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domingo, 15 de febrero de 2015

TARIQ ALI.Sobre las contradicciones de Mao

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Sobre las contradicciones de Mao (ON MAO’S CONTRADICTIONS) del activista político pakistaní Tariq Ali es un artículo en la cual nos narra de manera crítica y lúcida el itinerario del dirigente político chino Mao Zedong, conocido por algunos con el apelativo de Gran Timonel. De hecho, la referencia fundamental que le sirve de excusa para escribir sobre Mao es el libro espléndido de  Rebecca E. Karl, Mao Zedong and China in the Twentieth-Century World,(Mao Zedong y China en el siglo XX Mundial) Duke University Press, Durham, 2010, 216 pp.El artículo de por si es una invitación a repensar a la experiencia China tras su arribo al mundo capitalista como potencia mundial y una vez desaparecido el maoísmo.(Sobre todo porque este viraje ha ocasionado enormes desigualdades e injusticias).Es un hecho indiscutible que ,pese a sus detractores ,Mao es el padre fundador de la China moderna ,el gran realizador de una gran obra revolucionaria pero ,también, no es menos cierto el elevado costo humano y de hambre que orginó el arribo al poder de la dictadura del proletariado.Personalmente considero que la revolución proletaria adolece del mismo defecto que la revolución burguesa: al tomar el poder y establecer la dictadura del proletariado inevitablemente se hace necesario, aunque esto sea arbitrario, el uso del autoritarismo,de la violencia,el abuso de poder ,la intransigencia sin límites (siendo más graves en la experiencia China porque iba unida al fusil y al militarismo) que a la larga origina apego adicto al poder ,burocratismo,y dominación  e imposición.El mismo Napoleón ,aquel dictador y personaje grotesco del cual nos haría saber Marx en su 18 Brumario…,por la vía de la violencia y el autoritarismo impuso un orden que habría de expandirse a todo el globo, y  a la larga terminaría abandonado,enfermo y exiliado en la isla de Elba ,tras haber llevado al pueblo francés a sangrientas guerras y padecimientos absurdos. Y es que en el mismo Marx la concepción clasista de la sociedad (que se reduce a un dualismo histórico) y el sentido negativo de la política tienen un sesgo de dominación.La política ,una vez asumido la rienda del Estado, se vuelve nociva porque  consiste en la dominación de una clase sobre otra (Dussel) más no algo que nos permita construir la sociedad convocando y articulando a sus miembros para resolver los problemas urgentes,tomando en cuenta el sentido común y las necesidades básicas.Estoy de acuerdo con una lectura crítica de Mao porque es hora de buscar nuevas vías de solución política y social siendo más importante tomar en cuenta la realidad propia ,y no repeticiones ideológicas de añoranzas de un marxismo ortodoxo e infértil (1) .Especialmente Tariq Ali hace un estudio sintético desde la historia,la exterioridad y la contradictoria vida de Mao sin dejar de lado ,por supuesto ,que en las condiciones actuales en la China podría ocurrir una nueva explosión proletaria que luche contra la injusticia pese que no imaginamos sus características , un estudio que tal vez  en el Perú se debería imitar tomando como referencia el caso del maoísmo peruano sin negar toda referencia a lo humano (2).Por ejemplo me parece loable las intenciones del filósofo Slavoj Žižek de   reinventar el comunismo teniendo un escenario nuevo en el siglo XXI,si bien él no sabe cómo hacerlo y como será ese nuevo comunismo lo cierto es que este filósofo da por sentado el fin de la experiencia del siglo XX y el socialismo que se desenvolvió en el mismo (3).Es importante ,también, su reinvención del concepto de comunismo como  “lo común” ,aquello que nos es común a todos ( los problemas comunes ) y del cual debemos echar una mano para dar soluciones ; su interpretación de la ideología como aquello que está impuesto de antemano a pesar de que creamos que estamos libres de ella; su preocupación por la China de hoy porque según su parecer se estaría  gestando un capitalismo más autoritario del cual resulta el sepultamiento de las ideas y valores liberales y democráticos ,y acaso por qué no decirlo y agregarlo ,de los valores de la declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789 ( y de la mujer y de la ciudadana de  Olympe de Gouges), tras el afán de hacerlo más “eficiente” ,etc.  


Notas
(1)En el caso peruano creo que es importante revalorizar, repensar y renovar  conceptos como de comunidad, civilización, cultura, democracia, política ,ciudadanía,izquierda y Estado plurinacional  para articular un proyecto propio. 

(2)De hecho, se han realizado algunos estudios como los de Carlos Iván Degregori y Gonzalo Portocarrero pero con un sesgo de izquierda burguesa, malintencionado, caviar y de burocracia que no explican pormenores de la vida de Rubén,del proceso peruano, ni abren la posibilidad que en la actualidad sea posible un movimiento que corrija los errores que cometieron otros,o que se pueda reinventar  y  que el marxismo no está acabado etc...etc. 

(3)Según su parecer, al igual que otros autores, la izquierda en el mundo no sale del escenario ni el horizonte del siglo XX y ese es su error.




Artículo:



SOBRE LAS CONTRADICCIONES DE MAO*
TARIQ ALI




La aparición de China como el motor económico mundial ha desplazado hacia el este el centro del mercado global. Los índices de crecimiento de la República Popular China son la envidia de las elites de todas partes, sus productos circulan incluso por el más pequeño de los mercados callejeros andinos, sus dirigentes son cortejados por gobiernos fuertes y débiles. Estos acontecimientos han desencadenado una interminable discusión sobre el país y su futuro. Las corrientes dominantes en los medios de comunicación se preocupan principalmente por el grado en que Pekín está atendiendo a las necesidades económicas de Washington, mientras que los miembros de los think tanks se preocupan porque China, tarde o temprano, prepare un desafío sistemático a la sabiduría política de Occidente. Mientras tanto, el debate académico normalmente se centra en la naturaleza y la mecánica exactas del capitalismo contemporáneo en China. Los optimistas del intelecto sostienen que su esencia está determinada por el continuado ejercicio del poder por el persistente Partido Comunista de China y consideran el giro hacia el mercado de China como una versión de la Nueva Política Económica de los bolcheviques; en momentos de mayor delirio, sostienen que los dirigentes chinos utilizarán su nueva fuerza económica para construir un socialismo más puro que el de cualquier intento anterior, basado en el desarrollo adecuado de las fuerzas productivas y no en las comunas de poca monta del pasado. Otros, por el contrario, sostienen que un nombre más acertado para el partido gobernante no necesitaría siquiera del cambio de siglas: comunista puede reemplazarse fácilmente por capitalista. Una tercera perspectiva insiste en que el futuro chino simplemente es imprevisible; es demasiado pronto para pronosticarlo con alguna certeza.

Mientras tanto también se producen enconados debates sobre el pasado revolucionario del país. China no ha sido la excepción a una tendencia más amplia que acompañó a la victoria global del sistema estadounidense, a tenor de la cual las historias eran rescritas, la monarquía y la religión se contemplaban una vez más de forma positiva y cualquier idea sobre un cambio radical era despreciada por completo. Mao Zedong ha sido parte central de este proceso. En la propia República Popular China la escuela de los tabloides ha producido libros de memorias, suministradas por doctores, secretarios, etc., de Mao; todos ellos muy en la tradición china de la «historia salvaje», del chismorreo, como también se la conoce. En Occidente, Jung Chang y Jon Halliday –la primera una guardia roja cuyos padres comunistas lo pasaron mal durante la Revolución Cultural, el segundo un antiguo y ciego defensor del pensamiento de Kim Il Sung– salieron a la palestra hace cinco años con Mao. The Unknown Story. Este trabajo se centraba en las notorias imperfecciones (políticas y sexuales) de Mao, exagerándolas hasta alturas fantásticas y proponiendo criterios morales para dirigentes políticos que los autores nunca aplicarían a un Roosevelt o un Kennedy. El resultado de diez años de investigación financiada, por un enorme anticipo de la operación anglo-estadounidense de Bertelsmann, es este tendencioso y en parte fabricado relato, presentado por los conglomerados editoriales y mediáticos de todo el mundo como una obra de inigualable erudición; The Guardian la promocionó por todo lo alto como «el libro que conmocionó al mundo». La obra, que retrata al Gran Timonel como un monstruo peor que Hitler, Stalin o cualquier otro, fue proyectada para acabar con Mao de una vez por todas.

Sin embargo, los estudiosos se mostraron en general despectivos con el culebrón de Chang-Halliday. Una parte de su contenido había sido escrito por lo menos dos décadas antes y muchas de sus «desconocidas» revelaciones, cuando no se basaban por completo en chismorreos, tampoco estaban documentadas ni comprobadas. Gran parte del material fue obtenido de los archivos de los oponentes de Mao en Taiwán y Moscú, y por ello resulta difícil tomarlo en serio. Lo mismo sucede con la utilización de entrevistas a celebridades con un limitado conocimiento de Mao y todavía menor de China, siendo Lech Walesa uno de los muchos entrevistados. Irónicamente, el estilo sensacionalista, de denuncia, recuerda el lenguaje que el propio Mao desplegó contra sus oponentes durante la Revolución Cultural. Después han llegado nuevas contribuciones a la literatura de la demonización, incluyendo Mao’s Great Famine (2010) de Frank Dikötter. El mejor antídoto hasta la fecha es una colección editada por Gregor Benton y Lin Chun, Was Mao Really a Monster? (2010), que reúne mesuradas respuestas de reconocidos intelectuales de Estados Unidos, Gran Bretaña y China.

¿Y el propio Mao? Sus imágenes están en venta, son populares en China y no solo entre los turistas; sus ideas sobre la guerra prolongada se utilizan frecuentemente en el «marketing de guerrillas». Su destino, como el del Che, parece ser ahora el de una preciada mercancía; todo lo que falta es un equivalente chino de los Diarios de motocicleta. (Quizá sin que nosotros lo sepamos, Zhang Yimou está trabajando en El nadador pensativo). La nueva e importante biografía de Rebecca Karl intenta contextualizar a Mao dentro de la historia de su tiempo, pretendiendo restaurar un cierto grado de cordura en la discusión sobre su vida y su papel, con todos sus defectos, como el padre de la China moderna; y simultáneamente también pretende rescatar la historia de la Revolución china de sus detractores en Occidente y en su propio país. Su modelo es la condensada biografía intelectual de Lenin, como teórico y hombre de acción, que realizó Luckács. El relato erudito y ameno de Karl está lejos de ser acrítico, pero ella insiste en que el ascenso de Mao, del maoísmo y del «pensamiento Mao Zedong » no puede entenderse sin tener en cuenta el mundo del siglo XX en que aparecieron y sin tomar en cuenta el papel desempeñado por los imperialismos que presidieron el destino de China durante la primera mitad del mismo. Presentar a Mao como un monstruo sin raíces o un amoral patán del campo es una grotesca distorsión de la historia china. Karl refleja el triunfo del maoísmo y discute sus repercusiones con una claridad meridiana, basada en una investigación meticulosa y en la obstinación de los hechos. Ninguna reescritura de la historia los hará desaparecer.

Hijo de un campesino acaudalado de la provincia de Hunan, posteriormente el lugar de su célebre investigación sobre el movimiento campesino local. Mao y sus dos hermanos más jóvenes probaron el sabor de la vida de los campesinos mientras transportaban estiércol para abonar los campos de arroz de su padre. El padre era un grosero semianalfabeto por el que Mao, desde una edad temprana, no sentía ni agrado ni respeto. Su madre, de un carácter muy diferente, era una mujer decidida que inculcó a sus tres hijos la idea de mejorar el mundo por medio de la acción. Solamente Mao fue enviado a la escuela, donde se empapó de los clásicos confucianos aprendiéndolos de memoria, un sistema educativo común en muchas partes de Asia entonces e incluso ahora. Pero no fue hasta mediados de 1911, año en que se trasladó a Changsha, la capital de la provincia, cuando su pueblerina visión del mundo empezó a cambiar.

La Revolución de octubre de 1911 destronó a la dinastía Manchú, y Sun Yatsen proclamó la república en China. Pero el país permanecía fragmentado; fuera de las grandes ciudades, los señores de la guerra dominaban el panorama. A finales de 1916 la tentativa de Yuan Shikai de auparse al trono y disolver la república fue derrotada. El efecto sobre los intelectuales y los estudiantes fue electrizante, radicalizando a muchos y a Mao entre ellos. En la Cuarta Escuela Provincial, un instituto para formación de maestros, fue donde por primera vez encontró a intelectuales que estaban relacionados con las filosofías políticas occidentales. La Nueva Sociedad de Estudios del Pueblo amplió su universo intelectual y su círculo de amigos, muchos de los cuales se convertirían más tarde en militantes del Partido Comunista de China. Teniendo ya un amplio conocimiento de los clásicos chinos, especialmente los novelistas y poetas, Mao se dirigió hacia el liberalismo a través de la filosofía occidental. Estuvo muy influenciado por su profesor favorito, Yang Changji, un graduado en filosofía en Edimburgo que posteriormente había estudiado a Kant en Heidelberg. Cuando Mao se graduó en 1918, Yang había recibido la oferta de una cátedra de filosofía en Beida (la universidad de Pekín). Se llevó con él a Mao. La agitación intelectual que se había apoderado del país desde 1911 había dado pocas muestras de calmarse; las disputas entre diferentes corrientes filosóficas dominaban la vida cultural de las ciudades. Cai Hesen, un amigo íntimo de Mao, había acabado en París desde donde mandaba largas cartas describiendo el impacto en Europa de la Revolución rusa, subrayando los vínculos entre teoría y práctica, textos que contribuyeron a la radicalización de Mao.

Mao consiguió un empleo en la biblioteca de Beida. Aquí conoció a los profesores Chen Duxiu y Li Dazhao, los editores de Nueva Juventud, una publicación literario-filosófica ampliamente leída que defendía la ciencia, la democracia y el internacionalismo mientras sistemáticamente realizaba una severa crítica de las ideas confucianas y de la servidumbre que alentaban. Los dos hombres habían traducido al chino algunos de los escritos de Lenin y Kautsky y estaban avanzando claramente en una dirección radical. La publicación defendía a los bolcheviques y los comparaba favorablemente con algunos de los revolucionarios republicanos locales de 1911. Aquí fue donde Mao publicó en 1917 su primer texto sobre la importancia de la educación física, y fue a través de los círculos de estudio de Chen y Li como se hizo comunista. A pesar de los esfuerzos de Mao por impresionarles, según Karl, «la única persona en la que causó una profunda impresión fue en la hija del profesor Yang, Yang Kaihui, que más tarde se convirtió en su primera mujer y madre de varios de sus hijos». También fue aquí donde Mao desarrolló su característico estilo literario, a menudo conciso y agudo, algunas veces lírico, que tendría un profundo impacto en las luchas que luego protagonizaría. Aunque mucho más poético que Lenin, el talento de Mao como ensayista y panfletista era similar al del líder bolchevique.

Mao ya no estaba en Pekín cuando en 1919 comenzó el movimiento del 4 de Mayo. A principios de aquél año su madre había enfermado gravemente y había regresado a Changsha. Aquí obtuvo empleo como maestro y creó la Revista del Río Xiang, inconfundiblemente modelada sobre Nueva Juventud. Su tono era marcadamente antiimperialista. Se mostraba crítica con los débiles dirigentes del país y sus mordaces polémicas a menudo daban en el blanco provocando el cierre de la revista por parte del hombre fuerte de la provincia. Karl señala que los comentarios más llamativos que realizó para la Revista se referían al suicidio de una mujer de la zona, la señorita Zhao, en protesta contra un matrimonio forzoso. Mao describía la condición de la mujer en la sociedad como de «violación diaria», defendía su emancipación y sostenía que sólo se podía producir después de una remodelación total de la sociedad china; una perspectiva que compartía Lu Xun que, respondiendo a la tormenta causada por la puesta en escena en Shangai de la obra de Ibsen Casa de muñecas, planteaba la pregunta: si una Nora china tuviera que abandonar el hogar, ¿dónde encontraría refugio?

En julio de 1921, sin que nadie más que los implicados lo supieran, se creó en Shangái el Partido Comunista chino, una fusión de las células que existían en diferentes partes del país; doce delegados representaban a cincuenta y siete comunistas. Chen Duxiu y Li Dazhao no pudieron asistir, pero fueron citados como cofundadores. Mao representaba a la minúscula célula de Hunan que incluía a su mujer. El miembro de la Comintern que asistió y les aconsejó fue Henk Sneevliet, conocido por el seudónimo de Maring, un comprometido comunista holandés que había desempeñado un importante papel en al organización de los sindicatos en Holanda y que en 1912 se había trasladado a las Indias holandesas asistiendo a la creación de lo que más tarde sería el Partido Comunista de Indonesia. La fundación del Partido Comunista de China en Shanghái tuvo poco impacto inmediato, pero los camaradas regresaron a sus lugares determinados a reclutar trabajadores e intelectuales para el nuevo partido. Mao se consideraba ahora como un revolucionario profesional, un soldado raso al servicio del Partido y de la revolución.

El siguiente año y medio lo pasó realizando actividades sindicales entre los mineros del carbón, los ferroviarios y los trabajadores de artes gráficas en Hunan, antes de ser convocado en Shanghái para unirse al Comité Central del Partido. En 1924, la Comintern –ignorando a la propia dirección del Partido– ordenó al Partido Comunista de China unirse al KMT de Sun Yatsen. Mao fue enviado a Cantón para trabajar con los nacionalistas, abandonando a su mujer y a dos hijos pequeños en Changsha. Los ruegos de ésta fueron en vano. Mao dejó a su mujer una carta en verso:

Diciendo adiós, me embarco en mi viaje.
Las desoladas miradas que cruzamos empeoran las cosas…
De aquí en adelante donde quiera que vaya estaré solo,
 te ruego que cortes las enredadas ataduras de la emoción.
Soy un viajero sin raíces
y no tengo nada más que ver con el susurro de los amantes.

Karl se muestra perspicaz sobre la disyuntiva entre la teoría comunista y la práctica de la cuestión de la mujer. Aunque el programa del Partido Comunista de China defendía la liberación de la mujer, una vez dentro del Partido se las destinaba mayoritariamente a tareas menores y maternales. Para muchos el Partido se convirtió en el sustituto de la familia. La familia de Yang estaba radicalizada, pero la mayor parte de las mujeres que se unieron al Partido Comunista de China «fueron formalmente desheredadas por sus familias». Esto hizo más graves las decepciones dentro del Partido. China no era especial en este aspecto: una situación similar existía en Europa y en otros lugares.

En 1925 el estallido de pequeños levantamientos campesinos y una gran oleada de huelgas en las ciudades colocó a los comunistas chinos frente a una elección inmediata: luchar solos y ofrecer un liderazgo político creíble a la nueva oleada de luchas, o domeñarlas continuando el trabajo dentro y bajo el «ala izquierda» del KMT. En esta etapa la Comintern había insistido en que los comunistas subordinaran estrechos intereses de clase a favor de un frente unido con el KMT contra los señores de la guerra, el bandolerismo y en defensa de la democracia burguesa. Borodin, un alto agente de la Comintern (cuyo carácter queda bien reflejado en Los conquistadores de André Malraux) había dicho medio en broma a los dirigentes del Partido Comunista de China que se vieran a sí mismos como «mozos» al servicio de la burguesía nacional. Moscú aportó dinero y estableció lazos militares con los nacionalistas, un rumbo que se iba a mostrar desastrosamente equivocado cuando el KMT se volvió en contra de sus aliados comunistas en 1927.

Aceptando la estrategia de la Comintern, Chen Duxiu, el secretario general del Partido, actuó en contra de sus propios instintos políticos. No tenía la confianza en sí mismo o la fortaleza política para oponerse a Moscú, escribiendo más tarde sobre su propia debilidad: «Yo, que no tenía firmeza de carácter, no podía mantener con insistencia mi propuesta. Respeté la disciplina internacional y a la mayoría del Comité Central». ¿Podía algún otro dirigente haber actuado de manera diferente? La tragedia del nacimiento del Partido Comunista de China fue que nunca tuvo el tiempo necesario para desarrollar su propia política, en un momento crítico para la historia del país. Incluso antes de que la Tercera Internacional –creada en Moscú en 1919, en contra de la opinión de la clarividente Rosa Luxemburg– se viera transformada en un burdo instrumento de la política exterior soviética, ya estaba fuertemente dominada por los victoriosos bolcheviques. Pero el prestigio internacional del que disfrutaban entre los oprimidos no podía sustituir a su conocimiento superficial de Asia. Tristemente, gran parte de lo que escribieron y dijeron fue recibido con una reverencial deferencia, a pesar de la situación concreta de los diferentes países.

Más tarde, y en relación con la debacle china de 1927, Trotsky describiría a la Tercera Internacional como la «primera burocracia de la revolución, que se eleva a sí misma por encima de los pueblos sublevados y lleva a cabo su propia política “revolucionaria” en vez de la política de la revolución ». Que la Revolución china de 1925-1927 hubiera podido tener éxito sin la interferencia de la Comintern sigue siendo una interesante hipótesis. De haberlo hecho, el país habría estado unido contra el imperialismo japonés, lo que hubiera hecho más difícil, si no imposible, sostener la ocupación japonesa. Esto hubiera tenido consecuencias de largo alcance no solo para el lejano Oriente.

Las masacres de Shanghái de 1927, instigadas por el nuevo líder supremo del KMT, Chiang Kai-shek, condujeron a la liquidación virtual de los comunistas locales y de los sindicatos afines de la ciudad. Política y militarmente desarmado por la Comintern y por su propia debilidad, el Partido Comunista de China se vio empujado a un repentino cambio de marcha por Moscú, ansioso por salvar la situación en parte por razones internas. La cuestión china se había mezclado en las luchas de facciones que enfrentaban a Stalin/Bujarin con Trotsky y la Oposición de Izquierdas y Stalin necesitaba desesperadamente una victoria. Pero las insurrecciones que siguieron en Cantón y Changsha fueron fácilmente aplastadas por un KMT unido; realmente, las espantosas brutalidades cometidas en la capital de Hunan fueron perpetradas por el «ala izquierda» nacionalista. La derrota del Partido Comunista de China fue total. Moscú ordenó otro cambio de liderazgo. Chen Duxiu ya había sido destituido. Su sucesor, Li Lisan, fue desechado a favor del títere de Moscú, Wang Ming. Duró cuatro años. El resultado total de la política de la Comintern desde 1922 está claro: desde 1927-1932, como Liu Shaoqi informó al congreso del Partido en 1945, los revolucionarios habían perdido más del 90 por 100 de sus militantes.

Como señala Karl, «desde la muy sombría perspectiva de 1927, todo parecía perdido». Por ello, ¿cómo consiguió el Partido Comunista de China, fustigado por sucesivas derrotas y al borde de la extinción, tener éxito en liberar a todo el país, unirlo por primera vez en siglo y medio, y transformar su estructura económica y social en poco más de veinte años? La victoria comunista de 1949 fue el resultado de políticas militares y sociales que fueron puestas en marcha después de las derrotas de la década de 1920, y que marcaron una clara ruptura con prácticas pasadas. Karl describe la huída de los cuadros comunistas del terror blanco de Chiang en 1927 y las experiencias de Mao a partir de entonces en rechazar a los ejércitos del KMT mediante la guerra de guerrillas. En 1930, después de meses de un duro y combativo viaje, el embrionario Ejército Rojo se estableció en Jiangxi, formando lo que se llamó el Soviet de Jiangxi. Aquí el Partido Comunista de China desarrolló campañas de alfabetización entre los campesinos y les alentó para reorganizar sus pueblos y para que ellos mismos redistribuyeran la tierra. La política del Partido tenía que estar enraizada en «un meticuloso análisis de los ritmos y las estructuras de la vida diaria de los campesinos», en palabras que utiliza Karl para describir el «Informe Xunwu» escrito por Mao en 1930.

Asediado por las fuerzas del KMT, el Partido Comunista de China decidió abandonar Jiangxi en 1934, comenzando la famosa Larga Marcha a Yunán durante la cual, en la Conferencia de Zunyi, el grupo de Mao se hizo con el poder dentro del Partido, lo que le permitió desempeñar un papel decisivo para reorganizarlo. La nueva dirección tomó dos decisiones clave: la primera, iniciar un movimiento hacia el campo para reconstruirse y recuperarse; la segunda, ignorar a Moscú en la práctica mientras se mostraba de acuerdo en la teoría. Una primera prueba de este alejamiento de Moscú se había producido antes de la Conferencia de Zunyi cuando la Comintern, embarcada en su tercer periodo de ultraizquierdismo, proclamó que una «nueva y gran marea revolucionaria» estaba de camino. La palabra rusa pod’em indicaba «levantamiento» o «avance». Después de mucho reflexionar y discutir, Zhou Enlai la tradujo al chino como gao-chao o «marea creciente ». Mao, de un modo poético, respondió en enero de 1930 con un panfleto, Una sola chispa puede comenzar el fuego en la pradera, en donde interpretaba como sigue la frase de la Comintern:

Es como un barco lejano en el horizonte cuya punta del mástil ya puede verse desde la playa; es como el sol de la mañana en el Este cuyos relucientes rayos son visibles desde una elevada montaña, es como un niño esperando nacer, moviéndose sin descanso en el vientre de su madre.

El mensaje era evidente. No iba a pasar nada de manera inmediata, pero la pasividad frente a la derrota tampoco era una opción. A partir de entonces serían los campesinos pobres los que reabastecerían al Partido, y de sus filas se crearían tres poderosas ramas del Ejército Rojo. Aparte del hecho de que no había otra solución, esta larga gestación permitió a Mao y a sus camaradas desarrollar mecanismos de apoyo en el campo que se mantendrían durante mucho tiempo. Como ya se ha sostenido en las páginas de esta revista, estos vínculos explican y diferencian la trayectoria del comunismo chino de la de su homólogo ruso.

Una China unificada había sido el gran premio que esperaba a los nacionalistas y a sus amigos del exterior, pero la invasión japonesa de 1937 y la subsiguiente brutal ocupación había dejado al descubierto la debilidad del nacionalismo ortodoxo. Un KMT corrupto y colaboracionista se había desacreditado a sí mismo, con Chiang comparando favorablemente a los invasores japoneses con los comunistas: los primeros eran una enfermedad que tenía remedio, los segundos un cáncer que tenía que ser destruido. A partir de 1941, los ejércitos nacionalistas empezaron a sufrir un sangría de soldados y oficiales ante el avance de los ejércitos y las guerrillas comunistas bajo el mando político-militar unificado de Mao Zedong, Zhu De y Peng Dehuai. La estrategia que Mao había expuesto en textos como «Sobre la guerra de guerrillas» (1937) y «Sobre la guerra prolongada» (1938) estaba cosechando recompensas. A partir de 1946, Chiang Kai-shek y el núcleo central de su desmoralizado ejército fueron empujados hacia el sur hasta que, a finales de 1949, huyeron a Taiwán llevándose las reservas del país y otros muchos tesoros que habían saqueado de los museos y sótanos de la Ciudad Prohibida. Después de dos décadas en el campo, los comunistas regresaron a las ciudades para ser recibidos como libertadores por grandes multitudes en Pekín, Shanghái y Cantón.

Como señala Karl, el país que heredó el Partido Comunista de China había sido arruinado primero por los japoneses y después por la guerra civil: el comercio había sido destruido, la moneda carecía de valor y se extendía una economía de trueque. «Partes de la intelectualidad urbana y de las elites tecnológicamente competentes habían huido con el KMT, dejando las ciudades sin administración y las instituciones sin dirección». El deterioro y la derrota del viejo orden había dejado tras de sí un país desolado y un desempleo masivo en las ciudades. La tarea a la que se enfrentaban Mao y sus camaradas era enorme. Ninguna teoría, por sofisticada que sea, puede ofrecer un catálogo de soluciones para afrontar una crisis como esa. El Partidoejército construido por Mao y el grupo que le rodeaba contribuyó enormemente a restaurar una apariencia de orden a principios de la década de 1950. La ayuda del exterior era limitada: la propia Unión Soviética estaba en ruinas aunque después de la primera visita de Mao a Moscú, en 1949-1950, de mala gana proporcionó asistencia y especialistas.

En Washington, Truman y más tarde los hermanos Dulles asumieron irreflexivamente que la victoria de Mao había fortalecido el monolito comunista y que a partir de entonces, China sería poco más que el apéndice de Stalin. Pero antes de que se dieran cuenta de su error, intentaron una costosa y arriesgada política de contención. Con la cobertura de Naciones Unidas, el general MacArthur se trasladó a Corea para impedir que los comunistas tomaran el poder sobre toda la península, que había sido liberada del dominio colonial japonés en 1945. Los comunistas fueron empujados hacia el norte y miles de civiles masacrados en el proceso. Cuando se desencadenó la guerra abierta en 1950, los dirigentes chinos fueron en ayuda de los asediados coreanos del norte. Su ayuda fue decisiva. Dirigidos por Peng Dehuai, un brillante estratega militar, la fuerza expedicionaria china hizo retroceder a los estadounidenses hacia el sur, asegurando las fronteras de la República Popular China. Sin embargo, las bases militares estadounidenses permanecieron en Corea del Sur para proteger a sus clientes, mientras Corea del Norte sobrevivió, mutando lentamente en una cierta clase de Ruritaria estalinista.

Karl proporciona relatos admirablemente concisos de las principales tensiones y debates que se produjeron durante el periodo maoísta: la oposición entre burocracia y revolución, los desacuerdos sobre los caminos del desarrollo, las relaciones entre el Partido, el ejército y las masas. El pensamiento político siempre está en el centro de la discusión. Lo que diferenciaba por completo a la teoría maoísta de la ortodoxia estalinista podría resumirse así: la conciencia revolucionaria de las masas unida a la actividad de masas equivale a la autoemancipación y a la transformación social. Esta teoría se derivaba del contacto diario con el pueblo durante la guerra prolongada contra Japón y el KMT. La «línea de masas», como sostenía Mao, privilegiaba a «las masas» a la hora de pulir y definir la teoría. La consecuencia era que las masas podían superar todos los obstáculos, lo que estaba bien en relación a la guerra, aunque en este caso la derrota del KMT hubiera sido impensable sin la invasión japonesa, pero, ¿era posible esa práctica en tiempos de paz? ¿Puede la actividad de las masas anular los problemas planteados por estructuras socioeconómicas materiales como una base industrial débil? Karl rechaza la acusación de «voluntarismo» que muchos críticos –favorables y desfavorables – han presentado contra el maoísmo, prefiriendo recalcar la manera en que el pensamiento de Mao «invirtió las determinaciones » del marxismo ortodoxo. Pero aquí es donde sus argumentos se muestran más débiles, como revela la posterior evolución de China.

El Gran Salto Adelante que condujo a la hambruna de 1959-1961 y a la muerte de entre 15 y 20 millones de campesinos fue ciertamente consecuencia del voluntarismo. En un esfuerzo en pos de la autosuficiencia, las áreas rurales fueron parcialmente industrializadas de manera irregular y descoordinada, mientras que la exhortación de Mao para superar a Estados Unidos y Gran Bretaña en la producción de acero hizo surgir una erupción de hornos en los patios traseros de las casas, que retiró enormes cantidades de mano de obra de los campos. Las espantosas consecuencias no fueron intencionadas, a diferencia de las hambrunas en Irlanda y Bengala durante la época colonial británica, pero eso no era consuelo para las familias de aquellos que perecieron. Mao quedó impresionado cuando finalmente conoció la magnitud del desastre, pero era demasiado tarde para hacer algo. ¿Cómo fueron Mao y sus colegas tan fácilmente engañados por falsas estadísticas, enviadas por acomodaticios burócratas del Partido en el campo para mostrar que el Gran Salto estaba marchando bien? Karl dice que «el maoísmo horrorosamente fuera de control estaba en la raíz de los problemas», pero el proceso mediante el cual se produjo tal resultado queda sin explorar.

Una de las tragedias del comunismo mundial fue que la mayor parte de los partidos que generó alcanzaron su mayoría de edad y se convirtieron en organizaciones de masas durante las décadas de 1930 y 1940. Para entonces, las tradiciones iniciales de discrepancia y debate dentro del partido bolchevique habían quedado suprimidas y la mayor parte de los que participaron en ellas –incluyendo al 90 por 100 de aquellos que habían estado con Lenin en el Comité central– habían sido brutalmente exterminados. El modelo que empapó a los nuevos comunistas fue el que encontraron en Moscú: una dictadura social del Partido/burocracia que era el amo de toda la vida pública y que estaba sostenida por redes institucionalizadas de represión. Este fue el sistema que levantaron cuando llegaron al poder o incluso el que funcionó dentro de los partidos activos en el mundo capitalista y colonial. El sofocamiento del debate debilitó tanto al Partido como al Estado. Karl documenta ejemplos dentro del Partido Comunista de China, incluso antes de que tomara el poder, tales como la campaña de Rectificación del Partido de 1941-1942 a la que considera como «los comienzos del culto a Mao». En la década de 1950 se produjeron repetidos intentos de arrancar de raíz a los «contrarrevolucionarios», especialmente con la Campaña Antiderechista de 1957-1958. Sin embargo, la dirección posrevolucionaria china evito en gran parte las purgas al estilo estalinista y los asesinatos en masa de sus propios cuadros y militantes. Como señala Karl, «a diferencia de las purgas estalinistas, donde una llamada a la puerta después de medianoche anunciaba el fin, en la China maoísta, el fin llegaba con palabras, periódicos y carteles en las paredes». Una razón de esta diferencia era que la mayor parte de los serviles dirigentes pro-Comintern ya habían sido destituidos, el último de ellos derrotado por un choque armado anterior a la Larga Marcha.

La versión de Mao de la estructura estalinista se basaba supuestamente en la voluntad popular colectiva puesta en pie por la revolución. ¿Pero cuánto tiempo pueden semejantes estructuras sobrevivir sin mediaciones, sin instituciones representativas a través de las cuales se puedan discutir y votar las diferentes interpretaciones de la voluntad popular? Esto no tiene nada que ver con la imitación de Occidente, sino con el hecho de que se trata en realidad del método más eficaz y menos doloroso para poner a la gente en contacto con sus dirigentes por medio de representantes elegidos que son plenamente responsables y pueden ser destituidos por los electores en cualquier momento. Si hubiera existido semejante sistema, la hambruna no se hubiera producido y los hornos en los patios traseros podrían haber sido desmantelados poco después de que hubiera empezado el experimento. ¿Qué habría podido decir la «voluntad popular» sobre las montañas de cadáveres que decoraron los campos después de la hambruna de masas?

Cuando finalmente los dirigentes del Partido se reunieron en Lushan a finales de 1959 para discutir la tragedia que se estaba produciendo, todos ellos incluyendo a Mao, adoptaron una actitud autocrítica. Pero fue su viejo camarada de Hunan, Peng Dehuai, el que se enfrentó a Mao por sus métodos de mando que habían aislado al Partido del pueblo. Por ello fue despojado de todos sus cargos y exiliado; Lin Biao le sustituyó como ministro de Defensa. Sin embargo, un resultado importante de la calamidad –pronto exacerbado por la ruptura chino-soviética– fue que la dirección del Partido marginó de hecho a Mao. Su venganza llegó en 1966 cuando, con su estilo característico, apeló a la juventud del país para «bombardear la sede del Partido» con la crítica, para «crear el mayor desorden bajo el cielo» y así «restaurar el orden». La Gran Revolución Cultural Proletaria fue una asombrosa demostración de la «línea de masas». Mao se convirtió en el dios-emperador del movimiento con Lin Biao como su leal secretario; el Pequeño Libro Rojo se convirtió en catecismo único del movimiento.

El objetivo principal era recuperar el poder, aunque Karl también destaca el impulso antiburocrático que había detrás así como «el intento de apoderarse de la política; del poder de la cultura y del discurso de masas para la revolución». Mao había desechado su responsabilidad para sostener y asegurar la estructura política de China y permitió que su juicio fuera sustituido por las pasiones, urgencias y triunfos de la lucha por el poder. En el proceso, él y sus seguidores deshumanizaron a sus oponentes: exceptuando a Zhou Enlai y Lin Biao, los antiguos dirigentes del Partido fueron denunciados como «seguidores del camino capitalista»; Liu Shaoqi fue maltratado, Peng Zhen, el una vez poderoso alcalde de Pekín, y otros muchos fueron públicamente denigrados frente a grandes multitudes; Deng Xiaoping fue enviado a arreglar tractores en la zona rural de Jiangxi. Niños histéricos se enfrentaron a sus padres y les denunciaron como traidores; maestros y profesores fueron humillados, las universidades cerraron, se destruyeron públicamente antiguos tesoros y Mao regresó al timón.

Los ejemplos de la militancia ciega y del fanatismo de la Revolución cultural son demasiado numerosos como para reflejarlos, pero sus aspectos contradictorios quedan normalmente minimizados. Cuando entrevisté a algunos antiguos guardias rojos en Hong Kong, ellos describieron cómo se habían sentido liberados y pronto habían abandonado el Pequeño Libro Rojo para leer, escribir y hacer circular textos críticos que desafiaban a Mao y encontraban su labor insuficiente. El mandar a los habitantes de las ciudades al campo sin duda dio a esta generación una idea de cómo vivía y trabajaba allí la gente común. Karl recalca el efecto estimulante sobre miles de jóvenes de esta recién descubierta movilidad que tendría un profundo impacto, como posteriormente revelaron películas y novelas.

Pero en el verano de 1967 Mao llamó al ejército para restaurar el orden, realizando un cambio radical de postura cuando el levantamiento revolucionario empezó a suponer una amenaza para el propio Partido Comunista de China. Los años finales de Mao estuvieron marcados por un conjunto de acontecimientos que señalaban un giro a favor de los «seguidores de la senda capitalista» en casa y de los «tigres de papel» en el exterior: acercamiento a Washington y visita de Nixon en 1972, seguida en 1974 por el regreso de Deng Xiaoping –el gato con muchas vidas– a la vida política. Estos años allanaron el camino para la gran transformación que iba a producirse tras la muerte de Mao. Karl finaliza explorando el destino del legado de Mao, aclamado por la ideología del Partido pero revocado en la práctica política y económica. Observa que «solamente repudiando el maoísmo y todo lo que Mao representó es posible para los actuales dirigentes del Partido Comunista conservar a Mao como la hoja de parra de su legitimidad ». Uno de los méritos del libro de Karl es que permite una seria discusión de todos estos temas. Será interesante ver cómo se recibe la obra en China, donde la postura oficial es que los logros de Mao superaron con mucho a sus errores; en una proporción de 70/30 de acuerdo con el informe oficial del Comité Central en 1981. Según avanza el capitalismo chino, creando cada vez más disparidades económicas y sociales, quizá alguna de las ideas de Mao puedan ser desplegadas de nuevo por las masas insurgentes cuando intenten de nuevo asaltar los cielos.




(*) Rebecca E. Karl, Mao Zedong and China in the Twentieth-Century World, Duke University Press,Durham, 2010, 216 pp.




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