoras con el éxito o fracaso de la política expansionista. El erudito Wolfgang Mommsen ha llamado a esto variante "socialista" del imperialismo o "imperialismo progresista": se consideraba que el imperialismo ofrecía a la burguesía alemana la posibilidad de satisfacer las aspiraciones de la clase obrera evitando los conflictos internos.
7 Algunas de las obras de Marx y Engels se publicaron después de la muerte de Weber (Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Manuscritos económico–filosóficos, La ideología alemana, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política). Pero además de este hecho, que obviamente determina el conocimiento parcial o fragmentario del conjunto de la producción de Marx y Engels, de los escritos que Weber pudo haber conocido, en su obra sólo menciona explícitamente El Manifiesto Comunista, Miseria de la filosofía, El capital y El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. E incluso cabe decir que el conocimiento de éstos es disímil. Si de la conferencia sobre El socialismo (Weber, 2003c) se deduce que Weber hizo una lectura detenida del Manifiesto, no podemos asegurar lo mismo respecto de El capital, la obra de mayor alcance teórico de Marx.






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