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domingo, 2 de octubre de 2016

Michael Löwy : Una bandera común: marxistas y anarquistas en la I Internacional

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Una bandera común: marxistas y anarquistas en la I Internacional (*)



Por : Michael Löwy (**)












I

Marxistas y anarquistas (términos que no eran habituales en ese momento) formaron parte de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) — la I Internacional— desde su origen, en 1864. Los desacuerdos entre los partidarios de Marx y Bakunin condujeron a una amarga escisión en 1872. Poco después la AIT “marxista” se disolvió, mientras los partidarios de Bakunin crearon su propia AIT, que aún sigue existiendo, en la Conferencia celebrada en Saint-Imier, Suiza (1872). Para Marx, las razones de la escisión residían en las tendencias paneslavistas y el fraccionalismo antidemocrático y conspirativo de Bakunin. Por su parte, Bakunin consideraba que la escisión se debía a la orientación pangermánica de Marx, así como a su autoritarismo e inaceptable comportamiento. Más allá de las exageraciones obvias, ambas acusaciones contienen algo de verdad y es difícil situar la responsabilidad solo en uno de los dos campos. Historiadores marxistas y anarquistas continúan reproduciendo estos argumentos, acusándose mutuamente de la crisis de la AIT. Aun sin tomar partido por unos u otros, los investigadores académicos también enfatizan el conflicto de ideas entre unos y otros/(1).

Desde esa perspectiva, que ha predominado ampliamente en la literatura sobre la I Internacional, lo que se olvida es el hecho simple e importante de que esta organización fue abierta y pluralista.

Era una Asociación en la que los partidarios de Proudhon, Marx, Bakunin, Blanqui y otros, más allá de los desacuerdos y conflictos, fueron capaces de trabajar juntos a lo largo de muchos años, adoptando en ocasiones resoluciones comunes y luchando codo con codo en el mayor acontecimiento del siglo XIX: la Comuna de París. Permítasenos realizar un breve esbozo de algunos de los momentos fundamentales de esta historia olvidada del “trayecto común” entre marxistas y anarquistas en la AIT.

II

Poco tiempo después de fundarse la I Internacional, su Consejo General encomendó a Marx la redacción de los Estatutos Provisionales de la Asociación. El documento comenzaba con el llamamiento “La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”, que continúa siendo la base común de marxistas y anarquistas.

Desde el principio, en la I Internacional participaron anarquistas y libertarios —utilizo el término francés, que se refiere a la amplia tendencia socialista-revolucionaria anti-autoritaria, porque en inglés este termino ha sido apropiado por la ideología capitalista ultrareaccionaria—, junto a otros socialistas. Entre ellos, en primer lugar, los seguidores de Proudhon (1809- 1865), cuyas relaciones con los socialistas marxistas no eran necesariamente conflictivas. Entre los amigos de Marx y los representantes del ala izquierda del proudhonismo, como el belga Cèsar de Paepe y el francés Eugène Varlin, existía un amplio acuerdo. Ambas tendencias se oponían al ala derecha (pequeñoburguesa) del proudhonismo, partidaria del autodenominado “mutualismo” y de un proyecto económico basado en el “intercambio igualitario” entre pequeños propietarios. Uno de los mayores impulsores del mutualismo y de la propiedad privada fue el delegado francés Henri Tolain, quien poco tiempo después, al apoyar al gobierno burgués de Versalles contra la Comuna de París, fue expulsado de la Internacional por traidor.

En el Congreso de Bruselas de la AIT en 1868, la alianza entre las dos alas de izquierda —frente a los “mutualistas”— dio lugar a la adopción de un programa colectivista presentado por el libertario socialista belga Cèsar de Paepe. Esta resolución proponía la propiedad colectiva de los bienes de producción: tierras, minas, bosques, máquinas y medios de transporte (Manfredonia, 2001: p. 36). En retrospectiva, la resolución sobre los bosques aparece como una de las más interesantes en lo que respecta a sus implicaciones socialistas y medioambientales:

Considerando que abandonar los bosques a la iniciativa privada conduce a su destrucción; Que esta destrucción en determinadas partes del territorio perjudicará la conservación de las fuentes de agua y, también, la buena calidad de la tierra, así como la salud pública y la vida de los ciudadanos;
El Congreso decide que los bosques deben volver a ser la propiedad colectiva de la sociedad (Amaro del Rosal, 1958: p. 159).

Ambas tendencias también apoyaron la resolución que establecía que los trabajadores deben rechazar la guerra a través de la huelga general. A Carlos Marx, que no estuvo presente en el congreso de Bruselas, no le gustó esta resolución, que le parecía irrealista, aunque fuera propuesta por Charles Longuet, uno de sus seguidores que poco después se convertiría en su yerno al casarse con su hija, Jenny Marx.

Fue en ese momento, en 1868, cuando Bakunin se adhirió a la I Internacional. En muchas cuestiones, se consideraba a sí mismo como partidario de las ideas de Marx. Se encontró con Marx durante sus viajes a Londres en 1864 y en 1867. Marx le envió una copia de El Capital. La reacción de Bakunin fue entusiasta; felicitó “al Sr. K. Marx, el ilustre líder del comunismo alemán” y “su magnífico trabajo, El Capital”. Creía que el libro debía ser traducido al francés:

… porque, por lo que yo sé, ningún otro libro contiene un análisis tan científico, profundo y claro y, también puedo decirlo, tan despiadado a la hora de desenmascarar la formación del capital burgués y su sistemática y cruel explotación a la que somete al proletariado. El único defecto del libro es que… está escrito, solo en parte, en un estilo demasiado metafísico y abstracto… que hace que su lectura sea dificultosa e incluso imposible para la mayoría de los trabajadores. Sin embargo, los trabajadores deberían leerlo. La burguesía no lo leerá nunca, y si lo hace, no lo entenderá, y si lo entiende, nunca se referirá a él; este libro no es otra cosa que su condena a muerte, no como individuos sino como clase, científicamente basada e irrevocablemente pronunciada (Maximoff, 1953: p. 187; Bakounine, 1974: p. 357).

No es por casualidad que en una fecha tan tardía como 1879, varios años después de la escisión, un cercano seguidor de Bakunin, el anarquista italiano Carlo Cafiero, produjera una versión popular de El Capital, que Marx consideró muy útil.

Por supuesto, las fuertes divergencias entre Marx y Bakunin existieron desde el principio. El 28 de octubre de 1869, en una carta a Herzen, Bakunin expresó su oposición de principio a lo que consideraba el “comunismo estatal” de Marx. Pero en la misma carta señalaba acerca de Marx: “no debemos menospreciar, y yo no lo hago, el inmenso servicio que ha rendido a la causa del socialismo, al que ha servido con inteligencia, energía y sinceridad a lo largo de los últimos 25 años, en cuyo empeño nos ha superado a todos” (Wikipedia).

En 1869, en la Conferencia de Basilea de la AIT, ambas tendencias aprobaron una resolución común proponiendo la socialización de la tierra. Sin embargo, los anarquistas obtuvieron una victoria simbólica al lograr el apoyo significativo —pero no la mayoría necesaria— a su resolución a favor de la abolición de la herencia: 32 votos de los 68 delegados (23 se posicionaron en contra y 13 se abstuvieron). Marx y sus amigos en el Consejo General argumentaron que la herencia era solo una consecuencia del sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción y no la causa de la explotación. Su propuesta —impuesto sobre la herencia más que su supresión— solo obtuvo 19 votos (37 en contra y 6 abstenciones). Bakunin vio este voto como la “victoria completa” de sus ideas.

III

En la Comuna de París de 1871 anarquistas y marxistas cooperaron en el primer gran ensayo de poder proletario en la historia moderna. Ya en 1870, Leo Frankel, un activista obrero húngaro que trabajaba en Francia, muy amigo de Marx, y Eugène Varlin, disidente proudhoniano, trabajaron juntos para la reorganización de la sección francesa de la AIT. Tras el 18 de marzo de 1871, colaboraron estrechamente en la dirección de la Comuna de París: Frankel como comisario de trabajo y Varlin como comisario de guerra. En mayo de 1871 ambos tomaron parte en los enfrentamientos contra las tropas de Versalles. Varlin fue ejecutado tras la derrota de la Comuna mientras que Frankel logró emigrar a Londres.

A pesar de su corta duración —solo unos meses— la Comuna fue la primera experiencia histórica de poder revolucionario de los trabajadores organizado democráticamente (con delegados elegidos a través del sufragio universal), y de destrucción del aparato burocrático del Estado burgués. También constituyó una verdadera experiencia de pluralismo en la que trabajaron conjuntamente “marxistas” (aunque el término aún no existía), proudhonianos de izquierda, jacobinos, blanquistas y socialistas republicanos.

Por supuesto, los análisis de Marx y Bakunin sobre este acontecimiento revolucionario fueron totalmente contradictorios. De forma sumaria, la posición de Marx se puede resumir en la siguiente cita:

La situación del reducido número de convencidos socialistas en la Comuna era muy difícil. Tuvieron que enfrentar un gobierno y un ejército revolucionario al gobierno y al ejército de Versalles.

Contra esta interpretación de la guerra civil en Francia como un enfrentamiento entre dos gobiernos y sus respectivos ejércitos, Bakunin desarrolló un fuerte punto de vista antiestatal:

La Comuna de París fue una revolución contra el Estado como tal, contra ese monstruo sobrenatural producido por la sociedad.

Los lectores y lectoras bien informados ya habrán corregido esta presentación: en realidad, la primera cita fue escrita por Bakunin en su ensayo La Comuna de París y la noción del Estado (Bakunin, 1972: p. 412) y la segunda fue escrita por Marx en el primer borrador de La guerra civil en Francia (Marx, Engels, Lenin, 1971, p. 45). Hemos invertido las citas a propósito, para mostrar que las —innegables— diferencias entre Marx y Bakunin, entre marxistas y anarquistas, no son tan simples como se supone a menudo.

De forma interesada, Marx se alegró de que durante el período de la Comuna, en la práctica, los proudhonianos se olvidaran de la hostilidad hacia la acción política de su promotor, al mismo tiempo que algunos anarquistas se congratulaban de que los escritos de Marx sobre la Comuna dejaran de lado el centralismo y abrazaran el federalismo. Es cierto que La guerra civil en Francia, así como la declaración de la I Internacional sobre la Comuna que escribió Marx y muchos otros materiales y borradores para su elaboración, dieron testimonio del feroz antiestatismo de Marx. Definiendo la Comuna como la forma política, finalmente encontrada, para la emancipación de los trabajadores, insistió en la destrucción del Estado, ese cuerpo artificial, esa boa constrictor como la denominó, esa angustiosa pesadilla, esa excrecencia parasitaria (Marx y Engels, 2008).

De hecho, no era la primera vez que Marx manifestaba enérgicamente su punto de vista antiestatista. Ya lo había hecho en el manuscrito Crítica a la filosofía del derecho de Hegel (1843), en la que opuso la “verdadera democracia” al Estado, así como en otros escritos políticos como, por ejemplo, El 18 brumario de Luis Bonaparte (1852), en el que escribió que

el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde las modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos.

En la sociedad burguesa moderna

este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimiento y una elasticidad que solo encuentran correspondencia en la dependencia desamparada, en el carácter caóticamente informe del auténtico cuerpo social (Gesellschaftskörper) (Abensour, 2004: pp. 137-142; Marx, 1937: p. 236).

El ensayo sobre la Comuna es la expresión más nítida del rechazo revolucionario del Estado.

Sin embargo, tras la Comuna, el conflicto entre las dos tendencias revolucionarias se intensificó, llegando a la exclusión de Bakunin y Guillaume (su seguidor suizo) durante el Congreso en La Haya (1872) y la transferencia de la dirección de la AIT a Nueva York; de hecho, su disolución. Tras la escisión, los anarquistas, como se ha señalado más arriba, fundaron su propia AIT.

Más allá de la escisión, Marx y Engels no ignoraron los escritos de Bakunin y, en determinados casos, estaban de acuerdo con sus argumentos antiestatistas. Un ejemplo llamativo de ello es la Critica del Programa de Gotha (1875). En su libro Estatismo y anarquía (1873) Bakunin criticó con agudeza el concepto de “Estado nacional” usado por los socialdemócratas alemanes que fue atribuido (con razón) a Ferdinand Lassalle y (erróneamente) a Marx. Cuando los seguidores de Marx se unieron en Gotha en 1875 para fundar el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) su Programa común recogió la fórmula Estado Popular para Alemania. En su Crítica al programa de Gotha —escrito como contribución interna y solo hecho público tras su fallecimiento— Marx rechazaba abiertamente este concepto. Más aún, en una carta a su amigo Wilhelm Bracke —uno de los líderes del Partido— enviada junto a la Crítica, explicaba que una de las razones para escribir este documento era que “Bakunin… me hace responsable no solo de todo el programa del Partido, sino también de toda la trayectoria de [Wilhelm] Liebcknecht desde el primer día de su colaboración con el Partido Popular (Volkspartei)” (Marx y Engels, 1937: p. 6)/(2). En marzo de 1875, en una carta a August Bebel, Engels era aún más explícito: “Los anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta esto del ‘Estado popular’, a pesar de que ya la obra de Marx contra Proudhon y luego el Manifiesto Comunista dicen claramente que, con la implantación del régimen social socialista, el Estado se disolverá por sí mismo y desaparecerá” (Ibid, p. 29).

Por lo tanto, se puede concluir que el argumento contra el estatismo de Lassalle en la Critica al Programa de Gotha estaba, en cierta medida, motivado por las críticas de Bakunin a los socialdemócratas alemanes. En la misma carta a Bebel, Engels va incluso más lejos en la dirección del anarquismo: “Tras la Comuna de París, que no fue un Estado en el sentido amplio del término, debería darse por concluida toda esta polémica […] Por eso, nosotros propondríamos reemplazar en todas las partes [del Programa] Estado por la palabra ‘comunidad’ (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Commune” (Ibid, p. 31).

IV

En lugar de tratar de señalar los errores y las meteduras de pata de cada parte en conflicto —no faltan las acusaciones mutuas— he intentado enfatizar los aspecto positivos de la I Internacional: un movimiento internacionalista plural, diverso y democrático donde quienes tomaron parte con posiciones políticas diferentes fueron capaces no solo de coexistir sino de cooperar en el pensamiento y en la acción durante varios años, teniendo un papel de vanguardia en la primera gran revolución proletaria moderna. Fue una internacional en la que marxistas y libertarios, tanto individualmente como a nivel organizativo (como el Partido Socialdemócrata Alemán) pudieron —a pesar de los conflictos— trabajar juntos y emprender acciones comunes.

Las Internacionales posteriores —la II, la III y la IV— no dejaron mucho espacio para los anarquistas. Sin embargo, en varios momentos importantes de la historia del siglo XX anarquistas y socialistas o comunistas han sido capaces de aunar fuerzas:

1. En los primeros años de la revolución de octubre (1917-1921) muchos anarquistas, como Emma Goldman y Alexander Berkman, dieron un apoyo crítico a los líderes bolcheviques.

2. Durante la revolución española, los anarquistas de la CNT-FAI y los simpatizantes trotskistas del POUM lucharon codo con codo contra el fascismo y se opusieron a la orientación no revolucionaria de los estalinistas y del ala derecha de la socialdemocracia.

3. En Mayo del 68 una de las primeras iniciativas revolucionarias fue la fundación del Movimiento 22 de Marzo, bajo el liderazgo del anarquista Daniel Cohn-Bendit y del trotskista Daniel Bensaïd.

También ha habido varios intentos intelectuales para conjugar estas dos tradiciones revolucionarias entre escritores como William Morris o Victor Serge, poetas como André Breton (fundadores del movimiento surrealista), filósofos como Walter Benjamin o historiadores como Daniel Guérin.

Por supuesto, la experiencia de la I Internacional es irrepetible en sentido estricto pero para nosotros resulta muy significativo que a comienzos del siglo XXI, de nuevo, marxistas, anarquistas o autonomistas o libertarios, etcétera, unan sus fuerzas y actúen conjuntamente, como individuos o como organizaciones políticas (cuya existencia no es un obstáculo para la cooperación) en la solidaridad con los zapatistas de Chiapas, en el Movimiento por la Justicia Global, en las luchas ecologistas radicales, en las masivas movilizaciones de las y los indignados (en España, Grecia) o en Occupy Wall Street.





NOTAS:

1/ Un ejemplo reciente es Robert Graham, “Marxism and Anarchism on Communism: The Debate between the Two Bastions of the Left,” in Shannon Brincat (ed.) Communism in the 21st Century. Vol 2 Whither Communism? Oxford, Praeger, 2014.
2/ El Partido citado es el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores (SDAP) fundado por Liebknecht y Bebel en 1869 en la ciudad de Eisenach (el precursor del SPD). El Volkspartei era el partido liberal burgués en el que participó Liebknecht antes de la fundación del SDAP.






(*)Publicado por 150 aniversario de la I Internacional: marxistas y libertarios, de ayer a hoy

(**) Michael Löwy es autor de diversas obras y publicaciones sobre marxismo, religión, movimientos sociales y ecologismo. Su obra más reciente en castellano es Ecosocialismo: la alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista, Biblioteca Nueva, 2013.




Bibliografía citada

Abensour, M. (2004) La Démocratie contre l'Etat. Marx et le moment machiavélien. París: Le Felin.
Amaro del Rosal, (1958) Los congresos obreros internacionales en el siglo XIX. México: Grijalbo.
Bakunin, M. (1972) De la guerre à la Commune, textos ed. Fernand Rudé. París: Anthropos.
— (1974) OEuvres Paris: Champ libre, VIII.
Manfredonia, G. (2001) L'anarchisme en Europe París: PUF.
Marx, K. (1937) El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, en K. Marx-F. Engels, Obras Escogidas T I, Ediciones Progreso 1937.
Marx, K. y Engels, F. (1937) Obras Escogidas T III Moscú: Ediciones Progreso.
— (2008) “Inventer l'inconnu. Textes et correspondances autour de la Commune”, con la introducción de Daniel Bensaïd, en Politiques de Marx París: Editions de La Fabrique.
Marx, Engels, Lenin (1971) Sur la Commune de Paris. Moscow: Ed. Du Progrès.
Maximoff, G.O. (ed.) (1953) The Political Philosophy of Bakunin. Londres: The Free Press ofd Glencore.
Wikipedia “Asociación Internacional de Trabajadores”.






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