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domingo, 4 de diciembre de 2016

Frei Betto : José Martí y el equilibrio del mundo desde la ética

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José Martí y el equilibrio del mundo desde la ética





Por Frei Betto*







Resumen

En este artículo se analiza el ejemplo y el testimonio de Martí, que simbolizó en la región latinoamericana y caribeña el sacrificio de todos cuantos lucharon por la liberación. La Revolución Cubana abrazó el proyecto socialista pero, en congruencia con un sincretismo cultural característico, dejó fuera los dogmas que éste conlleva. Si bien el equilibrio del mundo está muy lejos, ello debe impulsar la búsqueda de otro mundo posible en el que no existan discriminación ni exclusión. Valores como la solidaridad, la compasión, el perdón, el servicio desinteresado son principios éticos que deben orientar toda acción humana.

Palabras clave: historia de las ideas América Latina, cultura América Latina, José Martí, valores humanos.

Abstract

In this essay, the author analyzes the testimony and example set by Martí, who symbolized, in the Latin American and Caribbean region, the sacrifice of all those who fought for liberation. The Cuban Revolution embraced the socialist endeavor, but congruent with a characteristic cultural syncretism, left out its accompanying dogmas. Values such as solidarity, compassion, forgiveness, and selfless service are principles that must guide every human action.

Key words: history of ideas in Latin America, culture Latin America, José Martí, human values.








La historia de la América Latina es inmensamente rica en luchadores sociales que encarnaron utopías libertarias en sus ideas y actitudes. Sin embargo, si por milagro se levantaran de sus tumbas, son escasos los que encontrarían que se han realizado en la práctica sus sueños y proyectos. Uno de ellos es José Martí, quien vería en la Revolución Cubana que su sacrificio no fue en vano; que su lucha echó raíces y floreció en el proyecto de soberanía y liberación nacionales, con una significativa resonancia internacionalista, realizado por el pueblo cubano en las últimas seis décadas bajo la conducción de los hermanos Fidel y Raúl Castro.

Gracias a Martí, la Revolución Cubana preservó su cubanidad, su originalidad, sin dejarse ceñir por rígidos conceptos dogmáticos que tan nefastas consecuencias tuvieron en otros países socialistas. Él tenía el don de ser un hombre de acción sin dejar de ser un intelectual refinado, era un pragmático y un espiritualista. Jamás perdió el sentido crítico ni el autocrítico.

Vivió quince años en Nueva York, entre 1880 y 1895, cuando comenzaba allí una radical transformación que le imprimiría al capitalismo su carácter agresivo. A la vez, ello le posibilitó el contacto con lo más avanzado del pensamiento filosófico, científico y espiritual. En la sociedad norteamericana, Martí constató lo que significa un desarrollo económico centrado en la apropiación privada de la riqueza, e indiferente a las reales necesidades humanas, y la limitación de la vida espiritual que implicaba esa concepción egocéntrica.

Como señalara Armando Hart:

Martí vio a Cuba ubicada en el centro de ese drama, porque se encontraba en el Caribe y porque era la mayor isla de las Antillas, y consideró su contribución al equilibrio del mundo. Deseaba mucho ese equilibrio, tanto entendido como tema perteneciente a la psicología individual —el equilibrio entre el pensar y el sentir, entre las emociones y la capacidad de razonar— como el equilibrio entre las naciones. Este último para evitar que los Estados Unidos cayeran con esa fuerza más sobre los pueblos de América.(1)

La función de Cuba en el equilibrio de la América Latina y el Caribe durante el siglo que precedió al nacimiento de José Martí tiene antecedentes en hombres de cultura. Influidos por el enciclopedismo y las ideas avanzadas que se iban produciendo en Europa, portadores de un profundo sentido espiritual y orgullosos de su condición de isleños de Cuba, el obispo Espada, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, pensaron los problemas principales de su tiempo e intuyeron un destino propio para su país.

Lo que distinguió a la generación de Varela y Luz y Caballero fue su capacidad para asimilar las nuevas ideas iluministas sin despegar los pies del suelo latinoamericano y caribeño. Hay un principio de la educación popular que se aplica muy bien a esas figuras históricas, y que también explica la originalidad de sus pensamientos: la cabeza piensa donde pisan los pies. En las huellas del ideario que los movía estaban el sufrimiento de los pueblos indí- genas y de los esclavos, la saña colonialista, la lucha pionera de mi cofrade fray Bartolomé de Las Casas, los principios cristianos de la sacralidad radical de cada ser humano, considerado hijo amado de Dios con independencia de su clase, etnia o actividad social.

En nuestro continente, la lucha por la libertad y la justicia la iniciaron los pueblos indígenas. Millones de sus miembros fueron encarcelados, sometidos a suplicio, quemados vivos, decapitados y descuartizados. Túpac Amaru clamó: “Nos oprimen en obrajes, chorrillos y cañaverales, cocales, minas y cárceles en nuestros pueblos”. Hatuey, líder indígena de Cuba, fue quemado en la hoguera. Consta que cuando le preguntaron si quería aceptar la religión de sus verdugos españoles, para así poder garantizarse un lugar en el cielo, preguntó si, al morir, ellos también irían al cielo. Cuando le respondieron que sí, Hatuey dijo que no quería estar con ellos en el paraíso… Túpac Katari y tantos otros regaron con su sangre nuestras tierras sedientas de libertad. También mujeres indígenas, como Bartolina Sisa y Micaela Bastidas, lucharon y murieron en defensa de los derechos de sus pueblos.

El Caribe produjo la primera gran revolución de liberación del continente americano, la Revolución Haitiana. Una masa enorme de esclavos se rebeló, peleó y venció a los colonialistas franceses, ingleses y españoles que los enfrentaron. Ellos fueron los primeros en abolir la esclavitud en América Latina y crearon el primer Estado en esta región.

Martí fue el mayor de los hijos de las generaciones que hicieron la independencia de Cuba y crearon a los cubanos y la identidad nacional. Fue el más grande de sus pensadores, el hombre de acción que organizó la gran revolución popular y el apóstol que simbolizó en sí el sacrificio de todos y lanzó el proyecto de liberación nacional y una segunda independencia de América Latina que debía ser una contribución inmensa al futuro equilibrio del mundo.

Todos esos antecedentes explican la Revolución Cubana y el hecho de que sea un factor destacado del equilibrio de América Latina. Antes de la victoria de los rebeldes de la Sierra Maestra, nuestro continente era zona de ocupación y extorsión, explotación y sumisión a los países más poderosos de Occidente. La Revolución Cubana le dijo “basta” al imperialismo, rescató el espíritu de soberanía de los pueblos caribeños y latinoamericanos, despertó la conciencia crítica de nuestra gente, fomentó movimientos de liberación, dio pruebas de que la utopía puede transformarse en topía y de que la esperanza nunca es vana.

Cuba venció al colonialismo español, eliminó la esclavitud y aseguró su independencia como nación, y con la victoria de la Revolución le puso límites a la expansión imperialista de Estados Unidos.

Fue un movimiento de liberación nacional que abrazó el proyecto socialista. Pero el equilibrio se mantuvo. Martí no fue trocado por Marx; la fe religiosa de los cubanos no fue eliminada por el materialismo histórico y dialéctico: el arte no perdió sus características para ajustarse a los estrechos límites del realismo socialista. Lo que el pensamiento europeo juzgaba antagónico, aquí, en la América Latina y el Caribe se reveló paradójico. Lo que parecía irreconciliable del otro lado del océano, aquí se presentó como convergente, como un marxismo privado de dogmas y un cristianismo desprovisto de arrogancia elitista y sensible al clamor de los pobres, lo que dio por resultado la teología de la liberación.

Mientras que en Europa la fe y la ciencia se batían, aquí el sacerdote católico Félix Varela dejaba claro que no existía incompatibilidad entre esas dos esferas de la inteligencia humana. El mismo Dios que creó la naturaleza, desvelada por la ciencia, es el que se nos reveló en su hijo Cristo Jesús, a quien nos unimos por la fe. Esa paradoja hizo que el pensamiento libertario de nuestro continente evitara el dogma de la inmaculada concepción de una ciencia de la historia capaz de impedir que floreciera entre nosotros la inmensa riqueza del sincretismo religioso, de las peregrinaciones de San Lázaro y la Virgen de Guadalupe, del realismo mágico de Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, del internacionalismo quijotesco del Che Guevara, del ballet lírico de Alicia Alonso, del ojo autocrítico de Tomás Gutiérrez Alea, de la poesía ética de Cintio Vitier y de los poemas criollos de Nicolás Guillén.

Aquí, en la América Latina y el Caribe, el equilibrio del mundo brota de la sorprendente paradoja de un amplio movimiento popular de base de las iglesias cristianas y una nueva óptica teológica, liberadora, centrada en los derechos de los más pobres, sin una ruptura con la Iglesia institucional, sin cisma ni herejía. Una óptica teológica que tiene como punto de partida el sufrimiento de los crucificados: campesinos oprimidos, obreros explotados, mujeres humilladas, negros discriminados, indígenas aniquilados, militantes de la utopía perseguidos, presos, torturados y asesinados.

Para decirlo con palabras de Armando Hart,

los teólogos de la liberación encontraron una explicación que ilustra el déficit científico de las disciplinas sociales, económicas y políticas que sirven a la burguesía, más exactamente, al imperialismo norteamericano. Apuntan como causa de este déficit el hecho de que esas ciencias no analizan toda la realidad ¿Y qué parte de la realidad no analizan? Según los teólogos, el dolor. Para Gramsci, ésta es una verdad de sentido común que debe ser el fundamento de toda filosofía. Recordemos, a propósito de esta cuestión, este pensamiento de Martí: “Aquel que deja a un lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae después por esa verdad que dejó, que crece en la negligencia y acaba con todo lo que aparece sin ella” [Y concluye Hart] Ésa es la limitación que tiene hoy la sociedad capitalista norteamericana.(2)

Aquí, en la América Latina y el Caribe, el equilibrio se rehace mediante un proceso capilar que origina movimientos sociales, movimientos étnicos, como el indígena y el negro, que en las últimas décadas han dado como resultado la renovación, a través de elecciones, de nuestros dirigentes políticos. Sin necesidad de recurrir a las armas,nuestro pueblo, lacerado por las dictaduras militares de 1960 a 1980 y decepcionado de los gobiernos neoliberales mesiánicos entre 1980 y 1990, ahora elige dirigentes que gobiernan a favor de la mayoría de la población, defienden la soberanía de nuestros países, les niegan a las potencias imperialistas su pretendido derecho a dictar reglas en nuestro continente y muestran solidaridad con la Revolución Cubana y con su derecho inalienable a la autodeterminación.

Aun cuando hay aspectos favorables en la coyuntura latinoamericana y caribeña, ¿podemos afirmar que existe hoy un equilibrio del mundo? Lamentablemente ello es aún un proyecto y un sueño. No es verdad, y mucho menos seguro es el equilibrio que se deriva de la amenaza de los arsenales nucleares. Como advertía el profeta Isaías siete siglos antes de Cristo, la paz será, necesariamente, fruto de la justicia (32:17). La paz nunca será resultado del equilibrio de fuerzas.

Vivimos en un mundo desequilibrado por la desigualdad social, la devastación ambiental, la discriminación étnica y racial. Un mundo hegemonizado o, si se quiere, globocolonizado, por la preponderancia del capital, la idolatría del mercado, la hipnosis colectiva inducida por medios de comunicación que no se interesan en formar ciudadanos, sino consumistas. Un mundo que carece de sueños, de idealismo, de valores centrados en la subjetividad, de utopías libertarias. Esa carencia le abre amplios espacios a la dependencia química, esto es, a la proliferación del consumo de drogas, como si el corazón humano, desprovisto de sentido, de alma, clamara en vano por un alimento capaz de saciarlo y, a falta de él, recurriera a la fuga intrascendente de la realidad.

Frente a esa coyuntura contradictoria en la que se mezclan aspectos promisorios y nefastos, ¿qué desafíos tenemos ante nosotros? Dejemos el pesimismo para días mejores. Cuba, asfixiada por el bloqueo impuesto por Estados Unidos, enfrenta el desafío de mejorar el socialismo, con la movilización de todo su pueblo, para tornarlo más participativo, más ético, más productivo y más equitativo. Siguiendo el ejemplo de los cinco héroes que padecen injustamente en cárceles de Estados Unidos, cada cubano está llamado a dar prueba de que prevalecen las convicciones por encima de los intereses pecuniarios; de que los ideales superan la tentación del acomodamiento; de que la espiritualidad se impone a las tendencias egoístas; de que los valores enraizados en el corazón inspiran la certeza de que la Revolución, más que un hecho histórico del pasado, es un proyecto de futuro, de humanización solidaria y sustentable.

La crisis estructural del capitalismo y las medidas draconianas para intentar paliarla, como el desempleo masivo y el recorte de derechos sociales, demuestran que este mundo neoliberal, tan desequilibrado, ya se ha tornado imposible. Hay que buscar otro mundo posible. Un mundo que erradique los arsenales nucleares y las causas de las desigualdades sociales. Un mundo que, como declaró Fidel Castro en Cumbre de la Tierra Eco 92, preserve la principal especie en extinción: el ser humano. Un mundo en el que podamos rescatar la alteridad entre lo humano y la naturaleza, de la cual somos hijos y en cuyo seno somos la inteligencia crítica y creativa del Universo.

Un mundo en el que ninguna diferencia de creencias religiosas, etnia, color de la piel o condición social se convierta en divergencia y produzca discriminación y exclusión. Un mundo equilibrado que ponga la ciencia y la tecnología al servicio de las necesidades reales del ser humano y no de las ambiciones de lucro.

Todavía se aplica a muchas regiones de América Latina lo que Martí describió en el siglo xix acerca de la realidad social de Nueva York:

Una boa no los dejaría como el verano de New York deja a los niños pobres: como roídos, como mondados, como vaciados y enjutos. Sus ojitos parecen cavernas; sus cráneos, cabezas calvas de hombres viejos; sus manos, manojos de yerbas secas. Se arrastran como los gusanos: se exhalan en quejidos. ¡Y digo que éste es un crimen público, y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado! […] Y así de sus propios errores, y de la dureza e indiferencia de los acomodados, se aíslan, aíran, disgustan y envilecen los pobres; y de padres sombríos, y de aire fétido, se mueren los niños.(3)

Para lograr un mejor equilibrio del mundo tenemos mucho que aprender de los pueblos originarios de la América Latina y el Caribe: de su relación con la naturaleza y de su sentido comunitario para la repartición de los bienes. Es Martí quien nos enseña: “De la barbarie de los indios hablan; fuera más justo hablar de sus virtudes y prudencia”.(4) Tenemos que aprender también de quienes trajeron de África el reencantamiento del mundo, la inteligencia que brilla por encima del racionalismo, el carácter anímico de la naturaleza, el gusto por el baile y la fiesta.

Por último, si queremos el equilibrio del mundo, tenemos que aprender de quienes, siguiendo los pasos de Jesús, hicieron de sus vidas don de entrega radical para que todos tengan vida y vida plena: Martí, Rosa Luxemburgo, Gandhi, Dolores Ibárruri, Fidel, Che Guevara, Martin Luther King, Mandela y tantos otros y otras, hombres y mujeres anónimos que, movidos por la virtud de las virtudes —el amor— no temieron arrostrar toda suerte de privaciones y arriesgar la vida. Como dijo Martí: “Sobre cada hombre debe pesar la carga de todo el universo”.(5) Y añadió: “Es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida. El dar la vida sólo constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente”.(6)

Para Martí el equilibrio del mundo dependía también de nuestro equilibrio personal, de la coherencia entre el pensamiento y la acción, entre los principios y la práctica. En ese sentido, uno de los grandes desafíos para todos los que soñamos con una sociedad de hombres y mujeres nuevos, libres del egoísmo tan exacerbado por el capitalismo, es la construcción y la incorporación de una ética sedimentada en la razón, enraizada en la subjetividad y evidenciada en nuestra capacidad de vivir las virtudes como hábitos, en especial el amor: el compartir los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano. Ese compartir encuentra en el socialismo su mayor expresión política.

Las religiones, como el cristianismo, son un manantial de ética en sus más diversas manifestaciones: solidaridad, compasión, perdón, servicio desinteresado. Durante milenios, la humanidad buscó en los cielos, en el Olimpo, los parámetros éticos y morales derivados de la voluntad de los dioses. Tan imbuidos estaban de elfo nuestros corazones que, a cada infracción, el peso de la culpa abatía nuestro ser.

Hoy, con la desacralización del pensamiento y la secularización de la sociedad, denominada por Max Weber el “desencantamiento del mundo”, nos encontramos en un limbo ético. Dejamos la margen del río en la que predominaba la noción de pecado, y aún no hemos alcanzado la margen opuesta, en la que la ética brota socráticamente de la razón. ¿Qué hacer? ¿Resacralizar el mundo e imponerle la religión al conjunto de la sociedad, como ansían los fundamentalistas?

El camino es exactamente el inverso. Todo lo que es verdaderamente humano es sustancialmente divino. Aunque nuestros ojos no se vean iluminados por la fe, toda práctica de amor, de compartir, de solidaridad es experiencia de Dios. Les cabe a las religiones proyectar esa luz sobre nuestra razón y nuestra práctica. Pero lo más importante es que nuestra existencia esté respaldada por una ética de principios adecuada a una práctica tolerante, compasiva y determinada. Una ética centrada en la verdad. ¿Y qué es la verdad? Es la adecuación de la inteligencia a lo real, como muestran el ejemplo y el testimonio de Martí. Ése es el horizonte capaz de instaurar, en el mundo y en cada uno de nosotros, el equilibrio, la ecuanimidad, la esplendorosa aventura espiritual de vivir a plenitud nuestra condición humana.






*Teólogo brasileño perteneciente a la orden de los dominicos.



NOTAS:

1 Raysa White, “Indagaciones desde la epopeya”, entrevista a Armando Hart Dávalos, Granma Internacional (enero del 2000), en de: . Consultada el 15-i-2013.
2 Ibid.
3 José Martí, Escenas norteamericanas, en Obras completas, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1973, tomo 9, pp. 458-459.
4 Martí, El Century Magazine, en ibid., tomo 13, p. 447.
5 Martí, “Política y revolución”, Otro cuerpo de consejo, en ibid., tomo 2, p. 374.
6 Martí, “Cuba, política y revolución”, carta al general Máximo Gómez, Nueva York, 20-x-1894, en ibid., tomo 1, p. 178.








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