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domingo, 20 de marzo de 2016

Luciana Guerra : El amor libre: un problema político en el pensamiento de Alejandra Kollontai

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El amor libre: un problema político en el pensamiento de Alejandra Kollontai






Por : Luciana Guerra 

(CONICET/CINIG-IDIHCS/FAHCE)
VIII Jornadas de Investigación en Filosofía.Departamento de Filosofía. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Universidad Nacional de La Plata









 “El amor es el opio de las mujeres”. 
Kate Millet



Introducción


En el siguiente trabajo, me propongo hacer una primera aproximación a la noción de “amor libre” o “amor camaradería” desarrollada por Alejandra Kollontai (1872-1952). El objetivo central que orienta estas reflexiones es poner de manifiesto el rol protagónico que para dicha autora tiene el amor en la vida política no sólo para la construcción de las relaciones igualitarias entre los sexos, sino también para la sociedad en general. Al mismo tiempo, me propongo analizar el enfoque desde el cual Kollontai concibe al amor destacando los factores psico-sociales y políticos que atraviesan sus formulaciones.

Lo personal es político

Para Kollontai, el amor, si bien en los primeros grados de desenvolvimiento de la humanidad era un fenómeno biológico (instinto de reproducción), con el correr de los siglos pasó a convertirse en un sentimiento de mayor complejidad y de carácter netamente social y psicológico.

Kollontai denominó “Eros sin alas” al amor como mero instinto biológico de reproducción y “Eros alado” al amor como fuerza psico-social. En sus palabras

“Ha llegado el momento de reconocer abiertamente que el amor no es solamente un poderoso factor de la Naturaleza, que no es únicamente una fuerza biológica, sino también un factor social. Lo cierto es que el amor en sus diferentes formas y aspectos, ha constituido en todos los grados del desenvolvimiento humano una parte indispensable e inseparable de la cultura intelectual de cada época. Hasta la burguesía, que reconoce algunas veces que el amor es “un asunto de orden privado”, sabe en realidad cómo encadenar el amor a sus normas morales para que sirva al logro y afirmación de sus intereses de clase”.(1)

Como podemos ver en la cita anterior, Kollontai rechaza la idea de que el amor sea de carácter netamente biológico, es decir, que no esté atravesado por condicionamientos culturales. Se opone de esta forma a la ideología que pretende hacer pasar al amor como producto de leyes naturales necesarias. Ya que de ser así, las relaciones de amor sexuales estarían sujetas a leyes respecto de las cuales los seres humanos no podrían más que acatarlas pasivamente. Pero Kollontai observa que el amor no ha sido siempre igual a sí mismo a lo largo de la historia ni en diferentes culturas. Por lo cual realiza un estudio histórico de las distintas nociones de amor que se expresaron en diversas sociedades para probar que el amor o el “Eros alado” es indisociable de la intelectualidad de cada época. Con esta afirmación, no sólo está resaltando el carácter histórico y cambiante del amor, sino también que su organización o estructuración está configurada por los juicios, valores, creencias e intereses de cada época y de cada cultura. De esta forma, se aparta de posicionamientos deterministas o biologicistas para defender una mirada constructivista del amor.

En un escrito de su autoría titulado Un poco de Historia Kollontai hace un recorrido histórico analizando las distintas nociones de amor que operaron en las sociedades patriarcal, antigua, feudal y burguesa para luego proponer el tipo de amor que debería promoverse en la nueva sociedad comunista. De esta manera fundamenta su afirmación respecto de que la cultura es la que establece las reglas que determinan cuándo y en qué condiciones el amor es legítimo y cuándo no lo es.

Para la autora, el amor cobra significado social por medio de las normas culturales que lo moldean. Las sociedades definen qué es normal y qué no lo es respecto de las relaciones eróticas. De esta manera es transmitido y divulgado en los procesos de socialización. Si el amor se educa, si está determinado por la cultura, no es posible, a los ojos de Kollontai, considerarlo un problema de orden privado. Por el contrario, el amor es un problema público. Con esta afirmación, vemos cómo la consigna del feminismo de la segunda ola que afirma que “lo personal es político”, aparece anticipada en su pensamiento. El amor, en tanto sentimiento social, no sólo nos informa de los valores de la persona involucrada emotivamente. Como vimos, el amor también tiene mucho que decir respecto de la intelectualidad cultural de cada época y de las relaciones de poder que lo atraviesan. Es decir, la noción de amor que cada sociedad construye y transmite se define desde una ideología. Por eso, el amor es indisociable del ideal a partir del cual se lo valora y concibe. Es por eso que la concepción que parece operativa en el pensamiento de Kollontai respecto del amor es cognitivista y constructivista. El amor es un sentimiento social, histórico, por tanto cambiante, cuya valoración moral varía según la ideología y los intereses a partir de los cuales se lo reglamente. Según la normatividad que lo estructure, el amor puede servir para construir relaciones amorosas igualitarias u opresivas. Pero eso no depende de los individuos aislados, sino, de la sociedad en su conjunto.

La crítica que lleva adelante respecto del ideal del amor burgués tiene como centro la visibilización de la moral sexual que estructura las relaciones entre los sexos situando a la mujer en un lugar de subordinación. Consciente de que no sólo por cuestiones económicas eran oprimidas las mujeres, sino también por cuestiones de sexo, la dirigente rusa emprendió una batalla política e ideológica para lograr una transformación profunda de la psicología humana que dé nacimiento no sólo al “hombre nuevo”, como Marx sostenía, sino también, a la “mujer nueva”.

La sujeción femenina se debe, en gran medida, al carácter devorador del amor burgués y su doble moral sexual que promueve la renuncia del propio yo de las mujeres En sus palabras:

“Estamos acostumbrados a valorar a la mujer, no como una personalidad, con cualidades y defectos individuales, independientes de sus sensaciones psicofisiológicas. Para nosotros la mujer no tiene valor más que como accesorio del hombre. El hombre, marido o amante, proyecta sobre la mujer su luz; es él, y no ella misma, a quien tomamos en consideración como el verdadero elemento determinante de la estructura espiritual y moral de la mujer. En cambio, cuando valorizamos la personalidad del hombre hacemos por anticipado una total abstracción de sus actos con relación a las relaciones sexuales”.(2)

La agudeza del análisis de Kollontai muestra cómo, la moral sexual, es intrínseca a la experimentación misma del amor. La moral determina qué experiencias son adecuadas y cuáles. Kollontai observaba cómo, las mujeres, eran educadas para que el centro de su vida sea el amor. Pero como vimos, cada sociedad tiene un ideal de amor, una noción de amor que regula las experiencias amorosas.

Lo que Kollontai visibilizaba era la doble moral (podríamos agregar que sigue siendo doble), ya que ante acciones idénticas, se juzga de manera diferente según el sexo de la persona que protagonice el acto. El disciplinamiento sexual recae con toda su fuerza, fundamentalmente, sobre las mujeres. La “pureza”, por ejemplo, es considerada una virtud femenina. Si una mujer tiene relaciones sexuales con quienes desea, cuantas veces quiera, es condenada moralmente. Cosa que no ocurre con los varones, por el contrario, cuantas más mujeres “conquiste” sexualmente un varón, más estatus de virilidad obtiene.

Observamos una continuidad de esta línea de pensamiento en Simone de Beauvoir. Tomando como marco de análisis la dialéctica del amo y el esclavo, Beauvoir afirma que el Sujeto, lo Uno, es exclusivamente masculino y lo femenino aparece en el lugar de lo Otro absoluto. En sus palabras:

“La Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él, no la considera como un ser autónomo. “La mujer, el ser relativo”…, escribe Michelet. (…) El hombre se piensa sin la mujer. Ella no se piensa sin el hombre”. Y ella no es otra cosa que lo que el hombre decida que sea; así se la denomina “el sexo”, queriendo decir con ello que a los ojos del macho aparece esencialmente como un ser sexuado: para él, ella es sexo; por consiguiente lo es absolutamente. La mujer se determina y se diferencia con relación al hombre, y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, él es lo absoluto; ella es lo Otro”.(3)

Esta situación de sujeción de las mujeres es rechazada por Kollontai tanto desde un punto de vista moral, como político y antropológico. Aspectos que se entrelazan en un proyecto ideológico basado en la dominación. En este entramado de relaciones jerárquicas, el amor es crucial tanto para la vida moral como política y fundamentalmente para la constitución subjetiva de los seres humanos. Ya vimos cómo Kollontai cuestionaba el encadenamiento del amor a las normas morales burguesas que convertían al amor en un instrumento de opresión.

 En disidencia por un lado, con la moral burguesa, que hoy bien podríamos llamar patriarcal, y de la fuerte tendencia de sus camaradas respecto a devaluar el valor del amor tanto en la vida moral como en la política, Kollontai sostiene el rol irremplazable del amor como fuerza psicosocial para la construcción de la comunidad socialista.

La posibilidad de un cambio radical de la psicología humana depende de que los lazos sociales encuentren su fundamento en lo que Kollontai denominó “amor camaradería”. El “Eros de alas desplegadas” tiene que formar parte del proyecto socialista porque sólo a través de la erotización (en sentido amplio, no sólo sexual) de las relaciones humanas es posible la solidaridad y el respeto de la individualidad de todas y todos sus integrantes. La noción de amor aparece en esta perspectiva como una fuerza que une a las personas. Pero para que esta unión sea liberadora debe basarse en los principios de solidaridad, cuidado y respeto de los integrantes de la comunidad.

“La nueva sociedad comunista está edificada sobre el principio de la camaradería, de la solidaridad. Pero ¿qué es la solidaridad? No solamente debemos entender por solidaridad la conciencia de la comunidad de intereses: la solidaridad la constituyen también los lazos sentimentales y espirituales establecidos entre los miembros de una misma colectividad trabajadora. El régimen socialista edificado sobre principios de solidaridad y colaboración exige, sin embargo, que la sociedad en cuestión posea desarrollada en alto grado, “la capacidad de potencial de amor”, es decir, la capacidad para sensaciones de simpatía.

Si estas sensaciones faltan, el sentimiento de camaradería no puede consolidarse. Por eso intenta la ideología proletaria educar y reforzar en cada uno de los miembros de la clase obrera sentimientos de simpatía ante los sufrimientos y las necesidades de sus camaradas de clase. También tiende la ideología proletaria a comprender las aspiraciones de los demás y a desarrollar la conciencia de su unión con los otros miembros de la colectividad. Pero todas estas “sensaciones de simpatía”, delicadeza, sensibilidad y simpatía, se derivan de una fuente común: de la capacidad para amar, no de amar en un sentido propiamente sexual, sino del amor en un sentido más amplio de esta palabra. El amor es un sentimiento que une a los individuos”.(4)

De la cita expuesta con anterioridad podemos ver la validación del amor en la moralidad ya que no hay posibilidad de relaciones solidarias sin que estén atravesadas por el sentimiento de amor en sentido amplio. Sin un compromiso emocional con las necesidades y sufrimientos de las otras personas, la solidaridad se convierte en un mandato moral vacío y frágil. La educación es fundamental en la estimulación de vínculos solidarios. Pero en el pensamiento Kollontai, la moral no se construye desde un frío cálculo racional, sino, por el contrario, desde la emotividad que constituye su propio cuerpo. La moralidad es el producto de una emoción pensante; de una intelectualidad erótica. Razón y emoción no son entendidos como polos opuestos. La columna vertebral del amor es un juicio o un conjunto de juicios de valor y principios construidos culturalmente que producen una moralidad en consonancia con un proyecto político y social.

Los seres humanos no son pasivos respecto de las emociones, sino que por el contrario, las mismas son producidas por la cultura. Esta producción no radica en producir las emociones en sí, es decir, la cultura no crea el odio, o el amor o la gratitud. Lo que hace la cultura es darle estructura, sentido, significado, intencionalidad. La cultura organiza las emociones. Desde pequeñas/os se nos enseña a sentir asco por determinadas cosas y no por otras. Qué es lo que hay que odiar, qué es lo que hay que desear, qué objetos o personas nos deben dar asco, que situaciones merecen gratitud, etc. Y qué sea digno de odio, o de amor, depende de la escala de valores, la ideología y la concepción de ser humano desde donde se esté evaluando.(5)

En ese sentido, es oportuna una cita de Kollontai donde expone, con total claridad, tanto el lugar fundamental del amor, como de las transformaciones necesarias de esta emoción para la realización de su proyecto de emancipación de las mujeres y de la sociedad en su conjunto.

“Si logramos que de las relaciones de amor desaparezca el ciego, el exigente y absorbente sentimiento pasional; si desaparece también el sentimiento de propiedad lo mismo que el deseo egoísta de “unirse para siempre al ser amado” si logramos que desaparezca la fatuidad del hombre y que la mujer no renuncie críticamente a su “yo” no cabe duda que la desaparición de todos estos sentimientos harán que se desarrollen otros elementos preciosos para el amor. Así se desarrollará y aumentará el respeto hacia la personalidad del otro lo mismo que se perfeccionará el arte de contar con los derechos de los demás; se educará la sensibilidad recíproca y se desarrollará enormemente la tendencia de manifestar el amor no solamente con besos y abrazos, sino también con una unidad de acción y de voluntad en la creación común”.(6)


Conclusiones


 “La moral es la gramática del deseo”. 
Alejandra Pizarnik


Este recorrido por el pensamiento de Kollontai sobre el amor, permite destacar el valor cognitivo que le da al mismo en la experiencia moral. La “capacidad de amar” es, a los ojos de Kollontai, condición necesaria para la construcción de lazos morales basados en la solidaridad y el respeto de las otras y los otros. El “Eros alado” es la emoción social que garantiza la consolidación de los sentimientos de simpatía. De esta forma, podemos afirmar que para Kollontai, los sentimientos de simpatía respecto de los sufrimientos de las otras y los otros son la columna vertebral de la agencia moral.

Cabe señalar que el amor, en Kollontai, al ser una fuerza psico-social, puede ser utilizado por la cultura tanto para consolidar un orden esclavizante, como para la construcción de una sociedad igualitaria. Es por ello, que la validación moral del amor en el pensamiento de Kollontai depende del principio que lo configure y estructure. Ya vimos cómo el amor y la moral burguesa son rechazados por la dirigente socialista. El principio rector de los mismos es la valoración de las relaciones de propiedad y la desigualdad entre los sexos. El amor no es validado en el pensamiento de Kollontai por sí mismo, desde un abordaje metafísico. Por el contrario, es fundamental el abordaje contextual y político del mismo. La noción de amor que Kollontai defiende es la que se basa, como vimos, en el principio de solidaridad y de respeto de la individualidad de cada ser humano. El “amor camaradería” o “amor libre” aparece como el fundamento de la moral proletaria propuesta por Kollontai. La validación del mismo se inscribe en la dimensión política de su pensamiento moral. La noción de amor libre, permite construir relaciones igualitarias y terminar con la sujeción psicológica de las mujeres respecto de los varones.

Cabe destacar que una de sus batallas centrales al interior del partido, fue la de defender el desarrollo del “potencial de amor” para la configuración de las relaciones morales, en oposición a quienes sostenían que los problemas emocionales, afectivos,eróticos, en suma, amorosos, eran problemas secundarios y de nula relevancia política.

En una carta a un joven camarada sostiene:

“La tarea de la ideología proletaria no es pues, separar de sus relaciones sociales al “Eros alado”. Consiste simplemente en llenar su carcaj con nuevas flechas; consiste en hacer que se desarrolle el sentimiento de amor entre los sexos, basados en la más poderosa fuerza psíquica nueva: la solidaridad fraterna. Espero joven camarada, que ahora verás claramente que el hecho de que el problema del amor despierte un interés tan extraordinario entre la juventud trabajadora no es en modo alguno síntoma de “decadencia”. Creo que ahora podrás encontrar por ti mismo el lugar que debe corresponder al amor, no sólo en la ideología del proletariado, sino en la vida diaria de la juventud trabajadora”.(7)

De esta forma podemos ver cómo, el amor es para Kollontai la fuerza psíquica de la cual depende la construcción de una sociedad igualitaria y un componente privilegiado de la moralidad.



Bibliografía;


DE BEAUVOIR, S., 2005, El Segundo Sexo, Buenos Aires, Sudamericana.
---------------------, 2009, El existencialismo y la sabiduría de los pueblos, Buenos Aires, Edhasa.
HARVEY, J., 2004, “Gratitude, Obligation and Individualism” en Moral Psycology ed. Por Peggy Des Autels y Margaret Urban Walker, Lanham: Rowman & Littlefield.
JAGGAR, A., 1989, “Love and Knowledge: emotion in Feminist Epistemology”, en Ann Garry y Marilyn Pearsall, eds. Women, Knowledge and Reality: Ecplorations in Feminist Philosophy, Boston: Unwin Hyman.
KOLLONTAI, A., La mujer nueva y la moral sexual. Santiago de Chile, Cultura.
MIGUEL ÁLVAREZ, A. de., 2000, Alejandra Kollontai: la mujer nueva, Arenal, 7.1.
----------------------,1993, Marxismo y feminismo en Alejandra Kollontay, Madrid, Instituto de Investigaciones.
MILLET, K., 1995, Política Sexual, Madrid, Cátedra, 1995.
RICH, A., 1985, “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana” Nosotras que nos queremos tanto”, Madrid, Colectivo de Lesbianas Feministas, nº 3.
RUBIN GAYLE, El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo, Revista Nueva Antropología.1986. p. 49.
SALLES, A., 2002, “Reivindicando las emociones: contribución de la ética feminista” en Mora: Revista del Instituto interdisciplinario de Estudios de Género: 8, p.57-58.
--------------------, 1994, Racionalidad, Emociones y Acción Moral”, Revista Latinoamericana de Filosofía 20:1. P.111-124


NOTAS:


1 Alejandra Kollontai, La mujer nueva y la moral sexual. Santiago de chile, Cultura, p.99
2 Alejandra Kollontai, La mujer nueva y la moral sexual. Santiago de chile, Cultura. p.86
3 Simone de Beauvoir. El Segundo Sexo, Buenos Aires, Sudamericana, 2005. p.18
4 Alejandra Kollontai. op. cit. p.113
5 Al sostener que la intencionalidad de las emociones se construye socialmente lejos estamos de defender un determinismo sociológico que le impediría a los individuos disentir con los mandatos sociales. Por el contrario, al estar determinadas culturalmente, es factible de transformaciones y modificaciones ya que la rebelión y disidencia es tan posible como también lo es la obediencia a las normas y mandatos.
6 Alejandra Kollontai. Op. Cit. p. 124
7 Alejandra Kollontai. Op. Cit. p. 124-125




 PUNTO Y APARTE










































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