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sábado, 1 de agosto de 2015

Resignificar Lenin: el caso Žižek

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Javier Sánchez Serna. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Murcia publicó este artículo que lleva por título Resignificar Lenin: el caso Žižek .Apareció en el número 6 de la revista INQUIETUD. Revista de los estudiantes de filosofía de la región de Murcia. Febrero 2013.Págs. 66-71.Sus temas de interés e investigación ha sido la teoría social, la filosofía política, en especial, del análisis del capitalismo contemporáneo, el republicanismo y el marxismo.Después de leer este artículo se avizora un nuevo panorama….  


Resignificar Lenin: el caso Žižek


Slavoj Žižek no es un filósofo al uso. Su discurso interdisciplinario, original mezcla de psicoanálisis lacaniano, marxismo y crítica cultural, junto a su carácter polémico y desmesurado, hacen que este pensador esloveno no pase inadvertido para nadie. Muchos, es cierto, lo consideran un fraude. Otros tantos dicen que es una moda pasajera y que no debemos tomarlo demasiado en serio. Pero Žižek está ahí; presente en innumerables debates y discutiendo con filósofos de la talla de Judith Butler, Antonio Negri o Ernesto Laclau. En este artículo intentaremos presentar las contribuciones del filósofo esloveno al debate sobre la actualidad de la izquierda radical y, especialmente, su interesante recuperación de la “figura maldita” de Lenin.

No cabe duda que rescatar del olvido al líder de la Revolución de Octubre tiene mucho de provocativo. Así lo reconoce el propio Žižek en las primeras páginas de su libro Repetir Lenin (1) . A Marx, nos dice, se le puede citar aquí y allá. ¡Si hasta en Wall Street le adoran! Pero no ocurre lo mismo con Lenin... ¿Acaso no representa el revolucionario ruso el fracaso mayúsculo de intentar poner en práctica el marxismo? La popularizada imagen de un Lenin implacable, capaz de aplicar su programa político hasta las últimas consecuencias, ha logrado un cierto consenso antileninista en la izquierda radical: si ésta, se dice, quiere tener alguna oportunidad, debería desembarazarse de las viejas ideas de lucha de clases, toma revolucionaria del poder, dictadura del proletariado, etc. Ahora bien, ¿no cabe otra actitud posible ante el legado leninista? Es más, ¿a que está apuntando este rechazo generalizado? Es justamente aquí donde Žižek se propone reescribir el significante Lenin en la época contemporánea. No estamos, pues, ante un balance histórico desapasionado que pudiera desvelarnos algo así como el “auténtico ser” de Lenin, tantas veces deformado por el discurso liberal y la propaganda estalinista, sino ante una rearticulación fragmentaria del líder revolucionario que pueda servir de confrontación crítica con la izquierda actual.

 Y es que, a juicio de nuestro filósofo, la izquierda vive una de las peores crisis de su historia y necesita reinventar las coordenadas básicas de su proyecto. Pero, se pregunta, ¿no es esta situación de fin de época en cierto modo homóloga a la que dio origen al leninismo? Y si así fuera, ¿cómo podemos repetir la gesta de Lenin, quien en un tiempo de deslegitimación del sistema fue capaz de reinventar el proyecto socialista?

 Desde luego, si algo ha logrado la contrarreforma capitalista de las tres últimas décadas ha sido la despolitización de la esfera económica. La prueba es que se puede legislar sobre todo (derechos humanos, sexismo, homofobia, religión), pero no sobre economía. Aquí reina el silencio y campean a sus anchas las ciegas leyes del mercado. Ahora bien, ¿no está indicando este silencio, justamente, la centralidad de la esfera económica? Žižek denuncia, en este sentido, el discurso multiculturalista tolerante como el correlato necesario de este silencio constitutivo del capitalismo tardío. Dicho discurso, “se basa en la tesis de que vivimos en un universo post-ideológico en el que habríamos superado esos viejos conflictos entre izquierda y derecha, que tantos problemas causaron, y en el que las batallas más importantes serían aquellas que se libran por conseguir el reconocimiento de los diversos estilos de vida”(2) . Sin embargo, el resultado de este desplazamiento de lo económico es que la propia esfera política se despolitiza y el antagonismo queda cancelado. La izquierda, dice Žižek, debería abandonar la bandera del multiculturalismo y reactivar la crítica de la economía política, tal como nos la habían enseñado Marx y Lenin. Dicho cambio pasaría por cuestionar abiertamente la misma estructura económica del capitalismo y por prestar una atención inquebrantable a su dinámica específica: la lucha de clases.

Ahora bien, aunque la economía sea el dominio clave de lo social, Lenin siempre se mantuvo firme contra la tentación economicista, esto es, aquella vieja ilusión, propia de la socialdemocracia fin de siècle, según la cual los factores económicos determinan por entero la realidad social, política y cultural.

Para Žižek, la posición leninista encierra una valiosa lección para una izquierda radical dividida entre “políticos puros” (Negri, Rancière, Laclau) que abandonan la economía como el escenario de la lucha, y “economistas” (Arrigui, Harvey) fascinados por el funcionamiento del capitalismo global y escépticos sobre la posibilidad de intervenciones políticas exitosas. Con respecto a dicha división, repetir Lenin implicaría sostener que, aunque la batalla decisiva se decidirá en la esfera económica, la intervención debería ser propiamente política.

 A juicio de Žižek, lo característico de la intervención política leninista es la negación de la cobertura del gran Otro, ese sujeto o entidad que conoce, que tiene presuntamente la respuesta. Dicho de otro modo, la revolución no puede apelar a una instancia externa de legitimación. Lenin, nos recuerda el filósofo esloveno, siempre fue especialmente duro con aquellos camaradas que buscaban algún tipo de garantía para el Acto revolucionario, ya fuera bajo la forma de una supuesta necesidad social (leyes del desarrollo histórico), ya fuera apelando a algún tipo de legitimidad normativa (elecciones). Y es que, ¿no está indicando esta búsqueda desesperada de garantías el miedo al abismo del Acto? La grandeza de Lenin radica justamente en asumir el salto de fe kierkegaardiano. Esto es, asumir que a la hora de la decisión revolucionaria estamos completamente solos y debemos afrontar la angustia de lo incierto. En última instancia, la revolución sólo se autoriza a sí misma.

 Además de reivindicar el gesto heroico de Lenin, Žižek desempolva, como otra de las lecciones claves del leninismo, el muy devaluado “derecho a la verdad”. Nuestra era posmoderna, como es sabido, denuncia cualquier afirmación de verdad, y tanto más si está ligada a un agente político, como la mera expresión de una voluntad de poder oculta. En su lugar, los filósofos posmodernos (Rorty, Singer) demandan la proliferación de perspectivas y narraciones que, en última término, reflejen la irreductible pluralidad de individuos y culturas. Pues bien, frente a este relativismo multiculturalista, Žižek reivindica una noción fuerte de verdad. Pero no esa clase de “verdad objetiva” que flota como por encima de los individuos, sino una verdad estrictamente partidista. “El envite de Lenin —nos dice el filósofo esloveno -consiste en decir que la verdad universal y el partidismo, el gesto de tomar partido, no sólo no son mutuamente excluyentes, sino que se condicionan de manera recíproca: la verdad universal de una situación concreta sólo se puede articular desde una postura por completo partidista: la verdad es, por definición, unilateral” (3). En este sentido, fue el frontal rechazo de Lenin a la guerra interimperialista lo que posibilitó la emergencia de la verdad de toda la situación. Del mismo modo, fue la posición del judío bajo el Tercer Reich la que sacó a la luz la atroz verdad del nazismo. La verdad política no es relativa: siempre existe la verdad de la víctima. Son las víctimas las que introducen la universalidad. Esta posición, obviamente, va contra la doxa predominante del compromiso, de encontrar un punto intermedio entre los diferentes intereses en conflicto. Así, frente al indefinido “derecho a narrar” posmoderno (¿de verdad tiene algún interés para los de abajo la “narración” o perspectiva de Emilio Botín, o la de Amancio Ortega?), Žižek afirma que la verdad política tiene que ver, esencialmente, con tomar partido por los explotados, por los oprimidos, por la parte sin-parte.

 Sin embargo, no es posible un anticapitalismo consecuente sin combatir, a su vez, la democracia liberal. A juicio del pensador esloveno, nuestras democracias se asientan sobre una ficción simbólica básica: “eres libre de elegir siempre que hagas la elección correcta”. Quizá sus palabras puedan parecernos un exceso. Pero, ¿acaso no sabemos todos a qué partidos debemos votar para no cabrear a los inefables mercados? Dicho de otro modo, cuando uno escucha las diferentes recetas de conservadores y (social) liberales para salir de la crisis, ¿no tiene de pronto la extraña sensación de estar viviendo en una democracia de partido único? Esto es, ¿no tiene la sensación de que de algún modo se nos está hurtando la verdadera decisión?

 Este malestar político existe y es cada vez más palpable en amplias capas de la sociedad, como muestran los elevados índices de abstencionismo. En opinión de los teóricos de la democracia radical Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (4) , el problema del liberalismo radicaría en desconocer (u ocultar) que la esencia de lo político no es el consenso, sino el conflicto, el “nosotros” y el “ellos”. Ahora bien, para estos pensadores deberíamos conservar las formas de la democracia liberal por cuanto permiten convertir el “enemigo” en “adversario” y desactivar la violencia política.

Frente a esta última posición, Žižek va a sostener que la democracia liberal, que se presenta a sí misma como universal, siempre se levanta sobre la exclusión de una parte (ayer los no-propietarios y las mujeres, hoy los migrantes). Ahora bien, si bajo la democracia liberal la traducción del enemigo en adversario nunca puede ser completa, pues siempre queda un resto excluido del pacto, el fetiche del procedimiento formal-democrático pierde entonces su poder simbólico. La izquierda radical, sostiene Žižek, debería repensar la democracia, más allá de su forma liberal, como el movimiento de los excluidos, de los sin-parte, que justamente a fuerza de serlo se convierten en representantes de la injusticia global, y están en condiciones de significar una nueva universalidad.

 Esta irrupción de la parte sin-parte desborda el orden policial, el orden social preconstituido, a la vez que hace emerger un nuevo poder constituyente. La política leninista, sintetizada por la consigna “¡Todo el poder a los soviets!”, es sencillamente la sanción de este desbordamiento que, como hemos dicho, se legitima a sí mismo.

Pero, más allá de las jornadas revolucionarias de Octubre, ¿no fue la práctica política de Lenin el preludio necesario del periodo estalinista? La mayoría de historiadores que sostienen la continuidad entre la época de Lenin y la de Stalin señalan a menudo el uso del terror político en ambos periodos. Para Žižek, por el contrario, es con respecto al terror político donde uno puede situar la diferencia fundamental entre uno y otro. Así, mientras que en tiempos de Lenin el ejercicio de la violencia era abierto y transparente —y, en este sentido, se lo llamaba por su nombre, terror rojo-, en tiempos de Stalin el terror reaparece como el complemento obsceno del discurso oficial, hasta el punto de que “la prohibición misma estaba prohibida; se tenía que fingir y actuar como si no hubiera terror, como si la vida hubiera vuelto a la normalidad” (5). En el fondo, dice Žižek, entre Lenin y Stalin media la misma distancia que entre Kant y Sade: el sujeto kantiano/leninista cumple con su deber fríamente, mientras que el sádico/estalinista no es lo suficientemente frío y convierte en goce lo que se le impone (6) .

 El estalinismo supone, pues, la autonegación y mistificación de la dictadura bolchevique de los primeros años. En este sentido, el periodo estalinista significó la clausura de la utopía leninista y un cierto regreso al sentido común (final de las vanguardias artísticas, defensa de la familia patriarcal, nacionalismo gran-ruso, etc.). A pesar de ello, nos advierte Žižek, deberíamos dejar de contraponer leninismo y estalinismo. Leninismo es una noción profundamente estalinista en tanto que gesto de proyección del potencial utópico hacia el pasado para poder soportar la contradicción inherente del proyecto estalinista.

 Reactivar Lenin implicaría, por tanto, distinguir el “leninismo” (como instrumento de poder) de la verdadera práctica política y de la verdadera ideología política del periodo de Lenin. Sin embargo, Žižek no nos está proponiendo una vuelta a una especie de “leninismo auténtico”. Resignificar Lenin, nos dice, implica reconocer que “Lenin ha muerto”, que su solución particular fracasó, pero que en ella hay un destello utópico-emancipatorio que vale la pena rescatar. Repetir Lenin supone, en definitiva, volver a pensar una acción radicalmente transformadora que esté en condiciones de desafiar con éxito el capitalismo globalizado de nuestros días.



Notas:


(1) Žižek, S.: Repetir Lenin. Trece tentativas sobre Lenin, Akal, Madrid, 2004.
(2) Žižek, S.: En defensa de la intolerancia, Sequitur, Madrid, 2008, p. 11.
(3) Zizek, S.: Repetir Lenin. Trece tentativas sobre Lenin, Akal, Madrid, 2004, p. 22.
(4) Cfr. “Introducción” de Mouffe. Ch.: El retorno de lo político, Paidós, Barcelona, 1999.
(5) Žižek, S.: “Prólogo” en Trotsky, L., Terrorismo y comunismo, Akal, Madrid, 2010, p. 32.
(6) Cfr. Žižek, S.: “Cuando el Partido se suicida” en ¿Quién dijo totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el (mal) uso de una noción, Pre-textos, Valencia, 2002.






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