domingo, 1 de julio de 2018

ISAIAH BERLIN : 1848

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1848


Gegen Demokraten Helfen nur Soldaten[8].
Canción prusiana

Libertad, Igualdad, Fraternidad… cuando lo que esta república realmente significa es Infantería, Caballería, Artillería…
KARL MARX, El 18 Brumario de Luis Bonaparte

El gobierno de Guizot expulsó a Marx de París a principios de 1845 como resultado de las notas oficiales en que Prusia había pedido el cierre del socialista Vorwarts, donde habían aparecido comentarios ofensivos sobre el carácter del monarca prusiano reinante. Originariamente, la orden de expulsión había de incluir a todo el grupo, en el que figuraban Heine, Bakunin, Ruge y varios otros exilados extranjeros menos conocidos. A Ruge no se le molestó porque era ciudadano sajón; el mismo gobierno francés no se aventuró a ordenar la expulsión de Heine, figura de fama europea que por entonces estaba en la cúspide de su talento e influencia. Pero Bakunin y Marx fueron expulsados a pesar de las vigorosas protestas de la prensa radical. Bakunin se dirigió a Suiza, y Marx, con su mujer y su hija de un año, Jenny, a Bruselas, donde poco después se le reunió Engels, que había retornado de Inglaterra con ese propósito. En Bruselas no tardó en establecer contacto con las diversas organizaciones de obreros comunistas alemanes, en las que figuraban miembros de la disuelta Liga de los Justos, sociedad internacional de revolucionarios proletarios con un vago pero violento programa, influida por Weitling; tenía ramas en varias ciudades europeas. Marx entró en relaciones con socialistas y radicales belgas, mantuvo una activa correspondencia con miembros de grupos similares de otros países y estableció una organización regular para el intercambio de informaciones políticas, pero la esfera principal de su actividad estaba entre los trabajadores alemanes que vivían en la misma Bruselas. Intentó explicar a éstos, por medio de conferencias y de artículos aparecidos en su órgano, el Deutsche Brüsseler Zeitung, el papel que les correspondía en la próxima revolución, que él, como la mayor parte de los radicales europeos, creía inminente.
Tan pronto como llegó a la conclusión de que la instauración del comunismo sólo podía llevarla a cabo un alzamiento del proletariado, toda su existencia se volcó en el intento de organizado y disciplinarlo para cumplir tal misión. Esta historia personal, que hasta este punto puede considerarse como una serie de episodios en la vida de un individuo, se torna ahora inseparable de la historia general del socialismo en Europa. Dar cuenta de la una equivale necesariamente, por lo menos en cierto grado, a dar cuenta de la otra. Los intentos que se hagan para distinguir el papel que desempeñó Marx en la dirección del movimiento mismo oscurecen la historia de ambos. La tarea de preparar a los obreros para la revolución era para él una tarea científica, una ocupación de rutina, algo que debía realizarse tan sólida y eficientemente como fuese posible, y no ya un medio directo de expresión personal. Las circunstancias externas de su vida son, por lo tanto, tan monótonas como las de cualquier otro dedicado estudioso, como las de Darwin o Pasteur, y ofrecen el más agudo contraste con la vida inquieta, sacudida por emociones, de los otros revolucionarios de su época.
Las décadas de la mitad del siglo XIX constituyen un período en que la sensibilidad había ganado enorme prestigio. Lo que había comenzado por ser la experiencia aislada de individuos excepcionales, de Rousseau y Chateaubriand, Schiller y Jean Paul, Byron y Shelley, fue incorporándose, imperceptiblemente, en un elemento general de parte de la sociedad europea. Por primera vez, toda una generación quedó fascinada por la experiencia personal de hombres y mujeres, considerada en oposición al mundo exterior, compuesto del juego conjunto de las vidas de sociedades o grupos enteros. Tal tendencia obtuvo expresión pública en las vidas y doctrinas de los grandes revolucionarios democráticos, así como en la apasionada adoración con que los miraban sus seguidores; Mazzini, Kossuth, Garibaldi, Bakunin, Lassalle, eran admirados no sólo como heroicos luchadores por la libertad, sino también por sus cualidades románticas, poéticas, como individuos. Sus realizaciones se consideraban expresión de una profunda experiencia, cuya intensidad confería a sus palabras y ademanes una emocionante calidad personal del todo distinta del heroísmo austeramente impersonal de los hombres de 1789, calidad que constituye la característica distintiva, la peculiar índole de la época. Karl Marx pertenecía espiritualmente a una generación anterior o posterior, pero, desde luego, no a su propia época. Carecía de penetración psicológica, y la pobreza y el duro trabajo no habían aumentado su receptividad emotiva; esta extrema ceguera a la experiencia y carácter de las personas que no estaban dentro de su esfera de experiencia inmediata hacía que su relación con el mundo externo se mostrase singularmente ruda; había vivido un breve período sentimental cuando estudiaba en Berlín, pero eso ya había acabado para siempre. Consideraba el sufrimiento moral o emocional, así como las crisis espirituales, como complacencias burguesas imperdonables en tiempo de guerra; como después Lenin, parecía que sólo le inspiraban menosprecio aquellos que, en el calor de la batalla y mientras el enemigo ganaba una posición tras otra, se preocupaban por el estado de su alma.
Se puso a trabajar para crear una organización revolucionaria internacional. Recibió la más cálida respuesta en Londres de una sociedad denominada Asociación Educativa de Trabajadores Alemanes, encabezada por un pequeño grupo de artesanos exilados cuya disposición revolucionaria estaba más allá de toda sospecha: el tipógrafo Schapper, el relojero Molí y el zapatero Bauer fueron sus primeros aliados políticos dignos de confianza. Habían afiliado su sociedad a una federación llamada Liga de los Comunistas, que sucedió a la disuelta Liga de los Justos. Los conoció durante un viaje que hizo a Inglaterra con Engels y simpatizó con ellos por sus ideas afines a las suyas: eran hombres resueltos, enérgicos y capaces. Éstos, a su vez, lo consideraron con no poca desconfianza, puesto que era periodista e intelectual; por ello, durante algunos años sus relaciones conservaron un carácter severamente impersonal y comercial. Tratábase de una asociación que perseguía fines prácticos inmediatos, cosa que Marx aprobaba. Bajo la guía de éste, la Liga de los Comunistas creció rápidamente y comenzó a abarcar grupos de trabajadores radicales, diseminados en su mayor parte en las zonas industriales de Alemania, y en los que no faltaban oficiales del ejército y profesionales. Engels escribió calurosos informes respecto del crecimiento y proliferación de estos grupos, así como del celo revolucionario que mostraron en su propia provincia natal. Por primera vez Marx se halló en la posición que desde hacía mucho deseaba: era organizador y conductor de un activo partido revolucionario en expansión. Bakunin, que a su vez había llegado a Bruselas y estaba en buenos términos tanto con los radicales extranjeros como con los miembros de la aristocracia local, deploraba que Marx prefiriera la sociedad de artesanos y obreros a la de hombres inteligentes, y de que corrompiera a hombres buenos y simples llenándoles la cabeza de teorías abstractas y oscuras doctrinas económicas que no podían comprender y que los volvían intolerablemente vanidosos. No veía ventaja alguna en pronunciar conferencias ante artesanos alemanes irremediablemente limitados y faltos de educación, ni en organizados en reducidos grupos; estos artesanos, según él, apenas entendían lo que se les explicaba tan minuciosamente, eran criaturas mediocres y desnutridas que en modo alguno podían inclinar la balanza en cualquier conflicto decisivo. El ataque que Marx lanzó contra Proudhon los distanció aún más; Proudhon era amigo íntimo y, en cuestiones hegelianas, discípulo de Bakunin; por lo demás, el ataque apuntaba también contra el propio hábito de Bakunin de abandonarse a una vaga y exuberante elocuencia, con la que suplía la falta de un análisis político preciso y minucioso.
Los sucesos de 1848 modificaron la opinión de ambos acerca de la técnica de la próxima revolución, aunque en direcciones diametralmente opuestas. En años posteriores, Bakunin se volvió hacia los grupos terroristas secretos, y Marx hacia la fundación de un partido revolucionario oficial que procediera con reconocidos métodos políticos. Se propuso destruir la tendencia a la retórica y la vaguedad entre los alemanes y no dejó de tener éxito en su empeño, tal como lo comprueba el eficiente y disciplinado comportamiento de los miembros de su organización en Alemania durante los dos años revolucionarios, y aun después de ellos.
En 1847 el centro londinense de la Liga de los Comunistas mostró su confianza en Marx y Engels al encomendarles la redacción de un documento que enunciara las creencias y aspiraciones del grupo. Marx abrazó ansiosamente esta oportunidad de compendiar explícitamente la nueva doctrina, que al fin había tomado forma definitiva en su cerebro. Entregó el escrito en 1848. Se publicó, pocas semanas antes del estallido de la revolución de París, bajo el título de Manifiesto del Partido Comunista.
Engels hizo la primera redacción bajo la forma de preguntas y respuestas, pero como ella no le pareció a Marx lo bastante violenta y definitiva, el maestro volvió a escribirlo por completo. Según Engels, el resultado fue un trabajo original que, en verdad, nada debía a su mano, pero lo cierto es que se mostraba excesivamente modesto siempre que hablaba de su colaboración con Marx, y así el folleto muestra de modo indudable que no fue poca la parte que le cupo en su redacción. El Manifiesto es el más grande de todos los folletos socialistas. Ningún otro movimiento político moderno ni ninguna otra causa moderna puede pretender haber producido algo que le sea comparable en elocuencia o fuerza. Trátase de un documento de prodigioso vigor dramático; su forma es la de un edificio de intrépidas y sorprendentes generalizaciones históricas que rematan en la denuncia del orden existente, en nombre de las vengadoras fuerzas del futuro; en su mayor parte está escrito en una prosa que exhibe la calidad lírica de un gran himno revolucionario, cuyo efecto, poderoso aún hoy, fue probablemente mayor en su tiempo. Comienza con una frase amenazadora, que revela su tono y su intención: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma. El Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes… el comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa». Prosigue como una sucesión de tesis interrelacionadas y desarrolladas brillantemente, y finaliza con una famosa y magnífica invocación dirigida a los trabajadores del mundo.

La primera de estas tesis figura en la frase inicial de la primera sección: «La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases». En todos los períodos de que guarda registro la memoria, la humanidad ha estado dividida en explotadores y explotados, amos y esclavos, patricios y plebeyos, y, en nuestros días, proletarios y capitalistas. El inmenso desarrollo de los descubrimientos y los inventos ha transformado el sistema económico de la moderna sociedad humana: las corporaciones de oficios han cedido el lugar a las manufacturas locales, y éstas, a su vez, a las grandes empresas industriales. Cada estadio de esta expansión va acompañado de formas culturales y políticas que le son peculiares. La estructura del Estado moderno refleja la dominación de la burguesía, y es, en efecto, un comité para administrar los asuntos de la clase burguesa como una totalidad. La burguesía desempeñó en su día un papel altamente revolucionario; derribó el orden feudal y, al hacerlo, destruyó las viejas relaciones patriarcales, pintorescas, que vinculaban a un hombre con sus «amos naturales», y sólo dejó una relación real entre ellos: el nexo del dinero, el desnudo, egoísta interés. Convirtió la dignidad personal en una mercancía negociable, susceptible de venderse y comprarse; en lugar de las antiguas libertades aseguradas por actas y cartas, creó la libertad de comercio; sustituyó la explotación disfrazada con máscaras políticas y religiosas por una explotación directa, cínica y desvergonzada. Convirtió las profesiones antes consideradas honorables por ser forma de un servicio a la comunidad en mero trabajo alquilado; adquisitiva en sus aspiraciones, degradó todas las formas de vida. Esto lo logró llamando a la existencia inmensos y nuevos recursos naturales: el armazón feudal no pudo contener el nuevo desarrollo y se desmoronó, rajado en dos. Ahora el proceso se ha repetido. Las frecuentes crisis económicas originadas por la superproducción constituyen un síntoma de que el capitalismo no puede ya, a su vez, dominar sus propios recursos. Cuando un orden social se ve forzado a destruir sus propios productos a fin de impedir que las posibilidades que lleva en sí se expandan demasiado rápidamente y demasiado lejos, ello es signo cierto de su próxima bancarrota y desaparición. El orden burgués ha creado el proletariado, el cual es a la vez su heredero y su verdugo. Logró destruir el poder de todas las otras formas rivales de organización —la aristocracia, los pequeños artesanos y caudillos—, pero no puede destruir al proletariado porque éste le es necesario para su propia existencia, constituye una parte orgánica de su sistema y es así el gran ejército de los desposeídos, a quienes, en el mismo acto de explotarlos, inevitablemente disciplina y organiza. Cuanto más internacional se torna el capitalismo —y a medida que se expande se hace inevitablemente más internacional—, es más vasta y más internacional la escala en que automáticamente organiza a los trabajadores, cuya unión y solidaridad eventualmente lo echará por tierra. El carácter internacional del capitalismo engendra inevitablemente, como su necesario complemento, el carácter internacional de la clase trabajadora. Este proceso dialéctico es inexorable y ningún poder puede detenerlo o controlarlo. De ahí que sea fútil intentar restaurar el viejo idilio medieval, construir esquemas utópicos sobre un nostálgico deseo de retorno al pasado, tan ardientemente anhelado por los ideólogos de los campesinos, artesanos y pequeños comerciantes. El pasado ha pasado, y las clases que pertenecían a él hace tiempo que fueron derrotadas decisivamente por la marcha de la historia; la hostilidad de éstas hacia la burguesía, a menudo falsamente denominada socialismo, es una actitud reaccionaria, un vano intento de invertir el avance de la evolución humana. Su única esperanza de triunfo sobre el enemigo estriba en el abandono de su existencia independiente y en la fusión con el proletariado, cuyo crecimiento corroe a la burguesía desde dentro; pues la repetición de las crisis, cada vez más intensas, y la desocupación obligan a la burguesía a agotarse, ya que entonces tiene que alimentar a sus sirvientes en lugar de ser alimentada por ellos, que es su función natural.
Del ataque, el Manifiesto pasa a la defensa. Los enemigos del socialismo declaran que la abolición de la propiedad privada destruirá la libertad y subvertirá los cimientos de la religión, la moral y la cultura. Esto se admite. Pero los valores que destruirá serán sólo aquellos ligados al viejo orden, la libertad burguesa y la cultura burguesa, cuya apariencia de validez absoluta para todos los tiempos y lugares es una ilusión debida sólo a la función de armas que desempeñan en la guerra de clases. La verdadera libertad personal consiste en el poder de desarrollar una acción independiente, poder del cual el artesano, el pequeño comerciante, el campesino, están desde hace tiempo privados por el capitalismo. Y en cuanto a la cultura, aquella «cultura cuya pérdida se lamenta, es, para la enorme mayoría, sólo un mero adiestramiento para actuar como una máquina». Con la abolición total de la lucha de clases, estos ideales ilusorios se desvanecerán necesariamente, y a ello sucederá una nueva y más vasta forma de vida fundada en una sociedad sin clases. Llorar su pérdida es lamentar la desaparición de una vieja dolencia.
Los métodos revolucionarios han de diferir al ser distintas las circunstancias, pero por doquiera sus primeras medidas han de ser la nacionalización de la tierra, el crédito y los transportes, la abolición de los derechos de herencia, el aumento de los impuestos, la intensificación de la producción, la destrucción de las barreras entre la ciudad y el campo, la implantación del trabajo obligatorio y de la libre educación para todos. Sólo entonces podrá comenzar la seria reconstrucción social. El resto del Manifiesto desenmascara y refuta varias formas de seudosocialismo, los intentos de diversos enemigos de la burguesía, la aristocracia o la Iglesia, para ganar al proletariado para su causa mediante especiosos pretextos de interés común. En esta categoría figura la arruinada pequeña burguesía, cuyos escritores, propensos como están a descubrir el caos de la producción capitalista, la pauperización y la degradación ocasionadas por la introducción de maquinarias, las monstruosas desigualdades de riqueza, ofrecen remedios que, al ser concebidos en términos anticuados, resultan utópicos. Ni siquiera esto cabe decir de los «verdaderos socialistas»[9] alemanes, que, al traducir las trivialidades francesas al lenguaje del hegelianismo, producen una colección de frases que no pueden engañar al mundo por mucho tiempo. En cuanto a Proudhon, Owen o Fourier, sus seguidores trazaron esquemas para salvar a la burguesía como si el proletariado no existiera o pudiera ser ascendido hasta los rangos capitalistas, dejando solo explotadores y no explotados. Esta interminable variedad de puntos de vista representa el desesperado estado de la burguesía, incapaz, o poco dispuesta a ello, de enfrentar su muerte inminente, y que se concentra en vanos esfuerzos por sobrevivir bajo la forma de un socialismo vago y oportunista. Los comunistas no forman un partido o una secta, sino que son la vanguardia consciente del mismo proletariado; no los obsesionan meros fines teóricos, sino que procuran cumplir su destino histórico. No ocultan sus aspiraciones. Declaran abiertamente que sólo cabe realizarlas cuando todo el orden social sea barrido por la fuerza de las armas y ellos tomen todo el poder político y económico. El Manifiesto finaliza con estas celebradas palabras: «Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios del mundo, unios!».
Los estudiosos han mostrado convincentemente que quedó incorporado al Manifiesto no poco material de programas anteriores, especialmente babuvistas; sin embargo, el todo constituye una maciza unidad. Ningún resumen podrá transmitir la calidad de sus páginas iniciales o finales. Como instrumento de propaganda destructiva, no tiene igual en parte alguna; el efecto que produjo en las generaciones subsiguientes no tiene paralelo, como no sea en la historia religiosa, y si su autor no hubiera escrito nada más, el documento le habría asegurado perdurable fama. Empero, su efecto más inmediato lo ejerció sobre la propia vida de Marx. El gobierno belga, que se comportaba con considerable tolerancia con los exilados políticos, no pudo pasar por alto esta formidable publicación y bruscamente expulsó a Marx y a su familia de su territorio. Al día siguiente estalló en París la revolución desde hacía tiempo esperada. Flocon, miembro radical del nuevo gobierno francés, invitó a Marx en una carta lisonjera a volver a la ciudad revolucionaria. Se puso en marcha inmediatamente y llegó un día después.
Halló la ciudad en un estado de entusiasmo universal y fanático. Las barreras habían caído una vez más, y al parecer esta vez para siempre. El rey había huido, declarando que «había sido arrojado por fuerzas morales», y se había constituido un nuevo gobierno en el que figuraban representantes de todos los amigos de la humanidad y el progreso: recibieron carteras el gran físico Arago y el poeta Lamartine, y fueron representados por los trabajadores Louis Blanc y Albert. Lamartine redactó un elocuente manifiesto que se leía, citaba y declamaba en todas partes. Poblaban las calles multitud de demócratas de todos los colores y nacionalidades que cantaban y prorrumpían en gritos entusiastas. La oposición no mostró muchos signos de vida. La Iglesia publicó una declaración en la que afirmaba que la cristiandad no era enemiga de la libertad individual, que, por el contrario, era su aliada y defensora natural; su reino no era de este mundo y, consecuentemente, el apoyo a la reacción de que se la había acusado no dimanaba de sus principios ni de su posición histórica en la sociedad europea y podía modificarse radicalmente sin violentar la esencia de su enseñanza. Tales anuncios se recibieron con entusiasmo y credulidad. Los exilados alemanes rivalizaron con los polacos y los italianos en predicciones acerca del inminente y universal derrumbe de la reacción y de la inmediata aparición, sobre sus ruinas, de un mundo moral. Por entonces llegaron noticias de que Nápoles se había alzado y, después de ella, Milán, Roma, Venecia y otras ciudades italianas. Berlín, Viena y Budapest se habían levantado en armas. Al fin Europa estaba en llamas. La excitación entre los alemanes residentes en París alcanzó grados febriles. Para apoyar a los republicanos insurrectos, se constituyó una Legión alemana, que había de encabezar el poeta Georg Herwegh y un ex soldado comunista prusiano llamado Willich. Debía partir al punto. El gobierno francés, que acaso no viera con malos ojos el que tantos agitadores extranjeros abandonaran su territorio, alentó el proyecto. A Engels lo atrajo aquella idea y casi seguramente se habría alistado de no haberlo disuadido Marx, que veía todo aquello con recelo y hostilidad. No veía signos de que las masas alemanas se rebelaran seriamente; aquí y allí caían gobiernos autocráticos y los príncipes se veían forzados a prometer constituciones y a nombrar gobiernos moderadamente liberales, pero la gran mayoría del ejército prusiano permanecía leal al rey, al paso que los demócratas estaban dispersos y mal dirigidos y eran incapaces de llegar a un acuerdo entre sí mismos en los puntos vitales. El congreso popular entonces elegido y que se reunió en Frankfurt para decidir acerca del futuro gobierno de Alemania, fue un fracaso desde el principio, y la súbita aparición en suelo alemán de una legión de intelectuales emigrados faltos de adiestramiento, le pareció a Marx un innecesario gasto de energía revolucionaria, que probablemente tuviera un fin ridículo o lamentable, a lo que seguiría un paralizador estado anímico de vergüenza y desilusión. Por consiguiente, Marx se opuso a la formación de tal legión, no se interesó por ella después que ésta hubo dejado París para caer inevitablemente derrotada por el ejército real, y se dirigió a Colonia para estudiar qué podía hacerse por medio de la propaganda en su nativa Renania, donde persuadió pacientemente a un grupo de industriales liberales y simpatizantes del comunismo a fundar una nueva Rheinische Zeitung, que sería sucesora del diario de ese mismo nombre cuya publicación se había prohibido cinco años antes, y a que lo nombraran su director. Colonia era entonces escenario de un difícil equilibrio de fuerzas entre los demócratas locales, que dominaban la milicia, y una guarnición que obedecía órdenes de Berlín. Actuando en nombre de la Liga de los Comunistas, Marx envió agentes agitadores entre las masas industriales alemanas y empleó sus informes como material de sus principales artículos. Por entonces no había censura formal en Renania, y sus palabras incendiarias llegaron a un público cada vez más vasto. La Neue Rhenische Zeitung estaba bien informada y era el único órgano de la prensa izquierdista con clara política propia. Su circulación aumentó rápidamente y comenzó a leerse en otras provincias alemanas.
Marx había ido armado con un completo plan de acción económica y política, fundado en la sólida base teórica que había construido cuidadosamente durante los años anteriores. Abogaba por una alianza condicional entre los obreros y la burguesía radical para el inmediato propósito de derrocar a un gobierno reaccionario, declarando que mientras los franceses se habían liberado del yugo feudal en 1789, lo que los habilitó para dar el paso siguiente en 1848, hasta ahora los alemanes sólo habían realizado sus revoluciones en la región del pensamiento puro; como pensadores, habían dejado muy atrás a los franceses por el radicalismo de sus sentimientos, pero políticamente vivían aún en el siglo XVIII. Alemania era la más atrasada de las naciones occidentales y los alemanes debían alcanzar dos estadios antes de alentar la esperanza de llegar al del industrialismo desarrollado, para marchar entonces con el paso ajustado al de las democracias vecinas. El movimiento dialéctico de la historia no consiente saltos, y los representantes del proletariado incurrieron en un error al pasar por alto los reclamos de la burguesía que, al trabajar por su propia emancipación, favorecía la causa general y estaba económica y políticamente mucho mejor organizada y era más capaz de gobernar que la clase trabajadora, ignorante, desunida, mal organizada. De ahí que el paso que debían dar los trabajadores era concertar una alianza con sus compañeros de opresión, es decir, con la clase media inferior, y luego, después de la victoria, procurar controlar y, de ser necesario, obstruir la labor de sus nuevos aliados (que por entonces estarían sin duda ansiosos de poner fin a aquella asociación de transacción) por obra de la pura fuerza de su peso y poder económicos. Se opuso a los demócratas extremistas de Colonia, Anneke y Gottschalk, que eran contrarios a tal oportunismo y, por cierto, a toda acción política, la cual probablemente comprometería y debilitaría la pura causa proletaria. Esto se le apareció como típica ceguera alemana al verdadero equilibrio de fuerzas. Pidió la intervención directa y el envío de delegados a Frankfurt, como único procedimiento eficaz y práctico. El aislamiento político le parecía la cúspide de la locura táctica, puesto que dejaría a los trabajadores desunidos y a merced de la clase victoriosa. En política exterior, era una suerte de pangermánico y un fanático rusófobo. Durante muchos años Rusia había ocupado la misma posición, en relación con las fuerzas de la democracia y el progreso, que la ocupada en el siglo XX por las potencias fascistas y evocaba la misma reacción emocional que éstas. La odiaban y temían los demócratas de todas las tendencias, como gran campeona de la reacción, capaz y deseosa de aplastar todos los intentos que se hicieran por la libertad dentro y fuera de sus fronteras.
Como en 1842, Marx pidió una guerra inmediata con Rusia, debido a que ningún intento de revolución democrática podía triunfar en Alemania en vista de la certeza de la intervención rusa, y también como medio de unificar los principados alemanes en una única organización democrática, en oposición a un poder cuya entera influencia se volcaba del lado del elemento dinástico en la política europea; y acaso, también, a fin de ayudar a aquellas fuerzas revolucionarias dispersas dentro de la misma Rusia, sobre cuya existencia Bakunin solía hacer constantes y misteriosas referencias. Marx estaba dispuesto a sacrificar muchas otras consideraciones a la unidad alemana, puesto que en la desunión del país veía, no menos que Hegel y Bismarck, la causa tanto de su debilidad como de su ineficacia y atraso político. No era nacionalista ni romántico y miraba las naciones pequeñas como otras tantas supervivencias anticuadas que obstruían el progreso económico y social. Por lo tanto, actuó con toda consecuencia al aprobar después públicamente la súbita invasión alemana de la provincia danesa de Schleswig-Holstein; y el abierto apoyo de esta acción por parte de la mayoría de los demócratas alemanes prominentes causó considerable embarazo a sus aliados liberales y constitucionalistas de otros países.
Denunció la sucesión de gobiernos prusianos liberales de breve vida que, sin oponer casi resistencia y, según le parecía a él, casi con alivio, permitían que el poder se les escapara de las manos para volver a las del rey y su partido. Prorrumpió en furiosos estallidos contra el «palabrerío vacío» y el «cretinismo parlamentario» de Frankfurt, para rematar este ataque con una tormenta de indignación que apenas tiene paralelo en el mismo Das Kapital. Ni entonces ni después desesperó del desenlace último del conflicto, pero su concepción de la táctica revolucionaria, así como la opinión que le merecían la inteligencia y el grado de confianza que cabía cifrar en las masas y sus dirigentes, cambiaron radicalmente: declaró que la incurable estupidez de las masas era un obstáculo aún mayor para su progreso que el mismo capitalismo. Empero, su propia política reveló ser tan impracticable como la de los radicales intrasigentes a los que denunciaba. En subsiguientes análisis, atribuyó el resultado desastroso de la revolución a la debilidad de la burguesía y a la ineficacia de los liberales parlamentarios, pero principalmente a la ceguera política de las crédulas masas y a su obstinada lealtad a los agentes de su peor enemigo, que las engañaban y halagaban para conducirlas lisa y llanamente a su destrucción. Si pasó el resto de su vida dedicado casi exclusivamente a problemas puramente tácticos y a consideraciones acerca del método más adecuado que debían adoptar los conductores revolucionarios en interés de su incomprensivo rebaño, así como al análisis de las condiciones reales, ello se debió en gran medida a la lección de la revolución alemana. En 1849, después del fracaso de los alzamientos producidos en Viena y en Dresde, escribió violentas diatribas contra los liberales de todas las tendencias, a los que calificó de cobardes y saboteadores aún hipnotizados por el rey y sus disciplinados sargentos; añadió que los asustaba el solo pensar en una victoria definitiva, que estaban dispuestos a traicionar la revolución por temor a las peligrosas fuerzas que ésta podía desencadenar, para acabar diciendo que estaban virtualmente derrotados antes de empezar a luchar. Declaró que, aun cuando la burguesía tuviera éxito al concertar un sucio pacto con el enemigo a expensas de sus aliados de la pequeña burguesía y de los trabajadores, en el mejor de los casos no ganaría más que lo que habían ganado los liberales franceses bajo la monarquía de julio, mientras que, en el peor de los casos, el pacto sería repudiado por el rey y preludiaría un nuevo terror monárquico. Ningún otro diario de Alemania se atrevió a ir tan lejos al denunciar al gobierno. El carácter directo e intransigente de estos análisis y la audacia de las conclusiones que Marx extrajo de ellos fascinaron a los lectores, aun a pesar suyo, si bien inequívocos signos de pánico comenzaron a mostrarse entre los accionistas.
Para junio de 1848 la fase heroica de la revolución de París había llegado a su fin y los grupos conservadores comenzaron a rehacer sus fuerzas. Los miembros radicales y socialistas del gobierno —Louis Blanc, Albert, Flocon— se vieron obligados a renunciar. Los obreros se rebelaron contra los republicanos izquierdistas que permanecían en el poder, levantaron barricadas y, después de tres días de lucha cuerpo a cuerpo en las calles, fueron dispersados por la guardia nacional y las tropas leales al gobierno. La sublevación de junio puede considerarse el primer alzamiento puramente socialista que se produjo en Europa, pues estaba conscientemente dirigido contra los liberales no menos que contra los legitimistas. Los seguidores de Blanqui (que estaba preso) lanzaron un llamamiento al pueblo para que tomara el poder e instaurara una dictadura armada: el fantasma del Manifiesto comunista adquiría consistencia corpórea al fin; por primera vez el socialismo revolucionario se revelaba a sí mismo en aquel salvaje y amenazador aspecto en que hasta entonces había aparecido a sus oponentes en todos los países.
Marx reaccionó al punto. A pesar de las frenéticas protestas de los propietarios del diario, que miraban con profundo horror toda forma de derramamiento de sangre y de violencia, publicó un extenso y demoledor artículo cuyo tema era el funeral que el Estado había mandado oficiar por los soldados muertos durante los disturbios producidos en París:
La fraternidad de las dos clases antagónicas (una de las cuales explota a la otra), que en febrero quedó inscrita con grandes letras en todas las fachadas en París, en todas las prisiones y todas las barracas… esta fraternidad duró mientras los intereses de la burguesía podían fraternizar con los intereses del proletariado. Pedantes de la vieja tradición revolucionaria de 1793, sistematizadores socialistas que imploraban a la burguesía concediera favores al pueblo y a quienes se les permitía predicar largos sermones… necesitaban arrullar al león proletario para que durmiera; republicanos que querían todo el viejo sistema burgués, menos el caudillo multitudinario; legitimistas que no deseaban quitarse la librea, sino meramente cambiar su corte… ¡éstos han sido los aliados del pueblo en la revolución de febrero! Pero el pueblo no odiaba a Luis Felipe, sino el dominio multitudinario de una clase, el capital entronizado. No obstante, y magnánimo como siempre, se figuraba que había destruido a sus enemigos cuando no había hecho más que derrocar al enemigo de sus enemigos, al enemigo común de todos ellos.
Los choques que surgen espontáneamente de las condiciones de la sociedad burguesa han de llevarse hasta sus últimas y más amargas consecuencias; no cabe conjurarlos. La mejor forma de estado es aquella que no pretende eliminar las tendencias sociales opuestas… sino que les asegura la libre expresión porque, con ella, los conflictos se resuelven por sí solos. Pero se me preguntará: «¿No tiene usted lágrimas, suspiros, palabras de simpatía para las víctimas del frenesí popular?».
El Estado acudirá en socorro de las viudas y huérfanos de estos hombres. Serán honrados con decretos y se les ofrecerá un espléndido funeral público; la prensa oficial proclamará que sus memorias son inmortales… Pero los plebeyos, atormentados por el hambre, vilipendiados en los diarios, abandonados hasta por los médicos, estigmatizados por todas las personas «decentes» como ladrones, incendiarios, convictos, mientras sus mujeres y sus hijos están hundidos en una miseria mayor que nunca y mientras los mejores de los supervivientes marchan al destierro… ¿acaso no es justo que la prensa democrática reclame el derecho de coronar con laureles sus frentes sombrías?
Este artículo —no desemejante al tributo que rindió a la Comuna de París más de veinte años después— causó alarma entre los suscriptores y el diario comenzó a perder dinero. Por su parte, el gobierno prusiano, convencido ahora de que poco tenía que temer del sentimiento popular, ordenó la disolución de la asamblea democrática. Ésta replicó declarando ilegales todos los impuestos decretados por el gobierno. Marx apoyó vehementemente tal decisión y exhortó al pueblo a resistir todo intento de recaudar los impuestos. Esta vez el gobierno obró prontamente y ordenó el cierre inmediato de la Neue Rheiniscbe Zeitung. La última edición se imprimió con letras rojas y contenía un incendiario artículo de Marx y un elocuente y fiero poema de Freiligrath; se vendió como una curiosidad para coleccionistas. Marx fue arrestado por incitación a la sedición y juzgado ante un tribunal en Colonia. Aprovechó la oportunidad para pronunciar un discurso de gran extensión y erudición en el que analizó detalladamente la situación política y social imperante en Alemania y en el exterior. El resultado fue inesperado: al anunciar la absolución, el presidente del jurado expresó que deseaba agradecer a Marx, en nombre propio y en el del jurado, la interesante e inusitadamente instructiva conferencia de la que todos habían sacado gran provecho. El gobierno prusiano, que cuatro años antes había anulado su ciudadanía prusiana, no pudiendo modificar el veredicto judicial, lo expulsó de Renania en julio de 1849. Se dirigió a París, donde la agitación bonapartista en favor del primer sobrino de Napoleón había tornado aún más confusa que antes la situación política, y donde parecía que algo importante había de ocurrir en cualquier momento. Sus colaboradores se dispersaron en varias direcciones. Engels, a quien desagradaba la inactividad y declaraba que nada tenía que perder, se alistó en la legión de París encabezada por Willich, sincero comunista y comandante capaz a quien Marx detestaba por considerarlo un aventurero romántico y a quien Engels admiraba por su sinceridad, sangre fría y valor personal. Las fuerzas reales batieron fácilmente a la legión en Badén, y ésta se retiró en orden hacia la frontera de la Confederación Suiza, donde se disgregó. La mayor parte de los sobrevivientes pasó a Suiza, entre ellos Engels, que conservó los recuerdos más agradables de las experiencias vividas en esta ocasión, y que, en sus últimos años, solía entretenerse narrando la historia de la campaña, que consideraba un alegre y agradable episodio sin mayor importancia. Marx, cuya capacidad para solazarse era más limitada, halló que París era un lugar melancólico. La revolución había fracasado patentemente. Las intrigas de los legitimistas, orleanistas y bonapartistas socavaban los restos de la estructura democrática, y los socialistas y radicales que no habían huido se hallaban en la prisión o, con toda probabilidad, se hallarían en ella en cualquier momento. La aparición de Marx, que por entonces ya era una figura de notoriedad europea, no fue bien recibida por el gobierno. Poco después de su llegada, se le ofreció la alternativa de abandonar Francia o retirarse a Morbihan, en Bretaña. De los países libres, Bélgica estaba cerrada para él; era improbable que Suiza, que había expulsado a Weitling y mirado con no muy buenos ojos la presencia de Bakunin, le permitiera vivir allí; de modo que sólo un país europeo acaso no pusiera obstáculos en su camino. Marx llegó a París en julio, procedente de Renania; un mes después, una suscripción hecha por sus amigos, entre los cuales figura por primera vez el nombre de Lassalle, le permitió pagar el viaje a Inglaterra.
Llegó a Londres el 24 de agosto de 1849; su familia lo siguió un mes más tarde, y Engels, después de haber descansado en Suiza y de un largo y agradable viaje por mar desde Génova, llegó a principios de noviembre. Encontró a Marx convencido de que la revolución podía estallar una vez más en cualquier momento y ocupado en la redacción de un folleto contra la conservadora república de Francia.

PUNTO Y APARTE


DRIMS - Amanecer





J & Howl - Perhaps love





Pequeño Fénix - No Me Llames Jamás





Siddhartha - El Chico




Camilo Séptimo - Fusión (letra)




Camilo Séptimo - Telepatía (letra)




































































































































































































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