domingo, 3 de abril de 2016

Gérard Duménil y Dominique Lévy : EL IMPERIALISMO EN LA ERA NEOLIBERAL

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EL IMPERIALISMO EN LA ERA NEOLIBERAL[1]




Por : Gérard  Duménil[2] y Dominique Lévy[3]







1-     Introducción
2-     Neoliberalismo e imperialismo
3-     El neoliberalismo como modelo de no-desarrollo
4-     Neoliberalismo: ingresos, patrimonios y nivel de vida de las clases más ricas
5-     Potencia del imperialismo estadounidense
6-     Una trayectoria insostenible
7-     Conclusiones
8-     Referencias


1 – Introducción

En la historia del capitalismo jamás ha existido un periodo de armonía y de no violencia. Las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los años llamados ¨treinta gloriosos¨, parecen retrospectivamente el paraíso perdido. Sin embargo, ¿no fueron acaso los años del colonialismo y de las guerras de independencia, de la guerra supuestamente fría y de los ardientes enfrentamientos que provocó, como en Corea o Vietnam? ¿Y qué decir de la subversión en todas las partes del mundo, particularmente en América Latina, cada vez que estaba amenazado el control de los gobiernos de los países de la periferia por las clases o camarillas favorables a Estados Unidos…?

Pero el nuevo curso del capitalismo, desde hace un cuarto de siglo, se singulariza por el resurgimiento de formas de violencia que se habrían podido considerar superadas. La caída del contraimperio soviético así como el fracaso de las luchas revolucionarias  - en lo que, cuando todavía existía un segundo, recibía el nombre de tercer mundo - no condujo a las clases dominantes y a la primera potencia mundial a moderar su dominación, a civilizar sus métodos. Violencias de la economía, de la guerra y de la subversión siguen estando a la orden del día. Los motivos de los pretendidos cruzados de la democracia  y de la lucha contra el terrorismo no cambian la naturaleza de los hechos.

¿Qué fuerza oscura y subterránea está detrás de esta dinámica? La respuesta no sorprenderá a los marxistas: una lucha de clases de envergadura histórica y mundial. Sobre la base de lo logrado con la destrucción del segundo mundo, se trata, para las clases dominantes, de una reconquista, de una restauración, en el sentido en que se restaura un régimen político. El precedente de lo que se ha convenido en llamar restauración a comienzos del siglo XIX en Francia, no fue tan radical. Las clases dominantes están inmersas en una lucha dirigida a restablecer su preeminencia, tal como era antes de la gran depresión de los años 1930 y de la Segunda Guerra Mundial. En ese proyecto, su audacia no tiene límites. Desde el punto de vista de la potencia estadounidense, lo que está en juego es, además, la consolidación de su dominación, en un mundo en el que otros países llegaron a niveles de desarrollo comparables, sabiendo que a fines de los años 1980, muchos analistas profetizaban un declive. Las clases y una nación, son las fuerzas sociales que dieron a los últimos decenios del siglo XX su violencia específica y el comienzo del siglo XXI se coloca efectivamente en la continuidad de esta empresa.

Neoliberalismo e imperialismo, es mediante esas dos realidades como este estudio se esfuerza por caracterizar el periodo que se extiende desde cerca de 1980 hasta los primeros años 2000. Las dos no tienen la misma edad. Evidentemente, el neoliberalismo es un objeto nuevo y el imperialismo una cosa vieja. La sección 2 propone algunas definiciones. Las dos secciones siguientes ofrecen, cada una a su manera, las informaciones que permiten aclarar, esencialmente en un plano económico, la naturaleza y las características del neoliberalismo (sección 3) y del imperialismo (sección 4). La relación entre neoliberalismo e imperialismo puede entonces establecerse. La dominación imperialista sobre el resto del mundo se benefició formidablemente con las transformaciones neoliberales; el estadio neoliberal del imperialismo demuestra ser particularmente fructífero para las clases y los países dominantes que drenan enormes ingresos del resto el mundo; y, como consecuencia, se refuerza el proyecto que encarna el neoliberalismo, el del restablecimiento del poder y del ingreso de las clases propietarias de los medios de producción. Ese proyecto de transformación social reaccionaria, sin embargo, está atravesado por contradicciones (sección 5). Ha provocado importantes posicionamientos, particularmente en el corazón del corazón del sistema, por parte de las clases dominantes de Estados Unidos. El mantenimiento de esas tendencias socavaría los fundamentos de las empresas y por consiguiente, es de prever una rectificación. ¿Cuáles serán las consecuencias de la misma?

2 – Neoliberalismo e imperialismo

Existe, ciertamente, una ideología neoliberal, pero el neoliberalismo define una realidad: el nuevo curso del capitalismo desde, por lo menos, comienzos de los años 1980:

1.      La ideología y la propaganda neoliberales destacan las virtudes del mercado y de la libre empresa, lo cual es una manera disfrazada de hablar del capitalismo; la intervención del Estado debería ser limitada a lo estrictamente necesario. Esos principios no son extraños al nuevo curso neoliberal del capitalismo. En cada país aumentó la libertad de empresa, de comprar y de vender, de emplear y despedir trabajadores, de comprar filiales y fusionarse, etc; los derechos de los trabajadores retrocedieron. En el plano internacional, se redujeron las fronteras comerciales, e incluso se suprimieron, y los capitales adquirieron el derecho de circular libremente. Por lo menos todos esos procesos están en curso. Sin embargo, en muchos campos se reforzó el poder de los Estados. Así sucedió, en particular, en el caso de las políticas monetarias cuyo objetivo actual es, casi exclusivamente, la estabilidad de los precios, despreciando el desempleo; en todas partes los Estados fueron los vectores del establecimiento del neoliberalismo, en los planos nacional e internacional. Las palancas en manos de los promotores del orden neoliberal son principalmente a nivel de las empresas, las tasas de interés elevadas y un ¨gobierno empresarial¨ (léase ¨gestión¨) orientada hacia los intereses de los accionistas; un elemento clave es la nueva disciplina que se ha impuesto a los trabajadores y a los administradores. Al nivel del Estado, se aplican nuevas políticas, macroeconómicas (débil inflación) o sociales (disminución del costo del trabajo) que buscan promover los mismos intereses. En el plano internacional se trata de la mundialización del orden neoliberal mediante la eliminación de las barreras a la circulación de los bienes y de los capitales y la apertura de los países al capital internacional, y en particular la venta a bajo precio de las empresas públicas potencialmente rentables; la exportación de capitales, las tasas de interés elevadas y los  precios bajos y  en disminución  de las materias primas que permiten transferir enormes masas de ingresos hacia los países imperialistas.
2.      Es difícil datar una transformación tan compleja como la emergencia del neoliberalismo. El fin del año 1979 representa, sin embargo, una fecha emblemática. Paul Volcker, nombrado a la cabeza del banco central de Estados Unidos por Jimmy Carter al final de su mandato, decidió aumentar las tasas de interés al nivel que fuera necesario para acabar con la inflación. Otras transformaciones ya estaban en curso desde, en particular, la crisis del dólar, a comienzos de los años 1970, como el abandono de las paridades fijas características del sistema de Bretton Woods, establecido al terminar la Segunda Guerra Mundial; ya estaban en curso la eliminación de las barreras o simples restricciones a la libre circulación de los capitales. La potente máquina financiera de los euromercados  y del eurobanco ya estaba bien establecida en el plano internacional, liberada del control de los bancos centrales. La incapacidad de enfrentar la crisis estructural que afectó a las principales economías capitalistas en los años 1970, en particular la inflación acumulativa, creó las condiciones económicas, sociales y políticas que permitieron establecer el nuevo orden social[4]:  por consiguiente, se combinaron el fracaso del viejo orden y las presiones de los promotores del nuevo orden.  A eso se agregaba el fracaso, cada vez más evidente, del modelo soviético y el debilitamiento del movimiento obrero.

Esas transformaciones fueron hechas por la fracción superior de las clases capitalistas. En un capitalismo donde la propiedad y la administración están separadas,  la propiedad de esos  grupos sociales sobre los medios de producción se expresa mediante la posesión de acciones, es decir, de títulos; son igualmente acreedores, es decir, tienen títulos de crédito que les dan derecho sobre una parte de las ganancias de las empresas. Esta propiedad tiene pues un carácter financiero y Marx reunía la posición de los accionistas y prestamistas, que a menudo son los mismos, en la categoría de capital de préstamo. El hecho de que la gestión de las empresas pase a manos de los asalariados habría podido significar una pérdida de poder de los propietarios ¨financieros¨ pero el poder de  esos propietarios se concentró, desde el comienzo, en potentes instituciones financieras, como los bancos, los holdings financieros y los diversos fondos (de pensión, para el financiamiento de las jubilaciones, u otros)  Llamamos finanza  a esas fracciones superiores de las clases capitalistas y a sus instituciones financieras. No se trata de una industria particular, como la banca. En el capitalismo  moderno, la clase de los grandes propietarios de capital está relativamente unificada y posee partes de todos los sectores de la economía (por sus títulos) y las controla (mediante sus instituciones financieras).[5] Eso no impide que las actividades financieras y el sector financiero hayan adquirido, en el neoliberalismo, una mayor importancia. Por una parte, esas actividades se han hecho mucho más rentables y, por otra parte, el control de la economía nacional y mundial por las instituciones financieras es crucial para mantener y perpetuar el orden neoliberal. Por  esas razones se habla a menudo de financiarización y de mundialización financiera.[6]

Si Lenin trazó en El imperialismo, fase superior del capitalismo[7] un cuadro extraordinario de la realidad del capitalismo a principios del siglo XX, no le damos el mismo contenido al término imperialismo. Nos parece más justo hacer de éste una característica general y permanente del capitalismo. Desde sus orígenes más lejanos y todavía embrionarios (se puede pensar en la Liga Hanseática), el capitalismo busca ganancias fuera de sus metrópolis con la avidez que lo caracteriza.

Esta búsqueda, estructural en el capitalismo, siempre estuvo acompañada por un proceso de dominación de todo tipo que va desde la simple imposición de la apertura de las fronteras a países con desarrollo inferior, con las consecuencias dramáticas que conocemos,[8] hasta el colonialismo puro y simple, pasando por todos los procedimientos de presión y de extorsión. Sus medios son la guerra y la subordinación, la aculturación y, en el pasado, la evangelización: la esclavitud fue un episodio particularmente horroroso, pero las condiciones en que viven, actualmente, las poblaciones de las maquiladoras o de otras partes similares están lejos de ser envidiables. El conjunto de esas relaciones constituye el sistema del imperialismo, definido por la búsqueda de beneficios en el exterior de las metrópolis capitalistas mediante métodos opresivos.

Si el imperialismo no es una fase del imperialismo, pasa él mismo por diferentes fases que son el eco de las transformaciones en los países imperialistas mismos. Las características principales cambian. Por ejemplo, las  relaciones comerciales fueron dominantes en los primeros estadios. Muy rápidamente se combinaron con modos de financiamiento particulares, relacionados con la exportación de capitales, como en el imperio americano de España en el cual los comerciantes españoles financiaban la agricultura y las minas de los criollos. Muy rápidamente se ligaron estrechamente las mercancías y los capitales. De este modo el imperialismo neoliberal posee naturalmente sus características propias, como lo muestra este estudio, en particular la importancia de las inversiones financieras.

El imperialismo no es el resultado de la acción de un país, sino de un conjunto de países. Estos tienen relaciones de lucha que llegan hasta las confrontaciones armadas entre dos potencias o grupos de potencias en sistemas de alianza pero también de cooperación. Cada Estado representa en él los intereses de sus clases dominantes. Un país puede ocupar una posición hegemónica, como Estados Unidos, que dirige, en el mundo unipolar contemporáneo, el grupo de los países imperialistas. La relación de dominación se establece entonces a un doble nivel entre el país dominante y los otros miembros del grupo y entre esos países imperialistas y los otros países dominados. En realidad se trata de una jerarquía de poderes donde el más fuerte explota al más débil.

Evidentemente, en ese mundo neoliberal e imperialista, los países y Estados siguen desempeñando un papel central a pesar de la globalización, y esto desde diversos puntos de vista. Las grandes sociedades son más transnacionales que multinacionales, en el sentido de que sus propiedades y su administración permanecen ligadas a un país particular. Los propietarios todavía tienen una nacionalidad. A pesar de los paraísos fiscales podemos ver como se establecen en beneficio de ciertos países los flujos de ingresos internacionales. Las situaciones macroeconómicas de los diferentes países no son equivalentes y esas particularidades tienen efectos mayores. Mostraremos en particular las consecuencias del hecho de que Estados Unidos no esté sometido a la necesidad de equilibrar su contabilidad exterior debido a su potencia misma. Esta permanencia de los anclajes nacionales se manifiesta, por otra parte, sin ambigüedades, en la acción de cada Estado en defensa de sus intereses nacionales.

– El neoliberalismo como modelo de no-desarrollo

Antes de analizar lo que es  el neoliberalismo conviene refutar la tesis que lo convierte en un modelo de desarrollo. Ni en el centro ni en la periferia, el neoliberalismo aparece así.

La situación es particularmente dramática en muchos países de la periferia. Si dejamos de lado modelos muy particulares, como el de Corea y algunos países como China, India y Chile, el cuadro es sorprendente en América Latina y catastrófico en África., La figura 1 muestra el perfil de la producción en Brasil, México y Argentina desde hace varias décadas. En esos tres países, la ruptura del crecimiento se manifestó a comienzos de los años 1980. No se detecta ningún restablecimiento posterior a pesar de la docilidad de esos países frente al orden neoliberal y, en el caso de México, de la asociación con Estados Unidos y Canadá desde 1994 en el seno del TLCNA. La caída de las tasas de crecimiento y la inestabilidad macroeconómica (la repetición  de recesiones) son particularmente evidentes para ese último país, donde todo comenzó, brutalmente, con la crisis de la deuda en 1982.

Se puede señalar, en el caso de la Argentina, que la transición hacia el neoliberalismo en 1990 vino después de un periodo de estancamiento. Fue seguida por algunos años de crecimiento más sostenido que supuestamente demostraba las potencialidades del modelo neoliberal ¡pero conocemos el desenlace!

Incluso en Estados Unidos, la tasa de crecimiento de la producción  y la tasa de acumulación del capital (la tasa de crecimiento del stock de capital fijo, es decir, el conjunto de las construcciones y de los materiales de los cuales disponen las empresas para producir) registradas desde 1980 son menos elevadas que las alcanzadas en los decenios anteriores desde la Segunda Guerra mundial. La tasa de acumulación de las sociedades no financieras aparece descrita en la Fig.2. Aparte de la debilidad general desde el comienzo de los años 1980, se advierte la diferencia entre las dos últimas décadas. La caída de la tasa de acumulación es particularmente espectacular en el curso de los años 1980. Después de la recesión de 1991, aparece la recuperación de la acumulación característica de la segunda mitad de los años 1990. Este período es el que podría denominarse el “largo boom” estadounidense. Esas tasas no tienen nada de excepcional si se las compara a las registradas durante los años 1960 y 1970, pero son superiores a las medias logradas en las décadas neoliberales.



Figura 1. Producción (PNB) en la periferia (miles de millones de dólares de 1996): Brasil,
México y Argentina


Los datos están expresados en paridades de poder adquisitivo, lo cual da sentido a la comparación de los niveles absolutos y refleja el tamaño de los tres países.
Fuente: : Heston A., Summers R., Aten B., 2002.



Sin embargo, Estados Unidos goza de una situación privilegiada debido a su posición dominante. En Europa, la reducción de las tasas de crecimiento y de acumulación fue dramática. En Francia, por ejemplo, la tasa de acumulación de las sociedades no financieras llegaba al 8% a comienzos de los años 1970, después cayó brutalmente durante la crisis estructural de esos años y no se reestableció con el neoliberalismo; a fines del siglo XX oscilaba en torno al 2%. Correlativamente, Europa no llega a liberarse de su paro estructural.



Figura 2. Tasa de acumulación y tasa de autofinanciación neta: Estados Unidos, sociedades no financieras

La tasa de acumulación es la tasa de crecimiento del stock de capital fijo. Solo esta variable es objeto de discusión en la sección 3. El numerador de la tasa de beneficios retenidos (autofinanciación neta de la amortizatión del capital fijo) es el beneficio después del pago de intereses, impuestos y dividendos. El denominador es el valor neto de las sociedades (total de activos menos deudas). Esta variable y su relación con la precedente son analizadas en la sección 4.
Fuente: Flow of Funds (Federal Reserve); National Income and Product Accounts, NIPA (Bureau of Economic Analysis, BEA).


4 – Neoliberalismo: ingresos, patrimonios y tren de vida de las clases más ricas

Los fines del orden neoliberal son de otra naturaleza que el desarrollo de la periferia o incluso que la acumulación en el centro. Se refieren a la restauración de los ingresos y patrimonios de las fracciones superiores de las clases dominantes. No existen estadísticas que permitan caracterizar a las clases, propiamente dichas. Pero ciertos trabajos e investigaciones nos dan datos  relativos a la concentración del ingreso y la riqueza. La figura 3 muestra la fracción de los ingresos disponibles totales de los hogares en Estados Unidos que recibe el 1% más rico.[9]

Vemos en esta figura que el 1% de los hogares con los ingresos más elevados recibía más del 16% del ingreso total antes de la crisis de 1929 y de la Segunda Guerra mundial: ¨dichosos¨ tiempos de un capitalismo dominado por una burguesía fácilmente identificable. A fines de la guerra ese porcentaje cayó repentinamente al 8%, y quedó a ese nivel hasta los años 1980. Los beneficios del capital habían disminuido profundamente y las jerarquías salariales habían sido fuertemente reducidas. Esas décadas a menudo son designadas como las del compromiso keynesiano. Además de esta reducción de las desigualdades, se caracterizaban por una gran autonomía de los cuadros (managers) tanto en el nivel de las empresas como en el de las instancias centrales responsables de las políticas económicas y de la gestión social (educación, sanidad, etc). Como los  propietarios del capital, el sector financiero estaba poco remunerado; las ganancias permanecían en las empresas donde eran reinvertidas. Con el neoliberalismo, los porcentajes de la figura 3 se elevan hacia niveles similares a los  de la preguerra.


Figura 3. Parte del ingreso disponible de los hogares en posesión del 1%  de los ingresos más elevados (%): Estados Unidos

Fuente: Piketty T., Saez E., 2003.



El estudio de la riqueza total de esas clases dominantes muestra su fuerte disminución relativa durante la crisis de los años 1970.[10] Mientras en la posguerra el 1% de los hogares más ricos poseía cerca de un tercio de la riqueza total del país, ese porcentaje cayó en pocos años al 22% a comienzos de los 1970. En no muchos más años el neoliberalismo restablecía la concentración de los patrimonios (siempre relativamente al conjunto de la población) en los niveles anteriores a la crisis o incluso más elevados.

La restauración del status de esas clases sigue estando, sin embargo, inacabada. Un elemento crucial es la reducción de la fiscalidad directa sobre los altos ingresos. Se está llevando a cabo a pesar de la presión constante que ejerce la existencia de tenaces desequilibrios presupuestarios.

¿Cómo fueron posibles tales variaciones de ingresos y de riquezas? Durante los años 1970, las tasas de inflación eran superiores a las tasas de interés; las empresas eran poco rentables y distribuían pocos dividendos; correlativamente, el nivel de la bolsa, corregido por la inflación se redujo a la mitad y se estancaba; el abanico salarial era poco abierto, al menos en comparación a lo que estaba por venir. Se comprende fácilmente que algunas clases, cuyo ingreso deriva en gran medida de la posesión de títulos, vieran comprometidos sus ingresos y su riqueza.

El neoliberalismo cambió todo eso. Las tasas de interés corregidas restando la inflación que antes eran bajas se elevaron hasta cerca del 5% (para las tasas de interés a los créditos a largo plazo a las empresas mejor calificadas). La rentabilidad de las empresas mejoró y distribuyeron una fracción creciente de sus ganancias como dividendos. Desde cerca del 30% de ganancias tras pago de intereses e impuesto, el porcentaje subió gradualmente hasta llegar prácticamente al 100% al final del siglo XX. Las cotizaciones bursátiles (siempre deduciendo la inflación) se multiplicaron por tres con respecto a su nivel anterior a la crisis de los años 1970.

Por consiguiente no hubo ningún milagro. Todo consistió en un problema de poder y de relación de fuerzas, nacional e internacionalmente.

Este reforzamiento de los ingresos y de los patrimonios modificó profundamente los comportamientos de las clases dominantes. Desde prácticamente el comienzo de la era neoliberal los hogares estadounidenses aumentaron formidablemente sus gastos, consumo y vivienda, sobre todo el consumo.

La figura 4 muestra la parte del consumo de los hogares estadounidenses en el producto interno bruto (PIB) desde los años 1950. Se ve claramente en la misma que esa tasa oscilaba en torno al 62% o 63% antes del neoliberalismo. Desde comienzos de los años 1980 esa tasa aumentó regularmente y de modo espectacular hasta sobrepasar el 70% a comienzos del siglo XXI.

Este aumento del consumo de los hogares tiene dos orígenes: el alza de la parte de su ingreso en el PIB y la disminución de su tasa de ahorro (el alza de la parte de su ingreso destinada al consumo). Esos dos mecanismos afectan a los hogares más ricos.

En lo que respecta a la baja de la tasa de ahorro, un estudio de la Reserva Federal[11] permite identificar las capas de la población                     que originan esa caída. El estudio divide los hogares en cinco grupos según su nivel de ingreso (el 20% con ingresos más altos, el 20% que constituye el grupo inmediatamente inferior, etc.). Toda la caída del ahorro se concentró en el grupo con ingresos más fuertes, tradicionalmente la fuente del ahorro en el país  (pues los pobres ahorran poco). A fines del siglo pasado la tasa de ahorro de esas capas acomodadas se tornó negativa, lo que significa que gastan más de lo que ganan (sin duda en relación con los cursos de la bolsa), endeudándose. El alza formidable de las tasas de endeudamiento de los hogares es otra característica de la macroeconomía estadounidense sin que se sepa en que medida se concentra en esta fracción de las economías domésticas más acomodadas.

Las consecuencias de ese proceso fueron amplificadas por el hecho de que esas capas concentran los ingresos financieros que son los que aumentaron fuertemente. Entre 1952 y 1979, es decir, antes del neoliberalismo, los ingresos financieros (intereses y dividendos, sin tener en cuenta las ganancias en capital) representaron, en promedio, 10% del ingreso total de los hogares; entre 1980 y el 2003 ese porcentaje llegó al 17%.



Figura 4. Relación del consumo de los hogares con respecto al PIB (datos trimestrales, %): Estados Unidos

El consumo de los  hogares es la suma de compras de bienes y servicios (incluida la vivienda).
Fuente: NIPA (BEA).



El pago de enormes flujos de ingresos a los detentadores de los capitales, accionistas y acreedores, ha tenido consecuencias considerables sobre la acumulación de capital, incluso en Estados Unidos. Es lo que muestra la segunda curva de la figura 2, que describe la tasa de autofinanciación de las sociedades no financieras en ese país. En esta medida de la tasa de beneficios, los intereses, impuestos y dividendos han sido deducidos de los beneficios. En el numerador sólo quedan los beneficios conservados en las sociedades, esto es, los “beneficios retenidos”.  La superposición de las dos curvas de la figura 2 es sorprendente. La tasa de acumulación de las sociedades no financieras en Estados Unidos sigue casi exactamente el movimiento de la tasa de autofinanciación, tanto en niveles como en fluctuaciones. En el neoliberalismo, el pago de grandes ingresos financieros a los detentadores de los capitales pesa así fuertemente sobre la acumulación. Todo acontece como si estas “generosas” distribuciones de beneficios no retornaran hacia las empresas.

Aparte de las capas más acomodadas de la población estadounidense, el costo del neoliberalismo para otras clases y  países fue considerable: crecimiento lento, paro, desarticulación de las sociedades, miseria, etc. Pero desde el punto de vista de los objetivos de esas capas, restablecimiento de su preeminencia y de su ingreso, el neoliberalismo fue un éxito brillante.

4 – Potencia del imperialismo estadounidense

No se puede comprender, sin embargo, la dinámica de los ingresos del capital en Estados Unidos sin examinar las relaciones entre ese país y el resto del mundo. Es allí donde entra en juego la presión imperialista propiamente dicha.

No existe ningún medio simple de aprehender el efecto de la relación de Estados Unidos con el  resto del mundo sobre los ingresos del capital en ese país. Los mecanismos, en efecto, son múltiples. Conocemos, por ejemplo, la importancia de la compra de materias primas, incluidas fuentes de energía, a un precio favorable para los países compradores. En el curso de las décadas neoliberales, esos precios han caído sin cesar, a veces dividiéndose por tres. Otros mecanismos, como la importación de cerebros del resto del mundo (el brain drain) contribuyen fuertemente, no sólo a los ingresos de Estados Unidos, sino también al mantenimiento de su preeminencia tecnológica. También en este caso es problemática la cuantificación. A la inversa, los sistemas de contabilidad nacional dan estimaciones del flujo de ingresos, llamados financieros, tales como los pagos de dividendos y de intereses, así como de los beneficios de las sociedades transnacionales retenidos en el extranjero pero que son propiedad de las sociedades madres estadounidenses.

Previamente a esta investigación, hay que precisar un punto terminológico. Se entiende generalmente por inversión la suma que se le efectúa al capital fijo en el curso de cierto período. Se puede agregar a eso la variación de los stocks. El mismo término se utiliza, sin embargo, cada vez más a menudo, para hablar de una colocación financiera de dinero, por ejemplo, de la compra de una acción o de una obligación. Cuando se trata de una inversión directa, es decir de la toma (reparticipación) por una sociedad de más del 10% del capital de otra, lo que la convierte en una filial, no son adecuados ninguno de los dos adjetivos físico financiero. Se opondrá, sin embargo, la inversión en capital fijo y en stocks, física, a la inversión financiera, incluida la inversión directa. Las inversiones de portafolio son las inversiones financieras que no son  inversiones directas.

Consideraremos, en primer lugar, las inversiones directas en el extranjero de las sociedades transnacionales de Estados Unidos. Las ganancias realizadas con esas inversiones se componen de dividendos, intereses y lucros conservados en el extranjero. Los datos disponibles permiten separarlos de la masa de otras ganancias calificadas de ¨lucros domésticos¨. Evidentemente algunas de esas ganancias domésticas se sacan del resto del mundo, debido a los bajos precios de las materias primas o a los pagos realizados por extranjeros directamente a sociedades establecidas en Estados Unidos (como una parte de los pagos de intereses de la deuda de la periferia).

En el 2000, el conjunto de las ganancias resultantes de la inversión directa de Estados Unidos, o sea las ganancias de las filiales de las transnacionales en otros países, representó el 53% de las ganancias domésticas. Sabiendo que éstas contienen aún una fracción de ingresos tomados del resto del mundo, esa cifra da ya una idea notable de la importancia para los ingresos del capital en Estados Unidos de la apertura internacional de esta economía.

La figura 5 muestra la evolución de ese porcentaje de las ganancias de las transnacionales sobre sus inversiones directas en el extranjero respecto a las ganancias domésticas. Se ve un crecimiento bastante regular de cerca del 10% en 1948, a 53%, el punto culminante, en el 2000. Este progreso es el de la  mundialización de la economía y el neoliberalismo no comporta ninguna ruptura. En efecto, este  orden social, poco favorable a la inversión física, redujo considerablemente el ritmo de crecimiento del flujo de inversiones directas  de las transnacionales de Estados Unidos, tanto en volumen como en la parte de la producción total de ese país.

Disponemos igualmente de una medida de todos los  ingresos provenientes de todas las categorías de inversión financiera, incluyendo la inversión directa, de agentes estadounidenses en el resto del mundo. Se puede igualmente relacionarlos con las ganancias domésticas para apreciar la dimensión. El porcentaje llega a 100% en el 2000. Es decir, que la masa de ingresos  extraídos del resto del mundo bajo la forma de dividendos, de intereses  y de ganancias mantenidas en las filiales en el extranjero fue igual a la de las ganancias domésticas. No se trata pues de un pequeño complemento de la actividad territorial.



Figura 5. Relación de los ingresos provenientes del extranjero con las ganancias de las sociedades realizadas en Estados Unidos

La serie de las ganancias domésticas de las sociedades utilizada en el cálculo ha sido un poco alisada para evitar las fluctuaciones que reflejan las variaciones coyunturales del nivel general de actividad. Las fluctuaciones restantes son principalmente el efecto de las variaciones de las tasas de interés.
Fuente: NIPA (BEA).




La figura 5 describe igualmente la variación de ese porcentaje en el tiempo. Encontramos en ella el punto culminante de 100% en el 2000. La observación más notable es, sin embargo, el alza espectacular de fines de los años 1970, consolidada en el neoliberalismo. Todo el período neoliberal aparece así marcado por el signo de esta punción del ingreso financiero sobre el resto del mundo. El porcentaje oscila en torno a un  piso de 80%.   

La primerísima fase del alza, a fines de los años 1970, refleja el crecimiento de los intereses sobre la deuda entonces llamada del tercer mundo. Pero en esa época la desvalorización de esa deuda por la inflación  significaba una contratransferencia a favor de los prestatarios que no es tomada en cuenta por la medida que se describe en la figura. Con el fin de la inflación, la punción adquirió toda su amplitud propiamente neoliberal. Es el efecto del alza de las tasas de interés reales y de las distribuciones de los dividendos. Contrariamente a la componente de esos ingresos correspondientes a las inversiones directas, el aumento de los ingresos en las inversiones de portafolio fue en muy gran medida el efecto del aumento de las tasas de interés y es, por lo tanto, emblemático del orden neoliberal.

Retendremos por consiguiente la principal enseñanza de este análisis, a pesar de las limitaciones de los datos disponibles: en el 2000, los ingresos financieros que Estados Unidos obtiene de su relación con el resto del mundo son superiores al total de las ganancias de sus sociedades en Estados Unidos. Un imperialismo robusto, pues, crucial para la remuneración del capital en ese país.

No es necesario decir que los extranjeros también hacen inversiones financieras en Estados Unidos, lo cual aumenta la importancia de los flujos de ingresos extraídos del resto del mundo. Nos limitaremos temporalmente a un solo aspecto de esta relación bilateral, referente a los rendimientos de las inversiones de unos y otros.

Se observará que aquí consideramos sólo las inversiones financieras que realizan en Estados Unidos agentes del resto del mundo y no sus inversiones en todos los terceros países. A la inversa, consideramos todas las inversiones de Estados Unidos en cualquier país. Se trata por consiguiente de examinar la posición de Estados Unidos como inversor y como lugar de inversión.

La figura 5 muestra las tasas de rendimiento de las inversiones de los agentes estadounidenses en el extranjero y de los extranjeros que invierten en Estados Unidos.  Se ha corregido la desvalorización de la deuda debida a la inflación. Se imponen dos tipos de comentarios:

1. Los dos perfiles son similares. Se nota un fuerte aumento de los rendimientos de cerca de 4 puntos de porcentaje a fines de los años 1970, lo que marca la aparición de las fuertes tasas de interés características de los años neoliberales. Las tasas cayeron un poco en los años 1990.



Figura 6. Tasa de rendimiento aparente de los haberes de Estados Unidos en el resto del mundo y de los haberes del resto del mundo en Estados Unidos, restándoles la inflación (%)

Fuente:  International Transactions data (BEA); NIPA (BEA)



2. El  principal descubrimiento es la diferencia muy pronunciada de los rendimientos, cerca del 4% entre una y otra punta del periodo. Esta diferencia es la expresión de una fuerte asimetría. Cuando Estados Unidos hacen inversiones financieras en el resto del mundo los mismos son muy rentables, entre 7% y 9% según el subperiodo, y  muy superiores a los rendimientos que obtienen los extranjeros que  invierten en Estados Unidos. Esa diferencia de rendimiento aparece en cada componente de la inversión financiera, la inversión de portafolio y la inversión directa[12].

La composición de las inversiones de Estados Unidos en el extranjero es muy diferente de las de los extranjeros que invierten en Estados Unidos. Está formada, en cerca de un 50%, por inversiones directas, a diferencia del 20% correspondiente a los extranjeros en Estados Unidos. Este país funciona pues, según la  terminología de Marx, como una especie de ¨capitalista activo¨ mientras que los extranjeros tienen mas bien un comportamiento de ¨prestamistas¨, siempre según la terminología de Marx que reunía a los accionistas  que no participaban en la gestión de las empresas y a los acreedores bajo  la rúbrica de capital de préstamo. Esos rentistas son, por ejemplo, familias ricas de América Latina o emires del
Medio Oriente, o también bancos centrales que invierten sus haberes en dólares en bonos del Tesoro estadounidense, comportándose así como ¨Estados rentistas¨. Esta diferencia en la composición explica en parte la diferencia de rendimientos en el conjunto de las inversiones financieras.

6. Una trayectoria insostenible

Las secciones precedentes ponen claramente bajo los reflectores la potencia del imperialismo estadounidense. Las extracciones al resto del mundo son formidables por su magnitud y por su eficacia, que se expresa bien en los rendimientos. Se comprende, incidentalmente, la motivación que puede tener ese país, y en particular los gobiernos del mismo, para preservar esta dominación por todos los medios, económicos, políticos y militares. Pero igualmente se puede ver la dependencia así creada. Esta trayectoria, sin embargo, está atravesada por una contradicción mayor, cuya naturaleza trataremos de describir en esta sección.

Vamos a examinar, en primer lugar, la relación existente entre el ahorro y la inversión en Estados Unidos. Entendemos aquí por inversión la inversión en capital fijo de las empresas, según las definiciones dadas anteriormente. Ahorro e inversión están expresados en porcentaje de la producción total de Estados Unidos (el Producto Interno Neto, PIN), igual  al ingreso total habida cuenta de los flujos de ingresos  con el extranjero.

El contraste entre las décadas neoliberales y los primeros decenios de la posguerra es sorprendente. Antes de 1980, las tasas de ahorro y de inversión de Estados Unidos oscilaban en torno al 4 o al 5%. Ambas tasas cayeron con el ingreso en el neoliberalismo: una disminución moderada, aunque significativa, de la tasa de inversión, de 4,1% antes de 1980 a 3,5% posteriormente, y una caída espectacular de la tasa de ahorro de 4,5% a 1%, en los mismos periodos. Con una rapidez desconcertante Estados Unidos comenzó a invertir mucho más de lo que ahorraba a comienzos de los años 1980. Globalmente, eso significa que gastaban, en consumo e inversiones, netamente más que sus ingresos.

En esta formidable ola de gastos hay dos componentes. En primer lugar y de un modo súbito, a comienzos de los 1980 apareció un fuerte déficit presupuestario. Provenía del alza de los tipos de interés, de la disminución de los ingresos y del aumento de los gastos militares (la guerra de las galaxias de R. Reagan). Pero existe otro componente que se impuso gradual e irremisiblemente; es el aumento del consumo de los hogares descrito en la figura 4, que trajo aparejada la caída de sus tasas de ahorro y sobre el cual hemos observado que es el producto del gasto inmoderado de las clases más acomodadas. 

¿Cómo es posible?

  1. Por razones contables, la brecha entre el ahorro y la inversión de la figura 7 es igual al saldo de la balanza corriente de Estados Unidos, o sea a la suma de la balanza comercial (exportaciones menos importaciones) y el saldo del flujo de ingresos con el extranjero (casi las transferencias unilaterales). Es el primer componente, los flujos comerciales, el que amplió la brecha. La figura 7 manifiesta pues un déficit de la balanza de pagos corrientes en los años neoliberales.
  2. Cuando Estados Unidos importan más de lo que exportan, los extranjeros son pagados en dólares, sin contrapartida financiera (esos dólares no resultan de un préstamo, por ejemplo). Si los extranjeros vendiesen esos dólares, el curso de esa moneda bajaría, lo que tendería a corregir el déficit externo (sin que ese ajuste sea automático). De hecho, los extranjeros, debido a la fuerza de la economía estadounidense y a la debilidad de la situación macroeconómica de su  propio país, hacen inversiones financieras en activos estadounidenses. Participan así en el financiamiento de la economía de Estados Unidos comprando acciones, prestando a las empresas, a las unidades domésticas o al Estado. La política monetaria de Estados Unidos, que ajusta las masas de los créditos domésticos al nivel requerido para mantener una actividad estable, dosifica los complementos a  este aporte exterior[13].Este curso de las cosas puede seguir mientras los extranjeros estén satisfechos con esta utilización de su poder de compra en dólares.


Figura 7. Relación entre el ahorro neto y la inversión  neta con el producto interno neto (%):  Estados Unidos

La inversión es la inversión física de las empresas: el ahorro es el excedente del ingreso nacional sobre todos los gastos, con excepción de esas inversiones. La inversión neta es igual a la inversión bruta menos el consumo de capital.
Fuente: NIPA (BEA).


Un aspecto evidente de esa trayectoria es el crecimiento relativo de los activos[14] de los extranjeros en Estados Unidos con relación a los activos de ese país en el resto del mundo. La figura 8 describe esos dos stocks de activos, divididos por la producción estadounidense.




Figura 8. Relaciones con el producto interno neto (de Estados Unidos) de los haberes del resto del  mundo sobre Estados Unidos y de los haberes de Estados Unidos sobre el resto del mundo

Por razones contables, la variación del saldo (——) es por completo el efecto de los desequilibrios de la balanza corriente (el saldo de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios y de los flujos de ingresos). Toda operación financiera  (inversión directa o no, crédito, operación cambiaria…) no produce cambios en los dos stocks de haberes (---) y (- - -) o los modifica en la misma cantidad, no alterando por consiguiente su diferencia.
Fuente: Flow of Funds (Federal Reserve).



Podemos observar el aumento gradual de los activos de Estados Unidos en el resto del mundo de entorno al 11% en los años 1950 a 36% al fin del periodo. La curva de los activos del resto del mundo en Estados Unidos comienza muy por debajo de la precedente pero la cruza en 1985, con 22%. El aumento es irreversible, hasta 78% de la producción de Estados Unidos. La tercera curva nos da la medida de la brecha existente entre los dos stocks. Los valores negativos del primer periodo expresan el excedente de los activos de Estados Unidos respecto a los del resto del mundo hasta el cambio de signo en 1985. ¡En 2003 el excedente de los haberes del resto del mundo sobre los de Estados Unidos representó el 40% de la producción de ese país! Se habla a veces de una deuda externa, pero esos haberes contienen elementos, como las acciones, que no corresponden a un endeudamiento. Es posible, sin embargo, afirmar que lo esencial del deterioro corresponde a una deuda creciente.

¿Es grave? Un primer problema es el de la voluntad de los extranjeros de conservar sus dólares y, por consiguiente, de efectuar esas inversiones financieras (porque evidentemente no tienen interés en conservar esos haberes en dinero líquido, sin remuneración), sabiendo que aquí hablamos del total de las inversiones de los extranjeros, independientemente de las de Estados Unidos en el extranjero. Vista en los primeros meses del 2004 es posible preguntarse si la caída del dólar desde el 2002 es la expresión de tal cambio. Sin embargo hay que notar que el dólar estaba alto en el 2002. Se puede pensar igualmente que Estados Unidos deseó y muy probablemente contribuyó a esta baja para sostener su economía en recesión. Pero incluso en la hipótesis de la búsqueda de esas inversiones financieras extranjeras, se ve surgir una contradicción que pone en cuestión la prosecuciónde la trayectoria de la economía estadounidense a más largo plazo.

El problema es simple. A fuerza de permitir el financiamiento exterior de acuerdo con el nivel de sus importaciones, Estados Unidos han dado al aporte de los extranjeros un lugar importante en el financiamiento de su economía y debe, por consiguiente, remunerarles. Felizmente para la economía estadounidense, las inversiones de los extranjeros están mal remuneradas, pero sin embargo crece la punción sobre los rendimientos del capital en Estados Unidos.

La figura 9 muestra los flujos de ingresos entre Estados Unidos y el resto  del mundo, flujo entrante y saliente. La primera curva (– –) describe, como en la figura 5, los flujos de ingresos entrantes pero el denominador es, esta vez, la producción de Estados Unidos. Esos flujos representaron el 4% del PIN en el 2000. Ese porcentaje es menos impresionante que el de la figura 9 pero hay que tener presente que las ganancias de las sociedades no representan sino una ¨débil¨ fracción del ingreso total[15]. La misma figura muestra también el porcentaje creciente de los flujos salientes (- - -).

Se pueden distinguir tres periodos. Desde 1946 hasta 1972, ambos porcentajes se elevaron lentamente, mientras que su separación también aumentaba de a poco. El periodo 1973-1979 ocupa una posición intermedia. Los flujos entrantes crecieron más rápidamente hasta el 2,7% y los salientes solamente hasta el 1,5%. Pero este aumento de los flujos entrantes no estaba a la altura de su ascenso espectacular en el curso de las dos últimas décadas. Mientras que los flujos entrantes se estancaban, los salientes continuaron su aumento hasta alcanzarlos, llegando a un máximo de 4% en el 2000.

La tercera línea de la figura (——) describe la diferencia existente entre los dos flujos, o sea el flujo entrante neto de Estados Unidos. Esos flujos netos, ventajosos para Estados Unidos, crecieron sensiblemente entre 1973 y 1980. Pero la innovación radical fue la interrupción de ese crecimiento y después su caída en los años siguientes. Ese aumento de los ingresos extraídos por Estados Unidos del resto del mundo se anuló entonces y, desde el 2002, fue incluso negativo durante algunos trimestres.

La explicación de esta caída es, evidentemente, el creciente excedente de los haberes de los extranjeros en Estados Unidos descrito en la figura 8. A pesar de la fuerte rentabilidad de las inversiones de ese país en el extranjero, su posición exterior se ha deteriorado a tal punto que comienza a pagar a los extranjeros más ingresos financieros de los que recibe. Recordemos que la causa de ese movimiento es la ola de consumos de los hogares más ricos.


Figura 9. Relación con el producto interno neto de los flujos de ingresos sobre los activos de Estados Unidos en el resto del mundo y del resto del mundo en Estados Unidos.

Un signo positivo de la diferencia (——) significa que el resto del mundo recibe más ingresos provenientes de Estados Unidos que Estados Unidos provenientes del resto del mundo.
Fuente: International Transactions data (BEA); NIPA (BEA).



Es posible ilustrar esta nueva situación examinando los flujos de ingresos entre Estados Unidos y América Latina en la figura 10. Los flujos considerados son flujos netos, es decir, flujos entrantes en Estados Unidos desde América Latina menos los flujos salientes de aquel país con destino a esa región del mundo. Una curva se refiere al total y dos curvas a los flujos correspondientes a las inversiones directas y de cartera, que son los dos componentes del flujo total.

La figura 10 muestra que los flujos netos totales a favor de Estados Unidos subieron hasta más del 0,5% de la producción de ese país a comienzos de los años 1980 (esos flujos no tienen en cuenta la desvalorización de las deudas a causa de la inflación). Después disminuyeron hasta un suelo de 0,15% por año, antes de hundirse en la crisis de fin del siglo pasado (la recesión estadounidense y la crisis en América Latina, particularmente en Argentina). América Latina es, por consiguiente, una de las regiones del mundo que contribuyó a la baja de los flujos de ingresos del resto del mundo en favor de Estados Unidos.



Figura 10. Flujos netos (entrantes menos salientes) de ingresos entre Estados Unidos y América Latina.

Fuente: International Transactions data (BEA);  NIPA (BEA).



Lo más interesante, sin embargo, es la descomposición por tipo de inversión.  Encontramos características ya identificadas. En primer lugar, la figura revela la importancia y la estabilidad de los ingresos obtenidos de las inversiones directas de las transnacionales estadounidenses, que se establece alrededor del 0,2% de la producción de ese país. En segundo lugar, observamos la caída de los ingresos netos con relación a las inversiones de cartera, y después el carácter negativo de esos flujos, lo que significa que Estados Unidos pagó y sigue pagando en este fin de periodo, ingresos financieros, intereses y dividendos, a inversionistas de América Latina superiores a los que recibe (a pesar de la deuda de la periferia). Esta es la imagen de la fuga de los capitales de las clases ricas de esos países hacia la madre patria capitalista estadounidense. Se puede notar, en particular, el aumento de esos flujos netos de ingreso (una reducción en la figura) a partir del 2000. Ese movimiento refleja un flujo neto creciente de inversiones de cartera. Con la excepción del año 1998, América Latina financió, de hecho, el largo boom estadounidense de la segunda mitad de los años 1990. Ese cuadro de América Latina acreedora de Estados Unidos caracteriza de manera impresionante la nueva configuración de las relaciones financieras en el plano mundial. Para esta región del mundo, el problema consiste, por supuesto, en la separación entre los Estados y las empresas en deuda y algunos hogares ricos. Como todos sabemos, no todos sufren en el continente latinoamericano.


6. Conclusión

Los mecanismos descritos en las secciones precedentes revelan la existencia de una contradicción en el sistema del imperialismo estadounidense en la época neoliberal. Se puede resumir toda la cadena del modo siguiente:


Ingresos elevados y ganancias del capital de las capas acomodadas (reforzadas por la punción sobre el resto del mundo) y política monetaria relativamente laxa
¯
Crecimiento del consumo de las clases acomodadas
¯
Déficit creciente de la cuenta corriente
¯
Crecimiento de la deuda externa
¯
Crecimiento del flujo de ingresos pagados al resto del mundo
¯
Disminución de los rendimientos del capital en Estados Unidos


El mantenimiento de la trayectoria actual está sometido a dos condiciones inmediatas: (1) que los extranjeros acepten invertir sus dólares en Estados Unidos y por tanto que el curso del dólar se mantenga; (2) que la diferencia que existe entre las remuneraciones de las inversiones financieras de los extranjeros (figura 6) con relación a las de los estadounidenses no disminuya. Se puede observar, desde este último punto de vista, que si Estados Unidos tuviera que pagar a los extranjeros tasas de rendimiento iguales a las que obtiene, ¡el flujo saliente sería igual al total de las ganancias internas de las sociedades estadounidenses! No es necesario decir que jamás se llegará a esa situación.

Desde el punto de vista estadounidense, esta trayectoria larga no puede prolongarse sin poner en cuestión la dominación de ese país y la opulencia de sus clases dominantes. Transformaría a Estados Unidos en proveedor de ingresos financieros al resto del mundo en detrimento de su propia clase dominante. Por lo tanto, lo que está en cuestión es un cambio de trayectoria.

En la discusión de  los escenarios futuros conviene establecer claramente una diferencia entre neoliberalismo e imperialismo. En primer lugar, así como Estados Unidos era ya imperialista durante las décadas del compromiso keynesiano (de hecho, desde que existe), o sea antes del neoliberalismo, seguiría siéndolo en la eventualidad de una nueva fase, más allá del neoliberalismo. En segundo lugar, hay que observar que el encadenamiento mostrado más arriba es propio del neoliberalismo y no del imperialismo. La capacidad imperialista de Estados Unidos sigue plena e intacta e incluso se ha reforzado.

¿Qué cambios? Se pueden ver cuatro componentes [16]: (1) la reducción del consumo de las capas más acomodadas; (2) tasas de acumulación más elevadas financiadas por el propio país; (3) una demanda dirigida hacia la producción nacional; (4) eventualmente, una mayor presión sobre el resto del mundo. Sin embargo, hay múltiples problemas:

1.      El nuevo curso podría estar en contradicción con el mantenimiento de la empresa neoliberal. Un método, que en el pasado demostró su eficacia para reestablecer las tasas de acumulación, consiste en conservar las ganancias en las sociedades no financieras, en lugar de liquidarlas en forma de intereses y dividendos.¿Pero qué sucedería entonces con los ingresos de las clases dominantes y, por supuesto, con su tren de vida? Se pueden también encarar medidas para estimular las inversiones de las empresas. Pero tasas de interés más bajas chocarían, de nuevo, con los objetivos del neoliberalismo. Aunque el Estado podría implicarse en el financiamiento de las tasas diferenciales o de medidas de incitación fiscal y tomar a su cargo los riesgos, cosa que ya hace con los préstamos de los hogares.
2.      Una solución contemplada para remediar el déficit externo es dejar caer el curso del dólar. Se conocen los límites de ese procedimiento. Algunos países indexaron su moneda con el dólar y un cambio en su curso no modifica las condiciones del comercio entre esos países y Estados Unidos. No hay una panacea. El ejemplo del comercio entre Estados Unidos y Japón muestra que el aumento del yen no basta para rectificar las trayectorias. Pero una tasa de cambio débil y la amenaza de que esa baja se mantenga se consideran en general incompatibles con los objetivos imperialistas de Estados Unidos. Del mismo modo, nuevos avances hacia un mayor proteccionismo o cualquier limitación a la movilidad de los capitales si se retirasen peligrosamente de Estados Unidos, desencadenarían medidas de reciprocidad que minarían la dominación imperial estadounidense en sus modalidades neoliberales.
3.      Una rectificación de la trayectoria resultará delicada por la necesidad de estabilizar la situación macroeconómica del país. Ahí resurge la cuestión de la crisis no como episodio catastrófico, que desestabiliza definitivamente el orden capitalista e imperialista, sino como una traba para el mantenimiento de la trayectoria estadounidense. La política monetaria sostiene la demanda en ese país, dejando aumentar la deuda de los hogares. Este es el mecanismo central de apoyo a la demanda, más allá del poco ortodoxo  déficit presupuestario. El endeudamiento de las economías domésticas siguió creciendo durante la recesión de comienzos de los 2000 y cualquier tentativa de frenarlo hacía correr el riesgo de transformar la recesión en un derrumbe mucho más importante. Conciliar la rectificación de  los desequilibrios exteriores, causados por el gasto excesivo de los hogares, y el sostén a la demanda interna es una tarea altamente problemática -sin hablar de los riesgos que corre el Estado al transferir a organismos públicos créditos de los hogares contraídos con el sistema bancario.
4.      Evidentemente se puede conjeturar que Estados Unidos hará todo lo que esté a su alcance para acentuar las extracciones del resto del mundo. Pero el deterioro de su posición exterior podría aumentar el costo de su financiación extranjera mediante la aparición de una prima de riesgo en contra de Estados Unidos.


El recuadro proporciona algunas indicaciones cuantitativas sobre dos tipos de mecanismos: la extensión de las detracciones realizadas al resto del mundo y el coste del financiamiento externo.


La extensión de las detracciones realizadas al resto del mundo y el coste del financiamiento externo
En un modelo de las tendencias de la economía estadounidense, que permite confirmar la coherencia de las proyecciones[17], hemos mostrado que el mantenimiento de esa evolución conduciría a una situación en la que el flujo neto de ingresos pagado (pagado menos recibido) por Estados Unidos al resto del mundo llegaría a representar en 2029 más de un 3,82% del PIN del país, es decir superior al monto total de los beneficios después de impuestos de todas las sociedades estadounidenses, obtenidos en Estados Unidos.
Entre 1985 y 2003, el percentage del PIN que representan los activos de Estados Unidos en el extranjero, se aumento de un 1,07% cada año. El modelo muestra que, si este aumento pudiera llevarse al 2%, esta fecha se aplazaría al 2055 ; con un aumento anual del 2,5%  se conservaría la situación del 2003 (flujo neto casi nulo). Para lograr tal estabilización sería necesario que el stock de los activos de Estados Unidos, siempre con relación al PIN del país, se triplicara en 30 años. Si el resto de países crecían al mismo ritmo que Estados Unidos implicaría triplicar el pesoestadounidense.
¿Es concebible tal crecimiento ? Tomemos el ejemplo de la economía francesa. El índice bursátil CAC40 es una cesta  de las 40 mayores sociedades francesas. En 1985, los inversores anglosajones poseían el 10% de las acciones de esas sociedades ; en 2003, ese porcentaje se elevó al 44%. Una triplicación en 30 años significaría la posesión por extranjeros del 132% del capital de esas sociedades, lo cual es numéricamente imposible. Si nos aproximáramos al 100%, significaría una propiedad extranjera casi integral, es decir, una desposesión completa de los capitalistas franceses de la propiedad del capital de las grandes sociedades francesas. ¿Será China bastante grande para satisfacer los apetitos de las inversiones extranjeras estadounidenses ?
El modelo permite ilustrar de manera sorprendente la sensibilidad de los equilibrios, mas bien “desequilibrios”, actuales. Supongamos que para atraer capitales extranjeros Estados Unidos tuviera que aumentar algo los tipos de interés que paga a sus acreedores. Recordemos la diferencia de rendimientos entre las inversiones estadounidenses en el resto del mundo y los del resto del mundo en Estados Unidos, una relación del tanto al duplo. Utilizando el mismo punto de referencia que antes - el año en el que los flujos netos de ingresos pagados al resto del mundo pasarían a ser superiores a los beneficios de las sociedades de Estados Unidos obtenidos en el país - el carácter crucial de esas diferencias de rendimiento aparece de manera sorprendente. Con un aumento de un punto, del 7,2% al 8,2%, del coste del financiamiento extranjero, la igualdad de las variables precedentes se produciría en 2017, en vez de en 2029. Si el diferencial de rendimiento desapareciera, esta igualdad surgiría en 2004! El coste del financiamiento externo es pues una variable clave en la dinámica de la economía estadounidense!



Detrás de esos mecanismos hay que identificar una gigantesca lucha de clases y por el poder. La salida será por lo tanto política. Como decía Marx, los hombres hacen su propia historia pero la hacen en condiciones determinadas. La ambición de este artículo es poner de manifiesto esas condiciones, esencialmente económicas. Pero eso no destruye la primacía de lo político.

Estas luchas deben ser entendidas tanto a nivel nacional como internacional:

1. En el plano nacional, el neoliberalismo se apoya sobre un compromiso social con las clases medias superiores, poseedoras de títulos, directamente o a través de sus fondos de pensiones. Esas capas han adquirido el sentimiento de haber accedido al maravilloso universo de la propiedad capitalista. Si las distribuciones de dividendos y de tasas de interés reales se ajustaran a la baja, ese compromiso estaría en discusión. ¿En qué sentido? ¿Hacia un nuevo compromiso social más allá del neoliberalismo, más ¨democrático¨, como el compromiso keynesiano anterior, o hacia un orden social  más autoritario y represivo?
2. En el plano internacional aparecen nuevas formas de lucha, las de ciertos Estados
de la periferia que toman conciencia de la suerte que les toca en este mundo de los potentes (pensemos en el fracaso de las negociaciones de Cancún en el 2003) y la de capas de la población que perciben la convergencia de sus intereses en el plano mundial en el movimiento por una mundialización alternativa. Esas luchas se desarrollan sobre el telón de fondo del ascenso de los movimientos extremistas, sean los del integralismo islámico o los de los nuevos cruzados de la derecha.

El vigor de la presión que esas luchas pueden ejercer dependerá mucho de las contradicciones de la trayectoria económica estadounidense que este artículo ha intentado describir. ¿Quién podrá reaccionar con mayor eficacia a esas tensiones? ¿Las fuerzas de la reacción social o las del progreso hacia ese mundo mejor tan esperado? Habría que ser zahorí para prever el desenlace de estos enfrentamientos.


Referencias

Chesnais, F. (ed), 2004, La finance mondialisée: racines sociales et politiques, configuration et conséquences, La Découverte, París.

Duménil, G., Lévy, D., 2000, Crise et sortie de crise. Ordres et désordres néoliberaux, Presses Universitaires de France, París. (Hay traducción española de próxima publicación en el FCE).

Duménil, G., Lévy, D., 2004a, Capital Resurgent. The Roots of the Neoliberal Revolution, Harvard University Press, Harvard, Massachusets.

Duménil, G., Lévy, D., 2004b, The New Configuration of U.S. Imperialism in Perspective. Modem, Cepremap, Paris.
Heston A., Summers R., Aten B., 2002, Penn World Table Version 6.1, Center for International Comparisons at the University of Pennsylvania (CICUP).
Lenin, V. , 1916, ¨L´impérialisme, stade suprême du capitalisme¨, Oeuvres, tome 22,
pp.201-327, Editions sociales, París (1977).

Maki, D., Palumbo, M. 2001, ¨Disentangling the Wealth Effect: A Cohort Analysis of the Household Saving in the 1990s¨, Federal Reserve, Washington.

Mataloni, R.J., 2000, ¨An Examination of the Low Rates of Return of Foreigns-Owned U.S Companies¨, Survey of Current Business, March.

Marx, K.1853, ¨La domination britannique aux Indes¨, Oeuvres IV, Politique I., pp. 714-720, La Pléiade, Gallimard, París (1994).

Piketty T, Saez E., 2003, ¨Income Inequality in the United States¨, 1913-1998¨, The Quarterly Journal of Economics,, Vol. CXVIII, num 1, pp. 1-39.

Wolff, Ed., 1996, Top Heavy, The New Press, Nueva York.





NOTAS :

[1] La traducción al español es de Guillermo Almeyra., profesor-investigador de la UAM-Xochimilco. La REC la ha revisado y también ha realizado la traducción de las partes no incluidas en la  versión de G. Almeyra.
[2] MODEM-CNRS, Universidad de París X-Nanterre, 200, av. de la République, 92000, Nanterre, Francia. Email: gerard-dumenil@u-paris10.fr
[3] CEPREMAP-ENS, 48 bvd Jourdan, 75014, París, Francia. Email: dominique.levy@cepremap.ens.frLa direccion del sitio web de Duménil y Lévy es: http://pythie.cepremap.ens.fr/~levy/
[4] G.Duménil, D. Lévy, 2004a.
[5] G. Duménil, D. Lévy, 2004, cap. 23.
[6] F. Chesnais, 2004.
[7] V.I. Lenin1916.
[8] Ya descritas por Marx: 1853.
[9] T. Piketty, E. Saez, 2003.
[10] E. Wolf. 1996.
[11] D. Maki, M. Palumbo, 2001.
[12] R. J. Mataloni, 2000
[13] Ese control de la demanda demuestra ser, en promedio, eficaz pero a menudo se producen ¨derrapes¨ repetitivos: los recalentamientos y las recesiones.
[14] La palabra francesa “avoirs” se ha traducido indistintamente por activos o haberes según el sentido de la frase.
[15] En el 2000, las ganancias domésticas después de los impuestos se elevaron al 7,1% del PIN de las sociedades que, a su vez, equivale al 61,6% del PIN del conjunto de la economía.
[16] Este estudio hace abstracción de las nuevas tendencias del cambio técnico y de las presiones para reducir el costo del trabajo. Ver G. Duménil y D. Lévy, 2000.
[17] Duménil, G. Lévy, D., 2004b. En este modelo se prolonga la tendencia (en el periodo 1985-2003) de los activos de los Estados Unidos sobre el resto del mundo y, también, la tendencia del déficit comercial. Las tasas de rendimiento de los activos de Estados Unidos y aquellos del resto del mundo se suponen iguales a sus medidas en el período 1985-2003. Las otras variables se pueden calcular.







PUNTO Y APARTE




















































































































































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Slavoj Zizek : Repensar Lenin

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Repensar Lenin *





Por : Slavoj Zizek








¿Y si hubiera otra historia que contar sobre Lenin? Es cierto que la izquierda de hoy en día está atravesando una experiencia devastadora del fin de toda una época de movimiento progresista, una experiencia que la obliga a reinventar las coordenadas básicas de su proyecto; sin embargo, una experiencia exactamente homóloga fue la que dio origen al leninismo. Slavoj Zizek



Entre las dos revoluciones

La primera reacción pública ante la idea de reactualizar a Lenin es, claro, un ataque de risa sarcástica. Marx vale; hoy en día incluso en Wall Street hay gente que lo adora: Marx, el poeta de las mercancías; Marx, el que proporcionó perfectas descripciones de la dinámica capitalista; Marx, el que retrató la alienación y reificación de nuestras vidas cotidianas. Pero Lenin, no, ¡no puede ir en serio! ¿No representa Lenin precisamente el fracaso a la hora de poner en práctica el marxismo, la gran catástrofe que dejó huella en la política mundial de todo el siglo XX, el experimento de socialismo real que culminó en una dictadura económicamente ineficaz?

De modo que, de haber algún consenso en (lo que queda de) la izquierda radical de hoy en día, estriba en la idea de que, para resucitar el proyecto político radical, habría que dejar atrás el legado leninista: la inquebrantable atención a la lucha de clases, el partido como forma privilegiada de organización, la toma revolucionaria y violenta del poder, la consiguiente “dictadura del proletariado”… ¿No constituyen todos estos “conceptos zombi” lo que debe abandonarse si la izquierda quiere tener alguna oportunidad bajo las condiciones del capitalismo tardío “posindustrial”?

El problema con este argumento aparentemente convincente es que suscribe con demasiada facilidad la imagen heredada de un Lenin, sabio dirigente revolucionario, que, después de formular las coordenadas básicas de su pensamiento y práctica en el ¿Qué hacer?, se limitó a aplicarlas consiguiente e implacablemente.

Pero ¿y si hubiera otra historia que contar sobre Lenin? Es cierto que la izquierda de hoy en día está atravesando una experiencia devastadora del fin de toda una época de movimiento progresista, una experiencia que la obliga a reinventar las coordenadas básicas de su proyecto; sin embargo, una experiencia exactamente homóloga fue la que dio origen al leninismo. Recuerden la conmoción de Lenin cuando, en otoño de 1914, todos los partidos socialdemócratas europeos (con la honorable excepción de los bolcheviques rusos y de los socialdemócratas serbios) adoptaron la “línea patriótica”; Lenin llegó a pensar que el número de Vorwaerts, el diario de la socialdemocracia alemana, que informaba de cómo los socialdemócratas habían votado en el Reichstag a favor de los créditos militares, era una falsificación de la policía secreta rusa destinada a engañar a los obreros rusos. En aquella época del conflicto militar que dividió en dos al continente europeo, ¡qué difícil era rechazar la idea de que había que tomar partido en este conflicto y luchar contra el “fervor patriótico” en el propio país! ¡Cuántas grandes cabezas (incluida la de Freud) sucumbieron a la tentación nacionalista, aunque sólo fuera por un par de semanas!

Esta conmoción de 1914 fue –por expresarlo en palabras de Alain Badiou– un desastre, una catástrofe en la que desapareció un mundo entero: no sólo la idílica fe burguesa en el progreso, sino también el movimiento socialista que la acompañaba. El propio Lenin (el Lenin de ¿Qué hacer?) perdió el suelo bajo los pies; no hay, en su reacción desesperada, ninguna satisfacción, ningún “¡os lo dije!”. Este momento de Verzweiflung (desesperación), esta catástrofe abrió el escenario para el acontecimiento leninista, para romper el historicismo evolutivo de la Segunda Internacional, y sólo Lenin estuvo a la altura de esta apertura, sólo él articuló la verdad de la catástrofe.

En ese momento de desesperación, nació el Lenin que, dando un rodeo por la atenta lectura de la Lógica de Hegel, fue capaz de identificar la oportunidad única de revolución. Resulta crucial hacer hincapié en esta relevancia de la “alta teoría” para la lucha política más concreta hoy, cuando hasta a un intelectual tan comprometido como Noam Chomsky le gusta recalcar la poca importancia que tiene el conocimiento teórico para la lucha política progresista: ¿de qué sirve estudiar grandes textos filosóficos y socioteóricos para la lucha de hoy en día contra el modelo neoliberal de globalización? ¿No estamos tratando o bien hechos evidentes (que no hay más que hacer públicos, algo que Chomsky está haciendo en sus numerosos textos políticos) o bien de una complejidad tan incomprensible que no podemos entender nada?

Contra esta tentación antiteórica, no basta con llamar la atención sobre la gran cantidad de presupuestos teóricos existentes acerca de la libertad, el poder y la sociedad, que abundan también en los textos políticos de Chomsky; cabe sostener que es más importante ver cómo, hoy en día, quizá por primera vez en la historia de la humanidad, nuestra experiencia cotidiana (de la biogenética, la ecología, el ciberespacio y la realidad virtual) nos obliga a todos a enfrentarnos a los temas filosóficos esenciales sobre la naturaleza de la libertad y la identidad humana, etcétera.

Volviendo a Lenin, su El Estado y la revolución es el correlato estricto de esta experiencia devastadora de 1914. La absoluta implicación subjetiva de Lenin en ella queda en claro desde su célebre carta a Kamenev de julio de 1917:

“Entre nous (entre nosotros): si me matan, te pido que publiques mi cuaderno „El marxismo y el Estado‟ (que abandoné en Estocolmo). Está forrado con una cubierta azul. Se trata de una recopilación de todas las citas de Marx y Engels, así como de Kautsky contra Pannekoek. Hay una serie de observaciones y notas, formulaciones. Creo que con una semana de trabajo se podría publicar. Lo considero imp. porque no sólo Plejanov, sino también Kautsky lo entendieron mal. Condición: todo esto es entre nous”.

La implicación existencial es aquí extrema y el núcleo de la “utopía” leninista surge a partir de las cenizas de la catástrofe de 1914, en su ajuste de cuentas con la ortodoxia de la Segunda Internacional: el imperativo radical de aplastar el Estado burgués, lo cual significa el Estado como tal, e inventar una nueva forma social común sin ejército, policía o burocracia permanentes, en la que todos pudieran participar en la administración de las cuestiones sociales. Esto no era para Lenin un proyecto teórico para un futuro remoto; en octubre de 1917, Lenin proclamó que “ahora mismo podemos poner en marcha un aparato estatal constituido por diez, si no veinte, millones de personas”. Este impulso del momento es la verdadera utopía. Con lo que habría que quedarse es con la locura (en sentido kierkegaardiano estricto) de esta utopía leninista (el estalinismo representa, si acaso, un retorno del “sentido común” realista).

Es imposible sobrestimar el potencial explosivo de El Estado y la revolución; en este libro, “se prescinde abruptamente del vocabulario y de la gramática de la tradición occidental de la política”. Lo que vino a continuación puede llamarse, apropiándonos del título del texto de Althusser sobre Maquiavelo, la solitude de Lenine (la soledad de Lenin): un periodo en el que éste se encontró básicamente solo, luchando contra la corriente en su propio partido. Cuando, en sus Tesis de abril de 1917, Lenin identificaba el Augenblick, la oportunidad única para una revolución, sus propuestas se toparon primero con el estupor o el desdén de la gran mayoría de compañeros de partido. Dentro del partido bolchevique, ningún dirigente destacado respaldaba su llamamiento a la revolución y Pravda tomó la extraordinaria medida de disociar al partido, y al consejo de redacción en su totalidad, de las Tesis de abril de Lenin (lejos de ser un oportunista que halagaba y explotaba los ánimos imperantes entre el pueblo, las visiones de Lenin eran sumamente idiosincráticas). Bogdanov caracterizó las “Tesis” como “el delirio de un loco” y la propia Nadezhda Krupskaya concluyó que “temo que parezca como si Lenin se hubiera vuelto loco”.

En febrero de 1917, Lenin era un emigrante político semianónimo, desamparado en Zurich, sin ningún contacto fiable con Rusia, que se enteraba la mayoría de las veces de los acontecimientos a través de la prensa suiza; en octubre, dirigió la primera revolución socialista exitosa, así que ¿qué sucedió en el inter? En febrero, Lenin percibió de manera inmediata la oportunidad revolucionaria, resultado de circunstancias contingentes únicas; si no se aprovechaba el momento, la oportunidad de revolución se habría perdido, quizá por decenios. En su testaruda insistencia en que había que arriesgarse y pasar a la siguiente fase, es decir, repetir la revolución, Lenin estaba solo, ridiculizado por la mayoría de los miembros del Comité Central de su propio partido: no obstante, por más indispensable que fuera la intervención personal de Lenin, no debería modificarse la historia de la Revolución de Octubre para convertirla en la del genio solitario enfrentado a las masas desorientadas que paulatinamente va imponiendo su visión.

Lenin tuvo éxito porque su llamamiento, soslayando a la nomenklatura de partido, encontró eco en lo que uno se siente tentado a llamar micropolítica revolucionaria: la increíble explosión de democracia de base, de comités locales que empezaban a aparecer inesperadamente por todas las grandes ciudades de Rusia y que, al mismo tiempo que ignoraban la autoridad del gobierno “legítimo”, tomaban las cosas en sus manos. Ésta es la historia no contada de la Revolución de Octubre, el reverso del mito del grupo minúsculo de revolucionarios entregados e implacables que llevaron a cabo un golpe de Estado. Lenin era plenamente consciente de la paradoja de la situación: en la primavera de 1917, después de la revolución de febrero que derrocó el régimen zarista, Rusia era el país más democrático de toda Europa, con unas cuotas sin precedentes de movilización de masas, libertad de organización y libertad de prensa, y, sin embargo, esta libertad volvió la situación opaca, profundamente ambigua.

Si hay un hilo común que recorre todos los textos de Lenin escritos “en el inter de las dos revoluciones” (la de febrero y la de octubre), es su insistencia en el desfase que separa los contornos formales “explícitos” de la lucha política entre la multitud de partidos y otros sujetos políticos de los intereses sociales reales de la misma (paz inmediata, distribución de la tierra y, por supuesto, “todo el poder a los soviets”, es decir, el desmantelamiento de los aparatos estatales existentes y su sustitución por nuevas formas comunales de administración social). Este desfase es el desfase entre la revolución como explosión imaginaria de libertad en pleno entusiasmo sublime, momento mágico de solidaridad universal cuando “todo parece posible” y hay que realizar un duro trabajo de reconstrucción social si esta explosión entusiasta pretende dejar huellas en la inercia del propio edificio social.

 Este desfase –repetición del desfase entre 1789 y 1793 en la Revolución Francesa– es precisamente el espacio de la intervención única de Lenin: la lección fundamental de materialismo revolucionario que nos da es que la revolución debe golpear dos veces, por motivos esenciales. El desfase no es simplemente el desfase entre forma y contenido: en lo que falla la “primera revolución” no es en el contenido, sino en la forma misma, sigue atascada en la vieja forma, en la idea de que la libertad y la justicia pueden lograrse simplemente haciendo uso del aparato estatal ya existente y de sus mecanismos democráticos. ¿Y si el partido “bueno” gana las elecciones libres y lleva a cabo “legalmente” la transformación socialista? (La expresión más clara de esta ilusión, rayando el ridículo, está en la tesis de Karl Kautsky, formulada en el decenio de 1920, de que la forma política lógica de la primera fase del socialismo, del pasaje del capitalismo al socialismo, es la coalición parlamentaria de partidos burgueses y proletarios). Se puede trazar aquí un perfecto paralelismo con los inicios de la modernidad, cuando la oposición a la hegemonía ideológica de la Iglesia se articuló en un primer momento bajo la propia forma de otra ideología religiosa, como una herejía: de acuerdo con esta misma pauta, los partidarios de la “primera revolución” quieren subvertir la dominación capitalista bajo la misma forma política de la democracia capitalista. Se trata de la “negación de la negación” hegeliana: en primer lugar, se niega el viejo orden dentro de su propia forma ideológico-política; a continuación, hay que negar la forma misma. Quienes vacilan, quienes tienen miedo de dar el segundo paso de superar la propia forma, son quienes (por repetir a Robespierre) quieren una “revolución sin revolución” (Lenin despliega toda la fuerza de su “hermenéutica de la sospecha” en la identificación de las distintas formas de este repliegue).

En sus escritos de 1917, Lenin reserva su ironía mordaz suma para quienes se meten en la búsqueda sin fin de algún tipo de “garantía” de la revolución; esta garantía adopta dos formas fundamentales: bien la noción reificada de Necesidad social (uno no debería arriesgarse a la revolución demasiado pronto; hay que esperar el momento adecuado, cuando la situación esté “madura” con respecto a las leyes del desarrollo histórico: “es demasiado pronto para la revolución socialista, la clase obrera todavía no está madura”), bien la legitimidad normativa (“democrática”: “la mayoría de la población no está de nuestro lado, así que la revolución no sería realmente democrática”), tal y como lo expresa Lenin repetidas veces, es como si el agente revolucionario, antes de arriesgarse a tomar el poder estatal, debiera obtener el permiso de alguna figura del gran Otro (organizar un referéndum que establecería que la mayoría apoya la revolución).

Con Lenin, al igual que con Lacan, la revolución ne s‟autorise que d‟elle-meme sólo se autoriza por sí misma: se debería asumir el acto revolucionario sin la cobertura del gran Otro –el miedo a tomar el poder “prematuramente”, la búsqueda de garantías, es el miedo al abismo del acto. En esto reside la dimensión fundamental de lo que Lenin denuncia sin cesar como “oportunismo” y su envite es que el “oportunismo” es una postura que es de suyo, inherentemente, falsa y que oculta el miedo a efectuar el acto tras la pantalla protectora de hechos, leyes o normas “objetivos”, lo cual explica que la primera medida para combatirlo sea anunciarlo claramente: “¿Qué hacer, entonces? Debemos aussprechen was ist (expresar lo que hay), “exponer los hechos”, admitir la verdad de que hay una tendencia, o una opinión, en nuestro Comité Central…”.

La respuesta de Lenin no consiste en hacer referencia a un conjunto diferente de “hechos objetivos”, sino en repetir la argumentación que Rosa Luxemburgo hizo un decenio antes contra Kautsky: los que esperan a que lleguen las condiciones objetivas de la revolución, esperarán siempre, una postura como ésta, del observador objetivo (y no de un agente implicado), es de por sí el principal obstáculo de la revolución. La contraargumentación de Lenin contra la crítica formal-democrática al segundo paso es que esta opción “democrática pura” es de por sí utópica: en las circunstancias concretas rusas, el Estado burgués-democrático no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir; el único modo “realista” de proteger las verdaderas conquistas de la Revolución de febrero (libertad de organización y de prensa, etcétera) pasa por avanzar hacia la revolución socialista, de otro modo, la reacción zarista vencerá.

La lección básica de la noción psicoanalítica de temporalidad es que hay cosas que hay que hacer para descubrir que son superfluas: en el transcurso del tratamiento, uno pierde meses en falsos movimientos hasta que “algo hace clic” y uno encuentra la fórmula adecuada, aunque retroactivamente parecen superfluos, estos rodeos eran necesarios. ¿No vale esto mismo también para la revolución? ¿Qué sucedió entonces cuando, en sus últimos años, Lenin se hizo plenamente consciente de las limitaciones del poder bolchevique?

En este punto, habría que contraponer Lenin a Stalin: a partir de los ultimísimos escritos de Lenin, muy posteriores a su renuncia a la utopía de El Estado y la revolución, pueden discernirse los contornos de un modesto proyecto “realista” de lo que el poder bolchevique debería hacer. Debido al subdesarrollo económico y al atraso cultural de las masas rusas, no hay manera de que Rusia “pase directamente al socialismo”; todo lo que el poder de los soviets puede hacer es combinar una política moderada de “capitalismo de Estado” con una intensa educación cultural de las desidiosas masas campesinas; NO el lavado de cerebros de la “propaganda comunista”, sino simplemente una imposición paciente y gradual de los estándares civilizados desarrollados. Hechos y cifras revelan

“qué inmensa cantidad de trabajo preliminar urgente tenemos todavía que hacer para alcanzar los estándares de un país civilizado normal de la Europa occidental… Debemos tener en cuenta la ignorancia semiasiática de la que todavía no nos hemos librado”.

De modo que Lenin previene repetidas veces contra cualquier tipo de “implantación (directa) del comunismo”:

“Bajo ningún concepto debe entenderse esto como que deberíamos limitarnos a propagar inmediatamente por el campo ideas estrictamente comunistas. Mientras a nuestro campo le falte la base material para el comunismo, hacerlo sería de hecho pernicioso, diría yo, incluso fatal, diría yo, para el comunismo”.

Su tema recurrente es, pues, el siguiente: “lo más pernicioso en este contexto sería la prisa”. Contra esta postura de “revolución cultural”, Stalin optó por la noción profundamente antileninista de “construir el socialismo en un Estado”.

¿Significa esto, entonces, que Lenin adoptó en silencio la crítica menchevique habitual al utopismo bolchevique, su idea de que la revolución debe seguir las fases necesarias predestinadas (ésta sólo puede tener lugar una vez que se den sus condiciones materiales)? En este punto, podemos observar el refinado sentido dialéctico de Lenin en funcionamiento: Lenin es plenamente consciente de que en aquel momento, a principios del decenio de 1920, la principal tarea del poder bolchevique consiste en ejecutar las tareas del régimen burgués progresista (educación general, etcétera); sin embargo, el simple hecho de que sea un poder revolucionario proletario el que lo esté haciendo, cambia la situación en un sentido fundamental; hay una oportunidad única de que estas medidas “civilizatorias” se apliquen de tal modo que estén desprovistas de su restringido marco ideológico burgués (la educación general será realmente educación general al servicio del pueblo, no una máscara ideológica para la propagación del estrecho interés de clase burgués, etcétera). La paradoja verdaderamente dialéctica estriba, pues, en que la propia desesperanza de la situación rusa (el atraso que obliga al poder proletario a llevar a cabo el proceso civilizatorio burgués) es lo que puede convertirse en su ventaja única:

“¿Y si la absoluta desesperanza de la situación, al estimular los esfuerzos de los obreros y los campesinos diez veces más, nos brindara la oportunidad de crear los requisitos fundamentales de la civilización de un modo diferente al de los países de la Europa occidental?”

Tenemos aquí dos modelos, dos lógicas incompatibles, de la revolución: los que esperan el momento teleológico maduro de la crisis final en el que la revolución estallará “a su debido tiempo” por la necesidad de la evolución histórica; y los que son conscientes de que la revolución no tiene un “debido tiempo”, los que perciben la oportunidad revolucionaria como algo que surge en los propios periplos del desarrollo histórico “normal” y que hay que aprovechar. Lenin no es un “subjetivista” voluntarista, en lo que insiste es en que la excepción (el conjunto extraordinario de circunstancias, como las de Rusia en 1917) ofrece una vía para socavar la propia norma. ¿Y no es esta línea de argumentación, esta postura fundamental, más actual hoy que nunca? ¿No vivimos también en una época en la que el Estado y sus aparatos, incluidos sus agentes políticos, son simplemente cada vez menos capaces de expresar las cuestiones clave? La ilusión de 1917 de que los problemas acuciantes a los que se enfrentaba Rusia (la paz, la distribución de la tierra, etcétera) podrían haberse resuelto a través de medidas parlamentarias “legales” es idéntica a la ilusión actual de que, por ejemplo, el peligro ecológico puede evitarse a través de una expansión de la lógica de mercado a la ecología (obligando a los contaminadores a pagar el precio del daño que ocasionan).

Uno: El derecho a la verdad

¿En qué punto estamos entonces hoy, de acuerdo con los criterios de Lenin? En la era de lo que Habermas designó como die neue Undurchsichtlichkeit (la nueva opacidad), nuestra experiencia cotidiana es más mistificadora que nunca: la propia modernización genera nuevos oscurantismos, la reducción de la libertad se nos presenta como la llegada de nuevas libertades. La percepción de que vivimos en una sociedad de elecciones libres, en la que tenemos que elegir hasta nuestros rasgos más “naturales” (la identidad étnica o sexual), es la forma de aparición de su exacto contrario, de la ausencia de elecciones libres. La última moda de pelí- culas de “realidad alterna”, que presentan la realidad existente como uno de los múltiples resultados posibles, señala una sociedad en la que las elecciones ya no importan realmente, quedan trivializadas.

En estas circunstancias, habría que poner especial cuidado en no confundir la ideología dominante con la ideología que parece imperar. Más que nunca, habría que tener en cuenta la advertencia de Walter Benjamin de que no basta con preguntar cómo una teoría (o arte) determinado declara situarse con respecto a las luchas sociales; habría que preguntar también cómo funciona efectivamente en estas propias luchas. En el sexo, la actitud de hecho hegemónica no es represión patriarcal, sino promiscuidad libre; en el arte, las provocaciones en la línea de las célebres exposiciones “Sensación” son la norma, el ejemplo de un arte integrado por completo en las altas esferas. Ayn Rand llevó esta lógica a su consumación, complementándola con una especie de giro hegeliano, es decir, reafirmando la propia ideología oficial como su propia y mayor transgresión, como en el título de uno de sus últimos libros de no ficción, “el capitalismo, ese ideal desconocido”, o en su lema “altos directivos, la última especie estadounidense en peligro de extinción”.

A decir verdad, en la medida en que el funcionamiento “normal” del capitalismo supone cierto tipo de abjuración de su principio básico de funcionamiento (el modelo del capitalista actual es alguien que, después de haber generado beneficio de manera despiadada, comparte a continuación una porción de este mismo beneficio con generosidad, haciendo grandes donaciones a iglesias, a víctimas de abusos sexuales o étnicos, etcétera, y haciéndose pasar así por alguien humanitario), el acto máximo de transgresión consiste en afirmar este principio, privándolo de su baño humanitarista.

Uno se ve tentado, por lo tanto, a darle la vuelta a la undécima tesis de Marx: la primera tarea hoy en día consiste precisamente en no sucumbir a la tentación de actuar, de intervenir de manera directa y cambiar las cosas (que a continuación acaba inevitablemente en un callejón sin salida de imposibilidad debilitante: “¿qué puede uno hacer contra el capital global?”) y en dedicarse, en cambio, a cuestionar las coordenadas ideológicas hegemó- nicas. En suma, nuestro momento histórico es todavía el de Adorno:

“A la pregunta de „¿qué habría que hacer?‟, en la mayoría de los casos no puedo en verdad sino contestar con un „no lo sé‟. No puedo sino intentar analizar con rigor lo que hay. En esto hay quien me reprocha: cuando ejerces la crítica, estás a la vez obligado a decir cómo habría que hacerlo mejor. Esto es lo que considero, sin lugar a dudas, un prejuicio burgués. Ha sucedido muchas veces en la historia que las mismas obras que perseguían objetivos puramente teóricos transformaron la conciencia y, por lo tanto, la realidad social”.

En la actualidad, si uno sigue una llamada directa a actuar, esta acción no se realizará en un espacio vacío, será una acción inscrita en las coordenadas ideológicas hegemónicas: los que “realmente quieren hacer algo para ayudar a la gente” se meten en aventuras (sin duda honorables) como Medecins sans frontiere, Greenpeace, campañas feministas y antirracistas, que no sólo se toleran sin excepción, sino que incluso reciben el apoyo de los medios de comunicación de masas, aun cuando entren aparentemente en territorio económico (por ejemplo, denunciando y boicoteando empresas que no respetan las condiciones ecológicas o que utilizan mano de obra infantil), se les tolera y apoya siempre que no se acerquen demasiado a determinado límite. Este tipo de actividad proporciona el ejemplo perfecto de interpasividad: de las cosas que se hacen no para conseguir algo, sino para impedir que suceda realmente algo, que cambie realmente algo. Toda la actividad humanitaria frenética, políticamente correcta, etcétera, encaja con la fórmula de “¡sigamos cambiando algo todo el tiempo para que, globalmente, las cosas permanezcan igual!”. Si los estudios culturales estándar critican el capitalismo, lo hacen de la forma codificada ejemplar de la paranoia liberal de Hollywood: el enemigo es “el sistema”, la “organización” oculta, la “conspiración” antidemocrática, no simplemente el capitalismo y los aparatos estatales.

El problema de esta postura crítica no sólo estriba en que sustituye el análisis social concreto por la lucha contra fantasías paranoicas abstractas, sino también en que –en un gesto paranoico típico– redobla innecesariamente la realidad social, como si hubiera una organización secreta detrás de los órganos capitalistas y estatales “visibles”. Lo que habría que aceptar es que no hace falta una “organización (secreta) dentro de la organización”: la “conspiración” está ya en la organización “visible” como tal, en el sistema capitalista, en el modo en que funcionan el espacio político y los aparatos estatales.

Tomemos uno de los temas predominantes del mundo universitario radical estadounidense de la actualidad: los estudios poscoloniales. El problema del poscolonialismo es sin duda crucial; sin embargo, los estudios poscoloniales tienden a traducirlo en la problemática multiculturalista del derecho de las minorías colonizadas “a narrar” su experiencia como víctimas, de los mecanismos de poder que reprimen la “alteridad”, de modo que, a fin de cuentas, descubrimos que la raíz de la explotación poscolonial está en nuestra intolerancia hacia el otro y, además, que esta propia intolerancia está enraizada en nuestra intolerancia hacia el “Extraño en nosotros”, en nuestra incapacidad para enfrentarnos a lo que reprimimos en y de nosotros: la lucha político-económica se transforma así imperceptiblemente en un drama seudopsicoanalí- tico del sujeto incapaz de enfrentarse a sus traumas interiores… ¿Por qué seudopsicoanalítico? Porque la verdadera lección del psicoanálisis no es que los acontecimientos exteriores que nos fascinan y/o perturban son meras proyecciones de nuestros impulsos interiores reprimidos.

La insoportable realidad de la vida es que, en efecto, ahí fuera hay acontecimientos perturbadores: hay otros seres humanos que experimentan un intenso goce sexual mientras nosotros somos medio impotentes, hay personas sometidas a torturas espantosas… Es más, la verdad fundamental del psicoanálisis no consiste en el descubrimiento de nuestro verdadero Yo, sino en el encuentro traumático de un real insoportable). El excesivo celo políticamente correcto de la gran mayoría de profesores universitarios “radicales” actuales a la hora de tratar el sexismo, el racismo, las sweat shops del Tercer Mundo, etcétera, es, pues, en última instancia, una defensa contra su propia y más íntima identificación, una especie de ritual compulsivo cuya lógica oculta es: “¡hablemos todo lo posible de la necesidad de un cambio radical para asegurarnos que nada cambie realmente!” Con respecto a este “chic radical”, el primer gesto hacia los ideólogos y practicantes de la tercera vía debería ser de alabanza: por lo menos ellos juegan su juego de manera franca y son honestos en su aceptación de las coordenadas capitalistas globales, a diferencia de los izquierdistas universitarios pseudorradicales, que adoptan hacia la tercera vía una actitud de completo desdén, mientras su propio radicalismo equivale, en última instancia, a un gesto vacío que no obliga a nadie a nada particular.

Desde luego que aquí hay que establecer una diferencia tajante entre el auténtico compromiso social en beneficio de las minorías explotadas (pongamos, organizar a los trabajadores de campo chicanos empleados ilegalmente en California) y los planteles multiculturalistas/poscoloniales de rebelión intachable, sin riesgos y despachada enseguida que prosperan en los ámbitos universitarios “radicales” estadounidenses. Sin embargo, si, a diferencia de lo que hace el “multiculturalismo corporativo”, definimos el “multiculturalismo crítico” como una estrategia que señala que “hay fuerzas comunes de opresión, estrategias comunes de exclusión, estereotipación y estigmatización de los grupos oprimidos y, por consiguiente, enemigos comunes y blancos comunes de ataque”, no veo lo apropiado de seguir usando el término “multiculturalismo”, cuando el acento en este caso se desplaza hacia la lucha común. En su significado habitual, el multiculturalismo se adecua perfectamente a la lógica del mercado global.

Recientemente, los hindúes organizaron en India manifestaciones multitudinarias contra la empresa McDonald’s, después de que se supiera que, antes de congelar las patatas fritas, McDonald’s las freía en aceite extraído de grasa animal (de vacuno); una vez que la empresa hubo cedido en este punto, garantizando que todas las patatas fritas que se vendieran en India no se freirían más que en aceite vegetal, los hindúes, satisfechos, volvieron alegremente a atiborrarse de patatas fritas. Lejos de socavar la globalización, esta protesta contra McDonald’s y la rápida respuesta de la empresa señalaron la perfecta integración de los hindúes en el orden global diversificado.

El respeto “liberal” por los indios resulta, por consiguiente, condescendiente sin remedio, como nuestra actitud habitual hacia los niños pequeños: aunque no les tomamos en serio, “respetamos” sus costumbres inofensivas para no hacer añicos su mundo ilusorio. Cuando un visitante llega a un pueblo local con costumbres propias ¿hay algo más racista que sus torpes intentos de demostrar hasta qué punto “entiende” las costumbres locales y es capaz de seguirlas? ¿No atestigua un comportamiento así la misma actitud condescendiente que la que adoptan los adultos que se adaptan a sus hijos pequeños imitando sus gestos y su forma de hablar? ¿No es legítima la ofensa que sienten los habitantes locales cuando el intruso extranjero imita su manera de hablar? La falsedad condescendiente del visitante no reside meramente en el hecho de que éste se limite a fingir ser “uno de nosotros”, la cuestión es más bien que sólo establecemos un verdadero contacto con los habitantes locales cuando ellos nos revelan la distancia que ellos mismos mantienen con el espíritu de sus propias costumbres.

Hay una anécdota muy conocida del príncipe Peter Petrovic Njegos, gobernante de Montenegro en la primera mitad del siglo XIX y célebre por sus batallas contra los turcos, así como por su poesía épica: cuando un visitante inglés en su corte, profundamente conmovido por un ritual local, expresó su deseo de participar en él, Njegos le desairó con crueldad: “¿por qué deberías ponerte tú también en ridículo? ¿No basta con que nosotros juguemos estos juegos absurdos?”

Además, ¿qué pasa con prácticas como la quema de las mujeres después de la muerte de su marido, que forma parte de la misma tradición hindú que las vacas sagradas? ¿Deberíamos (nosotros, los multiculturalistas occidentales tolerantes) respetar también estas prácticas? En este caso, el multiculturalismo tolerante se ve obligado a recurrir a una distinción profundamente eurocéntrica, una distinción por completo ajena al hinduismo: toleramos al otro con respecto a las costumbres que no dañan a nadie –en cuanto tocamos alguna dimensión (para nosotros) traumática, la tolerancia se acaba.

En suma, la tolerancia es tolerancia al otro en la medida en que este otro no sea un “fundamentalista intolerante”, lo cual no quiere decir más que en la medida en que no sea el verdadero otro. La tolerancia es “tolerancia cero” para los verdaderos otros, para el otro en el peso sustancial de su jouissance (goce). Podemos ver cómo esta tolerancia liberal reproduce la operación “posmoderna” elemental de un acceso al objeto desprovisto de su sustancia: podemos disfrutar café sin cafeína, cerveza sin alcohol, sexo sin contacto corporal directo y, de acuerdo con el mismo patrón, incluso accedemos al otro étnico desprovisto de la sustancia de su Alteridad…

En otras palabras, el problema del multiculturalista liberal es que es incapaz de sostener la indiferencia hacia el goce excesivo del otro. Este jouissance le molesta, lo que explica que toda su estrategia se centre en mantenerlo a la distancia adecuada. La indiferencia hacia el jouissance del Otro, la profunda ausencia de envidia, es el componente clave de lo que Lacan llama la posición subjetiva de un “santo”. Al igual que los auténticos “fundamentalistas” (pongamos, los amish) que se muestran indiferentes, no molestos, ante el goce secreto de los otros, los verdaderos creyentes en una causa (universal), como San Pablo, son intencionadamente indiferentes a los hábitos y costumbres locales que, simplemente, no importan. A diferencia de ellos, el liberal multiculturalista es un “ironista” rortyano, que siempre mantiene una distancia, que siempre transfiere la creencia a otros, otros creen por él, en su lugar y, aunque pueda parecer (“a sus ojos”) que reprocha al otro creyente por el contenido particular de su creencia, lo que de verdad le molesta (“en sí mismo”) es la forma de la creencia como tal. La intolerancia es intolerancia hacia lo Real de una creencia.

De hecho, el liberal multiculturalista se comporta como el marido proverbial que en principio admite que su mujer tenga un amante, sólo que no ESE tío, es decir, al final, cualquier amante particular resulta inaceptable: el liberal tolerante en principio admite el derecho a creer, al mismo tiempo que rechaza cualquier creencia determinada por “fundamentalista”. La broma suma de la tolerancia multiculturalista es, por supuesto, el modo en el que se inscribe en ella la diferencia de clase: para colmo (ideológico) de males (político-económicos), los individuos Políticamente Correctos de las clases altas la utilizan para reprochar a las clases bajas su “fundamentalismo” paleto y conservador.

Esto nos conduce a otra pregunta más radical: ¿constituye realmente el respeto por la creencia del otro (pongamos, por la creencia en el carácter sagrado de las vacas) el máximo horizonte ético? ¿No es más bien el horizonte máximo de la ética posmoderna, en la que, dado que la referencia a cualquier forma de verdad universal está descalificada como una forma de violencia cultural, lo único que importa en última instancia es el respeto por la fantasía del otro? O, por expresarlo de un modo más directo si cabe: vale, se puede sostener que mentir a los hindúes sobre la grasa de vacuno es algo cuestionable desde un punto de vista ético, sin embargo, ¿significa esto que no cabe argumentar públicamente que su creencia (en el carácter sagrado de las vacas) es ya de por sí una mentira, una falsa creencia? El hecho de que en estos momentos estén surgiendo “comités éticos” por todas partes, como setas, apunta en la misma dirección: ¿cómo puede ser que la ética se convierta de pronto en una cuestión de comités burocráticos (administrativos), nombrados por el Estado e investidos de la autoridad de determinar qué línea de acción puede considerarse aceptable desde un punto de vista ético? La respuesta de los teóricos de la “sociedad del riesgo” (nos hacen falta comités porque nos estamos enfrentando a nuevas situaciones en las que ya no es posible aplicar las viejas normas, es decir, los comités éticos son la señal de una ética “reflexionada”) resulta claramente insuficiente: estos comités son signo de un malestar más profundo (y, al mismo tiempo, una respuesta inadecuada al mismo).

El problema fundamental del “derecho a narrar” es que se refiere a la experiencia particular única como argumento político: “sólo una mujer negra lesbiana puede experimentar y decir lo que significa ser una mujer negra lesbiana”, etcétera. Este recurso a la experiencia particular que no puede universalizarse es siempre y por definición un gesto político conservador: en última instancia, todo el mundo puede evocar su experiencia única a fin de justificar los actos censurables que ha realizado. ¿No es posible que un verdugo nazi sostenga que sus víctimas no entienden realmente la visión interior que le mueve a hacer lo que hace? De acuerdo con este mismo esquema, en el decenio de 1950, Veit Harlan, el director de cine nazi, se desesperaba porque los judíos de Estados Unidos no mostraban ninguna comprensión ante su defensa del rodaje de El judío Süss, sosteniendo que ningún judío estadounidense podía entender realmente cuál era su situación en la Alemania nazi, lejos de justificarlo, esta verdad obscena (objetiva) era la peor mentira. Además, el hecho de que el mayor alegato por la tolerancia de la historia del cine se hiciera como defensa frente a los “intolerantes” ataques contra un celebrador del Ku Klux Klan dice mucho del extremo hasta el cual “tolerancia” constituye un significante muy “fluctuante”, por decirlo empleando términos actuales. Para D. W. Griffith, la película Intolerance (Intolerancia) no era un modo de exculparse del mensaje racista agresivo de The Birth of a Nation (El nacimiento de una nación): muy al contrario, se dolía de lo que consideraba “intolerancia” por parte de grupos que intentaron que se prohibiera The Birth of a Nation por su espíritu antinegros. En suma, cuando Griffith se queja de “intolerancia”, está mucho más cerca de los actuales fundamentalistas, que critican la defensa “políticamente correcta” de los derechos universales de las mujeres por la “intolerancia” que supone hacia su forma específica de vida, que a la actual valorización multiculturalista de las diferencias. Política de la verdad (¿? la frase aparece en minúsculas, siguiendo al punto:. the politics of truth. Pareciera que falta algo, yo omitiría la frase y punto).

Por consiguiente, el primer elemento del legado de Lenin que habría que reinventar en la actualidad es la política de la verdad, hipotecada tanto por la democracia política liberal como por el “totalitarismo”. La democracia, por supuesto, es el reino de los sofistas: sólo hay opiniones, cualquier referencia por parte de un agente político a alguna verdad definitiva se denuncia como “totalitaria”. Sin embargo, lo que imponen los regímenes del “totalitarismo” es también una mera apariencia de verdad: una enseñanza arbitraria cuya función no es más que la de legitimar las decisiones pragmáticas de los gobernantes.

Vivimos en una era “posmoderna” en la que las afirmaciones de verdad se rechazan como tales, en tanto que expresión de mecanismos de poder ocultos. Tal y como les gusta recalcar a los nuevos pseudonietzscheanos, la verdad es una mentira sumamente eficaz para afirmar nuestra voluntad de poder. La propia pregunta, a propósito de un enunciado cualquiera, de “¿es esto cierto?” queda reemplazada por la pregunta de “¿bajo qué condiciones de poder se puede proferir este enunciado?” En lugar de la verdad universal, tenemos una multitud de perspectivas o, como está en boga decir hoy en día, de “narrativas”; por consiguiente, los dos filósofos del capitalismo global de la actualidad son los dos grandes “progresistas” liberales de izquierdas, Richard Rorty y Peter Singer, sinceros en su postura radical. Rorty define las coordenadas básicas: la dimensión fundamental de un ser humano es la capacidad de sufrir, de experimentar dolor y humillación, por consiguiente, puesto que los humanos son animales simbólicos, el derecho fundamental es el derecho a narrar la propia experiencia de sufrimiento y de humillación. Singer proporciona el trasfondo darwiniano: el “especismo” (el hecho de privilegiar a la especie humana) no es diferente del racismo, nuestra percepción de una diferencia entre humanos y (otros) animales no resulta menos ilógica y carente de ética que nuestra antigua percepción de una diferencia ética entre, pongamos, hombres y mujeres o negros y blancos.

El problema con Singer no es sólo el hecho bastante obvio de que mientras nosotros, humanos ecológicamente conscientes, estamos protegiendo especies animales en peligro de extinción, nuestro objetivo fundamental con respecto a los grupos humanos oprimidos y explotados no sólo es “protegerlos”, sino, sobre todo, dotarles del poder para hacerse cargo de sí mismos y llevar una vida libre y autónoma. Lo que se pierde en este narrativismo darwinista es sencillamente la dimensión de verdad, no la “verdad objetiva”, como idea de la realidad construida desde un punto de vista que de algún modo flota por encima de la multitud de narrativas particulares. Sin la referencia a esta dimensión universal de verdad, ninguno de nosotros dejamos en el fondo de ser “monos de un frío Dios” (tal y como lo expresara Marx en un poema de 1841), incluso en la versión progresista del darwinismo social de Singer.

 El envite de Lenin –hoy en día, en nuestra época de relativismo posmoderno, más actual que nunca– consiste en decir que la verdad universal y el partidismo, el gesto de tomar partido, no sólo no son mutuamente excluyentes, sino que se condicionan de manera recíproca: la verdad universal de una situación concreta sólo puede articularse desde una postura por completo partidaria –la verdad es, por definición, parcial. Esto, por supuesto, va en contra de la doxa predominante de compromiso, de encontrar un camino intermedio entre la multitud de intereses en conflicto. Si no se especifican los criterios de la narrativización diferente, alternativa, entonces este intento corre el peligro de respaldar, en el espíritu políticamente correcto, “narrativas” ridículas, como las que hablan de la supremacía de alguna sabiduría holística aborigen y de rechazar la ciencia como otra narrativa más, parangonable a cualquiera de las supersticiones premodernas. La respuesta leninista al “derecho a narrar” multiculturalista posmoderno debería ser, por lo tanto, una afirmación sin tapujos del derecho a la verdad. Cuando, en la debacle de 1914, prácticamente todos los partidos socialdemócratas europeos sucumbieron al fervor guerrero y votaron a favor de los créditos militares, el total rechazo por parte de Lenin de la “línea patriótica”, en su propio aislamiento con respecto al ánimo imperante, supuso el surgimiento singular de la verdad de toda la situación.






* Publicado en 192 febrero 2005 | Reflexiones | Žižek, Slavoj Introducción del libro de Slavoj Zizek, A propósito de Lenin. Política y subjetividad en el capitalismo tardío, Atuel, Buenos Aires, 2004.






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