.

.
.

domingo, 21 de febrero de 2016

Marcos Del Roio : GRAMSCI CONTRA OCCIDENTE

.



GRAMSCI CONTRA OCCIDENTE (*)


Por : Marcos Del Roio





I. Reafirmar la vitalidad de la reflexión de Gramsci, a 60 años de su muerte, en un momento en que la modernidad capitalista pasa por transformaciones que afectan su propia materialidad y todo su contexto cultural, puede sugerir una gran veleidad. Puede también parecer el reconocimiento de la incapacidad de las izquierdas de pensar y actuar sobre el mundo de hoy, refugiándose en el pasado, en lugar de hacer uso de un nuevo instrumental teórico práctico más de acuerdo con los tiempos. Se trata entonces de cuestionar y localizar la vitalidad de Gramsci para este cambio de siglo comenzando por encarar su visión política y el contexto que le dio su foco. Como en este espacio no será posible sino desentrañar parcialmente esa compleja problemática, por lo menos algunas cuestiones deben ser inicialmente puntualizadas.

Antes que nada es preciso aclarar que Gramsci (de modo que se preserve una cierta fidelidad a su universo categorial) no puede ser considerado un autor inserto en el marco del “marxismo occidental”, pues según Perry Anderson, “la primera y más fundamental de sus características fue el divorcio estructural entre este marxismo y la práctica política”(Anderson Perry, 1976: 43) (1) y su preocupación por temas de la filosofía y de la cultura. A pesar de que ese autor ubica a Gramci como un precursor del “marxismo occidental”, es notorio que el concepto no implica la presencia del fundador del PCI, ya que él dedicó su vida y obra (aun encarcelado) a los temas relativos a la organización de las clases subalternas para la revolución socialista internacional.Gramsci, entonces, sólo puede ser visto como “marxista occidental” por el hecho de haber nacido en Italia, un país localizado en Europa occidental, siendo ésta una acepción geográfica y no morfológica de Occidente (como es propio de Gramsci). Esto no significa, no obstante, que su elaboración teórica no haya ofrecido ricos elementos al “marxismo occidental” propiamente dicho.

Por otro lado, por “izquierda occidental” se puede entender, original y morfológicamente, aquella vertiente del movimiento obrero socialista que se resignó ante la guerra imperialista de 1914 y que, enseguida, en su mayoría, devolvió miradas adversas y pesadamente críticas a la revolución popular socialista que se procesaba a partir de Rusia. Con esa vertiente, que genéricamente puede ser designada como reformista socialdemócrata, Gramsci no tiene ninguna relación de afinidad teórica o proyectual. Mas si por “izquierda occidental” entendemos (ahora geográficamente) aun a los partidos comunistas de Occidente y particularmente el PCI (por obvio que parezca), la cuestión se vuelve más compleja y se aproxima más a su herencia política y teórica.

Antes que nada es preciso observar que, en el conjunto de Occidente, por lo menos hasta los años setenta, Gramsci fue más conocido por algunos aspectos trágicos de su vida personal y por las reflexiones particulares que lo aproximaban al “marxismo occidental” y lo tornaban digerible también para el comunismo estalinista, vaciando su influencia de cualquier contenido político. En el caso específico del PCI, se trató, desde el principio, de una conjunción de relectura y de manipulación hechas por Togliatti, lo que estimuló aquella visión de Gramsci en el exterior, haciendo de él un gran intelectual italiano dentro de una vasta galería, creando así al mismo tiempo una fuente de legitimidad para la política de los comunistas y de su grupo dirigente dentro del orden social y jurídico de la Italia republicana.

El análisis de Gramsci sobre la cuestión meridional y sus reflexiones sobre el tema de la cultura nacional-popular permitieron hacer de él un anticipador de aquello que el estalinismo reformado, a partir de 1956, dio en llamar las “vías nacionales al socialismo”, y que en Italia emergió con un rico contenido en la formulación del propio Togliatti. Los límites de esa orientación política se hicieron visibles, ya con Togliatti muerto, en la dificultad de conducir la eclosión sociocultural de 1968-69 hacia un estuario revolucionario. A partir de ahí hubo un creciente esfuerzo del PCI en el sentido de acentuar y enfatizar su carácter morfológico de “izquierda occidental”, asumiendo y desenvolviendo la fórmula ideológica del “eurocomunismo” que enfatizaba la cuestión de la democracia y del pluralismo, incorporando conceptos producidos en el universo liberal y católico. De manera hasta cierto punto paradójica, fue entonces que la obra de Gramsci se convirtió en verdadera moda intelectual, habiendo sido usada para demarcar la originalidad y particularidad del PCI dentro de la “izquierda occidental”, evitando una inmediata identificación con la socialdemocracia y también una ruptura clara y explícita con la herencia de Lenin y de la revolución rusa. La relectura liberal de Gramsci, presente en aquellos años, y que enfatizaba la cuestión de ampliación del consenso en la construcción de la hegemonía, fue la que finalmente predominó, abriendo camino para la resolución de aquella ambigüedad. En el momento precedente al colapso generalizado del socialismo de Estado, decretada la disolución del PCI y su substitución por el Partido Democrático de Izquierda, fue dado el paso para que los pretensores herederos de Gramsci se convirtiesen integralmente en una “izquierda occidental”. A partir de ese momento Gramsci pasa a ser visto como el anticipador de un nuevo reformismo para ser propuesto en este fin de siglo.

II. Pero, ¿qué tan efectivamente plausibles son todas esas relecturas de Gramsci? ¿Cuál es su grado de fidelidad a la letra y al espíritu de la obra gramsciana? No está de más realzar otra vez que una cuestión de tal complejidad no puede ser dirimida en un espacio de tan pocas páginas, donde apenas podemos enfatizar su importancia teórico-política. En una primera aproximación, podríamos preguntarnos cuál es efectivamente el lugar de Gramsci en la historia del marxismo y del movimiento socialista. Por hipótesis, creo que no está fuera de lugar afirmar que Gramsci se inserta en aquello que Lukács llamó el “renacimiento del marxismo”, aludiendo a los nombres de Lenin y Rosa Luxemburgo como autores/actores decisivos. Gramsci y el propio Lukács podrían ser vistos como exponentes de una segunda fase de ese “renacimiento”. Podríamos incluso sugerir que esos autores ayudaron a conformar una corta época de refundación de la praxis socialista que se gesta a partir del debate con el “revisionismo” (1898), se define con la revolución socialista internacional de 1917-1921, en oposición al reformismo y al imperialismo, y se agota precisamente con la muerte de Gramsci (1937), cuando era ya indudable el predominio del estalinismo en el seno de los partidos comunistas.

La refundación comunista del marxismo se caracteriza antes que nada por el rescate de la dialéctica histórico crítica que estaba subsumida en la teoría socialista por la intrusión positivista y por la revitalización de filosofías neokantianas. La subalternidad a la que quedaron reducidos la teoría socialista crítica y el movimiento obrero se expresó en la emergencia y predominio del reformismo. Éste vacía la subjetividad antagónica presente en la clase obrera y apuesta al proceso liberal de democratización, así como a la disolución de los conflictos sociales, encarando la revolución socialista como momento puramente ético y/o natural, cuando no como un falso problema. La perspectiva reformista, delineada al inicio del siglo XX, sólo sería factible si el desarrollo capitalista (expresión que ya denota la intrusión positivista) se encaminase a un pasaje poco traumático al socialismo, facilitado por la formación de grandes empresas que se disputarían un mercado mundial crecientemente “civilizado”, regulado por la presencia de Estados democráticos bajo fuerte influencia del movimiento socialista.

Es precisamente con el instrumental ofrecido por la dialéctica histórico crítica que el movimiento de refundación se conforma, enfatizando, por el contrario, la cuestión de la subjetividad antagónica al orden del capital concentrada principalmente en el partido revolucionario de la clase obrera. La acción política revolucionaria, por su parte, sólo podría ocurrir a partir de la comprensión del momento particular en que se encontraba el contradictorio movimiento del capital y la conflictividad generada en su derredor. La teorización del imperialismo como época histórica de la acumulación del capital caracterizada por una acendrada conflictividad económico- política que implica guerras localizadas y generalizadas, síntomas de un deslizamiento a la barbarie, dialécticamente opuesta a la actualidad de la revolución socialista, define otro aspecto fundamental de agregación del movimiento de refundación comunista de inicio del siglo XX. La plena configuración de la refundación de la praxis socialista, en tanto, exige y sólo se realiza con la escisión teórico-práctica, con el reformismo y la fundación del partido comunista.

La definición explícita de Gramsci por la escisión con el reformismo y, en consecuencia, por la adhesión a la refundación, ocurrió cuando el movimiento de los consejos de fábrica de Torino se encaminaba a la derrota y después el II Congreso de la Internacional Comunista (1920), a partir de cuyo momento Gramsci pasó a trabajar decididamente por la fundación del partido comunista en Italia. Gramsci es un intelectual revolucionario con marcado perfil y postura universalizante, como es propio de la tradición cultural intelectual de la península itálica. Es continuador de la tradición laico historicista de un Maquiavelo y de un Vico, y es el continuador de los primeros marxistas italianos: Andrea Costa y, principalmente, de Antonio Labriola.

La obra de Labriola sirvó de puente para el contacto con el último Engels, con el cual trabara calurosa correspondencia. Del revolucionario Georges Sorel y del sociólogo alemán Max Weber (además de influencias absorbidas también por Lukács), Gramsciincorporó la importancia de la cuestión de la voluntad hecha acción y de la subjetividad, instrumental que utilizaría en la lucha contra el reformismo positivista presente en el PSI. En lugar del reformismo y del extremismo, adversarios en el interior del movimento obrero, Gramsci eligió como interlocutores a los grandes intelectuales del bloque histórico italiano entre los que destacan Giustino Fortunato, Giovanni Gentile y, principalmente, Benedetto Croce, que de alguna forma marcan la continuidad y el pasaje del Risorgimento al fascismo, de una “revolución pasiva” a otra.

Sin embargo, el planteamiento revolucionario contemporáneo, que Gramsci captó con lucidez extraordinaria, estaba presente en la obra de Lenin (y también en la obra de Rosa Luxemburgo) y en el desenvolvimiento de la revolución socialista internacional desencadenada en Rusia. Percibió que la revolución socialista marcaba un parteaguas en la historia de la humanidad, con el inicio del proceso de extinción del Estado y de las clases y de la construcción de una nueva cultura y de un humanismo integral. Ese pateaguas, no obstante, para realizarse presuponía la separación del reformismo y lo que éste representaba de subalternidad en confrontación con la alta cultura de Occidente y de reconocimento de la hegemonía liberal burguesa.

Gramsci estableció con Lenin y con el grupo dirigente bolchevique una alianza política necesaria para enfrentar en Italia al reformismo y, en seguida, al extremismo de Bordiga, tomando en cuenta que, desde el punto de vista teórico, ambas concepciones se encontraban en el naturalismo filosófico. Era necesario que se conformase en Italia un grupo dirigente capaz de traducir la universalidad de la revolución socialista para las particulares condiciones de un Occidente retardatario, como era el caso de Italia, abstrayendo al mismo tiempo la particularidad de Rusia. En ese mismo campo combatió la nueva intrusión positivista presente en la obra de Bujarin y el naturalismo de la reflexión de Trotski.

III. La relación de Gramsci con Lenin, ya dirigente del Estado soviético, es más que política, es de fondo teórico paradigmático, ya que ambos actúan en el campo de la refundación de la praxis socialista. Esa relación con Lenin no se alteró después de la muerte de éste, ni tampoco después de la prisión de Gramsci por el fascismo y la instauración del estalinismo en la URSS. Una parte muy significativa de la obra deGramsci trató de la profundización y de la actualización de temas presentes en la agenda leninista. Destaca en ella la lucha contra el reformismo y la intrusión positivista, la cuestión de los intelectuales y del partido revolucionario, así como el tema de la hegemonía y el análisis de la época imperialista. El abordaje dado por Gramsci a esa agenda fue permeado por la dualidad históricomorfológica Occidente/Oriente que permite inclusive que se haga un contrapunto entre uno y otro autor.

El despliegue de la revolución socialista internacional tiende a disolver la dualidad Occidente/Oriente, siempre y cuando los ritmos, las alianzas sociales y la forma de ocupación/desconstrucción del Estado sean diferenciadas de acuerdo con la herencia histórica y la particular formación social en la cual se procesa, lo que impide cualquier generalización formal. La derrota de la revolución en 1921 lanza la referida dualidad bajo nuevas condiciones, cuando la Rusia soviética se vio aislada y dio inicio la construcción de un capitalismo monopolista de Estado bajo la dirección del partido obrero. Es cuando también emerge la nueva política del frente único, inicialmente formulada por Paul Leviy otros continuadores de Rosa Luxemburgo, y asumida por Lenin y por la IC. Esa política obliga a repensar la forma de la alianza obrero-campesina en la construcción del Estado soviético, así como la cuestión de la relación con el reformismo en el núcleo de Occidente.

La cuestión teórico política alrededor de la cual gira el pensamiento de Gramsci es precisamente el porqué de la derrota de la revolución socialista internacional en el núcleo original de Occidente y, por consiguiente, la búsqueda de hipótesis para la revertir esa situación. Así, el análisis de Oriente, como ya fue sugerido, aparece apenas como contrapunto. El Oriente ruso bajo el predominio de un Estado fuertemente burocratizado y coercitivo, con una burguesía joven y débil que no conseguía generar una sociedad civil que viniese a dar densidad y substancia a una posible hegemonía, posibilitó una victoriosa revolución conducida por un partido obrero que atendía a una táctica de “guerra de maniobra”.

A una conquista del poder relativamente tranquila le seguiría un difícil proceso de construcción hegemónica que incluía la propia materialidad de una sociedad civil casi inexistente y que debería, en el proceso, subsumir al propio Estado político. Esa tentativa contenida en la experiencia de la NEP fracasó, redundando en el estalinismo, y Gramsci percibió que la implicación era el reflujo de la URSS hacia una fase económico-corporativa incapaz de generar una nueva hegemonía sino apenas una revolución pasiva específica de Oriente; para Gramsci, Oriente significaba también grandes países asiáticos como China e India, sometidos al núcleo de Occidente, en función del parasitismo de vastos núcleos sociales (“lo que explica el estancamiento histórico de esos países y su impotencia político-militar”)(Gramsci Antonio, 1975: 2145). (2)

En la reflexión de Gramsci, la contradicción del mundo contemporáneo está demarcada por el fenómeno de la revolución: la revolución burguesa en Francia y su persistencia, y la revolución socialista momentáneamente derrotada y circunscrita a Rusia. Entendiendo la revolución francesa como época histórica que se prolonga de 1789 a 1871, Gramsci sugiere que la revolución socialista y su contraparte, las revoluciones pasivas de la época imperialista, cubrirían también una época histórica. La acción política revolucionaria (jacobina) en la época de la revolución francesa se procesó por medio de la “guerra de maniobra”. Esa fase y forma de lucha política fueron superadas con la consolidación de la hegemonía liberal burguesa, y después de 1871, ocurrió por medio de la difusión de un conjunto de aparatos civiles privados, o sea, de instituciones sociales no directamente políticas.

El desdoblamiento de la esfera de los intereses privados en una sociedad civil diferenciada de los inmediatos intereses económicos creó un nuevo espacio para la lucha de clases, al tiempo que se ampliaba el Estado, no sólo sofisticando sus instrumentos de coerción, sino también ampliando su radio de acción por vía legislativa a dimensiones hasta entonces adscritas a la esfera privada (como educación, salud y organización del trabajo). En tal circunstancia, como ya había llamado la atención el último Engels, aunque con un lenguaje menos elaborado, la lucha política sólo podría ocurrir por medio de la “guerra de posición”. En lugar de enfrentar el inmediato proceso productivo del capital y la fortalecida máquina coercitiva del Estado, el movimiento obrero tendría que hacer frente a ese conjunto de aparatos privados de hegemonía, capacitándose con una nueva cultura. Desde entonces, la manifestación de la fuerza hegemónica del liberalismo y de la ideología jacobina se desdobló en el movimiento obrero como reformismo economicista y como voluntarismo estéril, explicándose así la inviabilidad de la revolución socialista en el núcleo de Occidente.

La revolución burguesa, prácticamente en todo el resto de la Europa continental, ocurrió de manera pasiva. Fue así en dos sentidos: primero, la revolución burguesa se difundió por medio de las armas del ejército francés y de la ideología liberal; segundo, las clases subalternas, a pesar de la presión política ejercida sobre el orden social, no consiguieron erigirse en sujeto sociocultural autónomo capaz de efectuar la revolución por sus propias fuerzas. En esa situación de doble presión, las clases dirigentes tradicionales trataron ellas mismas de restaurar su dominio por medio de transformaciones en el Estado y en la economía, de modo de garantizar su ingreso en el nuevo orden. Decisiva, en ese cuadro, fue la cooptación de los intelectuales asociados a las clases subalternas. Ese proceso de decapitación político-cultural de las clases subalternas, a fin de impedir su autonomización, Gramsci lo designó con el nombre de “transformismo”, reconociéndolo como elemento constitutivo fundamental de la “revolución pasiva”.

Ese análisis general sería válido tanto para España, por ejemplo, donde las fuerzas capaces de conducir el pasaje al nuevo orden se mostraron demasiado débiles o para Alemania, donde la revolución pasiva fue capaz de proyectar sobre Europa una gran potencia económica y militar. Gramsci se volcó, en tanto, sobre el Risorgimento italiano, un caso particular de revolución pasiva, observando cómo eran insuficientes las bases materiales para el jacobinismo, cómo el partido de Acción, victimado por el “transformismo”, fue reducido a la subalternidad y cómo la alianza entre los grandes propietarios agrarios del Sur con la burguesía industrial del Norte formaron un bloque histórico en condiciones de impedir la emergencia autónoma de las clases subalternas de Italia. Con eso Italia (pero también Alemania) se constituye en un Occidente pasivo e incompleto, pues portan dentro de sí elementos de Oriente. Las gradaciones entre Occidente y Oriente, como sugería Gramsci, deben ser analizadas concretamente pues “la proporción varía de Estado a Estado”. (3)

Sin embargo, este tema tan importante no fue desarrollado por Gramsci como hubiera sido necesario, lo que posibilitó distorsiones significativas en su pensamiento, como las de lecturas antinómicas y no dialécticas de la cuestión Oriente/Occidente y de la guerra de movimiento/ guerra de posición. En ese Occidente “incompleto”, producto de revoluciones pasivas de Alemania y de Italia, guerra de movimiento y guerra de posición ¿no deberían ser utilizadas también en proporciones variables, principalmente en aquel momento en que la revolución socialista internacional tendía a diluir la dualidad Oriente/Occidente?

Creo, no obstante, que no está fuera de lugar la hipótesis de que para Gramsci la derrota de la revolución socialista en Occidente se debió más a la imposibilidad del movimiento obrero, sometido a la hegemonía liberal- burguesa en la forma de reformismo, para articular una larga cadena de alianzas sociales, particularmente con el proletariado agrícola, que a un eventual error táctico de principio en la utilización de la “guerra de maniobra”. Desde el momento en que hubiera un partido obrero socialista que viniese trabajando una “guerra de posición” por todo el periodo anterior, la utilización da la “guerra de maniobra” en un momento de crisis y de irrupción revolucionaria venida del Oriente ruso podría ser justificable. Un análisis más profundo de esa cuestión seguramente esclarecería los puntos de contacto entre las formulaciones de Rosa Luxemburgo y Gramsci.

De cualquier manera, la derrota de la revolución socialista internacional a partir de 1921, exigió una reorientación política de los comunistas, que se vendría a condensar en la fórmula del frente único, para incluso hacer frente a la concentración hegemónica de las clases dominantes de Occidente que se apresuraban para desencadenar una nueva revolución pasiva. La diferencia fundamental ahora era que esa nueva revolución pasiva ocurría para resolver una crisis de hegemonía en el interior del orden social del capital, mientras que las revoluciones pasivas del siglo XIX se presentaron como forma de ingreso al orden burgués. La necesidad de la revolución pasiva advino, según Gramsci, de la entrada en escena de grandes masas sin que las fuerzas políticas antagónicas al orden hubieran tenido condiciones de sacar provecho de la situación. En el caso específico italiano, Gramsci observa el fascismo como ejemplo práctico de una “revolución/restauración” y de una fase de “guerra de posición”. La organización corporativa impuesta por el Estado por la vía legislativa impone modificaciones significativas en la vida social y económica, con el objetivo de sustentar las posiciones de las clases medias, reproduciendo al mismo tiempo la cuestión meridional y lo que ella contiene y preserva de “oriente”.

Entre tanto, la mayor parte de las clases dirigentes del núcleo original de Occidente se volvía hacia el americanismo fordista en busca de soluciones para la crisis. Esa forma de revolución pasiva venía ya madurando incluso antes del inicio de la guerra y de la crisis de Occidente, prácticamente desde el momento en que la forma social americana capitalista ingresara en la fase imperialista de acumulación. La particularidad de esa forma de revolución pasiva, que debería completar “el pasaje del viejo individualismo económico a la economía programática”, (4) es que ella no tenía aspectos de “oriente” con los cuales hacer las cuentas, de modo que “no existen clases numerosas sin una función esencial en el mundo productivo, o sea, clases absolutamente parasitarias”. (5) Se trata, por el contrario, de promover una intensificación y radicalización de Occidente en cuanto forma social adecuada a la acumulación del capital. En esa particular forma de revolución pasiva la hegemonía se configura a partir del propio proceso productivo y se explaya por la sociedad civil que, según sus intereses, exige la intervención legislativa del Estado. La fuerza del americanismo fordista se expresa en la capacidad de desarticular las potenciales fuerzas antagónicas recurriendo a la coerción apenas para vencer las resistencias a su generalización.

IV. Entonces, la categoría de revolución pasiva pasa a ser para Gramsci la clave interpretativa de una época histórica, la época imperialista que sigue a la derrota de la revolución socialista internacional. Tanto el fascismo como el americanismo articularon capacidad de dirección moral e intelectual de las masas con gran capacidad coercitiva y militar. De esa forma, para el intelectual comunista Antonio Gramsci, todas las energías deberían estar volcadas en retomar la revolución socialista, lo que exigía hacer frente y derrotar todas las formas de revolución pasiva que se diseñaban y fortalecían a partir de los años veinte.

Es decir, revolución socialista significa desorganizar y derrotar la revolución pasiva (en cualquiera de sus formas: americanismo, fascismo, estalinismo) desencadenada para reorganizar la hegemonía del capital y/ o el poder burocrático con su parasitismo social. Mas, como la época de revoluciones pasivas reorganiza también el Occidente en crisis y plantea de nuevo la dualidad Occidente/Oriente, la revolución socialista se orienta contra el Occidente como forma sociocultural de dominación.

Correlativa a la revolución pasiva está la necesidad dictada por la “guerra de posición”, y ésta debe ser emprendida con la táctica de frente único. Esta formulación adoptada por la IC en clave defensiva, contenía una gran potencialidad que Gramsci trató de desarrollar. Por un lado, pasado el momento de la revolución socialista y de la exigencia de separación con el reformismo, era el momento ahora de establecer, en otro plano, formas de unidad del movimiento obrero, implicando la alianza política con el reformismo, a la vez de disputar la dirección general del movimiento. Frente único, por otro lado, no podría significar sólo la unidad de la clase obrera, sino también su alianza con otros núcleos subalternos, principalmente con el proletariado agrícola y con el campesinado, llegando a los núcleos medios urbanos. No obstante, esa genérica formulación es insuficiente, exige una reflexión sobre lo real para después proceder a una nueva generalización.

Desde que consiguió la mayoría en la dirección del PCI, Gramsci procuró desarrollar la orientación de forjar un frente único en busca de un gobierno obrero-campesino, llamando la atención sobre la necesidad de abordar los problemas concretos de la vida nacional, particularmente la situación histórica concreta de las fuerzas populares. En los comités obreros y campesinos se deberían hacer representar todas las corrientes políticas de izquierda de la escena italiana, y allí se daría la disputa por la dirección política del movimiento.

A partir de esa base organizativa de las fuerzas antagónicas, sería trabada la “guerra de posición” teniendo a la vista la desarticulación del bloque histórico consolidado en elRisorgimento italiano. Elementos importantes en esa lucha serían la sustracción de la clase obrera del Norte a la influencia del reformismo (o sea de la hegemonía liberal-burguesa) y las masas agrarias de la influencia de la Iglesia. Lo decisivo, por tanto, es la desagregación de todo el bloque intelectual que da consistencia al bloque histórico, encabezado por los grandes intelectuales meridionales de la cultura abstracta universalista.

Entonces, a los intelectuales orgánicos de ese bloque histórico (filósofos idealistas y cientistas técnicos positivistas ligados a la industria), que en medio de la revolución pasiva subsumieran a los intelectuales tradicionales (padres, profesores, médicos), se debería oponer una nueva intelectualidad revolucionaria, orgánicamente ligada a las clases subalternas. Esa organicidad se realizaría primordialmente en el partido político obrero, visto como un moderno príncipe maquiaveliano, y sería ésa la principal arma de combate en la “guerra de posición”, enfrentando a la “revolución pasiva” llevada a cabo por el fascismo. En ese contexto, la tarea de la intelectualidad revolucionaria era primordialmente la de arrancar a las masas del sentido común, substrato cultural de la hegemonía de las clases dirigentes, e inculcar un nuevo sentido crítico.

Es a partir de ahí que se puede organizar una nueva visión del mundo, lo que implica una nueva cultura nacional-popular como polo de agregación y de oposición a la revolución pasiva. No está de más recordar que la cultura y la identidad nacional-popular tiene raíces (y se conforma) en el proceso de las revoluciones burguesas originarias, y debe ser utilizada en la “guerra de posición” contra la revolución pasiva. Siendo cierto que “las historias particulares viven sólo en el marco de la historia universal”, (6) lo nacional-popular debe ser visto como una forma táctica de gran profundidad para arrancar a las masas populares de su letargo teniendo a la vista su involucramiento en la revolución socialista internacional, lo que indica que no pudo ser encarada como un fin en sí mismo. Eso significa que lo nacional-popular atiende a sus límites de realización y se disuelve dialécticamente en la revolución socialista.

En primer lugar, esta lucha ocurre, en el seno de la sociedad civil del Estado nacional constituido. En el caso italiano, se trata de una sociedad civil gestada alrededor de una revolución pasiva y, por tanto, con una pesada carga del pasado feudal señorial manifiesta en el parasitismo social. Así también, la lucha comunista debería estar volcada a la ocupación de espacios en ese conjunto de aparatos privados de hegemonía, con el objetivo de desarticularlos o de cambiar su naturaleza. Éste es apenas un aspecto menor en la “guerra de posición”, pues lo decisivo en la estrategia revolucionaria es la conformación de otra sociedad civil antagónica a la burguesa y privada, y que tenía por fundamento el espacio público y una nueva cultura capaz de comportar una nueva hegemonía. Esa nueva sociedad civil antagónica generada por las clases subalternas debe estar en permanente escaramuza con el Estado político y la “legalidad” respaldada por la sociedad civil que materializa la hegemonía burguesa.

Es por eso que Gramsci afirma que la hegemonía puede ser alcanzada antes de la toma del poder político estatal. En la “guerra de posición”, la nueva dirección moral e intelectual se configura a partir de la sociedad civil antagónica, estableciendo una operación de cerco al poder civil y represivo del Estado. Por tanto, la hegemonía sólo se completa y establece con la toma del poder y el establecimento de una nueva dictadura, ya que hegemonía es dirección moral e intelectual revestida de poder coercitivo contra las clases antagónicas. A partir de entonces se desenvuelve un nuevo bloque histórico, fundado en la hegemonía del mundo del trabajo, del espacio público y de la cultura socialista, organizado en torno del autogobierno de las masas y de la autogestión del proceso productivo.

Ese régimen profundamente democrático exige la sobrevivencia todavía por un tiempo indeterminado de “una organización coercitiva que tutelará el desenvolvimiento de los elementos de la sociedad regulada en continuo incremento, y por tanto, reduciendo gradualmente las intervenciones autoritarias y coercitivas”, (7) necesaria para desestimular la resistencia de las antiguas clases dominantes. Para Gramsci y para toda la concepción comunista, la dictadura aparece como una necesaria dimensión de la democracia, y el ejercicio de una y de otra depende de los fundamentos materiales de la vida social y política. Además, en esa tradición cultural la cuestión de la democracia está subsumida a la cuestión más general de la revolución socialista.

Ese es un momento histórico necesario para que se allane el camino de aquello queGramsci llamaba la “sociedad regulada”, la cual verá “como fin del Estado su propio fin, su propia desaparición, la reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil”. (8) La verdad, ése es un eufemismo para comunismo, cuando sociedad civil y Estado político se deberían encontrar en una única dimensión de la vida social, realizándose el “humanismo integral” con una humanidad enteramente historizada.

V. Así, en esa línea de argumentación no parece quedar ya ninguna duda de que Gramsci, se oponía a Occidente en cuanto formación social regional, y que esa estrategia de la revolución socialista contra el Occidente no se reduce a una mera “vía nacional” en busca de algún “socialismo nacional”, y todavía menos, la búsqueda de una democracia de tipo liberal occidental. Su formulación teórica se inserta, por el contrario, en una dimensión mayor de enfrentamiento con Occidente entero y con la dualidad Occidente/Oriente generada por su dominio. Como fue visto, decisiva para retomar la revolución socialista era (y todavía es) la derrota teórico-práctica de la revolución pasiva. Pero, al mismo tiempo, con la propia utilización teórica de tal categoría se corre el riesgo de un nuevo desliz hacia el reformismo, de modo que, para Gramsci, se debe tener claro, no la teoría de la “revolución pasiva” como programa, como fue para los liberales italianos del Risorgimento, sino como criterio de interpretación en la ausencia de otros elementos activos en modo dominante”. (9)

La previsión de Gramsci vislumbraba una gran reserva hegemónica para la continuidad del dominio del capital y de Occidente, con especial distinción del americanismo fordista, esa particular forma de revolución pasiva de la época imperialista. De allí deriva la necesidad de trabar una larga y perseverante “guerra de posición” en todos los frentes, específicamente en su propia trinchera que era la Italia fascista. El corporativismo fascista implicaba un grado de coerción e intervención estatal directa en la vida económica, posibilitado por la existencia de un régimen abiertamente dictatorial. La derrota del fascismo no sería seguida, según Gramsci, por una inmediata revolución socialista de estilo oriental, como suponía la IC al inicio de los años treinta, sino por un periodo intermedio, que Lukács llamó de dictadura democrática.

La derrota del fascismo sería, conforme a su programa, obra de un frente de fuerzas antifascistas organizadas a partir de los comités obreros y campesinos, y suponer que eso ocurriera sin alguna forma de enfrentamiento armado contra las instituciones del Estado fascista sería mera ilusión. Por otro lado, esos mismos comités obreros y campesinos serían la base de un poder constituyente expresado en una asamblea republicana. En suma, la previsión y el proyecto político inmediato de Gramsci era y siguió siendo aquel que germinaba en las cabezas más lúcidas de la IC en el periodo que precedió al estalinismo.

Entonces, es muy difícil aceptar la hipótesis de que Gramsci tenía anticipado alguna suerte de neo-reformismo en los últimos años de vida, siendo más probable que él se haya mantenido atado a la mejor tradición de la refundación comunista de inicio del siglo XX (expresión que tiene una acepción mucho más amplia que el bolchevismo, se entiende). ¿Dónde está entonces ahora la vitalidad del pensamiento de Gramsci? ¿Cuál es su pertinencia en un mundo tan diferente de aquel sobre el cual él ejerció la crítica?

A mi modo de ver, la vitalidad del pensamiento de Gramsci se encuentra mucho menos en las infinitas y ricas relecturas inspiradoras de nuevas hipótesis teóricas y de actuación política (aun fuera del campo teórico político original del revolucionario sardo), que en la reafirmación de la actualidad siempre renovada de la revolución socialista y del método crítico dialéctico en este momento que se realiza el imperio universal de Occidente por obra de una revolución pasiva de carácter global. Su inspiración y vitalidad se encuentra, en suma, en la indicación de la necesidad de una nueva refundación de la praxis socialista, adecuada a las nuevas condiciones de la modernidad capitalista para cuyo análisis su asistemático universo categorial conserva gran capacidad de penetración.


NOTAS:

1.Anderson, Perry, Considerações sobre o marxismo ocidental, Porto, Afrontamento, 1976, p. 43.
2.Gramsci, Antonio, Quaderni del Càrcere, Torino, Einaudi, 1975, p. 2145.
3.Idem, ibídem, p. 866.
4.Idem, ibídem, p. 2139.
5.Idem, ibidem, p.2141.
6.Idem, ibídem, p.2343.
7.Idem, ibídem, p.764.
8.Idem, ibídem, p.662.
9.Idem, ibídem, p.1827.

(*)Bajo el Volcán, vol. 2, núm. 3, segundo semestre, 2001, pp. 183-199,Universidad Autónoma de Puebla,México

 PUNTO Y APARTE


LA FRASE




BUITRO SPADARO


MEMORIA



ACUÑA NO PLAGIÓ 





PERRADAS





EL CANDIDATO DE NADINE HEREDIA , EL QUE LA SALVARÁ DE LAS AGENDAS SACÁNDOLE LA VUELTA A LA LEY , EL QUE HA SIDO FAVORECIDO EN EL JNE...  





NUEVO JALE FUJIMORISTA 






¿COMO SE HA ENRIQUECIDO MARK VITO ,ALIAS MARIDO DE KEIKO FUJIMORI , CON TERRENOS?NO TRABAJA Y SU EMPRESA NO TIENE INGRESOS....




EL TIEMPO







Death in June - La Muerte de Occidente




E.A.Flow - Bukowski




Un Viejo Arcoiris - Y las promesas ¿Dónde están?




Un Viejo Arcoiris - Ya fue todo




Un Viejo Arcoiris - Baile de promocion




ELEGANTE & LA IMPERIAL - CARNAVAL




ANIMAL CHUKI - EL SOLCITO




Animal Chuki - Nativa




ANIMAL CHUKI - CHOLITO




Surfistas del Sistema - Para Crecer




ANIMAL CHUKI - EVA & EL MONO




.

No hay comentarios: